Son recuerdos vívidos, frescos, casi intactos. Recuerdos de la primera vez que pude oír aquella voz. Una tarde-noche cualquiera de 1994, mirando distraídamente la MTV, en su programa más “alternativo” surgió el espartano vídeo-clip de “Grace”, mi primer contacto directo con Jeff Buckley. Fue algo instantáneo e intenso. Me quedé absolutamente prendado de una canción barroca e intensa, de estructura casi caprichosa y tremendamente reminiscente de los mejores Led Zeppelin. Pero sobre todo, me asombró la increíble voz que le daba vida, aquella capacidad casi atlética para saltar registros, para recorrer la escala de arriba para abajo sin dejar por un solo instante de captar la esencia emocional de lo que es un genuino acto de crear música. Aquello era muy grande, y de manera mucho más convincente que todas las palabras leídas al respecto, creó en mi esa clase de impulso irresistible, ese inconfundible estallido de adrenalina: nuevamente poseído por la música, tenía que hacerme con aquel disco lo antes posible.

Dicho y hecho. No juguemos a dar pena: con dieciocho años mi economía subvencionada daba para ciertas alegrías, dentro de un orden de prioridades. Y aquella era una prioridad absoluta. Algo me decía que estaba ante una mina de oro. Y así fue. Cuando desde mi recién estrenado reproductor de CD aquella voz imposible comenzó a surgir desde un éter de sonidos delicados, casi psicodélicos, de una maraña de guitarras grabadas a la inversa y delicados arpegios, confundiéndose con el resto de instrumentos, hasta la llegada del primer estallido, en el que comenzaba a manifestarse la naturaleza compleja e irreal de aquella música, la promesa se cumplió. Sentí la clase de impacto indeleble que sólo produce aquello que es verdaderamente diferente.

Supongo que aquella primera escucha completa de “Grace” debió estar repleta de momentos de genuino asombro, porque aquélla no era precisamente la clase de voz que se descubre todos los días. Parecía carecer de límites, ser todopoderosa, casi inhumana en su capacidad para alcanzar la clase de registros que parecían vedados a los simples cantantes de pop. El álbum, una abigarrada colección de poderosas exhibiciones de talento, recorría sin demasiado concierto toda clase de palos de canción en canción, cada una de ellas muy diferente de la anterior, mezclando con naturalidad absoluta originales y versiones; resueltas estas últimas con una clase excepcional, que creaba nuevas versiones definitivas de clásicos. Supuse que “Grace” me acompañaría toda la vida. Y no me equivoqué. Quise creer que tan sólo representaba el primer paso de una carrera que se intuía como prodigiosa. Y, por desgracia, me equivoqué.

Aquí estamos diez años más tarde, satisfecho otro impulso idéntico a aquél, que me llevó de manera igualmente enfermiza a hacerme con la reedición décimo aniversario de “Grace”, a pesar de que mi economía ya no está tan subvencionada, a pesar de que mi vieja copia original, razonablemente bien conservada a pesar de los inevitables y peligrosos préstamos, me observa en estos momentos paciente, como si no me reprochase nada. Diez años más tarde “Grace” sigue siendo, por luctuosas y sobradamente conocidas circunstancias, la última obra completa que publicó Jeff Buckley con vida. El turbulento río Mississippi ahogó aquella voz para siempre y, en cierto modo, dejó huérfana a toda una generación. Porque en mí anida el convencimiento de que a cada generación de músicos le corresponde un número muy limitado de nombres realmente históricos, de elegidos por las musas. Jeff Buckley era uno de aquellos. Y sin duda el espacio que dejó libre con su prematura muerte permanece así, como un trono vacío que espera a su Rey.

