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Un crítico observa
la pantalla en blanco de su ordenador mientras suena música de
fondo. Se trata de un disco cuya reseña le han encargado, y que
contiene canciones de hermética y frágil belleza, de tristeza
atroz y narcotizada cadencia. Es pop, pero de una oscuridad latente que
pervierte su intención final. El crítico está estancado
y no encuentra la manera de sacar la reseña adelante. De repente,
surge una visión en el estrecho horizonte de su inteligencia, y
una comparación le salva del apuro. Ya está solucionado.
Comienza a escribir párrafos vacíos de contenido hasta que
pueda escribir las dos palabras mágicas: Big Star.
Otro crítico (o
tal vez el mismo) ha recibido otro encargo. Debe analizar un disco muy
distinto. Un ejemplar de Power Pop artesanal, con guitarras crujientes
y pegadizas melodías, cantadas por un grupo de voces en perfecta
y homogénea armonía. Todo el disco desprende una despreocupada
y juvenil plenitud, una soleada y algo inocente alegría. Pero el
crítico tampoco encuentra la manera de hincarle el diente. De repente
se le aparece la solución: Big Star. Compáralos con
Big Star y asunto resuelto.
En otro lugar, un aspirante
a crítico aficionado (o tal vez el mismo de antes), de esos que
nadie entiende por qué narices pierde el tiempo en estos inútiles
menesteres, se enfrenta a otra pantalla, también en blanco. Por
algún motivo extraño decidió escribir para su Fanzine
o E-zine un artículo sobre Big Star. Conoce los dos casos
anteriores, la condición de tópico y de lugar común
que tienen los discos y las canciones de Big Star. Por supuesto
recuerda aquella broma que decía que si los pocos que escucharon
a la Velvet Underground a finales de los sesenta terminaron montando
una banda, entonces los pocos que escucharon a Big Star al principio
de los setenta acabaron todos siendo críticos musicales. También
sabe que detrás de ese nombre se esconde algo más. En primer
lugar una historia increíble y unos discos muy especiales. Pero
que aún hay algo más oculto, y que en el fondo es el motivo
por el que se decidió a escribir ese artículo. Sin embargo
le cuesta horrores explicarlo y la pantalla del ordenador sigue miserablemente
vacía ¿Por dónde empezar?. No lo sabe. Tal vez si
comienza por el principio, todo le será mucho más fácil.

LOS BEATLES DE MEMPHIS Y LA GRAN ESTRELLA JUVENIL
Memphis ha sido desde siempre
cuna de mucha de la mejor música norteamericana. Durante años
ha producido grandes artistas, ha consolidado géneros y estilos.
Incluso ha visto nacer, vivir y morir a mitos eternos como Elvis Presley.
En sus calles han coexistido sellos y estudios de resonancias míticas:
Sun, Ardent, Stax, Muscle Shoals, etc. Pero para lo que nunca ha mostrado
Memphis excesivas simpatías es para el pop a la manera que la Invasión
Británica de los sesenta terminó por configurar. El blues,
el soul más profundo, el rock sureño, de recia sensibilidad
y exuberante destreza instrumental, todos tenían allí una
escena entregada. Pero a principios de los años setenta, en pleno
fiebre de todo menos de pop melódico (glam, hard, progresivo, sinfónico,
sureño, etc.) andar con estas cosas en cualquier sitio era nadar
a contracorriente. En el río Tennessee, era ahogarse directamente.
El primero de los incautos
al que vamos a conocer es Alex Chilton, que cuando Big Star
comenzó ya había conocido las mieles de un éxito
adolescente como voz solista de los Box Tops. Una banda de soul-pop
juvenil (es decir, un invento de productores) que obtuvo importantes éxitos
en las listas de la mano de Dan Penn (autor de clásicos
del soul sureño como "The Dark End Of The Street")
y de canciones como "The Letter". Sin embargo
Chilton termina asqueado y harto de su experiencia. Retorna de Nueva York
a Memphis con el objetivo de crear algo más personal y comenzar
una carrera en solitario. En los estudios Ardent comienza la grabación
de un L.P en solitario, que finalmente quedó abortado, hasta su
publicación bajo el título de "1970" por el sello
En el otro lado tenemos
a Chris Bell, hijo de un acaudalado empresario de la hostelería
local. Criado en la parte noble de la ciudad, desde pequeño desarrolla
una gran afición por los Beatles y una sensibilidad excesiva
y peligrosamente contraria al país en el que le ha tocado criarse.
