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"¿Recuerdas
haberte molestado por alguna de las críticas negativas de Exile
cuando salió?.
OH, yo veo todas aquellas como una maravillosa colección de equivocaciones.
Cualquier tío que me entrevistase y hubiera escrito una de esas
le decía: ¿Así que tú lo sabes todo?.
Pero es comprensible, teniendo los discos dobles un montón de cosas
en contra. Sabes que va a haber un cierta confusión con tanto material.
Al mismo tiempo, lo que hizo Exile fue ir creciendo hasta que dejó
su marca sobre un cierta época. Lentamente se fue filtrando. Quiero
decir que no quieres hacer este tipo de cosas muy a menudo. Al principio
no pretendíamos hacer un disco doble. Sólo surgió
" (K. Richards a Barney Hoskyns, Mojo Noviembre
1.997)
Lo queramos admitir o no,
todos nosotros escogemos un desahogo de la miseria cotidiana que puede
ser la vida. Ya sea un arte, un deporte o un vicio. Ya sea una persona,
un animal o una cosa Ya sea convertir un arte, un deporte, una persona,
un animal, o una cosa, en nuestro vicio. Y mi mayor vicio es la música.
Pensar en cuantas horas y billetes he quemado (o aprovechado) en la música
es algo que prefiero evitar: creo que me asustaría descubrir la
verdad.
Y si uno tiene por vicio
mayor la música, lo normal es que no sólo tenga un grupo,
compositor, intérprete, género, estilo o periodo favorito.
Además, y yo creo que sobre todo, tiene un disco favorito. Un disco
con el que mantienes una relación que va mucho más allá
de la contemplación admirada de una gran obra. Se trata, en realidad,
de una relación sentimental profunda y duradera, tal vez eterna.
Pues como dijo un sabio: "Se cambia de novia, pero no se cambia
de equipo de fútbol". Pues de disco, tampoco.
Y la verdad, podría
dar el nombre de muchos discos que me han acompañado todos estos
años y de los que nunca me he cansado. Son esos selectos discos
de los que no concibo vivir separado mucho tiempo, de los que necesito
tener la absoluta certeza de que están a mano y de que en cualquier
momento puedo recurrir a ellos. Esos discos que me impedirían en
última instancia participar en algo como "Gran Hermano"
o "Supervivientes" para no tener que dejar de escucharlos cuando
quisiera. Esos discos que en caso de naufragar algún día
y avistar tierra firme a mi alcance, pero con la terrible certeza de que
no me iban a acompañar a mi isla desierta, seguramente me llevarían
a optar por ahogarme con ellos sin remedio. Pero si, reducido al absurdo,
tengo que decantarme por un único disco, elegiría sin duda
ninguna "Exile On Main Street" de los ROLLING STONES,
su L.P. doble de 1.972. Mi disco favorito.
Si recordamos cuándo,
cómo y por quién se grabó, entonces hay que decir
que pocas veces se ha acertado tanto con el título de un disco:
este es la obra de unos músicos exiliados de algo más que
los altos impuestos británicos, y en otro lugar que no era realmente
la Costa Azul Francesa. Exiliados y encerrados en sus lujosas mansiones,
en los mejores hoteles, de espaldas al mundo, imbuidos en su desquiciado
y decadente modo de vida, los STONES abandonaban entonces definitivamente
la vanguardia del rock, de la que se había ido alejando progresivamente
y que sólo habían llegado a liderar cuando dejó de
importarles hacerlo. Con Keith Richards perdido en sus drogas y
obsesiones musicales (el country que le enseñaba Gram Parsons
en aquella época, el fantasma de Robert Johnson que le visitaba
de vez en cuando, el soul en el que reconocía a sus hermanos espirituales),
con Mick Jagger disfrutando de su ingreso en la High Society internacional
de la mano de Bianca Pérez, y con Charlie Watts y
Bill Wyman frecuentemente ausentes de las sesiones, Sus Satánicas
Majestades construyeron su obra maestra, su cumbre artística, sin
casi darse cuenta.

Los STONES llegaron
a la Riviera francesa en el año 1972, con el viento del éxito
reciente de "Sticky Fingers" soplando a su favor, pero
a la vez huyendo de la presión de las autoridades fiscales británicas
y de una Scotland Yard y parte de la INTERPOL que estaba muy interesada
en el enorme negocio de drogas que representaba toda la "familia
gitana" que acompañaba a los STONES. Después
de localizar cada Stone su respectiva mansión en la privilegiada
zona, la peculiar lógica que representaba la dinámica interna
del grupo decide que Villa Nellcôte, la mansión del matrimonio
Keith Richards-Anita Pallemberg, se convierta en el centro de operaciones
para todo, incluido (aunque tal vez no como máxima prioridad) grabar
el nuevo disco. Así que el ROLLING STONES Mobile Unit
(un camión, vamos), una joya para la grabación de conciertos
y que también emplearon en alguna ocasión los propios LED
ZEPPELIN, se instala en el exterior de la casa, alimentado por suministro
eléctrico sustraído con un chapucero montaje a la red general,
y se comienzan a grabar, con toda la calma y las interrupciones del mundo,
un álbum que finalmente se hizo tan extenso e intenso que se convirtió
en el único disco doble de estudio de su carrera. De ahí
que el paralelismo a veces trazado con "The Basement Tapes"
de BOB DYLAN no resulte nada gratuito.
