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Con el transcurso del tiempo
y esa distancia crítica que regala siempre, uno comienza a plantearse
las opciones que ha tomado Bruce Springsteen en su último
y finalmente polémico álbum, "The Rising".
Éste es uno de los mayores discos-trampa que uno recuerda para
autor alguno. Para Sringsteen "The Rising" no
era, en absoluto, un cometido artístico, una mera declaración
estética. Era algo mucho más serio y peligroso: era un deber
moral, una misión. Y, en realidad, una trampa.
Cuando el "Boss"
ha mencionado la anécdota del hombre que se cruzó por la
calle y le dijo "te necesitamos" después del 11
de septiembre del 2.001 y que él sintió su llamada, yo le
creo. Su sentido del vínculo hacia cierta gente, hacia una determinada
clase social es indudable, irrompible y casi irracional. Él estaba
obligado por "esa" gente a realizar un disco de las características
de éste. Él siempre ha cantado sobre "esa" gente
y a "esa" gente. La gente humilde y llana. Los bomberos y policías
de Nueva York -los mismos a los que no tuvo empacho en criticar cuando
dispararon sin sentido a un inmigrante haitiano en "14 Shots(American
Skin)"- que entraron en los edificios en llamas y murieron
heroicamente, quemados, asfixiados y sepultados. También a todos
los que se quedaron fuera llorando esas pérdidas.
Yo durante las semanas
posteriores al 11-S tuve mucho tiempo libre para seguir de un modo intenso
los medios de comunicación norteamericanos en directo: CNN, CNBC,
CBS News... Vi escenas que me dejaron conmocionado, que apelaron a mi
fibra sensible y llegué a desarrollar una fuerte empatía.
Pero también percibí la simpleza intelectual del pueblo
americano y a la vez presencié la devastadora fortaleza moral que
esto suponía, algo que en el fondo me aterrorizaba. Vi a un bombero
superviviente al desastre de la segunda torre, que continuaba ayudando
sin descanso en las labores de rescate de cadáveres, afirmar ante
las preguntas de un periodista que él volvería a entrar
otra vez en las torres en llamas sin dudarlo y que no pensaba abandonar
su profesión porque él era: "un bombero de Nueva
York y lo seré hasta que me muera". Tan simple, tan firme,
tan valiente, tan emotivo, tan leal. Tan irreflexivo.
Springsteen se
ha enfrentado en pasado a través de sus canciones a los políticos
americanos, al "Sistema", a Washington. Ha escrito temas durísimos
sobre sus miserias y abusos. Pero siempre lo ha hecho desde una conciencia
de clase, desde su vínculo sentimental con un grupo. En el nombre
de "esa" gente, cuando ha sido enviada en masa al matadero en
nombre de causas oscuras, en guerras absurdas como Vietnam. O cuando ha
sido expoliada por los poderes económicos con la complicidad y
la colaboración de un Gobierno que dice representarles. Cuando
las libertades le eran recortadas a "esa" gente. Pero tampoco
nunca ha dudado del heroísmo de aquellos que murieron en las guerras,
nunca ha suscrito los maximalistas postulados del pacifismo. Nunca ha
dudado tampoco de la legitimidad de la intervención de los U.S.A
en una contienda como la II Guerra Mundial. En realidad algunos de los
mismos valores que él defendía al criticar a su propio Gobierno
estaban en juego entonces. Algunos de los valores que él "siente"
como propios
Esa es la miseria moral,
la fuerza perversa del terrorismo, de todo terrorismo: que convierte en
víctimas a todo el mundo por igual, a los trabajadores de la limpieza
de las Torres y a los militares del Pentágono. Y así destruye
la democracia, destruye (en nuestro esfuerzo instintivo por sobrevivirlo)
nuestra capacidad de crítica frente a los poderes, desactiva el
debate ciudadano. Nos coloca en un permanente estado de excepción,
en el que la saludable disidencia es proscrita por la necesidad de sentir
el aliento uniforme, caliente y reconfortante de la masa. Obliga a Springsteen
a escribir un disco como "The Rising": casi unilateral,
y acrítico, pero catártico.
