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La trampa de los nostálgicos
es la de mirar atrás con ojos de adulación, embelleciendo
el pasado y falseando con positiva condescendencia los hechos. Se trata
de un refugio sentimental, la madriguera de los incapaces de ilusionarse
con el presente o solamente hacerlo a tiempo parcial, recurriendo a “aquellos
maravillosos años” al mínimo traspiés que da
la vida. Malvivir el hoy para echarlo de menos mañana, pensar a
los 25 en los 15 años y a los 35 en los 25 con los enrevesados
y equívocos caminos elegidos en el recuerdo y la memoria selectiva,
al modo de una película guiada por un narrador omnisciente excesivamente
tierno con el personaje central, capaz de hacer hasta del momento más
patético algo digno de ser vivido. Sin embargo de esa actitud,
ese macabro mecanismo de eterno desfase temporal, de vivir y revivir las
cosas mil veces, hasta terminar moldeando con suspiros y medias sonrisas
los recuerdos como una obra de arte del idealismo interno, han salido
algunas de las más bellas formulaciones del pop de éste
y de aquel tiempo. Seguramente también del futuro. Visiones idílicas
cuyo punto de partida es el “haberlas vivido” y no el “vivirlas”,
visiones como las que me trasmiten de continuo THE CLIENTELE.
“Hay
una sensación, como dice Leslie Poles Hartley en "The Go Between",
de que “el pasado es otro país, allí hacen las cosas
de manera diferente"; algo que también extraigo leyendo a
Proust. La nostalgia es distinta porque es reconfortante y está
bajo control, más misterioso, hay imágenes y acontecimientos
que no puedes procesar, que parecen jugar con tu sentido de quién
eres como persona ahora, como si hubieses sido varias personas sin conexión
entre ellas”. Sí, Alasdair McLenan,
vocalista del grupo, se refiere a “esa” nostalgia, recurrente
concepto para hablar de cierto indie-pop lánguido, suave e intimista,
adornado de metáforas de terciopelo e imágenes románticas
filmadas en super 8. Generalmente se asocia a la melancolía y,
en este caso también, a la humedad, ese calado mohín de
sonidos permeables a climatología encapotada y los paisajes en
neblina en la que habitan sus composiciones. “Creo que
es más agridulce que melancólico, pero sí que es
húmedo”, precisa. Lástima carecer del
derecho a réplica que te escamotean las entrevistas por e-mail
para decirle que en A Coruña, durante su comparecencia en el Soft
Pop Festival 2004, se encontrarán como en casa. Uno, fan confeso
hasta la médula, mientras escucha sus discos sin cesar y cuenta
los días en sentido inverso (hoy faltan 12), se dispone a glosar
su trayectoria.

Latidos suburbanos
THE CLIENTELE
nacieron en Londres durante 1997 bajo un fugaz formato de cuarteto, que
en breve paso a ser trío. Innes Phillips (guitarra y voces), la
tránsfuga en cuestión, pronto dejó al resto de la
formación: James Hornsey (bajo), Mark
Keen (batería) y Alasdair MacLean (guitarra
y voces), el interlocutor del grupo en esta entrevista. A ambos les unía,
ya desde el instituto, una pasión por FELT, THE BYRDS y GALAXIE
500, que trasladaron a la Universidad y, una vez graduados, dieron forma
a lo que hoy es una de las bandas más bonitas que uno se puede
echar actualmente a la cara si lo que quiere es una cita con esa artesanía
de atemporalidad pop que trasciende a revivales industriales y movimientos
de temporada propulsados por las nocivas revistas de tendencias.
La primera grabación
de THE CLIENTELE ve la luz a finales del 97 dentro de
la recopilación “Cry me a liver” del sello Fierce Panda.