Los estudios se improvisaron
en los sótanos y, de hecho, en cualquier habitación de aquella
casa poblada de gorrones y malas compañías. Porque, en realidad,
la vida en Villa Nellcôte incluía de un modo casi accidental
la grabación y composición de canciones, que era más
bien parte de un estilo de vida que incluía todo el sexo y las
drogas que se pudiese concebir. Por sus vastas dependencias pululaba todo
el mundo en busca de diversión, STONES incluidos: desde
John Lennon y Yoko Ono a los amigos más aristócratas
de los STONES, pero también el camello más tirado
o el último mono. De hecho Gram Parsons vivió dentro
de Villa Nellcôte durante casi la mitad de la grabación,
completando definitivamente el aprendizaje country que Richards
terminó de plasmar en canciones como "Torn And Frayed"
o "Sweet Virginia"
Pero la cruda realidad
es que la situación interna del grupo durante la grabación
de "Exile On Main Street" comenzaba a ser preocupante,
sobre todo en lo referente al estado de salud de Keith Richards.
Sin embargo la factura de sus excesos no la comenzó a pagar su
música hasta después de este último festín
de rock´n´roll music y rock´n´roll lifestyle sin
parangón. Richards estaba tan enganchado a la heroína
que por momentos parecía en ocasiones el Brian Jones de
su peor época, acompañado en su descenso a los infiernos
por Anita Pallemberg, aún más colgada del jaco. Ante
el patético panorama de verlo desplomarse sobre su guitarra mientras
estaba grabando, Jagger comenzó a considerar la posibilidad
de plantear un ultimátum cuando finalizase una grabación
en la que se involucró algo menos que su compañero, que
pese a su estado físico y mental se adueñó del disco
y de su proceso creativo para llevarlo a su terreno. A fin de cuentas
aquel desmadre era, y lo seguirá siendo hasta que se muera, el
hábitat natural de Richards, y además ya sabemos
que en el caos no hay error. Como tampoco hay fallos en este disco.
Por eso y pese a toda esta
dejadez, abandono y desenfreno (o tal vez debido a ello) "Exile
On Main Street" terminó convirtiéndose en una obra
repleta de una vitalidad desbordante y contagiosa que lo recorre de principio
a fin. Desde el tópico "OH Yeah!" que acompaña
a los aún más tópicos todavía primeros acordes
de "Rocks Off" que te animan a decir tú
también "sí", antes de que el redoble de la batería
de Charlie Watts te invite a un irresistible "tour".
Un viaje que pasará por la inefable y desafinada voz de Richards
entonando ese himno definitivo a la mala vida que es "Happy",
y que culminará en el siempre lamentado final del disco, el "fade
out" de la guitarra de Keith en "Soul Survivor".
Pero un "tour" que, sobre todo, explorará toda esa música
que tanto fascinó a Richards y Jagger en la adolescencia
y que, finalmente, había salvado sus vidas para siempre de la gris
mediocridad que les correspondía por origen, del mismo modo que
alivia momentáneamente de ella a algunos de nosotros.
Pero también es
de justicia reconocer algunos méritos más ocultos y ya casi
olvidados. Porque hay que tener en cuenta que ésta fue la última
de las ocasiones en la que el dúo Jagger-Richards estuvo
bajo la supervisión y el control del equipo formado por el siempre
injustamente ignorado Jimmy Miller en la producción, y los
Johns, Glyn y Andy, a los mandos, con los que ya es obvio a estas
alturas que los STONES grabaron sus obras cumbres. "Exile
On Main Street" es la última cumbre (tal vez la mayor)
de una racha de L.P´s ("Beggar´s Banquet", "Let
It Bleed" y "Sticky Fingers") que colocaron definitivamente
a los ROLLING STONES en el panteón de ilustres. Y en cierto
modo es el disco que mejor recoge el sonido que desde entonces es atribuido
por la memoria colectiva como característico a los STONES,
sin casi rastro de aquellas veleidades psicodélicas, o del pop
de la British Invasion.

Ya no eran aquella pandilla
de adolescentes fanáticos del blues de Chicago que intentaban calcar
los discos que les gustaban. Tampoco aquellos aspirantes al codiciado
y volátil trono del pop, perseguidores de la estela siempre adelantada
de unos BEATLES que inevitablemente les dejaban atrás. Aquí
estaban ofreciendo su visión, la plasmación de lo que realmente
les gustaba, y además con una libertad completa para hacerlo. No
había ya competidores para el disputado título de "la
más grande banda de rock´n´roll del mundo":
habían sobrevivido (y no sin pagar un precio) a todos y a todo,
y ahora se podían dedicar tranquilamente a vivir su regalada existencia,
ignorar todo lo que aconteciese fuera de ella y grabar aquello que les
apeteciese.