Ya adolescente, busca la manera de crear una banda en la que desarrollar
su fijación por los Fab Four de Liverpool y expresarse mediante
canciones. Participa en infinidad de combos amateurs, hasta que en una
época en la que le acompañan en ICE WATER su antiguo
compañero de colegio Andy Hummel como bajista, y Jody
Stephens a la batería, se reencuentra con Chilton y comienzan
a congeniar.
La idea de formar un grupo
más melódico que lo que en aquel momento domina la escena
local se convierte en el objetivo final de su asociación. Sin imponerse
una rutina de conciertos, la banda comienza a ensayar y componer. El nuevo
grupo se beneficia de material que tanto Bell como Chilton traen de experiencias
anteriores, y juntos comienzan a arreglarlo y adaptarlo. La sociedad que
conforman se convierte en una versión oscura de la Lennon/McCartney.
Supervisando sus pasos está en todo momento John Fry, copropietario
de los estudios Ardent, y con el que ya han trabajado en diversos proyectos.
Durante un tiempo se convierte en una especie de mentor para ellos, y
en el ingeniero y coproductor de sus primeros dos discos
El nombre de la banda lo
encuentran en la forma de cartel luminoso anunciador de una cadena de
supermercados locales, y en realidad parece una premonición sarcástica
del devenir comercial del grupo. Finalmente de una manera fragmentada,
comienzan la grabación de su primer disco, comercializado en 1972
a través de Ardent Records, el sello de Fry, y distribuido por
Stax. Esta circunstancia fue una de las principales causas del fracaso
comercial de "#1 Record", pese a que recibió críticas
excelentes en toda la prensa. Lo cierto es que Stax se encontraba en situación
de crisis financiera, y además como sello especializado en Soul,
no tenía excesivas ideas para comercializar un grupo de las características
de Big Star.

Pese a ser absolutamente
ignorado entonces, "#1 Record" es la primera de tres
obras maestras. Como dijo Bud Scoopa en su crítica para
el Rolling Stone: "No es revolucionario, tan sólo es extraordinariamente
bueno". Eso es cierto: su clasicismo aparente es casi absoluto,
pues sólo se pueden rastrear ciertos detalles inconfundibles de
Big Star (esa oscuridad soterrada y acechando en las esquinas)
si se conocen los dos siguientes discos. Aunque por otro lado tampoco
se oculta demasiado: el disco se abre con las siguientes frases "¿Nena
qué estás haciendo?/ Me llevas a la ruina/ el amor que me
estás robando/ me ha provocado el sentimiento/ Me siento morir/
Y no creo que viva otra vez/ Ni siquiera lo ha intentado/ Y se acerca
al fin". Según parece en este debut el control de las
operaciones estuvo en las manos de Chris Bell, y cierto contraste
y fricción entre su sensibilidad y la de Chilton se hace patente.
Éste es su disco más esperanzado, juvenil y optimista, si
bien esto tampoco lo convierte en uno de esos discos felizmente idiotas.
Porque Bell, una personalidad
compleja y golpeada por sus circunstancias (esencialmente su homosexualidad
no asumida y cierto abuso de drogas) tenía un asidero ocasional,
aunque también una fuente de conflictos en una fe religiosa de
la que aparentemente carecía Chilton. Y por ello podía oscilar
entre estados de ánimo muy diferentes, de un modo algo esquizofrénico,
pero que podían iluminar en última instancia este disco.
Esto, sumado a la inclusión de las canciones que tratan con nostalgia
una adolescencia de inocencia imposible, como la clásica "Thirteen"
(una proposición musicada de cita a una chica del instituto, con
todo el candor y la rebeldía hueca del momento) y "In
The Sreet" (retrato de ese típico y entrañable
tedio veraniego, en la calle sin nada que hacer), conforma una obra que
muestra cierta esperanza en el futuro.
