Si todos somos "yo y mis circunstancias", entonces algunos discos, todos los discos en realidad, son "ellos y sus circunstancias", y en consecuencia sus autores también. Y en la vida hay factores que no controlamos, mareas vivas que nos arrastran y tuercen nuestras mejores intenciones. A veces incluso cuando creemos estar montados en la buena ola, y pensamos que ese impulso gratuito nos lleva más rápido en la dirección correcta, y en realidad su intención final es estrellarnos contra las rocas. Una de esas circunstancias incontroladas de las que hablo, una de esas engañosas buenas olas, es lo que se conoce como "hype". Y Dios se apiade de los engullidos por él.

Ahora toca decir: "vuelve el rock", que el rock no está muerto, que los salvadores del maltrecho panorama del pop visten chupa de cuero, llevan el pelo más o menos largo, despeinado y grasiento y tocan la guitarra eléctrica. ¿Por qué toca decirlo ahora?. No lo sé, pero se dice; de hecho lo dice gente de la que nunca esperarías oírlo. Y parece ser que uno de los salvadores y Mesías son los BLACK REBEL MOTORCYCLE CLUB, y uno de los nuevos fetiches es su disco de debut.

Algunos hechos ciertos: BRMC hacen rock, tocan rock. Tocan rock de "ese": con guitarras eléctricas (Peter Hayes), bajo (Robert Turner) y batería (Nick Jago). También con algún adorno adicional que compense y coloree su condición de espartano "power trio": algún sintetizador y un bajo que ocupa más espacio del habitual, recurriendo incluso al "fuzz" para convertirlo en una virtual guitarra rítmica. Tocan rock con hechuras clásicas, actitud vehemente pero romántica, y memoria histórica, aunque sean hijos indudables de su tiempo y de su generación. Una generación que en su vertiente rockera tiene en igual estima y veneración a JOY DIVISION que a la VELVET UNDERGROUND, al "Psychocandy" que al "Funhouse", el "Daydream Nation" que al "Sticky Fingers". Probablemente una banda de rock formada hace diez años no sonaría tan siniestra, atmosférica, ruidista, mesiánica y densa sin ser encuadrada dentro de un subgénero (rock siniestro o mesiánico, que más da). No se les colgaría la etiqueta de clasicistas, sino más bien de imitadores de modelos por entonces tildados de caducos. Hoy en día, transcurridos ya veinte años, ciertos nombres de la primera mitad de los años ochenta son ya clásicos, eslabones de la cadena, y las nuevas bandas de rock que surgen hoy lo dejan claro en su sonido.

En su debut BRMC ofrecen un sugestivo programa que bebe (además de lo de siempre en estos casos: punk de Detroit y Nueva York, el legado Velvet Underground) de JESUS & MARY CHAIN, JOY DIVISION, también incluso del noise de primeros noventa: RIDE, MY BLOODY VALENTINE, y que transmite su intención sin interferencias y con talento. Desde hace muchos años en California (son de San Francisco vía Los Ángeles) las innovaciones del rock tardan décadas en aposentarse, y ahora esa influencia británica en concreto comienza a producir discos venidos de la luminosa y acartonada capital de la industria discográfica mundial. En este caso, un disco inteligentemente producido, pensado y ordenado. Un debut con sustancia y una cierta certeza en sus posibilidades de desarrollo, sobre todo si observamos la excelente progresión de la última mitad del disco, que dota al conjunto de una sensación de cohesión y coherencia difícil de encontrar en un primer larga duración.

Con una apertura intensa y un desarrollo final onírico y atmosférico, el acelerado e infeccioso impulso del single "Whatever Happend To My Rock'n'Roll (Punk Song)" es una engañosa presentación, es "la canción punk" del disco. Realmente éste se basa (a excepción de la rotundamente bluesy "Spread Your Love") más en una colección de hipnóticos y densos medios tiempos, con soterradas y adictivas melodías: "Awake", "White Palms", "As Sure as the Sun", las ingrávidas "Too Real" y "Head Up High". Es un disco que contiene dos ganchos evidentes y directos: la apertura con "Love Burns" y el mencionado single, pero que en el resto gana (como tiene que ser) con las escuchas, hasta conformar un álbum compacto y bastante redondo, culminado con un "Salvation" de lo más adecuado por su carácter de himno de reminiscencias gospel y redentoras.


Repleto de referencias religiosas en las letras (no en vano Turner es hijo de Michael Been de The Call, grupo americano de rock cristiano de los años ochenta), transmitiendo en todo momento una enorme convicción, una fe ciega en lo que están haciendo y diciendo, el debut de BRMC es realmente adictivo y transmite ese tipo de sensaciones perfectamente capaces de convertirlo en un disco de cabecera para aquellos que se acercan ahora a las procelosas aguas de la música realizada con esfuerzo físico y emocional simultáneos. Y esto es también debido a que pese a su aspiración trascendente no elimina en ningún momento la indispensable fisicidad que distingue al Rock y a su parentela de otros géneros más livianos. Por tener, hasta tiene una hermosa declaración de principios, de las que se berrean entusiasmado cuando ebrio: "Me enamoré de una dulce sensación/ Le entregué mi corazón a un simple acorde/ Entregué mi alma a una nueva religión/ ¿Qué pasó con el Rock'n'Roll?"

Sinceramente discos así a algunos tampoco nos sorprenden tanto. Sabemos que son escasos pero que, con un disfraz u otro, adscritos a un subgénero determinado, surgen de vez en cuando. Lo sabemos aquellos que nunca hemos utilizado la palabra "rockista", que no buscamos continuamente el producto redondo de una "estética total" que abarque nuestros discos, ropa y complementos por un par de meses. Que distinguimos, o al menos lo intentamos, lo bruto de lo urgente y lo sincero de lo burdo. Que nunca hemos creído que el verdadero problema estuviera en el medio (la guitarra eléctrica) sino más bien en el mensaje (a veces ninguno) Que tampoco hemos encontrado un genio de temporada en cada esquina de la misma ciudad durante un corto periodo de tiempo, que nunca supera los doce meses, y después hemos desatado una esquizofrénica caza de brujas, comenzando a ver impostores y mediocres por todos lados. Somos también los que nos alegramos de corazón de que discos tan sólidos y sugestivos como éste puedan provocar epifanías rockeras en algunos más jóvenes (e incluso más viejos) que nosotros, que les ayuden a descubrir la enorme expresividad de un medio tan mutable. A los "otros" no sé que les pasa ahora. Nunca lo he sabido, realmente.

Pero algunos sabemos también, y no sin cierto pesar, que de algún modo las noticias sobre la muerte del rock no resultaban tan exageradas como las de Mark Twain en su momento. Llevamos observando el Rock todo este tiempo y os podemos decir que está muerto, feliz de estarlo y que desde el Más Allá os manda saludos. Tal vez no entendáis cómo puede estar muerto y ser a la vez el alimento de algunos de los mejores discos que se publican, año tras año. Los fenómenos paranormales son siempre difíciles de explicar, pero ahora mismo estoy hablando con el Rock otra vez, me lo está explicando y seguro que algún día os lo contaré en estas mismas páginas, si mis modestas capacidades dan para tanto.

Pero bueno, al grano y resumiendo:
1º) El rock está muerto.
2º) Seré razonablemente rockero (y un rockero razonable) hasta que me muera.
3º) ¡Viva el rock!!!
4º) Te puedes comprar este disco con tranquilidad porque, de verdad, es realmente bueno.
5º) Esa chupa de cuero que te están tentando, de verdad, es opcional.

ENRIQUE MARTINEZ