La vía que ha elegido
Springsteen para sobrevivir al horror ha sido la que cabría
esperar: el alivio espiritual en la Religión. Estados Unidos es
un país inconcebiblemente religioso, cuya propia fundación
se debe a la procura por los peregrinos del Mayflower de libertad religiosa.
Es, o pretende ser "una Nación bajo Dios, con Libertad
y Justicia para todos". Una Nación de creyentes diversos,
pero no una nación de ateos cínicos y descreídos,
de relativismo moral y pensamiento posmoderno. Es una nación de
fieles que encontró en sus televisores a pastores de todas las
congregaciones, ofreciendo apoyo espiritual en las jornadas posteriores
a la masacre. Yo lo vi y era un espectáculo inimaginable en estas
latitudes: Larry King -un Iñaki Gabilondo yankee-
interrogaba a cinco o seis pastores. Como en el chiste: "iban
un presbiteriano, un católico, un baptista, un judío y un
musulmán y uno dice..". Todos ofrecían la fe en
su Señor como medicina para el dolor. Y todo el mundo se la compraba.
Por eso "El Amanecer"
es un disco de "gospel". Por eso no cabe en última instancia
la crítica a su debilidad intelectual. En este momento Springsteen
no está pensando, sino más bien todo lo contrario: está
rezando, incluso predicando. Y "esa" gente -gente absolutamente
inocente bajo cualquier punto de vista que no esté cegada por el
odio o el fanatismo- le acompaña emocionada porque necesitaba el
consuelo de la que es "su" voz por antonomasia. Y creo que se
debe respetar su enorme dolor ante una repentina pérdida de magnitud
semejante, desconocida para nuestra experiencia reciente. Son los últimos
estertores de un funeral, de un largo duelo. Es una ceremonia de catarsis
emocional y búsqueda espiritual. Toda la maquinaria que gira alrededor
de Springsteen es lenta, y finalmente la publicación de
su nuevo álbum ha coincidido con los homenajes a las víctimas
del primer aniversario. Por ello, "The Rising" no es
en absoluto un disco político. Pero el peligro es que lo puede
llegar a ser.
Porque el problema de
"The Rising" y de lo que representa es que no es un disco
político y no lo debería ser, pero lo puede llegar a ser.
Y, de hecho, en cierto modo ya lo es. Existe una forma de Guerra, la Cruzada,
la Guerra Santa -mentada por todo el mundo en los días después
de los atentados, esgrimida por los que atacaban, por los que se defendían,
por todos los que matan en Israel y Palestina- que se aprovecha de esto
para teñir todo de sangre sin mala conciencia. Es esa guerra que
se hace "Con Dios de nuestro lado". Y así resultaba
tan relevante que nadie necesitase en estos momentos a Bob Dylan.
Hace ya tanto tiempo que le dio la espalda a su púlpito político
y abrazo la intimidad de su propia experiencia, que nadie espera nada
de él en este sentido. Pero hace ya muchos años él
sí que resultó un profeta para estos tiempos.

Por ello el mayor bálsamo
que he encontrado en forma de canción para toda esta confusión
ha sido, es y será: "With God In Our Side"
de Dylan. Aquella visionaria canción de 1964 que contaba
todas las inexplicables guerras que hicieron los Estados Unidos con "Dios
de su lado". Incluso las que se hicieron en su interior. Y que cerraba
diciendo que "Si Dios está de nuestro lado, parará
la próxima guerra".
No paró ninguna
en realidad, y por ello es tiempo de reflexionar, de abandonar el pensamiento
blando, de reactivar el debate, de alejar los ojos del Señor y
mirar a los poderosos de este mundo y lo que hacen con nuestros derechos.
