Tal vez resulte una de mis habituales exageraciones, pero se acaba de publicar el libro más esperado de la historia del rock. Uno se atreve a afirmar sin empacho que la autobiografía de BOB DYLAN, cuyo primer volumen y bajo el título de “Chronicles” acaba de hacer aparición en el mercado, supone probablemente el acontecimiento editorial más importante relacionado con el rock que jamás haya tenido lugar. Por motivos diversos, que van desde la magnitud del personaje hasta su propio hermetismo y carácter reservado, las más que esperadas memorias de DYLAN han alcanzado un nivel de expectación que, además, no se ha visto decepcionado, sino más bien al contrario, por los resultados finales. Después de décadas de espera, la última palabra sobre una de las vidas más extraordinarias del último siglo, ha hecho aparición sin excesiva fanfarria por estos pagos (de hecho no se ha editado todavía su traducción al castellano), dejando por ahora un primer volumen de memorias fascinante y absorbente, poderosamente sugestivo y esclarecedor.

Puede que incluso de haber sido publicado hace veinte, incluso diez años, en el momento más bajo de su carrera artística, este libro hubiera recibido más interés que cualquiera de los discos publicados por aquel entonces por DYLAN. Protegido desde siempre por un halo misterioso construido con sus propios silencios y declaraciones crípticas o directamente mentirosas, y con virajes vitales sorprendentes, la apasionante epopeya personal de uno de los grandes gigantes de la cultura de masas, parece habernos sido retransmitida en directo y, sin embargo, ha resultado siempre uno de los más profundos enigmas a los que se viene enfrentando la intelligetsia pop durante décadas. Ahora, desde una sinceridad aparentemente absoluta, es el propio protagonista el que responde a algunas de las eternas preguntas formuladas a propósito de él, y asimismo confirma la grandeza de su singular genio.

Por ahora, se ha publicado un primer volumen, del que se presume que habrá continuación. DYLAN se aparta de un estricto orden cronológico, dividiendo el tomo en cinco capítulos, consagrando los dos primeros y el último a su iniciática llegada a Nueva York en 1961, cuando buscaba introducirse en el circuito de artistas folk del Greenwich Village y empaparse de todo lo que la capital del mundo y sus extrañas gentes fueran capaces de proporcionar a un entregado aprendiz de folksinger. No sólo confirmamos lo ya conocido sobre sus visitas constantes a un enfermo Woody Guthrie, su modelo ético y en muchos casos artístico, sino que nos ofrece incluso datos nuevos sobre esa trascendental relación, como lo cerca que estuvo de disponer para sí mismo del material que décadas más tarde alimentaría el celebrado proyecto de Billy Bragg y Wilco “Mermaid Avenue”. Pero, sobre todo, fascina la observación de una etapa de fulgurante formación intelectual, en la que asaltando bibliotecas públicas y privadas, colecciones de discos ajenas, y escuchando lo que otros le enseñan, con un apetito voraz, DYLAN va asimilando todo lo que se le pone a tiro, conformando su amplio mundo de referencias y, con ello, su estilo. Y llegado cierto momento, con absoluta sinceridad reconoce haber percibido como una especie de iluminación o epifanía, la necesidad ineludible de la propia autoría, la sensación de llamada del destino, de misión, que se le aparece con toda claridad en su esperanzador horizonte.

El orden cronológico de su propia historia es sometido a un técnica fragmentaria que ya hiciera acto de presencia en canciones como “Tangled Up In Blue”. DYLAN realiza en los capítulos tercero y cuarto dos vertiginosos saltos temporales, algo que también sucede dentro de cada capítulo, llevando la narración por un hilo mental que, como el de todos nosotros, entremezcla pasado y presente con sentido, buscando esa clase de conexiones que se nos aparecen con perspectiva como más que evidentes. En el tercer capítulo nos dirigimos a su refugio en Woodstock y a la génesis del deliberadamente modesto “New Morning”, en su búsqueda de un razonable anonimato, intentando huir de su papel de profeta político y “Voz de Una Generación”, consagrándose a una contemplativa vida familiar. En el cuarto episodio reconoce, describe y explica su completo naufragio creativo a mediados de los ochenta y examina la torturada creación, con esa complicada cooperación con Daniel Lanois en una sugestiva Nueva Orleáns como telón de fondo, de “Oh Mercy”, su resurrección creativa. Para el quinto capítulo retornamos al umbral de su gloria, tras paradas en momentos anteriores como su infancia en Minnesota, su enamoramiento del folk, el comienzo de su peregrinar y el descubrimiento de Woody Guthrie como maestro. Lo dejamos feliz y arrogante, escuchando a Robert Jonson, cuando las nieves de Nueva York comienzan a derretirse bajo sus pies, flamante contrato discográfico en mano, y ante un horizonte de gloria que aparece como inevitable.