Por ejemplo en la excepcional
"The Ballad Of El Goodoo" tenemos al Bell que
encuentra finalmente la fuerza para seguir adelante en el Señor:
"Hace años mi vida estaba lista para ser vivida/ Pero he
estado luchando contra increíbles adversidades/ Se hace tan duro
en tiempos como éstos el resistir/ Pero mis principios están
allí para aferrarse a ellos/ y a mi lado está Dios".
Y también esta esperanza se transmite en "Watch The
Sunrise": "Puedo sentirlo, ahora es el momento/ abre
los ojos/ los miedos se han ido, y no tardará/ hay una luz en el
cielo/ Está bien mirar hacia el exterior/ el día resistirá/
Y mira el amanecer". O la redención a través del
amor que expresan tanto la majestuosa "My Life Is Right"
como la febril "When My Baby's Beside Me"
Tampoco hay una pureza
de formas absoluta en "#1 Record". El origen sureño
de la banda y los estilos que posteriormente practicaría Chilton
en solitario, se hacen patentes en los temas más nerviosos y rotundos,
también más "Kinks", como "Feel",
"In The Street", "Don´t Lie To Me" o "When
My Baby´s Beside Me". Todas conservan el innato sentido
melódico de Big Star, pero también una vertiginosa
urgencia rockera. La influencia británica es el principal sustento
de las composiciones de Bell y Chilton, aunque con un aroma a Rock'n'Roll
tradicional en algunas guitarras que demuestra una sana incapacidad para
abstraerse de su ambiente. "#1 Record" es una obra muy
acabada y seductora, un prodigio de perfección en un género
que aparenta ser más simple de lo que en verdad es. En estos primeros
Big Star las voces y las guitarras se entrelazan y se fusionan
hasta conformar un sonido que hace saltar a la mente la palabra "perfecto"
de manera automática. Pero nadie pareció darse cuenta de
todo esto entonces.

POR TODAS LAS RAZONES EQUIVOCADAS
Pese a su indiscutible
excelencia, "#1 Record" resultó un desastre comercial
absoluto. Recibido con genuino entusiasmo por la crítica, los problemas
de Stax para comercializarlo correctamente lastraron fatalmente sus ventas.
Una nula difusión radiofónica y las tensiones internas de
la banda, que no realiza una gira promocional excesivamente extensa para
promocionar el disco, terminan de rematar esta primera vida del grupo.
Chris Bell abandona
el barco para no volver. Al parecer, sentía que perdía el
control de su propio grupo a manos de Chilton, inevitable foco de toda
la atención periodística por su condición de ex -
estrella. Dolido, resentido y confuso, Bell se aleja de unos agonizantes
Big Star, que finalmente terminan por disolverse con un montón
de material preparado pero incompleto.
Sin embargo en Memphis
se produce uno de los fenómenos paranormales más terroríficos
que haberse pueda: una convención de críticos de rock. Hordas
de perversos plumillas invaden la ciudad, preguntando por Big Star
todo el rato, por lo que el trío superviviente decide reunirse
para realizar una serie de actuaciones ante tan sesuda audiencia. El recibimiento
es tan bueno que deciden volver a probar suerte y grabar un segundo disco:
el fantástico "Radio City".
Respecto a la autoría
de las canciones incluidas en él existe una eterna polémica
sobre la decisiva y no reconocida intervención de Bell. Parece
ser que, ante la separación y la imposibilidad de partir por la
mitad algo tan intangible como las canciones compuestas conjuntamente,
se deciden a adjudicarse como ordenado matrimonio los derechos de autor
y los créditos y salvarlas para futuros proyectos. Por lo que la
sombra de Bell y su estilo aún se perciben en esta segunda obra
maestra.