Se trata de “We could walk together”
y en ella ya encontramos muchas de las notas de su libro de estilo. A
saber, la suave psicodelia británica y el folk-rock norteamericano
de los 60 dándose la mano en un fondo en el que se haya la caricia
VELVET y las producciones de Kramer para GALAXIE 500. Es decir, filia
declarada a ese reinterpretación de los 60 desde le reductos indie,
con la irremediable nostalgia que ello lleva consigo. “Creo
que hay algo de verdad en eso”, admite.“
Con certeza nunca hemos intentado copiar el pop de los 60. Pienso que
la música que te inspira debe adaptarse a las circunstancias que
vives, y me parece que Love y The Byrds tienen mucho sentido en una ciudad
suburbana y vacía. Si no hubieran encajado en lo nuestro y hubiéramos
intentado encontrar su espíritu de todas maneras, creo que el resultado
hubiera sido necrofilia o algo kitsch, como sucede en muchas otras bandas
indie”.
Tras ese tema mencionado,
entre 1998 y 2000, el grupo peregrina de país en país singles
editados en pequeños labels de todo el mundo como el Pointy ( UK),
Marsh ( EEUU), Motorway (Japón) o Elefant (España). Todas
esas canciones se recopilarán, junto a otras inéditas hasta
el momento, en “SUBURBAN LIGHT” (Pointy,
2000), una delicia de disco que, pese a contener piezas sueltas grabadas
en diferentes fechas, revela una sólida unidad estética
y sentimental gracias a la coincidencia de referencias y ese tono nocturno,
entre urbano y bucólico, de un extrarradio en que mira las luces
de la gran ciudad hasta que empieza a amanecer. Algo que sugieren desde
el mismo título y que Alasdair lo explica así:
“El corazón espiritual de nuestra música son los suburbios
de Londres donde crecimos, hay una extraña falta de aire allí,
la sensación de estar atrapado, donde las vidas y aspiraciones
que ves en la TV y en las revistas no encajan con tu realidad. El aburrimiento
de tu realidad se convierte en una surrealidad”.
Las 13 canciones incluidas
en “SUBURBAN LIGHT” sugieren un universo
musical lleno de referencias selectas, completamente fuera de tiempo y
sin parangón entre sus contemporáneos. Citemos algunas de
ellas: la balsámica ternura de “Reflections after
Jane”, esa frágil belleza que se hila entre
juegos de voces en “Mondays rain”
(inevitable pensar en MAMAS AND THE PAPAS), la invocación a LOVE
de “I had to say this” a brochazos
de psicodelia gorda, el espíritu BEATLES que sobrevuelva “As
night is falling” o la deliciosa “Saturday”,
posiblemente el mejor tema de su primera etapa, son una parte representativa
de esta recopilación hechizante. Todas poseen ese característico
regusto añejo, instinto melódico consanguíneo al
de los ZOMBIES, LEFT BANKE y THE BYRDS y un aterciopelado tacto indie
entre GALAXIE 500 y ULTRA VIVID SCENE, creando una infalible conexión
con el oyente que se topa ahí con el abecé de “ese”
pop que lleva escuchando toda la vida, conjugados y asimilados por un
grupo que, lejos de ofrecer algo apolillado o desfasado, emocionan al
pulsar los puntos débiles del fan y finalmente arrastrarlo a su
universo particular. Como dice Aldasir: “Algunas
bandas te dan la impresión de que has sintonizado con su mundo
– un mundo lejano en algún lugar de las ondas de radio- cuando
pones sus discos”. Palabras que bien se pueden aplicar
a THE CLIENTELE.
“Si
hemos copiado a algunas bandas ha sido a éstas: Joy Division, West
Coast Pop Art Experimental Band, los Beatles, Wire, Boards of Canada.