Sobre el papel, no parece gran cosa, de hecho parece una historia pequeña. El propio DYLAN, pese a no mostrar una falsa modestia doblemente falsa en su caso, y mostrándose también plenamente consciente de la dimensión de su propio talento y del carácter innovador de mucha de su primera música, hace sin embargo un esfuerzo evidente por desmarcarse en el libro, como lo hizo en la vida real, de la histeria colectiva y del mesianismo que le fue impuesto. Lo elude al retratarse con justicia, al mostrar una enorme devoción por sus maestros, y al narrarnos también su intento desesperado por obtener un cierto anonimato. Los momentos de mayor atención pública sobre su persona resuenan más bien como un atronador eco o como una posibilidad en realidad inesperada, pues no están recogidos en este primer volumen. Sin embargo, el libro resulta absolutamente fascinante, en tanto que ofrece con sorprendente candor en un personaje tan reservado y enigmático, un autorretrato honesto y un marco histórico electrizante. El funcionamiento de la mente de DYLAN, tanto en su capacidad para analizarse a si mismo y a los demás, como para examinar su arte y la de los demás, resulta asombroso. Probablemente nadie haya sido capaz de encontrar las claves de su propia destreza o de describir la magia de su música de la manera en la que lo hace DYLAN. Se muestra preciso, sorprendente, original, en cierto modo como uno de los mejores críticos musicales que jamás se haya podido leer.

Resulta curioso comprobar como coincide en muchos puntos con algunas de las más exageradas exégesis de su música, si bien rechaza otras glosas desnaturalizadas de sus letras. Sintomática resulta su sintonía con Greil Marcus y con los desbordantes análisis contenidos en su “Invisible Republic”. Algunos críticos cargaron en su día contra aquel libro, mientras que el propio Dylan afirmaba que el autor “lo había clavado”. Ya se ve quien andaba en la pista correcta. DYLAN, tanto para la propia como para la ajena, va más allá de las notas, viaja sin ningún miedo al ridículo metafórico hacia el espíritu de la música. Hay algo prodigioso en su manera de captar la esencia, de descubrir una metafísica particular que dinamiza la música folk y pop como expresión artística. Párrafos de enorme brillantez consagran la profundidad de su enfoque y el amor eterno que le guarda a esta música.

Descubrimos además a un DYLAN menos cínico, más sentimental de lo que pudiera habernos parecido hasta la fecha. Un hombre de singular decencia, con una visión generosa sobre los demás. Ese cinismo y sarcasmo abrasador que tantas veces inundara su comportamiento y su obra, bien pudiera parecer ahora una máscara, un mecanismo de autodefensa en momentos de asedio constante sobre su intimidad; o en última instancia algo que quedara atrás a raíz de su conversión al cristianismo. Es un enigma que tal vez se resuelva en futuras entregas. Pero lo cierto es que el hombre sexagenario que hace recapitulación en estas páginas, resulta sabiamente autocrítico, a la vez que generoso. Y en su amable retrato de los demás, aparece definitivamente como honesto, equilibrado y profundamente humano.

Por último, hay que destacar necesariamente la notable prosa con la que Dylan viste su inédita desnudez. Si DYLAN siempre pareció un gran escritor que, por algún motivo, escribía canciones y no otras cosas, la muestra de su arte que se nos ofrece aquí borra por completo la decepción histórica que fuera “Tarántula”, su anterior aventura literaria, publicada a mediados de los años sesenta, en plena vorágine de fama y probablemente de drogas. Aunque no parecemos disfrutar de un estilo plenamente cristalizado, sino más bien maleable y algo líquido, sí que podemos deleitarnos con una voz intensa y firme. Sorprendentemente maduro como narrador para tratarse de un segundo esfuerzo en prosa (que tal vez no lo sea, pero no nos consta de otra forma), la exuberancia de sus descripciones, el nervio de sus sorprendentes abstracciones, resulta en una prosa absorbente, torrencial y definitivamente “Dylaniana”.

Y sobre todo, nos lleva a concluir que con un talento diferente, innato pero cultivado, DYLAN ha sido durante este casi medio siglo de presencia entre nosotros, y, tal vez por una cierta distancia al respecto, uno de los más agudos y fiables observadores de las circunstancias, propias y ajenas, que le han tocado vivir. En cierto modo, su vida ha sido la de todos, una vez le intentaron, y probablemente lograron, arrebatarle la suya propia. El umbral a un mundo fascinante, a la mente de BOB DYLAN mirando por la ventana y hacia su interior, se encuentra en estas páginas, quizá por una vez, verdaderamente imprescindibles.

ENRIQUE MARTÍNEZ (enero, 2005)