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A estas alturas de la
película, retomar el primer disco largo de la gran Madamme del
electroklash parece un anacronismo ingenuo típicamente de prensa
amateur: Aparentemente hay muy poco que decir sobre este disco. Todo se
ha argumentado sobre él, a favor y en contra, ha vendido una cantidad
desproporcionada, se ha bailado hasta la saciedad, ha convertido a sus
artífices en superestrellas y mitos underground, ha cambiado la
historia de la música de baile, y ha dado a la cultura clubber
aquello de lo que carecía: posmodernidad. Este disco es de los
que tienen una trascendencia meta-musical que va más allá
de su (inapelable) validez intrínseca, y que se disparan como referentes
históricos inexcusables gracias a su diálogo con el contexto
que los alumbra y su influencia en el "aquí y ahora".
Desde los más recios
militantes del hard techno hasta indies aburridos de su gueto, toda una
generación de jóvenes ansiosos de heroína analógica
han sido embrujados por este majestuoso First Album, que de tan
indiscutido ha sido muy mal explicado: si algo ha hecho que estas canciones
se hayan convertido en mi canon musical contemporáneo, es que encierra
un veneno subterráneo y maquillado que pocos parecen advertir.
Y es por eso que me parece oportuno seguir con otra vuelta de tuerca en
torno a todos esos aspectos que las reseñas de AB y The
Face no han querido (no han sabido) anunciar. Vamos a ver...
Me da igual lo que se pueda
decir como crítica a este CD: que es retro, que se trata de simple
pop revivalista, que es un paso atrás en la evolución de
la electrónica, que significa la claudicación del techno
como vanguardia. Me da igual, porque este disco va mucho más allá
que todo eso, y pocos se han dado cuenta: de lo que se trata, como en
el caso de Rem Koolhaas o Hanif Kureishi, es de un homenaje
desencantado y cómplice a un tiempo, a los tiempos que corren.
Una obra de decadentismo romántico que sin perder la alegre euforia
del baile y el sudor enfebrecido esconde un tristísimo desencanto
por un mundo que, pese a lo autodestructivo y cruel que pueda llegar a
ser, no deja de fascinar en la belleza de su superficialidad, con sus
neones, drogas, ropa cara y amores de plástico. Miss Kittin
es la poetisa de la Europa de Gucci y British Airlines, de la generación
apolítica cuyo modus vivendi, su único orgullo y escape,
es la pista de baile y la electrónica tonta. O lo que es lo mismo,
"First album" es un tristísimo y melancólico
réquiem retroactivo que celebra con lágrimas en los ojos
el triunfo del modelo Reagan.
Sobre arpegios anacrónicos
y sencillísimas bases calcadas a las de Telex, Soft Cell y Visage
(pero fortalecidas por el inevitable bombo marcial post-The Bells)
de una lánguida e inexplicable belleza neorromántica (y
es que The Hacker tiene el misterioso talento de emocionar y hacer
música tan evocadora como OMD desde la aparentemente aséptica
posición de productor techno: aquí el revival no es oportunismo,
sino nostalgia por aquellos años ingenuos en que las máquinas
parecían la última utopía) la Kittin, verdadera
musa generacional y absoluto mito viviente de los que justifican una escena
y toda una generación, recita frases inconexas sobre temas tan
aparentemente idiotas como perfumes de súper ejecutivo, strippers,
DJs magistrales, drogas, asesinatos, champagne, cocaína, limusinas
y ropa cara. O lo que es lo mismo, sobre todos aquellos sueños
que occidente nos lleva décadas vendiendo como ideales de felicidad.
Con ironía y surrealismo, la cansina y sensual voz de la sirena
francesa entona versos dadaístas y estúpidos que, sin decir
absolutamente nada, ponen sobre la mesa absolutamente todo: o sea, que
esto es lo que hay, así que bailemos y soñemos con el Empire
State.
Como los superrealistas
de los años 70 y los situacionistas de los 60 (en un imposible
cruce, si me permiten la pedantería, de Richard Stess, Jeff
Koons y Andy Warhol), Kittin hace música disco tan extremadamente
acrítica y aséptica en sus textos que termina por resultar
arrebatadoramente política, emocional y existencial. O sea, que
ella es de las que comprende que tras la aparente estupidez de Kraftwerk
cantando baladas sobre calculadoras de bolsillo y autopistas alemanas,
tras David Sylvian hablando de polaroids y maniquís, se
escondía toda la tristeza del que, ante el conocimiento del absurdo
delirio que vivimos, ha de conformarse con recrearse en la hermosa y metálica
superficie de su nadería, en buscar el asidero de este mundo invivible
en la patológica belleza de su insustancialidad.
