Si la industria discográfica, desde los lejanos tiempos del golpe de cadera de Elvis, ha avanzado a base de “hype” más o menos hueco (muchos dudaron de que debajo de los flequillos de los Beatles se escondiera algo de peso), después de largos años de reciclaje, modas caducas y revival más o menos disimulado, uno comienza a tener la impresión de que existe una nueva e insospechada forma de “hype”: el de las reediciones. Las maquinarias promocionales de las compañías comienzan a trabajar con sumo interés una parcela que durante años no pasó de ser un trámite sin mayor historia ni esfuerzo. Ahora todo se trata con mimo, las revistas musicales se pueblan de anuncios y comienzan a distinguir por un lado “el disco del mes” y por otro “la reedición del mes”. Y del mismo modo que se intenta promocionar nuevos artistas, ahora se pretende también rescribir la historia y crear nuevos clásicos. Discos más o menos enterrados, más o menos olvidados en su momento, y que se transforman por arte de transferencia digital y “liner notes” en los nuevos Santos Griales de eterna juventud.

En realidad el revisionismo reivindicativo viene de muy lejos, desde el momento en el que un enorme fracaso comercial se ha convertido con el tiempo en uno de los discos más influyentes de la historia, como puede ser el debut de la Velvet Underground. Y como la crítica musical siempre ha sido ese prodigio de ceguera colectiva que conocemos, es probable que en ocasiones crítica y público coincidiesen también a la hora de equivocarse. Por lo tanto, las oportunidades de rescate de grandes obras deben estar ahí. Frente a ellas siempre nos queda esa desconfianza casi innata ante los manejos de esta tramposa industria, que ha decidido que la relación inversión-beneficios siempre es una cuestión de escala y que así ha descubierto un nuevo filón debajo de sus propias dormidas (y doloridas) posaderas.

Todo esto viene a cuento para aclarar desde el principio que cuando servidor pase a glosar las excelencias del álbum que nos ocupa, lo está haciendo desde el espíritu crítico, dispuesto a desmarcarse de doctrinas oficiales si fuera el caso. Por eso si digo que “No Other” es una obra maestra perdida, un disco único en su especie, y que cualquier clase de alabanza sobrevenida que se haya podido leer u oír a raíz de esta nueva y exuberante reedición por Rhino, está sobradamente justificada, lo digo desde el convencimiento. Gene Clark, cuyo malogrado e inmenso talento debe ser ya conocido por todo seguidor de The Byrds, de los que fue su reticente líder y principal compositor en su primera etapa, es uno de esos genuinos malditos, uno de aquellos reyes exiliados que lo pudieron tener todo, y lo echaron a perder. Esa aura de malditismo que le ha acompañados sin embargo no ha resultado completa y suficiente, pues (duro como suena, es la verdad) no murió lo suficientemente joven ni dejó un tan bonito cadáver. Por lo que no ha alcanzado el “estatus” que otros compañeros generacionales de talentos similares (tal vez menores) como Gram Parsons, sí gozan.

Pionero del country-rock en sus primeros trabajos tras abandonar The Byrds, con los Gosdin Brothers, compositor luminoso, cantante excepcional, fue su propia incapacidad para adaptarse al negocio, y al estilo de vida insalubre que se cocía en las alturas del rock californiano, la que lastró y condenó finalmente su carrera. Por este accidentado camino fue dejando un selecto puñado de canciones y obras mayores, de las que una de las más extrañas y mejores es “No Other”. Clark, que no había conseguido arrancar su prometedora carrera en solitario tras abandonar los Byrds, recibió en 1973 la interesada ayuda de David Geffen. El avispado magnate, dispuesto a aprovechar su talento y la oportuna coyuntura de explosión del country rock californiano comandada por The Eagles y Jackson Browne, creía tener una carta ganadora entregando a Clark un presupuesto amplio y todos los medios del mundo. Así Clark se embarcó, con la asistencia de Thomas Jefferson Kaye, en la creación de una visionaria superproducción, en unas sesiones carísimas, sobrealimentadas de cocaína, y finalmente interrumpidas desde un sello, Asylum, que obliga finalmente a Clark a reducir el proyectado doble álbum a los ocho cortes publicados definitivamente.