"Radio City"
comienza a mostrar la evolución (tal vez una suerte de degeneración)
de Chilton y su música hacia las profundidades abismales de "Third/Sister
Lovers". Poco a poco la estructura de las canciones pierde rigidez
y orden, como si se le aflojara el pulso. En su condición de escalón
intermedio entre las dos facetas de Big Star, "Radio City"
termina por resultar tan interesante como sus dos hermanos. Se abre con
"O My Soul", que recuerda a las canciones que
Skip Spence escribía para Moby Grape, nerviosas y
aparentemente caóticas. La banda parece a punto de estallar, y
los esfuerzos que debe emplear Jody Stephens para mantener el ritmo
rozan la proeza: esto es lo que dota de un carácter inconfundible
a la faceta más rockera y soul de Big Star. "She's
a Mover" y la stoniana "Mod Lang"
se sitúan en la misma línea de contundencia, pero aquí
imperan los tiempos medios y las baladas, que en todo momento se alejan
de los tópicos.
"Life Is White"
está repleta del mismo resentimiento amoroso ("Y ni siquiera
te quiero ver ahora/ porque sé de lo que careces/ y no quiero volver
a eso otra vez"), que puebla la prodigiosa "You Get
What You Deserve". Las extrañas pausas, los silencios
a contratiempo comienzan a poblar las canciones de Big Star y a
dotarlas de un peculiar perfil dramático. "What's Going
Ahn" es un preludio de las ralentizadas y oscuras baladas
de "Sisters Lovers", aunque con un efecto menos depresivo.
Tal vez por la compañía de compañeras más
"sonrientes" o menos agresivas, como "Way Out West",
o "I'm In Love With a Girl" una desnuda declaración
de amor que en su infinita inocencia remite a "Thirteen"
y que como cierre del disco deja un sabor de boca menos amargo que el
que hubiese producido cualquier otra elección.
Antes hemos recibido el
poderoso influjo de auténticas joyas de power pop en estado puro,
en su mejor versión. Como el increíble torbellino de voces
y guitarras de "Back of a Car" (una pieza de una
complejidad increíble comprimida en menos de tres minutos), la
psicodélica hermosura de la inicialmente parsimoniosa "Daisy
Glaze" (cuyo desarrollo final sorprende al más curtido)
y ese clásico absoluto que es "September Gurls"
(agridulce comentario de los romances adolescentes de verano, de la mano
de una de las melodías más deliciosas de la historia del
pop).
Sin embargo, las imponderables
excelencias de "Radio City" volvieron a sufrir la misma
miserable suerte comercial que el primer álbum, debido al pleito
que en ese momento sostiene Stax con CBS sobre la distribución
y que paraliza la vida comercial del disco. Andy Hummel abandona
el grupo harto de todo. Sin embargo todavía quedaba por llegar
el capítulo más increíble de esta saga de fatalidad.
LA INCREÍBLE HISTORIA DE LOS DOS DISCOS MALDITOS
A partir de la salida
de Hummel el deterioro personal de Chilton se acerca peligrosamente al
desquiciamiento. Inmerso en una tormentosa relación sentimental
con Lesa Aldredge, auténtica bomba de relojería,
y aumentando progresivamente su consumo de estupefacientes (circunstancia
en la que corre paralelo al deterioro de Chris Bell), poco a poco
su carácter se torna más problemático, su vida más
caótica y su música más oscura y extraña.
Bajo la supervisión de Jim Dickinson y con Jody Stephens
como única presencia de un miembro original de Big Star,
las sesiones del tercer disco se convierten en un genuino "Expediente
X".
Mientras, Chris Bell
graba por su cuenta, e incluso contando con la presencia ocasional de
Chilton, nuevas canciones, en las que también se traslucen sus
propias tormentas. Sin embargo ninguno de los dos discos en preparación
salió a la luz en el momento correspondiente, convirtiéndose
en dos de los "discos perdidos" más míticos del
rock americano, especialmente el tercero de Big Star. El de Bell,
titulado finalmente "I Am The Cosmos" (como el single
que sí consiguió publicar en vida en 1978) fue una obra
póstuma, publicada en 1992 por Rykodisc.