Algo así como Albert Camus y Sartre despertándose
sonrientes ante el hallazgo de que sus intuiciones no son incompatibles
con cierta forma, retorcida y lánguida, de felicidad. No sé
si queda muy claro la base de mi discurso, pero podría resumirlo
diciendo que "You & us" me resulta más
política que todos los discos de The Clash (la letra de
este tema se me antoja un tajante y subliminal manifiesto generacional,
ideado para todos aquellos misántropos que pensamos "mi
único credo político somos tú y yo" ) y
"Walking in the sunshine" más triste que
Morrissey (y es que las falsas sonrisas nocturnas y los accesorios
fashion encierran más desesperanza que la del que prefiere quedarse
en casa). Sólo que, en ambos casos, lo son elípticamente,
con metáforas, si se quiere críptica y ambiguamente. Al
modo posmoderno, entonces.
Todas las críticas
que he leído de esta absoluta obra maestra reiteran los clichés
de una lectura superficial: petardeo, sexo sucio, gafas de sol, rompepistas,
retrofuturismo, esteticismo. Se supone que eso es el electroklash. Y no
se trata de eso, como digo. "First album" es un venenoso
y multifacético compendio de emociones posindustriales, un cálido
homenaje a la belleza de los que vivimos la tramposa cultura del baile,
y más aún, del universo pop como único manual de
supervivencia para compatibilizar el spleen y el desarraigo contemporáneos
con el amor por el trágico y evanescente hábitat que hemos
construido. Hace ya 25 años que los alemanes saben que hacer canciones
verdaderamente tristes no es hablar de corazones rotos y viajes sin rumbo,
sino de edificios de cristal, shopping malls, ropa oscura y tecnología
delirante. Partiendo de esa línea poética que une a Ralf
& Florian con el "Dignity of Labour" de
Human league, "Visage" o "Dazzle Ships"
de O.M.D. (referentes conceptuales mucho más acertados que
los habituales e impertinentes "Dare", Soft
Cell o Arthur Baker) la diva Kittin y el maestro de
ceremonias Hacker aportan la sensibilidad post-techno del 4 x 4, los crescendos
rompepistas (y rompecorazones) y las repeticiones. Todo, como digo, ensuciado
por cacharrería analógica y sensualidad de barra americana,
en un ejercicio de topografía del presente equivalente a "Jamón
jamón" en el Berlín de Tresor y el Love Parade.
Y eso es lo que ha convertido a Gigolo records en el sello de la década:
su glamourización de la infracultura de la Jet Set, del sueño
panamericano convertido en mito global, el "rock & roll way of
life" como mentira inalcanzable y única religión de
nuestro tiempo, de la pista de baile como espacio sagrado donde la música
deja de ser muzaq para devenir ritual trascendente, espacio social y emocional
por excelencia. O algo así: si no lo has vivido, difícilmente
lo vas a comprender.
Europe is living a celebration
podría ser el slogan de los grandes practicantes del electroklash.
Hacía ya muchos años (tal vez desde el italo disco) que
en los clubs no se escuchaban hits de high-energy tan pegadizos y bailables.
Con los años, los grandes temazos de Vitalic, Legowelt,
Hell, I-F, David Carretta, Silvester Boy o TGV aparecerán
en recopilaciones de A3Z junto a Donna Summer, Bananarama, Ken
Lazlo y Human League, y probablemente el sempiterno "Frank
Sinatra 2000" de este disco (su tema menos interesante) quedará
reducido a esa entrañable categoría oldies-goldies, quedando
el resto del album como pasto de freaks de las oscuridades como Suicide
o D.A.F. Sin dejar de asentir en que verdaderamente estamos de fiesta,
el mensaje de este disco podría ser Europe is living a stupid
celebration. Más o menos.
En algún lugar leí
que el problema del cine de Godard y Truffaut es que intentan
ser ingenuos y frescos cuando, desde su postura de intelectuales, cualquier
atisbo de candidez y espontaneidad se han perdido para siempre: el intelectual
vive permanentemente acomplejado por saber que el mayor tesoro de la vida
es el de la ingenuidad que han perdido sin vuelta atrás posible.
