Por algún extraño motivo siempre que se habla de un disco de Greg Dulli, ya sea con su extinta banda The Afghan Whigs, ya sea con este proyecto paralelo reconvertido en principal, hay una buena historia que contar. Puede ser que él mismo se invente todas estas historias, consciente de que ha sido capaz de crear un personaje casi tan atractivo como sus discos, un artista maldito y verdaderamente seductor. Pero por lo que sea también, a uno siempre le apetece contar esas historias.

Lo dejamos hace unos años disolviendo a los Whigs, al parecer de manera amistosa, y publicando por fin un proyecto paralelo (“Twilight as Played by The Twilght Singers”) en el que había trabajado en dos etapas.

“Nos juntamos y comenzamos a trabajar en algunas cosas. Algunas sonaban bien, pero no tenían ese boom de siempre. Y habíamos dicho cuando éramos críos que lo dejaríamos el día que ya no nos divirtiéramos. Nos sentamos y dije: Sabéis, no se vosotros pero yo no me divierto. Y los demás los dijeron también. Yo no rompí el grupo. Todos dijeron que se había acabado, nos tomamos unos tragos, jugamos al póker –me llevé toda la pasta como siempre he hecho—y nos separamos. Siguen siendo mis chicos.”

Poco más se supo de él: se mudó otra vez a Los Ángeles, donde abrió un bar y al parecer dejó completamente de lado la música durante más de un año, sin agarrar la guitarra ni sentarse al piano, sirviendo bebidas y escuchando conversaciones ajenas, tomando buena nota.

“Con este nuevo disco he terminado por sacar un montón de inspiración de mi trabajo, llevando un bar y sirviendo bebidas, estás bien provisto de toda clase de conversaciones. Pasas al lado de unas y piensas “no sabes que te estoy escuchando, que he memorizado algo chulo que has dicho... y que no verás nunca un penique en royalties de este disco”.

Un día sentado en su casa un leve terremoto, tan típico de Californa, activó de repente sus instintos musicales. Y tras recoger la guitarra del fondo del armario, compuso su primera canción en tres años: la estupenda “Papilion”.

“Estaba sentado en casa leyendo y tuvimos un terremoto. Nada grave, nada cayendo de las paredes. Miré alrededor, a mi gato, a ver si todo estaba en su sitio, y vi mi guitarra. La saqué y me di cuenta de que era la primera vez en trece meses que la cogía. Me fui al porche comencé a tocar, y en diez minutos tenía una canción escrita.”

Escribiendo a partir de ahí con una facilidad y abundancia inhabitual en él, (y más después de semejante sequía) en menos de un año ya tenía preparado un nuevo disco, grabado incluso y titulado “Amber Headlights”. Sin embargo el repentino fallecimiento de su buen amigo, el cineasta Ted Demme (director de “Beautiful Girls” y “Blow”, entre otras) de un infarto lo hunde en otra de sus habituales depresiones y decide cortar la publicación de un disco cuya alegre disposición era lo más opuesto a su estado de ánimo.

“Era un álbum de buen ánimo, y de repente “bien” era lo último que me sentía. Creo que me habría sentido como un charlatán barato si hubiera intentado hacerlo pasar por cómo me sentía. Era importante examinar lo que él significaba para mí, lo que su pérdida significaba para mí. Las luces se apagaron cuando Teddy murió, y tenía que explorar eso. No sólo por mi, sino también para honrar la recuerdo de mi amigo”

Nueva exploración del lado oscuro mediante, nuevas sesiones de grabación en Los Ángeles, Nueva Orleans y Memphis con más de una veintena de colaboradores después, “The Twilight Singers Play Blackberry Belle” toma forma definitiva y Dulli retoma de nuevo el hilo de su carrera musical. Y si siempre hay una historia memorable que contar detrás de los discos de Dulli, en ellos siempre hay también líneas memorables que citar, y una intro que recordar. “Black Out the windows/ It’s party time/ You know how I love stormy weather/ so let’s all play suicide”. Piano delicado y explosión en el estribillo, nuevamente empleando con verdadero y justificado efecto dramático las dinámicas de dulzura y fuerza típicas del rock independiente americano desde los Pixies, la inicial “Martin Eden”, en la que el protagonista se dispone a cruzar ese río que lleva “al otro lado”, establece como solía ser habitual en Dulli, las claves argumentales, el tono y el carácter del disco.

“Era la descripción del suicidio de Martin Eden. Es una de las cosas más exquisitamente poéticas que he leído sobre el dolor. A mi manera creo que quería escribir una canción que honrase el espíritu de Jack London”

Pese a que del anterior proyecto bajo este alias de Twilight Singers no repita ningún colaborador, sí existe una cierta continuidad en el sonido, que diferencia lo que Dulli realiza bajo este nuevo paraguas de lo que la electrificada e inconfundible dinámica de Afghan Whigs nos ofrecía. Reaparecen las programaciones de ritmos, la fuerte presencia del piano en detrimento de las guitarras, un aire a veces casi AOR derivado del gusto musical de Dulli, tan ecléctico como verdaderamente desacomplejado.