Como oportuno y casi doloroso recordatorio de lo que perdimos, se publica esta nueva edición de un verdadero disco de culto. Acompañado de algunos descartes de las sesiones de grabación y de otras rarezas de mayor o menor entidad, rescatando la mítica “Forget Her” y con el interesante añadido de un DVD que nos ofrece la totalidad de los video-clips realizados para promocionar “Grace” y un interesantísimo documental sobre su gestación, el adicto recibirá otra dosis, como siempre profundamente insatisfactoria por muy bien servida que esté. Sin embargo, no dejará de reforzar el consenso de que éste ha sido uno de los discos más influyentes de los últimos diez años, verdadera piedra de toque para toda una generación de músicos y aficionados. Reflexionando siquiera un poco, cualquiera podrá rastrear la voz de Buckley Jr en mucha de la música más popular hoy en día. El difunto niño prodigio es, sin duda, el vocalista más importante de su época, a pesar de habernos regalados un número tan limitado de grabaciones. El talento sobrenatural con el que fue dotado al nacer resplandece intacto e ilumina todo a su alrededor. Jeff Buckley y “Grace” son dos leyendas de nuestro tiempo. De las pocas que hemos tenido la fortuna de ver nacer y crecer ante nuestros ojos.

Repasando por ello “Grace” y el material que en esta ocasión le acompaña, uno no hace más que reafirmar los convencimientos que intuitivamente pudo adquirir. En el comienzo del documental Buckley afirma lo siguiente: ”La música es infinita. Y aunque me he enamorado incontables veces con toda clase de músicas, de todas partes del mundo... siempre hay algo. Yo creo que simplemente se llama libertad” . Y claves no tan ocultas se revelan de lo que siempre fue una evidencia: el carácter deslavazado, casi caótico, de uno de los discos más frágiles como unidad que uno jamás haya terminado de contemplar como tal. Porque “Grace” siempre semejó el rematado producto de una bendita confusión, de un amor puro y casi excesivo por la música. Buckley siempre apareció como un instrumento casi ciego, un conductor inerme, atravesado y poseído por la música en estado puro, que sin mutilarse a sí misma, pretendía que a través de uno de sus hijos predilectos fuese contemplada en toda la diversidad de su belleza. En “Grace” se mezclaban sonidos de lo más heterogéneos, músicas aparentemente nacidas para no convivir. El espíritu de la música parecía poseer a Buckley y surgir a través de su voz, que sin mirar con desprecio ni prejuicios aquello que le rodeaba, se decidía a simplemente “ser”, sin preocuparse del juicio que se pudieran hacer de ella.

Andy Wallace, el que fuera productor y artífice del sonido de “Grace” explica también en el documental la confusión de aquellas sesiones. La eterna indecisión de un Buckley, que con la pureza de ánimo de un niño, seguía mirando curioso debajo de cada piedra, jugando con cada posibilidad sin intentar acabar nada. Su excepcional banda acaba de formarse (Mick Grondhal al bajo y Matt Johnson a la batería) y en pleno proceso de conocimiento mutuo entró en el estudio, creciendo y desarrollando sus complicidades mientras que, sin un plan cierto, se intentaba crear un álbum. Disponiendo en los Estudios Bearsville tres sets siempre montados, uno preparado para la banda en formato eléctrico, otro para el formato acústico y otro para las interpretaciones en solitario de Jeff al modo de sus actuaciones en directo, permitiendo a Buckley pasar de unas a otras, improvisando temas propios, versiones y arreglos, las sesiones parecían no acabar nunca.

Buckley lo probaba todo, como muestra tenemos el segundo C.D de esta edición. Repasaba a Hank Williams (“Lost Highway”) a bluesmen del Delta como Bukka White (“Parchaman Farm Blues”) o a “shouters” como Screaming Jay Hawkins (“Alligator Wine”) con una fortuna desigual. Se dejaba nuevamente llevar por su adoración por los poetas del rock, dejando caer una versión de Bob Dylan (“Mama You've Been On My Mind”), que hubiera sido contrapunto perfecto a su redención inmortal de Leonard Cohen (ese “Hallelujah” que ya es leyenda). Y volvía a mostrar su devoción absoluta por Nina Simone (“The Other Woman”, nuevo encuentro con la dama y travestismo musical, al modo de “Lilac Wine”).