A juicio de muchos entonces, debido al barroquismo extremo de “No Other”, en el álbum las cualidades de las transparentes melodías de Clark parecían perderse en el bosque de instrumentos y voces. Kaye y Clark se dejaron llevar sin ataduras, partiendo desde una acumulación de cuerdas, percusiones y primitivos sintetizadores Moog, que añadían aún más capas a una ya nutrida presencia de la flor y nata de los músicos de sesión americanos (Jesse Ed Davis, Leland Sklar, Butch Trucks, Russ Kunkel, Joe Lala, el Byrd Chris Hillman...) pasando por unos inopinados coros gospel sorprendentemente situados en canciones de country rock que por momentos cogen estratosféricos vuelos épicos, el disco era excesivo desde cualquier punto de vista. Aquello sonaba a una fusión incomprensible de country rock, pop psicodélico, soul e incluso funk y jazz eléctrico, envuelto todo en un dopado halo de misticismo Zen californiano. Auténtica música cósmica americana, en palabras de Gram Parsons. O el “Motown Cósmico” que afirmaban proyectar Kaye y Clark. Y ante la casi lógica renuncia del sello a gastarse un centavo más en promocionar aquel extraño artefacto, de extravagante portada colorista “Art Decó” y con Clark disfrazado de Rodolfo Valentino en la contraportada, “No Other” se hundió sin remedio en las listas, tal vez esperando mejor suerte en el futuro.

Llegado este momento actual de completa bonanza para todo aquello que huela a country rock, el gran álbum perdido de uno de sus ilustres pioneros se muestra finalmente como una de las obras más personales y distintas de la historia del género. Reeditado ahora con la compañía de las maquetas de la mayoría de los cortes del disco, algo que permitiría conocer definitivamente el sustrato oculto, y para algunos corrompido, de las canciones, “No Other” está así dispuesto para su reevaluación, y eventual rescate.

En un plano teórico “No Other” lo tiene todo en su contra. A primera vista es el producto arquetípico de una época tradicionalmente vista como nefasta. El final de la edad de oro de la contracultura y el comienzo del reinado de los dinosaurios, del aposentamiento en la F.M de una música cómoda, un nuevo “easy listening” que pacta con el sonido de la América más conservadora, el country, y sobrevive tranquilo así durante décadas ajeno a las modas. Y en ese contexto es en el que surge la nueva obra de una vieja gloria de los sesenta venida a menos, drogada y consentida en el estudio de grabación, en pleno ataque de dopado misticismo pre – New Age. De lejos, todo huele a podrido. Es por ello que la victoria artística que supone “No Other” resulte más increíble, y su carácter aún más personal.

Puede ser cierto que el sólido esqueleto de las canciones quede ahora verdaderamente de manifiesto en las versiones alternativas, mucho más desnudas, que Rhino nos ofrece en esta reedición. Pero, en realidad, no son superiores a las publicadas en su momento, sí acaso muchos más convencionales. Es verdad que la belleza inmaculada de unas melodías como las de “From a Silver Phial” o “Some Misunderstanding” no requieren más para brillar que lo que recibe en su resplandeciente demo. O que tal vez parte de la tensión instrumental que se capta en la de “No Other” esté ausente en la definitiva. Pero se me antoja que de haber optado Clark por este tratamiento más tradicionalista y conservador, “No Other” no pasaría de ser un disco excelente, pero para nada el objeto único que es. El hecho de que la producción (que llevó a considerar este disco como el “Sgt. Peppers” del country rock) consiguiese plasmar la escala cósmica a la que pretendía moverse Clark, es lo que convierte a “No Other” en una rara avis. Las canciones para Clark en la mayor parte de su carrera nunca fueron el problema, sino más bien el acabado producto de una caligrafía clara y redonda, de una voz nítida y siempre, por alucinada que pareciera, sincera. Transparencia íntima que estaba también presente en “No Other” para el que quisiera buscarla, sin tener que hacer tampoco demasiados esfuerzos.

Abrimos fuego con “Life’s Greatest Fool”, cuyo trote country rock no parece anticipar la explosión vocal que llega en el coro, las voces negras que redondean el tono de sermón de las letras, repletas de aforismos que te dicen cosas como “¿no crees, en lo profundo de tu corazón/ que demasiada soledad te hace envejecer?”. Un corte sensacional, pero en realidad el despegue del inopinado trayecto místico en que se convierte el disco. Clark en plena iluminación Zen deja una perla (“Silver Raven”) en la que sus preocupaciones ecologistas parecen rozar casi el panteísmo, mientras que la guitarra líquida de Jesse Ed Davis te atraviesa de parte a parte.

Pero la cosa va un poco más allá en la letra y el sonido con la homónima “No Other”. Un corte alucinado y alucinante, con una apertura tensa atmosférica a la manera de las producciones de jazz eléctrico de Miles Davis (“Bitches Brew” o “In A Silent Way”) o del funk más avanzado de Stevie Wonder o Marvin Gaye. Las percusiones y el “Moog” van generando una tensión instrumental creciente, resuelta por los punteos de guitarra y por los exuberantes coros gospel. Resaltando el abigarrado pero luminoso conjunto, el arrebatado tono de una letra en la que el amor alcanza visos de fuerza motriz del universo.