“Recuerdo cuando mis amigos se metieron en el punk. Negaban haber tenido cualquier gusto musical anterior al punk. Yo les preguntaba: ¿qué quieres decir con que no te gustan Earth Wind & Fire?, pero si fuimos a verlos juntos. Y ellos: No tío, yo no fui, odio esa mierda. Es estúpido… es aislacionista, es intolerante, es provinciano, es de mentes estrechas. Me refiero a cualquier cliché que insiste en ese tipo de idealismo. Te gusta lo que te gusta”

Tenemos por ello soul, toques de trip-hop, grooves de funky clásico y de R&B contemporáneo. Atmósferas densas y recargadas, con cuerdas y guitarras acústicas. Un dispar desfile de colaboradores que va de Mark Lanegan o Petra Haden, a Apollonia Kotero (recordada co-protagonista de “Purple Rain”), o gente de la escena profesional de L.A. Pero es también “Blackberry Belle” un álbum más rockero que el precedente, más nervioso, enérgico y temáticamente más oscuro. Más Afghan Whigs de alguna manera.

Sobre todo existen muchos puntos de contacto entre “Blackberry Belle” y “Black Love”, uno de los grandes discos de Afghan Whigs y tal vez el más incomprendido de todos. La misma atmósfera de film “noir”, crepuscular, decadente y un tanto claustrofóbica. Referencias, musicales y temáticas, al soul y funk de la década de los setenta. Un desarrollo argumental y musical abrupto, esquivo, con la presencia de múltiples personajes que van y vienen. También es un disco que, como aquél, sin lugar a dudas gana mucho con las escuchas. Algo difícil en un comienzo (de hecho tal vez lo más accesible del disco se localice de su mitad en adelante) pero dotado de un indiscutible carácter y de una personalidad muy marcada.

El desastrado estado interior de esos personajes que con ese sentido tan cinematográfico de la narración nos va presentado Dulli, queda definido en la propia introducción o en esas líneas memorables (por definitorias y por contener una de esas citas “cultas” al soul) de “St. Gregory” (“There’s a riot goin’ on/ inside of me”). De lo que habla “Blackberry Belle” es de personas tentadas por los peligros de la noche, por sus propias aficiones (o adicciones) peligrosas, pero siendo ya plenamente conscientes del precio a pagar. En esto Dulli se refleja de nuevo con total veracidad. Él mismo ha llegado a una cierta edad, son treinta y ocho tacos ya. Y la inconsciencia juvenil ha dejado paso en todo caso al vacío, al hastío, a una cierta necesidad de algo que ya no está. Pero a la hora del necesario pase de cuentas, en su defensa ya no puede alegar desconocimiento de las reglas y de los castigos. De alguna manera hay que cuadrar el balance.

El esquivo protagonista y esos personajes pueden buscar algo en el aire de la noche (“Esta Noche”), en noches que tienen “dieciséis horas para quemar” (“Teenage Wristband”). O pueden estar cautivos de la lujuria (“The Killer”) e “hipnotizados por las chicas que saben como andar” (“Decatur St”), o atrapados en unos de esos amores verdaderos pero nacidos ya malditos, con gente poco recomendable (“Papilion” o “Follow You Down”). Pueden buscar ese “algo” en cualquier cosa vacía, en las drogas o las carreras de coches (“Fat City (Slight Return)”), pueden ser gente arrastrada hacia lo que les tienta, de “fiesta en la mansión/ el día antes de la caída”. Sin importarles la sangre propia y ajena que se dejan por el camino. Como nos anuncia en las primeras líneas en este disco, placer y autodestrucción, fiesta y suicidio, cuando la primera es de verdad, van fatalmente cogidos de la mano.

Personajes que en realidad han sido tentados por el mismísimo Diablo en persona. Y éste se revela definitivamente cuando en “Number Nine”, en otro de esos memorables y catárticos broches oro marca de la casa, las voces se desdoblan en un sobrecogedor Mark Lanegan y el propio Dulli, asumiendo el segundo su papel predilecto, el de un severo y burlón Belcebú. Mientras que el primero, consciente ya de su fatal destino, se despide sin resistencia pero con orgullo, probablemente para llegar al escenario de la primera canción.

Y así se descubre otra de esas complejas narraciones de Dulli, otro de esos proyectos tan personales como transferibles a nuestra propia experiencia. Sin ánimo de resultar morboso o entrometido, caer redondo a los 38 años de un infarto jugando al baloncesto, como fue el caso de Demme (en un partido al que por cierto en principio debía acudir Dulli) tal vez revele cuentas pendientes con antiguos y muy hollywoodenses excesos con algo blanco, pero no en botella.

Tal vez esta nueva y turbulenta peripecia de Dulli nos haya traído una obra difícil, inasequible quizá para los no iniciados en este peculiar universo. Puede ser. Pero resulta también difícil pensar en que los ya iniciados encuentren motivos para la decepción en esta sobredosis de ingenio y sinceridad, de truculento pero certero auto-análisis. Pasa el tiempo y nuevamente crecemos, o como poco envejecemos, en compañía de este tipo único, que se conoce a si mismo tan bien como en realidad conoce a todo el mundo.

“Yo creo que la aspiración de trascender y la inteligencia suelen ser el abismo para la mayoría de la gente. Y aún más en el mundo artístico. Lo que ocurrió en la sala de estar de Eliott Smith es una parábola moderna de lo que puede suceder. No lo conocía demasiado bien, pero lo conocía y le tenía un profundo aprecio. Y más que pensar en lo que hizo, o en la música que hizo antes de eso, todo en lo que puedo pensar es en los cinco minutos previos a que el acto se completase. Y para mi esa es la profundidad más absoluta de la soledad. Y ahí está el porqué cuando eliges exponerte a ti mismo de un modo artístico, te estás situando en un lugar peligroso”

ENRIQUE MARTÍNEZ

(Nota: Las citas de Greg Dulli han sido extraídas de diversas entrevistas. Referencias en la web www.summerkiss.com )