El firmado por Big Star,
aunque en realidad se trate más de una obra de Chilton en solitario,
no apareció hasta 1978. A través del tiempo ha recibido
tres nombres diferentes, sin que ninguna de las sucesivas ediciones haya
contado con el beneplácito del propio Chilton, que le tiene (o
afirma tenerle) especial manía a la música de Big Star,
pese a que de vez en cuando acude a su mística para resucitarla
y ganarse unos duros. En un principio este extraño tercer álbum
se iba a titular "Beale St.Green". Cuando apareció
en 1978 en el sello inglés Aura lo hizo ya bajo el título
de "Third", al igual que en la edición americana
de PVC. Reeditado con más temas por Rykodisc en 1992, lo hizo bajo
el nombre de "Sister Lovers", referencia al hecho de
que Jody Stephens estaba saliendo a su vez con Hollyday, la hermana
de Lesa. Sin embargo nunca hubo una decisión por parte de la gente
más directamente involucrada en su creación, Chilton y Dickinson
(cuya bizarra post - producción transformó el disco en lo
que conocemos) sobre la secuencia definitiva de canciones incluidas y
el orden de la misma. El hecho es que el disco probablemente debiera terminar
con "Take Care" (que resultaría una despedida
apropiada y algo luminosa) e ignorar los "bonus tracks". Pero
lo cierto es que tanto "Dream Lover" como "Downs"
(una perversa oda a los tranquilizantes) tienen una enorme importancia
en el disco, y cualquiera de las grabaciones de estas sesiones posee un
carácter muy particular. A excepción de la versión
de "Whole Lotta Shakin' Goin' On" de Jerry
Lee Lewis, correcta pero superflua.
"Sister Lovers"
es generalmente considerado como uno de los discos más oscuros
y depresivos de la historia del rock. Esta idea, como toda opinión
que se convierte en un lugar común, es a la vez una exageración
y un reduccionismo. Sin embargo es cierto que, por momentos, la atmósfera
que se respira es completamente opresiva, enferma y depresiva. Y que éste
se encuentra muy lejos de ser el arquetípico disco de Power Pop,
vital y enérgico. Muchas de las canciones son tan lentas, tan oscuras
y frágiles que parecen estarse resquebrajando a mediada que las
escuchas, como si al tocarlas se deshicieran como un pergamino avejentado.
Tal vez reflejan las drogas en particular (potentes tranquilizantes y
alcohol sobre todo) que Chilton estaba consumiendo en cantidades industriales,
mientras su relación con Lesa continuaba su accidentado y caótico
discurrir.
"Holocaust",
una canción de tristeza absolutamente desoladora va seguida nada
menos que de "Kangaroo", que resulta difícil
de describir en términos de canción pop, con todo su caos
de guitarras eléctricas distorsionadas y caprichosas, contundentes
baterías que no tocan nada en concreto y en la que la esquiva melodía
parece no hacerse tampoco presente del todo. Sin la aparición después
de los arreglos de cuerda de Carl Marsh (fantásticos y subliminalmente
omnipresentes a lo largo del disco) de "Stroke It Noel",
sin duda el disco se terminaría por precipitar a un pozo al que
se asoma sin miedo en diversas ocasiones. No hace falta más que
observar el arreglo de "Femme Fatale", que resulta
más lento y dolido que el original de la Velvet Underground;
la narcótica parsimonia de "Tonight" y
sobre todo "Big Black Car"; o el comienzo de "O
Dana" o de la propia "Stroke It Noel".
E incluso imaginar cómo sería esa extraordinaria composición
de Jody Stephens ("For You") en el contexto
de cualquier otro disco, incluso en cualquiera de los dos anteriores de
Big Star.
En el otro lado de la
desequilibrada balanza tenemos "Kizza Me", "Thank
You Friends", "Jesus Christ" y "You Can't Have Me",
exponentes ya terminales de la faceta más urgente y eléctrica
de Big Star, que resultan contrapuntos casi testimoniales ante
la intensa presencia de las bizarras nuevas canciones Chilton. Un Chilton
que, por su parte, da sobradas muestras de una enorme misantropía
y un profundo ensimismamiento en unas letras que, de un modo u otro, ya
sea a través de la rabia ("You Can't Have Me"),
de la ausencia de piedad ("Holocaust") o de su
indiferencia ante todo ("Big Black Car"), revelan
un proceso de desintegración personal que se ve reflejado en la
música de un modo perverso, pero también morboso y fascinante.