Y el techno, el electro y el house fuero durante muchos años música
ingenua, cándida, espontánea y positivamente festiva. Lo
que la generación Gigolo ha demostrado es que esa espontaneidad
desacomplejada, a estas alturas, sólo puede ser una impostura:
se hace necesario reinventar el hedonismo, históricamente tonto,
con la inteligencia del que tiene la cabeza bien amueblada. La Velvet
fue probablemente la primera banda de la historia en establecer un protocolo
capaz de conjugar idiotez con perversidad subterránea (reinventando
y a la vez asesinando para siempre el rock estúpido de toda la
vida), pero sin duda los maestros absolutos en esa tarea fueron Kraftwerk,
con sus asesinas proclamas de nihilismo existencial disfrazadas de lírica
mongolizante (y a este respecto, recomiendo el absolutamente magistral
artículo que Momus les dedicó en su web, reivindicándolos
como la banda del siglo XX por su mezcla de estupidez e inteligencia).
Y Kittin, si me apuran, es la mayor maestra actual en esa búsqueda
del lenguaje retorcido y ambiguo de ocultar lo trascendente bajo bazofia
populista (que es lo que el pop siempre ha intentado). Nadie quiere bailar
escuchando proclamas antisistema de encefalograma plano (excepto los millones
de fans de Manu Chau y anti-todo en general) y este disco es de
los que halagan nuestra inteligencia dando en el clavo sin hipotecar su
carácter de item de discoteca. Como en el caso de Lawrence Hayway,
Momus o Regis (magníficos conceptualistas pop de posmoderna
opacidad)...¿es idiota oír cantando a Kittin "my
girlfriend is a stripper in a Swiss peep show"? Tan estúpido
como las latas de sopa Campbell de Warhol.
No quiero ser cenizo, así
que no seguiré recreándome en la tristeza y desazón
secretos que esconden estas canciones, escondidas bajo toneladas de Margaret
Astor para tapar las arrugas y puntos negros de la aparente fiesta que
es Occidente al borde de mil cataclismos consecutivos. Así que
quedémonos con el hedonismo ambiguo que desprende, con su inigualable
talento para mover nuestros pies y adherirse a nuestra memoria. Un discazo
mágico y adolescente, histórico, influyente, demencial,
tortuoso, sabio, cálido, humano, inhumano, hermoso, decadente.
Neorromántico y bailable, recuperando con cariño el legado
del synth pop y el techno (no en vano en sus sesiones la Kittin
sigue pinchando con delicado respeto los clásicos más punk
del legado Detroit-Berlín-Chicago: aunque a nadie le importe, si
yo fuese DJ sería Miss Kittin) no hay duda de que, además
de haber cambiado para siempre la historia de la música de baile,
estas canciones son el disco generacional por excelencia, producido con
una inteligencia y sensibilidad post-windows 2000 que definitivamente
jamás comprenderá la generación Benicassim, que se
conformará con una lectura superficial de su pegadizo magnetismo.
Los que nos preguntamos "¿merece realmente la pena hacerlo?"
cada vez que apretamos un botón, sin embargo, seguiremos bailando
y llorando a su compás como si fuese mentira que mañana
por la tarde el mundo va a explotar y todos lo veremos por televisión.
El escapismo fálsamente candoroso de Kraftwerk era el de
recrearse en la gélida y hermosa utopía de la máquina.
Tras todos los super ordenadores, móviles, videoconferencias y
demás tediosos inventos, la tecnología ha devenido distopía
desconcertante y era necesario una nueva alternativa al No Future : el
desesperado refugio que ofrece First Album es el de soñar
con hacer el amor con un desconocido en un hotel de un millón de
dólares. Y mi última y significativa observación:
no esperes escuchar en este disco la palabra Love. Completen esta soberbia
lista de canciones con algunos momentos igualmente sobresalientes de la
trayectoria Kittin (la más killer sin duda "Madame
Hollywood", y la más triste el letal "Rippin´Kittin"
junto a Golden Boy, la canción más melódica
de su trayectoria y quizás la más melancólica) y
entenderán por qué la diva está a día de hoy
donde está, y el espacio que sin duda guarda para ella la posteridad.
Lo mejor de esta interpretación
hipertrófica de First Album que os he relatado, es que con
toda seguridad estoy equivocado. Seguramente Madame Kittin es la
persona más candorosa del mundo, sin duda sus letras son escritura
automática sin intenciones ocultas, y The Hacker un mero
fan de 1981 que se dedica lo mejor que puede a homenajear la música
que siempre ha escuchado. Y por ello los considero genios, y no meros
talentos: ellos no han perdido la espontaneidad que tanta melancolía
producía a Godard, su obra es sin duda 100% intuitiva, y
jamás serán conscientes de la profundidad y trascendencia
del artefacto que nos han regalado. Sólo espero que su próximo
disco no sea un Second Álbum sino un A New First Album.
f_mandarine@iglu

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