Golpe de gracia que deviene en momento definitivo es la inconmensurable “Strength of Strings”, que pese a superar los seis minutos de duración, desde el primero ya no roza el suelo, sino que flota ingrávido, sin esperar mucho antes de la aparición de la orquesta y coros al completo. En ella Clark parece abrazar un extraño pitagorismo de nuevo cuño, intentado explicarnos ese secreto que sugiere que la música de las esferas, encerrada en las mismas notas que puede tañer en su guitarra, es el tejido invisible que mantiene unido el cosmos. Completamente desquiciados en su peculiar trip por las nevadas alturas Kaye y Clark (por insensato que parezca su empeño) quieren hacernos entender la dimensión cósmica de toda música, y por lo tanto de ésta misma. Lo más increíble de todo es que lo consiguen plenamente.

En lo que otrora fuera la cara “B” comienza un progresivo descenso a tierra, un suave aterrizaje. La magistral “From a Silver Phial”, de inescrutable pero conmovedor sentido y subyugante melodía, deja paso a la igualmente sublime “Some Misunderstanding”. En ella se pueden encontrar algunas de las claves ocultas de la temática del disco. Lo que late aquí, por debajo del arrebato místico (o tal vez alimentándolo) es la misma clase de desencanto generacional y de amarga epifanía personal que cruzaba “On The Beach” de Neil Young y “Blood On The Tracks” de Dylan, publicados en la misma temporada. Con ellos conforma “No Other” una trilogía fascinante, extrañamente sincronizada. La obra contemporánea de tres compañeros de generación, de tres cantautores con talentos privilegiados buscando respuestas absolutamente dispares a su propia confusión y derrota, en el chirriante gozne de una década que ya no sería ni tan dorada ni esperanzadora para ellos como la anterior.

El arrepentimiento de un Clark que, como Young reconoce haber estado orinando contra el viento (“Solía tratar a mis amigos como si fuera más que un millonario/ gastándome los grandes como si me los pudiera fundir/ pero lo que vuela alto con certeza tiene que bajar/ tan sólo sube la escalera y te dirigirán hacia abajo/ a la realidad de lo que estás haciendo”) presente en “The True One”, nos lleva a una visión escrutadora y poco indulgente de la realidad circundante. En “The True One” Clark trata de encontrar, de aprender a detectar la clase de amor que resuelva la parálisis vital que conllevan tantas preguntas sin respuesta.

Finalmente emerge así la respuesta que se lleva buscando. “Lady Of The North”, rescate de un viejo tema propio escrito a medias con su amigo Doug Dillard, plantea la desencantada hipótesis de que ese momento sublime que ha buscado en el nudo del disco, en realidad ya fue, y no se pudo (o quiso) retener. Fue aquel amor tan perfecto que alcanzó tintes místicos, y del que se nos canta en pasado. Aterrizamos así en la cruda realidad. Tal vez más sabios, pero no más felices.

Así encontramos en “No Other” el desconocido nexo de unión entre las sinfonías introspectivas de los grandes popes del soul de la época y aquella desacreditada escena country rock, heredera tanto del movimiento psicodélico y del folk rock de cantautor. Un extraño “What’s Going On” desde ese Laurel Canyon repleto de estrellas. Igual de místico y de visionario en lo sonoro, pero producto de una escena que, en sentido inverso a la de la música negra, había pasado de la reivindicación revolucionaria a un desencantado ensimismamiento, quemando billetes y enrollándolos, intentando así levitar para no pisar un mundo que no pudo cambiar. Un viaje de vuelta que se cruza con un viaje de ida. Y de aquél es un muy personal cuaderno de bitácora “No Other”.

Un disco tan único como su propio título indica, la clase de obra maestra que sale de debajo de la piedra más insospechada. Un disco que, y aquí nos ponemos solemnes y asumimos lo que decimos, debe estar desde ya en ese panteón de dolidas obras maestras rescatadas a destiempo. Allí, con todos los “Foreverchanges”, “Sister Lovers” y “Pink Moon” de este mundo. Donde habita la grandeza oculta del ser humano puesto en la estacada. Donde haber estado en el lugar equivocado y en el momento menos oportuno se convierte en una circunstancia menor cuando se ha dejado una marca tan falsamente discreta como verdaderamente indeleble. Marca que espera que alguien, alguna vez, le preste la atención que siempre ha merecido. Ahora, ese alguien puedes ser tú.

ENRIQUE MARTINEZ (febrero 2004)