Auténtica "Cançon Verite", que refleja con crudeza
a un hombre aislándose del mundo, consumiéndose en una relación
amorosa enfermiza, en una distancia insalvable de las cosas y de las personas,
en un falso paraíso artificial de drogas que engañan a la
hora de mitigar el dolor, pues éste continúa obviamente
presente.
Y sin embargo seguimos
estando ante un disco de una belleza enorme, de una capacidad de seducción
inexplicable. Con breves retornos a la magia original de los primeros
Big Star ("Blue Moon", "Thank You Friends",
"For You"). Pero sobre todo con una nueva e irrepetible
manera de crear música; y que finalmente lo convierte en un clásico
de una enorme influencia años después de su publicación.
Repasa "Yankee Hotel Foxtrot" (2002) de Wilco,
por ejemplo.

Mientras que John Fry,
con el que la relación se había deteriorado hasta límites
insoportables, intenta colocar esta rareza en alguna discográfica,
y Chilton comienza a proyectar su carrera en solitario, Chris Bell
continúa intentando acabar su propio disco, inmerso en un extraño
proceso de autodestrucción y reconciliación con Dios, que
no desmerece en nada el infierno particular de Chilton. Finalmente en
noviembre de 1978 su potente Triumph se estrella, nunca se sabrá
si intencionadamente o no, contra un poste y Bell muere, dejando tras
de sí un extraordinario puñado de canciones inéditas
que tardarían largos años en ver la luz en forma de álbum.
"I Am The Cosmos",
cuya grabación tuvo lugar (sin un contrato para su posterior comercialización)
entre 1973 y 1978 en un castillo en Francia (Chateau D'Heurville) y los
Ardent Studios de Memphis, con colaboraciones ocasionales de Chilton y
Dickinson y un núcleo duro de músicos formado por Richard
Rosebrough a la batería y Ken Woodley al bajo y el órgano,
es un disco que parece recoger el testigo del primer álbum de Big
Star con mayor fidelidad que "Sister Lovers". Reivindicando
de este modo la verdadera importancia de Bell en el encanto de aquellos
primeros Big Star. Aunque la cadencia resulta más perezosa
en muchas ocasiones, sugiriendo también un uso y abuso de la heroína
y otros narcóticos por parte de Bell, no existe aquí esa
fragilidad tan propia de "Sister Lovers". Sin embargo
un convencimiento, más fervoroso que empírico, en la redención
final se palpa en las letras, repletas también de dolor y desengaño
genuinos.
Desde la desesperanza
de una canción como la homónima, que abre el disco sin que
sepamos si habla de amor a una mujer o de la dependencia de una droga
(o de ambas), Bell tiene ya claros tanto el problema como la solución
en el segundo corte, "Better Save Yourself" ("Le
deberías haber dado tu amor a Jesús/ No te haría
daño/ Has estado sentado sobre tu trasero/ intentando encontrar
alguna gracia/ Pero más vale que te salves a ti mismo/ si quieres
ver su rostro"). Con ocasionales apariciones del nervio más
rockero de los primeros Big Star ("Get Away", "Make
a Scene", "I Got Kinda Lost", "I Don't Know")
y de esas irresistibles baladas acústicas marca de la casa, aparentemente
tan bucólicas, ("Speed of Sound", "You and
Your Sister", "Look Up". "Though I Know She Lies"),
este álbum es otra obra maestra, otro inapelable lección
de como cambiar, en palabras de Andrés Calamaro, emoción
por canción, otro milagroso producto de las horas intempestivas,
los sueños inquietos y las dependencias (químicas y personales)
en fase terminal.
Una obra maestra ensombrecida
por la leyenda de otra y por su tardía aparición. Pero "I
Am The Cosmos", lejos de aclarar todos esos misterios que han
rodeado siempre a Big Star, no hace más que espesar su vaporosa
presencia. Así, aquel confuso cronista del comienzo asume su fracaso,
pero sólo en la medida en que no haya logrado despertar la curiosidad
del lector. De no ser así, de haber creado nuevas dudas, de una
manera paradójica pero completa habrá cumplido su misión.
A veces es en ese misterio donde reside el verdadero encanto.
ENRIQUE MARTÍNEZ
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