De haber completado su siguiente proyecto, “My Sweetheart The Drunk”, que quedó reducido a aquellos insatisfactorios bocetos que conocimos, probablemente el espíritu de Nusrat Fateh Ali Khan, otra de esas voces que lo poseían, se hubiera convertido en un motivo recurrente. Pero esa misma capacidad para enamorarse hizo difícil para Andy Wallace encontrar la manera de encauzar el torrente de ideas de ese Buckley disperso y confuso. Según las crónicas no fue hasta el ingreso del guitarrista Michael Tighe y su aportación del riff que se convertiría en “So Real” que para Buckley el disco encontró su forma, al menos una que a él le satisficiera. Finalmente cerrado como un ejercicio complejo, poliédrico y un tanto amorfo, “Grace” encontró un cierto público y favor crítico, especialmente entre un sector veterano que parecía localizar en su interior esencias perdidas y recuperadas de otros tiempos.

El mito fue creciendo a partir de ahí, alrededor de un disco cuyo sonido daba enormes bandazos. La entrada en el mismo era gradual, con ocasionales estallidos de furia eléctrica que se acompasaban con momentos de desnudez y recogimiento singulares, en los que todo pasaba a girar sobre la voz de Buckley, aparentemente capaz de soportar semejante peso. Con el tiempo el descarte de “Forget Her” en favor de “Corpus Christi Carol”, el villancico de Britten convertido en vacua gimnasia vocal semeja un error. Pero Buckley decidió en su momento abandonar una canción propia cuya amarga letra había dejado de ser sincera a su entender, lo que dice mucho de su concepto de compromiso sentimental con la música. La banda había encontrado el modo de sintonizar con Buckley, y el prodigioso oído de Wallace supo plasmarlo. Ese sonido inmaculado y cristalino, que sin embargo parece atrapar toda la espontaneidad, intensidad y magia de un momento único, finalmente se consagra en una coda final de “Dream Brother”, en el que todos los elementos acompañan al desatado Buckley en la búsqueda de algo más allá de las notas. Y nuevamente lo encuentran.

Una vez sucedido el fatal desenlace, se ha apuntado la presencia constante de mórbidos presagios en las letras. “La vida eterna me pisa los talones/ Tengo mi ataúd reluciente preparado/ Tan sólo le falta un último clavo” (“Eternal Life”). “No tengo miedo de marchar/ Pero resulta tan lento/ Y me recuerda el dolor/ que tal vez dejé atrás” (“Grace”). Son varios los momentos en los que Buckley parece contemplar una premonición sobrenatural sobre su propio destino. Proyecciones a posteriori que no deberían permitir ignorar la enorme fuerza de tres de las más poderosas canciones de amor escritas en la pasada década: “Last Goodbye”, “So Real” y “Lover, You Should've Come Over”. Completadas ahora con ese tratado del desamor amargo que es “Forget Her” y que ya era “Lilac Wine”, descubren junto a la insuperable reinterpretación de la epifanía sensual de “Hallelujah”, una de las dos corrientes contenidas en “Grace”: la romántica. Unida a la sobrenatural, a una mística que parece genuina y sentida, ambas parecen encontrar en ese instrumento innato un vehículo idóneo para sublimarse y hacerse carne una vez más.

Ahora mismo, mientras corrijo estas líneas, mis oídos están entretenidos en “Cavalleria Rusticana” de Mascagni, una música de infinita capacidad evocadora, que cada vez que es repasada se convierte en un momento sublime suspendido en el tejido del tiempo, en una perfecta demostración de la infinita necesidad humana de comunicación. Pero también en un ejemplo perfecto de la enorme lucha y de los complejos medios y artificios que hacen falta para alcanzar esas cotas de expresión certera de las circunstancias de nuestra fragilidad. Sin embargo, a lo largo de “Grace”, en la voz de Jeff Buckley, todo esto, toda esta complejidad, parece resolverse con un esfuerzo mínimo, con una mera activación despreocupada de un sencillo mecanismo que tan sólo debía dejarse fluir a sí mismo y conectarse con la llamada que le hacía despertar y le alimentaba. Ese milagro, probablemente irrepetible, es la pérdida que nos castigó, y el fútil intento de reproducirlo la consecuencia más negra de la misma. Por eso, transcurren diez años, y ese momento sigue suspendido en el tiempo. Ése es el misterio sobre el que se construye un mito. Y ése es el mito el que nos acompañará a algunos el resto de nuestra vida.

ENRIQUE MARTÍNEZ (diciembre, 2004)