Y así "Exile
On Main St" es un disco tan emocionante que, por momentos (especialmente
en la que antes de la desaparición del vinilo era conocido entre
algunos como "La Cara 4 del Exile") desarrolla las virtudes
espiritualmente curativas del mejor Gospel. Se introduce en tu interior
y te eleva el alma de maneras incomprensibles pero ciertas, tan rotundas
que resultan casi físicas. Por ejemplo en ese luminoso momento
de "Shine A Light" en el que Mick canta
aquello de "When you´re drunk... in the alley, baby,...
with your clothes all torned....", y esas providenciales pausas
son punteadas por golpes de batería que parecen más los
latidos que te mantienen vivo que un sonido surgido de los altavoces de
tu equipo de sonido. O como el solo de saxo de Bobby Keys en "Sweet
Virginia", o las guitarras dobladas en mitad de "Tumbling
Dice", o la manera de mezclarse las voces y la "steel
Guitar" en "Torn And Frayed", o la entrada
del piano y los coros en "Loving Cup"....
La amplia nómina
de colaboradores (los impagables teclados de Nicky Hopkins y Billy
Preston, los eufóricos vientos de Jim Price y Bobby
Keys, esos coros negros que parecen sacadas de una Iglesia consagrada
a la Perdición) y la profusión de instrumentos diversos
(habituales en los discos de rock, aunque en algunos momentos situados
en lugares inéditos pero nada desubicados) están aquí
completamente al servicio de toda la emoción que la música
rock es capaz de transmitir. Y ya sabemos que es mucha. Que, en realidad,
es toda: como la que contiene ese largo coda de "Let It Loose",
con el órgano, el piano, los vientos y las voces, al principio
sonando al unísono con Mick, pero después separándose
y a la vez resultando más armónicos de este modo.
De hecho cuando los Glimmer
Twins se dirigieron a los Estados Unidos para ordenar aquel desorden de
grabaciones y canciones, para mezclar aquel caos, dudaron de si debían
editar un disco doble o no, de si realmente el material sostenía
un repertorio lo suficientemente brillante. Incluso de si estaba a la
altura de sus últimos discos. Finalmente se arriesgaron a publicar
todo esto, y los palos de la crítica no se hicieron esperar. Pero
los STONES acertaron en no editarse o censurarse, en no aplicar
el pudor o la mesura. Es obvio que, en ese momento, comprendieron lo que
sólo el tiempo y tantos cambios que no cambian nada han hecho tan
evidente que resulta innegable: que este disco, como en realidad todo
el rock´n´roll, no sólo es música, una mera
colección de canciones; sino que también, y sobre todo,
es un estado de ánimo, una inconsciente disposición del
espíritu para abrazar la vida con tanta fuerza como desesperación
por no dejarla escapar.
Por eso es más que
probable que toda esa emoción de la que hablaba se contagie de
un modo tan infeccioso e incurable porque "Exile..."
es, sobre todo, una labor de amor. De un amor ya maduro, después
de años de tonteos y flirteos, por una tierra mas imaginada que
vivida (América) y una música más soñada que
real (el Rock´n´Roll); elaborada por unos extranjeros a muchas
millas de un país que añoran pero que, realmente, no es
el suyo. Y que en esa, siempre relativa, distancia física y cultural
incurren en la errática y confundida fascinación que es
todo enamoramiento. Fascinación que les lleva a presentarnos al
sujeto amado idealizado, deformado, transmutado en lo que creen ver en
él, más que en lo que es realmente. Por eso aquí
no hay ni country, ni folk, ni soul, ni gospel, ni siquiera blues en sus
formas más puras: el Rock´n´Roll, la auténtica
Tierra Prometida para estos peregrinos, es deconstruido en sus elementos
constituyentes y vuelto a ensamblar, sonando de este modo más antiguo
y eterno que las montañas, pero tal vez fingiendo esa autenticidad
que creemos percibir en él.
Este truco, esta mentira,
nos engaña también a nosotros, pues no somos pocos los que
consideramos a éste, tal vez, como el mejor disco de Rock´n´Roll
jamás grabado. Somos débiles, somos crédulos, gente
de fe ciega e ignorante, presas de un autoinducido fervor. Pero también
puede ser que hayamos bajado la guardia a propósito, que nos hayamos
dejado engatusar de un modo sumisamente consciente y entregado, pues como
cantan en "Torn And Frayed": "Mientras
suene la guitarra, deja que te robe el corazón".
Estoy esperando que, después
de once de mis escasos veintiséis años de existencia, esa
guitarra me devuelva el mío. Pero creo, y en el fondo es lo que
deseo, que no lo hará nunca.
ENRIQUE MARTINEZ
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