Y allí llega un jinete libre y salvaje. Tal vez, el mayor toca
narices del panorama actual en el Imperio: Steve Earle y su disco
"Jerusalem". El reverso -relativo- de "The Rising",
haciendo las preguntas más incómodas en las horas más
negras. El 24 de septiembre una voz valiente ha comenzado a ser ahogada
en el marasmo de los medios de comunicación, salvo que sea capaz
de generar la suficiente polémica.
Sí que ha encontrado
cierto eco gracias a la canción "John Walker Blues",
una de las piezas centrales de este álbum. En ella examina los
motivos que pudieron llevar a aquel joven norteamericano a enrolarse en
las filas de los Talibán, y finalmente acabar como prisionero de
guerra en la base de Guantánamo. Este ejercicio de empatía
y curiosidad le ha supuesto fuertes críticas a Earle por
parte de algunos de los sectores más derechistas de la prensa estadounidense.
Pero probablemente a Earle esto le dé igual, toda vez lleva mucho
tiempo enfrentado a estos mismos rivales, sin que le hayan prestado tanto
interés.
Las posturas respecto
a la pena de muerte, al aborto, los derechos sociales de los trabajadores,
el control de armas y un largo etcétera, ha situado a Earle desde
hace unos años como una de las voces más críticas
e independientes del rock norteamericano, especialmente desmarcado de
las acomodaticias filas del country comercial de Nashville. Ahora, enfrentado
a un estado casi Macartiano de pre-caza de brujas, ha optado por salirse
del discurso oficial con un disco, que sin ser completamente monotemático
-como tampoco lo es "The Rising"- contiene una fuerte
carga política. Tirando del hilo del 11-S y de sus amargas consecuencias,
Earle procede a desmantelar una por una todas las miserias de la Administración
Bush, y también del conformismo que sus compañeros de generación
exhiben sin pudor ni cargo de conciencia. Su "Amerika v.6.0
(The Best We Can Do)", habla de un cualquiera que, reflejado
en el espejo, ve a "otro cliente satisfecho en primera fila del Sueño
Americano" que de joven revolucionario ha pasado a ofrecer la única
resistencia de "hacer trampa en nuestros impuestos y las cartas
al director". Y claro, todo esto rompe con ese sueño mítico,
con ese proyecto original de los Padres Fundadores, que Earle no cree
que fuera "hacernos a todos iguales, mientras podamos pagar".
Lo que resulta muy sintomático
es que éstos son tiempos tan malos y tan extraños, que el
neoliberalismo corporativo puede poner de acuerdo al izquierdista más
radical y al reaccionario más puro. En esto recuerda a esos duros
años treinta, después del Crack de 1929, cuando se llegó
a una situación en la que un tradicionalista como John Ford podía
acabar adaptando fielmente y con profundo interés "Las
Uvas de la Ira", novela escrita por un comunista como John
Steinbeck. Y precisamente el fantasma de ese Tom Joad, protagonista
del libro y de la película fue resucitado por Sringsteen
en aquel disco singular de comienzos de los noventa, y era parte de esas
"Dust Bowl Ballads" que Woody Guthrie canonizó.
Algo que ocurre aquí, cuando el sueño de los padres fundadores
americanos, de más de 200 años de antigüedad puede
ser empleado como arma arrojadiza, como modelo de libertad amputado, contra
un gobierno posmoderno y conectado en Red. El sueño de los padres
fundadores incluía, con mayor o menor fortuna al hacerlo, a Dios
en el proyecto. Pero no sólo a Él.
Apelaba también a
una serie de libertades y derechos, a una desconfianza sana, justificada
siempre a la luz de los hechos, con respecto a los gobernantes, a los
que gobiernan a los gobernantes y a sus oscuros manejos entre bastidores.
Y una de esos derechos -sagrados por contagio- era la libertad de expresión
a la que está apelando Steve Earle con un álbum imprescindible,
que recupera una forma de compromiso con la realidad por extensión
con el compromiso con su arte que, hoy por hoy, resulta más necesaria
que nunca.
ENRIQUE MARTINEZ
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