Pero obviamente no sonamos mucho como esas bandas, así que es más
una cuestión de habernos inspirado en su ambiente, en su extraña
falta de familiaridad y usarlo a tu manera”. El discurso
viene a propósito de mi pregunta sobre el trascender por encima
de las influencias. Y me da que ha hecho trampa, ya que recurriendo a
la aprehensión del “espíritu” (no lo había
pensado antes, pero sí que hay, por ejemplo, cierta relación
entre BOARDS OF CANADA y CLIENTELE) omite precisamente
las bandas más obvias y de mayor reflejo en sus “maneras”,
como pudieran ser GALAXIE 500, THE BYRDS o VELVET UNDERGOUND. Formaciones
a las que, en ocasiones, parecen tributar. Le enumero algunas de las imágenes
a las que sus detalles me retrotraen con plena nitidez (Nico tocando la
pandereta sentada en su taburete de la Factory , Roger McGuinn suavizando
la dicción de Bob Dylan con sus gafas de cristal cuadrado o Dean
Wareham repitiendo la toma a petición de Kramer), planteo si son
tributos intencionados y hasta que punto son fans. Él solamente
contesta media pregunta y se sale por la tangente, apelando con bastante
inexactitud (¿McGuinn y Dylan han tenido que esperar a los 90 a
vencer alguna batalla?) a esa contradictoria irracionalidad del indie
militante, que a mi me gusta denominar “romanticismo” pero
que, me temo, la mayoría preferirán calificar directamente
como snobismo. “Ya no soy un fan. Es demasiado fácil
aburrirse de la música pop, una sola imagen de lo que es "cool",
como McGuinn o Nico puede parecer increíblemente excitante al principio
pero desvanecerse en el exceso de familiaridad después de diez
años. Es más interesante y da más energía
apoyar música o arte que no está de moda, y en algún
momento de los años 90, McGuinn, Dylan, Nico e incluso Galaxie
500 todos ganaron la batalla y fueron aceptados. Eran más excitantes
a principios de los 90, cuando tenían menos reputación:
eran un culto extraño”.

Píntalo todo de violeta
Siendo ya en 2002, THE
CLIENTELE una referencia de culto imprescindible en el mapamundi
independiente, la siguiente muesca en el árbol del grupo llegará
de la mano del estupendo “The lost weekend ep”
(Acuarela- Earwonmn, 2002), ya comentado en feedback por un servidor y
que incluye mi canción favorita de toda su discografía.
Me refiero a la excelsa “Emplity through holloway”,
una de esas enamoradizas ensoñaciones pop en cuyo estribillo uno,
a veces, quisiera vivir de por vida. Sería su segunda edición
en un sello español tras la ya citada aportación al club
del single de Elefant, una relación -la de CLIENTELE
y nuestro país- que, aparte de sus numerosas visitas, se extiende
a la devoción que Alasdair siente por algunos de los astros de
nuestro pop independiente: “Me encantan Le Mans y La
Buena Vida. No sé como los llegué a escuchar porque no son
muy conocidos en Inglaterra, pero debía haber sido escuchando "Buenos
días corazón" mientras estaba en EEUU en el año
2000. Me compré el disco enseguida. Su mezcla de indie y elementos
de bossa nova es hermoso”.
Finalizando el año
con un notable single de adelanto “Haunted Melody”
(Pointy, 2002), e iniciando el siguiente con otro, “House
of Fire” ( March, 2003), llega “THE VIOLET
HOUR” ( Pointy, 2003), su primer lp propiamente dicho,
cuyo título no es sino una metáfora sobre esos momentos
de irrealidad en el que uno es capaz de enajenarse de todo, cuando el
espíritu vuela y el mundo permanece congelado. La idea, según
ha reconocido Alasdair, viene de unos versos de T.S.
Elliot (“ En la hora violeta, cuando los ojos y la espalda/ se levantan
del escritorio, cuando la máquina humana aguarda/ como un taxi
palpitante esperando” ) y supone una preciosa manera de difuminar
,en una poética imagen, ese cúmulo de emocionante tristeza
y melancolía casi espectral que se siente al escuchar ciertos sonidos.
Posiblemente tras un día de mierda, lleno de contradicciones y
sin sentidos. Lamentablemente, cuando indago en lo que de válvula
de escape tiene la música para los miembros de THE CLIENTELE
(un grupo modesto que no puede vivir exclusivamente de ello, en el que
todos sus miembros, dicen, “trabajan, andan en bici y ven películas”),
apenas me encuentro con un exclamativo “yes!!!”
sin más explicación.
