El rock es peligro, sí, pero sobre todo es sexo. Cuando los pioneros del estilo tomaron las raíces negras y sureñas y las pervirtieron en un polvo rotundo que unió country y blues, lo tuvieron claro: su música les servía para expresar ya no sólo tristeza (temas básicos de los géneros madre), sino sobre todo deseo, pasión, necesidad biológica… en definitiva, sexo.

No quiero echar mano de los ejemplos básicos, todos aquellos que cualquier aficionado a la música debería conocer y que reafirman mi tesis. Me basta con citar este párrafo de Nick Cohn, el gran pionero de la crítica musical, en su fundamental “Awopbopaloobop Alopbamboon”: “Era una música para pasarlo bien, bailable y sin pretensiones. Comparándola con la sensiblería de la música blanca del mismo período, resultaba una ventana abierta por donde escapaba algo de aquel aire tan viciado. Una de sus características fue su tratamiento directo del sexo. Trataba el sexo de forma particularmente descarada. De hecho, en la mayoría de los casos eran decididamente escabrosas: “Trabájame, Annie”, de Hank Ballard, “El Hombre de los 60 minutos”, de Billy Ward, o el “Nena, déjame tocar tu caja”, de los Penguins, fueron típicos.”

El rock es peligro y sexo, sí, pero también es negro. Por mucho que las compañías de discos hayan tratado de falsificarlo, de vendernos miles de ídolos blancos que podrían salir de las más típicas familias anglosajonas, los verdaderos héroes del rock, los que le dieron forma, los que le dieron su carácter fogoso y le inyectaron de miedo eran “de color”. El más salvaje de ellos, el siempre reivindicable Little Richard, homosexual declarado (bisexual practicante) cuando a muchos se les aplicaban tratamientos eléctricos y lobotomías como métodos para curar la enfermedad.

Quien quiera acercarse al rock y revisarlo desde sus conceptos básicos, ha de partir por tanto de estas premisas: violencia, sexo, raza. A finales de los 90, cuando muchos iluminados proclamaban la muerte del estilo (como consecuencia del revival imperante), un grupo norteamericano se atrevió a insuflar vida al estilo en varios discos imprescindibles y uno definitivo. Ellos eran los Afghan Whigs y su obra, 1965.

El título no es casualidad: 1965 fue un año casi épico para la historia de los EEUU y la portada y el libreto del disco clarifican aún más las cosas. En primer plano, un paseo espacial de un astronauta, en plena carrera por llegar a la Luna. En el interior, la marcha negra a Washington, vigilada por helicópteros militares, fotos de Vietnam, barras y estrellas en blanco y negro y, por último pero no por ello menos importante, un top 30 de lo más vendido en aquel año, con las Supremes reinando con su vibrante “Stop: In The Name Of Love”, seguidas de los Impressions. ¿Eso es todo? No, porque casi arrinconado aparece un vinilo de “Highway 61 Revisited” (Dylan cambió la historia, ¿aún no os habéis enterado?).

El soul, por tanto, es un ingrediente fundamental en este 1965 que (supuestamente) debía haber supuesto el empujón comercial definitivo de los Afghan Whigs, el único grupo al que metieron dentro del saco sin fondo del grunge que no logró ni una pizca de éxito comercial. Canciones para lograrlo tenían, especialmente en este disco expansivo y sexy, muy sexy.

Porque la sensualidad domina ya desde el riff que da inicio a “Somethin´Hot”, la canción que sirve de apertura. Una cerilla encendida y esa guitarra acompañada de una sección rítmica contagiosa abren el disco, con una vitalidad inesperada y un cantante, Greg Dulli, siempre con la magia en los pulmones. La letra lo deja claro: “I got your phone number, baby; I´ll call you sometime, I think I might be out tonight, Maybe give you a ride (…) and dream awhile about yout smile and the way you make your ass shake”.

La forma en la que ella mueve el culo es tan importante como su sonrisa: no hay medias tintas, hay ganas de pasarlo bien. Todo el grupo se contagia de la vitalidad de Greg Dulli y le acompaña con un piano que hierve, una batería a punto de estallar pero que se mantiene siempre en el punto máximo de ebullición y no pasa de la raya y unas guitarras que puntúan cada frase con la vitalidad necesaria.
La primera canción es sublime, pero es que toda la primera mitad del disco lo es. “Crazy” comienza con voces de bar lleno de gente y de humo y se regodea en guitarras puramente rockeras para dar entrada, por primera vez en el disco, a unos violines de acompañamiento que dejan la sección de cuerdas de “Bittersweet Symphony” en pañales. “Crazy” es el clásico ejemplo de canción que crece con el paso de los segundos para cortarse en pleno crescendo vocal.

Porque, ante todo, “1965” es el disco en el que Greg Dulli se muestra totalmente seguro de sí mismo y se convierte en el perfecto sucesor de Marvin Gaye. Tanto tiempo buscando una voz negra que relevase al malogrado genio para que venga un blanquito y lo ponga todo patas arriba.

”Uptown Again” es el siguiente ejemplo de que todo en 1965 funciona a la perfección: el grupo al completo apuesta ahora por un ritmo casi funky, lleno de barroquismo, y sin embargo firmemente rock. Las guitarras suenan épicas, las que oyes en segundo plano dan ganas de llorar por su hermosura y el fraseo de Dulli se acopla a la perfección al ritmo para llegar a un estribillo mágico, en el que la misoginia del letrista y sus contradicciones se plasman de lleno en la letra: “Niña, desátame ahora, estoy listo para retirarme, dar un paso atrás. Niña, lloras demasiado y estoy cansado del sonido, eres tan cría”.

