“El que no compone no vale” es una de esas leyes no escritas que cierto público obtuso suele usar para desacreditar a un artista que no la cumple. La menguante intensidad de esta interesada máxima tuvo, por estos lares, uno de sus mayores picos cuando Operación Triunfo pasó de ser una coña surrealista al filón más rentable de la industria discográfica española para unos y la desdicha de otros y, claro, había que buscar un motivo por el cual Chenoa no molaba pero LA UNIÓN sí. Y EL MOTIVO era ése: el verdadero artista compone y el que no es poco menos que un pringao. Una idea bastante extendida y asimilada como dogma entre una generación alérgica a la reflexión y la memoria histórica (por no decir el más mínimo sentido común) que le hicieron ver en Bustamante y su cohorte de cantarines el exclusivo eje de todos los males, al que acudir a modo de obsesión (generalmente para camuflar sus miserias, no muy lejanas por cierto). Y no me refiero solo a degustadores de radiofórmula. No hace mucho charlando sobre eso con un joven músico del ámbito “indie“, tras liquidarme a personajes como Elvis Presley, Madonna o THE SUPREMES como que lo suyo no tenía tanto valor como Bowie “porque no componían” , me vino a sentenciar sin el más mínimo titubeo que lo de Frank Sinatra era como David Bisbal, pero en americano. Solo le faltó decirme después que era fan de DIVINE COMEDY, PARKER AND LILLY o MAGNETIC FIELDS. En fin...ya crecerán. O no, quien sabe.

Quienes así piensan (me imagino que) preferirán, de modo excluyente, un disco de por ejemplo THE LIBERTINES al protagonista de este artículo: “Before The Poison” (Naïve, 2004 ), el último trabajo de MARIANNE FAITHFULL que, como ya sucediera en el anterior “Kissin´Time” (Emi, 2002), está hecho todo él a base de partituras de ilustres amigos suyos de relumbrón y en el que “apenas” ha aportado alguna letra, voz y su maestra interpretación. Para más inri está la estúpida sacralización de la juventud (implícita en el pop y en el rock en particular y en la sociedad en al que vivimos en general), que obvia en muchas mentes que ya han pasado más de 50 años desde el primer meneito luciferino y, por tanto, admite una forma adulta de afrontarlo capaz de dar resultados tan sobresalientes como su último “Before The Poison” , que viene a dar completamente la razón a planteamientos sobre la edad del rock y la calidad de los discos expuestos aquí ya por Luis Soto y Enrique Martínez en otras críticas a propósito de artistas como Morrissey, Tom Waits o Emmylou Harris.

Precisamente la espléndida madurez de la última citada vino a mi mente cuando, tras haberme capturado completamente el inicio del disco de la mano de “The Mistery of love”, a los pocos segundos de “My friends have” ya me había desarmado por completo. “Joderrrrrrrr!, qué bien suena esto” iba pensando, entre exclamaciones, por la calle con el disc-man puesto y el puño cerrado. Miro los créditos y encuentro que en ambas composiciones, letra, música y producción, son de Pj Harvey, que también dibuja coros y las toca junto a su batería habitual Rob Ellis y Adrian Utley ( Portishead ). La primera refluye con aquel tono desesperado y algo teatral de la época “To Bring You My Love”, mientras que la segunda camina por ese rock a cuchillo que solo sabe afilar la Srta. Harvey.

Cuenta con ese mismo plantel de músicos y compositora/productora la dupla central del disco, formada por “No child of mine” y la titular “Before the poison”. “No child of mine” ya la había recogido Pj Harvey bajo un prisma minimalista en “Uh Huh Her”, su último disco. Ahora, en su nuevo contexto, aquella cantinela acústica arranca como una de esas mareantes piezas de folk cósmico de David Bowie, se tiñe por un lúgubre piano, explora todos los matices de la grisácea voz de MARIANNE (desde el grave recitado a ese agudo falsete tan cercano al de, nuevamente, Bowie) y sorprende en su tramo final al ver como el boceto apuntado por Pj en su disco se convierte en una soberbia canción que supera con creces la original. La titular “Before The Poison”, por su parte, es posiblemente el tema que más de manifiesto pone la sensación que se desprende constantemente de este maridaje entre la Faithfull y la Harvey: que la suma de ambas recuerda poderosamente a Thalia Zedek, otra de las más ilustres damas del rock actual. Cierra PJ Harvey su aportación, ya en el corte octavo, con “In the factory”, tensa pieza de guitarras hecha para el lucimiento interpretativo de Marianne que remite a los momentos más íntimos del “Stories From The City, Strories From The Sea”.

El otro eje de un trabajo morboso como pocos lo encontramos en la figura de Nick Cave, como sabrán la antigua pareja sentimental de Pj Harvey, una historia que terminó como el rosario de la aurora y cuyos protagonistas se reencuentran ahora, como vecinos que no se ven ni se tocan, en un trabajo de una amiga común titulado “después del veneno” y dedicado al amor en toda su extensión (¡toma ya!). Al Sr. Cave pertenece la firma de la música de tres composiciones: la desquiciada mezcla del spoken word y la tensión urbana de la blackexplotation en “Desperanto”, la nocturna tensión a piano de “There is a ghost” y ese bellísimo romanticismo que late en la impresionante “Crazy Love”, donde una soberbia interpretación de Marianne cobija versos como “ El amor loco está siempre a mi alrededor / el amor es loco, el amor es encantador / pero yo sé que de algún modo me encontrarás / el amor es loco, el amor es ciego”. Lo que en otro contexto sería una sucesión de sensibilerías, se convierte aquí en un tema que estremece hasta la última fibra sensible del oyente, erigiéndose posiblemente como el mejor tema del álbum.

Nos quedan, al margen de los de PJ HARVEY y NICK CAVE, dos temas por reseñar. Por un lado “Last song” contiene un notable corte de querencia folkie, que bien podría recordar a los inicios de la cantante en los años 60. Letra y música pertenecen a Damon Albarn (BLUR), que ya había trabajado con la artista en su anterior álbum, y en ella MARIANNE luce su voz más gótica con una autoridad insultante y de directa filiación con el magistral “Chelsea Girl” de Nico. El último corte del álbum “City of Quartz”, por su parte, ofrece una composición de Jon Brion con aromas navideños, ecos de cajas de música y una ternura que deja con un dulce sabor de boca el final de este gran trabajo.

Háganse un favor, si es que no han tenido la oportunidad de escuchar “Before The Poison” . Durante una semana no bajen más música de la red, no escuchen más “canciones sueltas”, no hagan caso de las “nuevas tendencias” y dedíquenle tiempo a esta maravillosa colección de canciones como cuando un elepé valía un pasta y pasaba un obligado tiempo prudencial hasta adquirir otro, cuando los discos se escuchaban hasta el final en toda su intensidad en busca de tesoros ocultos. Porque sí, éste es uno de esos trabajos que se pueden escuchar hasta lo obsesivo hallando joyas de continuo sin que se agote en ningún momento. Un discazo a colocar muy cerquita de las últimas obras de Mark Lanegan, Thalia Zedek y, obviamente, Nick Cave y Pj Harvey.

JAVIER BECERRA (abril, 2005)