Como decíamos,
ésta es la primera ocasión en la que THE CLIENTELE
tenían la idea en mente de grabar un larga duración. Para
ello se encerraron en un estudio subterráneo de Finsbury Park recogiendo
sus canciones rollo a rollo, en una vetusta una mesa analógica
de 16 pistas. “La grabación fue lenta y dolorosa”,
comenta Alasdair. “No creo que el método
de composición cambiase, tan sólo era como grabar 8 singles
a la vez en lugar de uno”. Tampoco hay variaciones
en su negativa a ser producidos, pese a en esta ocasión contar
con Mike Jones como ingeniero de sonido. “Nunca hemos
encontrado un productor en el que confiemos”, explica.
”Nuestras sesiones de grabación son muy herméticas
y es difícil encontrar a alguien para encajar en ellas, que no
rompa algo de la atmósfera. Tuvimos un ingeniero de sonido para
que nos ayudase con la parte técnica pero sólo estuvo en
un 10% de las sesiones como mucho”.
Con la novedad de incluir
sendas pistas de vídeo con películas filmadas super 8 de
“Reflections after Jane” y “House
of Fire” y siguiendo la mala costumbre de no contener letras
(tampoco en su web, solamente en la edición limitada de vinilo
aparecida hace poco), “THE VIOLET HOUR” (
Pointy, 2003) es probablemente un disco que, sin cambios drásticos
ni revolución estilística alguna, se presenta menos inmediato
que sus pasos anteriores, exigiendo quizá más vueltas para
su disfrute. Cuando profundizan en el intimismo (“Lamplight”,
“Voices in the mail”, “Missing”)
lo hace como si fuera un susurro al que prestar los cinco sentidos, mientras
que, si se embarcan esos estribillos que reblandecen corazones ( los de
“House of Fire”, “The House allwais wins”
o la bellísima “Everybody´s gone”),
los retrasan desafiando estos bulímicos tiempos del kazza y soulseek
y la incapacidad de escuchar un tema completo si no le da lo mejor de
si de buenas a primeras. De igual modo, como ya hicieran en “The
lost weekend ep” introducen temas instrumentales de regusto
cinematográfico ( “Prelude”
y la adaptación de la tradicional “Jamaican Rum
Rhumba”) y tomando vigor guitarrero miran , una vez
más, al espejo de LOVE en “Porcelain”
o se enrarecen en bizarras texturas jazzies como en “When
you and I were young” , faceta esta que, según
Alasdair se acentúa en sus conciertos: “en
directo el sonido es más duro, más obviamente influido por
el jazz, con algo de Tom Verlaine”. El jazz, una influencia
colateral en el mundo de CLIENTELE, a sumar a la melancólica
calidez de la bossa-nova, también presente en su sonido: “sí,
me gustan mucho Edu Lobo, Vinicius de Moraes, Maria Bethania o Jobim”,
reconoce. “Creo que aprendo más sobre ello todo
el tiempo: amo la manera de tocar la guitarra, los acordes y las melodías”.
Como verán seguimos
a vueltas con las sutilezas de su sonido, el “característico
sonido” de THE CLIENTELE. Sin duda el elemento
más referido por los periodistas al hablar de los británicos,
el que más parecidos, y ecuaciones imposibles ha hecho brotar en
las plumas que escriben sobre pop independiente y que “THE
VIOLET HOUR” sigue generando con la misma intensidad. Para
explicarles una que se me ha ocurrido y ante el riesgo de disparate, acudo
al manoseado método de “un amigo mío dice que...”