Un breve interludio de gemidos sexuales llamado “Sweet Son of a Bitch” (y el insulto suena dulce y todo) precede a LA CANCIÓN, la que debería haberles hecho famosos si el mundo de la música fuera justo y no una inmundicia y una farsa. “66” es un single perfecto, donde las ansias sensuales de Dulli se extienden por toda la canción. El cantante de los Afghan Whigs parece al borde del orgasmo, en un susurro continuo y tremendamente sexy, mientras la sección rítmica toma el mando, con una guitarra acústica y un piano dando el toque melódico y un sampleado de batería entrecortado ribeteando la gema. Dos momentos para el recuerdo: ese “I HAVE NEVER FELT SO OUT OF CONTROL” que suena precisamente a lo que dice, a locura de amor, y ese “Come on, come on” que Dulli repite una y otra vez antes de que regresen los gemidos de la fémina. Desde “Je t´aime, moi non plus”, nada había sonado tan tórrido en el mundo de la música. 66 es tan perfecta que no me resisto a colgarla para vuestro disfrute. Juzgad y si no os enamora, hablamos.

Esta canción marca también un punto y aparte en 1965. El disco, que se grabó en la mítica (y ahora inundada y casi abocada a la desaparición) Nueva Orleáns, se contagia por fin del espíritu de una ciudad que nunca duerme y en la que hay bares que se jactan de no haber cerrado nunca (ni siquiera en pleno huracán). Tras “66”, toda la música se vuelve pantanosa, húmeda, abigarrada y de tonos afrancesados.

Precisamente todo eso es “Citi Soleil”, que se hable con un recitado en francés acompañado únicamente por un punteo que pronto se ve desbordado por coros femeninos y puro soul de raza. Si las guitarras estuvieran en primer plano, serían un gesto innecesario de virtuosismo. Así como están, sepultadas bajo capas de seducción, suenan a paso valiente para un grupo de rock. El tema perfecto para oír en un bar con una buena copa de licor (whisky, ron, ginebra; elegid lo que queréis) justo antes de darte cuenta de que, este sábado por la noche, necesita de la aparición de una mujer para ser perfecto. “John The Baptist” es un nuevo tiempo rockero con un sección de vientos febril, un tema agresivo y fiero en el sentido más romántico de la palabra. Imaginad la escena de Alejandro Magno en la que la esposa del joven amo del mundo lucha con él para evitar hacer el amor (pero queriendo hacerlo). Ahora pensad en esa escena filmada por alguien que no sea Oliver Stone (y por tanto, por alguien capaz de no convertirla en algo ridículo, sino pasional). Ponedle música: sólo puede ser “John The Baptist”, ejercicio de seducción otra vez explícito: “Hey, bienvenida a casa, tengo algo de vino, algo de Marvin Gaye; Ven, pruébame, ven y cógeme, soy tuyo. Baila, hermanita, baila (…) Cógeme, pruébame, bórrame, soy tuyo, hagámoslo”.

En realidad, un espejismo, porque el disco ya ha entrado en una dinámica melancólica imparable. Si “1965” puede ser el retrato de una noche de juerga, “The Slide Song” es el momento en el que la realidad aparece de nuevo ante los ojos: los ojos tristes de ella, la conciencia de que uno es un vampiro de almas, la certeza de que esto también tendrá un final y de que hay gente para la que la redención no es posible en el amor. En palabras de Greg Dulli: “¿En quién piensas cuando estas sola? Recuerdo cuando cantabas sobre tu único amor; eres tan estúpida: ahora sé que me conoces realmente.”

Sí, las palabras suenan duras cuando vienen de boca de un amante que las utiliza como un juguete, pero aquí nadie está a salvo. Ni siquiera el Greg Dulli chulo de este disco, que a la altura de “Neglekted” se da de bruces con su propia medicina: “Conocí a una chica extraordinaria que me sugirió algo casi enfermo. Mientras le pedía tiempo para considerar su oferta, ella me lanzó un beso y me dijo ’sabes que sé que lo deseas; yo también lo deseo, así que cuándo te haga lo que pienso hacerte, trata de recordar mi nombre’ “.

Ella es la horma de su propia zapato y al final, él, el amante imbatible, el Casanova rompecorazones, acaba suplicando “puedes joder mi cuerpo, cariño, pero, por favor, no me jodas la mente”. Todo en un tono (de nuevo) soul, casi lúgubre, y (claro) con un slide acompañando el desarrollo.

Y llegamos a la penúltima parada: “Omerta” la canción filosófica que te surge en la mente después de cuatro, cinco, seis copas de más. Si alguna vez habéis oído o leído la palabra “groovy” y no sabéis a que sensación se refiere, sólo tenéis que escuchar este tema para reconocer el sentimiento. Violines y trompetas se van apropiando de la melodía hasta convertirla en un hechizo vudú que contiene frases como “No duermo, porque el sueño es el primo de la muerte”.

Y si toda película debe tener un final que te deje espacio para pensar, que te haga desear más, pero que cierre por completo el círculo de la historia, 1965 no puede concluir mejor. Omerta se empalma con la instrumental “The Vampire Lanois”, el broche de oro para una carrera excelente, la demostración de que las jams aún pueden tener sentido y el pedazo de música sin palabras más imaginativo, libre y jazzy de toda una década. Acongojante. Necesario. Arriesgado. Emocionante. Sexy. Todo lo que el rock (la música) debe ser y ya casi nunca es.

P. ROBERTO JIMÉNEZ (Mayo 2.006)

(Artículo aparecido originalmente en el Blog: “El Ruido de la calle” www.elruidodelacalle.com/wordpress)