Una de las pocas cosas que he aprendido después de todos estos años pegado a los discos, es que uno en realidad nunca sabe de dónde surgirá el nuevo estímulo que alimente esta carrera sin meta ni destino. El tiempo, una cierta sabiduría supongo, la pérdida de complejos y las referencias rebotadas de artistas a los que admiras, te llevan finalmente a parajes sonoros que o bien desconocías, o incluso despreciabas con esa autosuficiencia arrogante que infla de aire sin sustancia los espíritus jóvenes. Por eso, uno termina por asumir que nunca dirás de ese agua no beberé. A saber.

En uno de esos rebotes, hace ya bastante tiempo, di en parar en un terreno aparentemente absurdo. Se trataba del Tango y de su figura mítica, ese Carlos Gardel. Huelga comentar qué otros artistas me rebotaron hasta estas aceras. Es obvio deducir que sí, que se trata de argentinos, de un pueblo que de alguna manera ha conseguido trazar una continuidad entre sus propias tradiciones y la irrupción del rock'n'roll anglosajón, que por avatares históricos, pudo penetrar el país en una sincronía mayor que en estos pagos. Esta manera de encontrar una solución de continuidad, explica esa envidiable facilidad para construir las letras en castellano, alimentadas por los usos y manejos de una poesía popular ya musicada previamente. Pero en definitiva, de lo que tratamos hoy es de un universo, el del Tango, autosuficiente, con una epopeya propia similar y comparable a la leyenda de la música popular norteamericana.

Con un origen último que se pierde en las brumas de la discusión (la otra orilla del Río de la Plata, Uruguay, reclama también su paternidad), pero con una raíz que de puro popular es casi, o sin casi, barriobajera, emerge hasta cruzar incluso el Atlántico, constituyendo un fenómeno de masas como un Pop para los años 20 y 30. El propio Gardel no sólo alcanzó las dimensiones de un mito en un país enfermo de idolatría como Argentina. Observar retrospectivamente su estatus de verdadera estrella pop antes de que existiera esta noción, dibuja una sonrisa en el rostro de cualquiera. Llegó a protagonizar once películas, construidas para el exclusivo lucimiento de su porte gallardo y sus canciones, como un Elvis criollo, o un Sinatra arrastrando las “ys”, antes de la Segunda Guerra Mundial. O su muerte prematura, y su entierro en loor de multitudes, para de este modo parecer cantar mejor cada día, y no envejecer.

De la rústica instrumentación de esas primeras grabaciones espectrales acompañado de un dúo de guitarras tañidas como instrumento casi exclusivamente rítmico, a las orquestaciones de cuerdas en esas versiones cinematográficas, que abrieron no sólo la puerta a los experimentos de Astor Piazzola, sino también a la posibilidad de convertir al tango en música orquestal, se produce un salto vertiginoso. Recuerdo que lo único que realmente merece la pena del remake protagonizado por Al Pacino de “Esencia de Mujer” es ese tango a ciegas que permite escuchar la irresistible melodía de “Por una cabeza”, un tango más escrito por el dúo Gardel-Le Pera, despojada de letra. Es un trayecto parecido, de desnaturalización y cosmopolitismo, de sofisticación sobrevenida, al trazado por el Jazz y el Blues hasta encontrar a George Gerswhin. Todas estas coincidencias hacen pensar en los delicados mecanismos de mercado y difusión, de avatares históricos, que terminan por trazar líneas paralelas, pero de desigual extensión, en la historia de la música popular en el Siglo XX.

Es verdad que hay que saltar muchas barreras mentales para llegar a apreciar estas cosas. Las grabaciones de Gardel nos retrotraen a un mundo tan lejano en el tiempo, que parece que jamás haya existido. Un mundo en el que los hombres llevaban sombrero, y sabían cuando y dónde había que quitárselo. Hombres no sólo acicalados, sino también regidos por unos rígidos códigos de honor discutibles, pero quebrantados sólo bajo la certeza de penas graves. Nos vienen a contar historias de romanticismo sobreactuado, de tragedias acumuladas, con viudas y huerfanitas maltratadas, de hombres que ocultan sus propias lágrimas, de camaraderías masculinas absurdas, de mujeres cuya independencia es siempre sospechosa, y probablemente culpable. Hay, a veces, que saltar barreras idiomáticas casi insalvables, como ese dialecto lunfardo inescrutable del maestro Discépolo. Todo esto es cierto. Pero la realidad es que el exagerado melisma de la voz de Gardel y su propia pluma, sobre todo aborda cuestiones eternas, retratadas con un arte depurado, con una capacidad penetrante para atravesarlas, con muchas más palabras de un diccionario, al que hoy se le pegan dos patadas a seguir, y vamos contentos.

Más allá de los tópicos, de las tres o cuatro tangos que todo el mundo conoce, y puede cantar borrachos, en el Tango originario se alberga lo mismo que atrae de todos los demás géneros que echan leña a esa hoguera que nunca se apaga. Es, entre otras cosas, la vida misma, mejorada en realidad, por talentos que incluso cuando lo hacen, no saben mentir demasiado. Así se puede rebotar eternamente a latitudes geográficas y sentimentales absurdas e inesperadas. Los mejores viajes son aquellos que no tienen destino, que son el viaje en sí mismo. En realidad, la vida sólo hay una única certeza fatal. Por el camino se construye el viajero a sí mismo, con el material que va recogiendo. Y si es inteligente, no despreciará nada sin haberlo examinado detenidamente.

ENRIQUE MARTÍNEZ (Diciembre, 2005)

(A la memoria de Enrique Martínez Vicente (1922-2005). Por el ejemplo, las lecciones y el material dejado a su paso. En eso estamos)