y lo suelto: ¿ Podrían ser THE CLIENTELE los BELLE AND SEBASTIAN
que fuman hachís?. “Ja, ja, ja”,
se ríe. “Realmente no soy un fan de Belle &
Sebastian, así que nos podrían llamar los Orange Juice para
el fumador de hachís”. Pese al error, sigamos
divagando sobre ese distintivo tejido eternamente asociado a los 60 y
adjetivado de “retro” por muchos. Sobre él, los miembros
del grupo siempre sostuvieron que llegó de manera accidental, debido
a la escasez de medios de sus primeros tiempos, siendo ésa la única
vía de que sonaran bien las voces. Cinco años después,
grabado ya en mejores estudios, con más medios y al margen de alguna
variación, es el calor analógico su centro gravitatorio,
pese a constantes anuncios y tímidos avances de incursión
digital. “Es algo que debemos seguir”,
afirma. ”No tienes porqué perder el calor analógico
por usar elementos digitales, hoy en día las mejores bandas usan
los dos, como Boards of Canada”. Al hilo de los escoceses:
¿ ocurrirá como con BOARDS OF CANADA, los siempre citados
GALAXIE 500, o JOY DIVISION ( por mencionar tres nombres del gusto del
grupo) que por muchos elementos que se ensamblen en vuestra estructura,
ésta sea tan recia y definida para terminar siempre sonando, en
esencia, igual? “Creo que tienes razón. Nuestro
nuevo ep es casi completamente instrumental, con piezas de pina, drones,
etc..., pero para mí, todavía suena a The Clientele. Quizá
sea algo de lo que no puedes escapar, ideas de producción que tienes
metidas en el fondo de tu cabeza”.
Se refiere
a “Ariadne” (Acuarela, 2003) el ep que publican
en estas fechas y que ya se podrá adquirir en la gira que estarán
haciendo en España entre el 28 de febrero y 6 de marzo de este
2004. La última referencia de una banda que, en contra de lo que
se pudiera pensar por argumentaciones como las anteriormente citadas,
su posición de banda de culto y el medio en el que habitan, inició
su aventura mirando a techos de popularidad mayores. “Cuando
comenzamos en 1997”, recuerda Alasdair, “
quería que fuéramos la parte elegante, surreal del brit-pop.
Pensé que podríamos vender cientos o miles de discos si
suficiente gente nos escuchara. Cuando publicamos el disco el brit-pop
había desaparecido y me sentí obviamente decepcionado. Pero
todavía pienso así, creo que resignarte a ser una banda
de culto es resignarte al fracaso en realidad; así que aunque fracasemos,
al menos lo habremos hecho con nobleza, quijotescamente”.
Mientras pienso en su contestación me viene a la mente lo mucho
que me gustaba el primer trabajo de COLDPLAY en aquellas noches de universidad,
cuando aún escribía mis artículos a mano bajo la
luz del flexo aguardando por esa hora violeta, y lo comparo con la nausea
que me produjeron hace nada, un sábado de madrugada que me topé
con un concierto actual suyo en la tele, entregados sin concesiones a
la épica de mechero al viento, interpretando esas mismas canciones
con un alma completamente diferente. Ese pequeño matiz que quienes
detestan esta forma de pensamiento suelen obviar, quizá por su
incapacidad para sentirlo así o por su facilidad para seguir disfrazando
de amor ilusorio relaciones falsas en las que la pasión ha fallecido
hace años. Solo pensar que a la artesanía de “Saturday”,
“Haunted Melody” o “Emplity through holloway”
le pueda ocurrir algo similar en esas vertiginosas alturas de gloria comercial
aterra. Aunque bien mirado, si tenemos en cuanta el lamentable estado
de ese pop británico “que vende” y sus reglas eugenésicas
dudo mucho que, muy a su pesar, CLIENTELE puedan llegar
a asomar su cabeza en los grandes sellos y las listas de ventas. Solo
queda esperar, entonces que Alasdair, Mark y James sigan
caminando a lomos de Rocinante persiguiendo al amor de Dulcinea y luchando
contra molinos de viento. Por el bien del pop, esperemos que así
sea por mucho tiempo.
JAVIER BECERRA (febrero 2004)
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