Como creo haber dicho alguna vez, soy una persona - a parte de humana, como Letizia Ortiz- simple: con un botón de encendido y otro de apagado. Como los pensadores griegos, apenas puedo concebir el mundo en polos elementales, en blancos y negros, en frío o calor, en muerte o vida. Con los grises, lo templado y los estados vegetales siempre tengo problemas. Y en esto de la música lo de las etiquetas por ignorancia y por mi incapacidad para comprenderlas lo llevo mal, verdaderamente mal, sobre todo en los últimos años donde el florecimiento de rótulos ha alcanzado niveles cómicos y surrealistas. No hay más que ver las secciones de críticas de discos de más de una revista donde te puedes topar con lindezas del tipo “no wave glitch rap”, “funk-turntablism” o “math rock” que pretendiendo orientar al lector al final lo marean, al menos a un tipo torpe como yo, que aún tiene que pensárselo varias veces para decir cuando algo es pop y cuando algo es rock... y resulta que tiene a bien escribir sobre los discos que van llegando a sus manos con el inevitable recurso del etiquetaje.

Así, las cosas en mi vida se pusieron realmente feas cuando a mediados de los noventa irrumpió el fenómeno del post rock. Ni en aquel momento (ni ahora) tuve muy claro en qué consistía aquello del “rock después del rock” , un ambiguo y variopinto cajón desastre donde aparecían a agrupaciones tan dispares MY BLOODY VALENTINE, LABRADFORD, STEREOLAB, MOVIETONE, LAIKA, FLYING SAUCCER ATTACK, AUTECHRE O TORTOISE y que, ni siquiera con los postulados teóricos que en su momento establecieran Jesus y Víctor Malsonando en la revista Factory, uno sabía a ciencia cierta decir lo que era post y lo que era simplemente rock. Por ello, quizá la trama argumental con la que arrancan estas líneas patine como unos zapatos de suela en una baldosa mojada, pero empezaré aludiendo al problema que persigue y, me temo, perseguirá a MOGWAI para siempre.

Con su debut, el seminal y mítico “Young teen”, establecieron (o , quizá sería mas justo decir que fue la prensa quien estableció, ya saben que ellos con ese cachondeo tan escocés dicen que lo suyo es simplemente rock n´roll) las bases de lo que sería el post rock en su vertiente más imitada, saqueada y estereotipada en años venideros , es decir ese amalgama de sonido guitarrero, recio e in crescendo, en cuyo ADN convivía la herencia genética de JOY DIVISION, GALAXIE 500, SLINT Y SONIC YOUTH y cuyo efecto en el oyente era y es devastador, en oposición a ese otro post-rock, el del otro gran clásico del ¿género? en los 90, me refiero a “Millions now living will never die” de TORTOISE , en el que el lugar del punk y del slowcore era tomado por el jazz y la electrónica. Pues bueno, hay muchos para quienes MOGWAI o es esa manera de entender el rock, o no es nada. Para otros ( los que en su momento se decepcionaron con “Come on, die young” ) , visto el sorprendente giro dado años después con “Rock Action”, MOGWAI necesariamente tienen que dejarte boquiabierto, del primer al útlimo corte, o tampoco valen.

Llegados a este punto habría que decir que no pocos somos los consideramos a MOGWAI como uno de los mejores grupos de rock (con post o sin él) del planeta. Motivos para ello los hay de sobra en su tres anteriores álbumes, ninguno de ellos por debajo del notable (¿alguien dijo que “Come on, die young” era un disco flojo?) , o en cualquiera de los conciertos suyos que se haya tenido la suerte de presenciar ( en mi caso dos, y las dos excepcionales) y, claro, cuando sale nuevo trabajo de un grupo así, hay que tenerlo. Acudo a la tienda recién salido y me compro el disco. Al ver la portada y el espantoso artwork me arrepiento del desembolso realizado y de no habérmelo bajado de la red directamente, que ya está bien de tomadoras de pelo con ese formato original que, dicen, las indies cuidan y dan tanta importancia y al final se reduce a “esto” (sin duda uno de los envoltorio más feos que he visto en tiempo). Llego a casa, pongo el cd, enchufo auriculares, subo volumen y me tumbo en la cama. Lo escucho entero. Decepción absoluta. Solamente me gustaron dos temas, que aún así los considero muy por debajo de su pasado. Pregunto a algún amiguete por el messenger y todos dicen, así como quien está blasfemando sobre algo sagrado, que no, que el disco no les ha convencido. Cuando les contesto que a mí me ha parecido una mierda (obviamente los adjetivos varían en función de si te ha costado el artilugio 17 € o unos segundos de búsqueda en el soulseek) me confirman que en efecto, el disco es un purazo intragable. Estamos en verano y hace mucho calor. No sé que es lo que más odio si el verano o que uno de mis grupos favoritos me la juegue de esta vil manera, pero lo cierto es que combinación de ambas cosas ha sido letal. Creo que “Happy songs or happy people“ quedará archivado por tiempo indefinido.

( un día ya en otoño de 2003 con el invierno pisándome los talones )

Madrugada de domingo. Como siempre tras haber salido el fin de semana tengo el sueño cambiado, estoy desvelado, pero con la mente nada clara como para ponerse a leer, a conversar por la red o simplemente dejar transcurrir el tiempo contando ovejas. Me acuerdo de este disco y su crítica a medio hacer. Me dispongo a escucharlo en igual armonía, mientras que, ya a toro pasado, ojeo por encima lo que dicen diferentes firmas sobre él a ver si me decido a escribir algo, que con el “out of time” particular del Feedback nunca hay problemas para echar la vista atrás. La cosa está reñida, pero haciendo media lo que viene a decir la prensa estamos ante un típico caso “no es su mejor trabajo pero no está mal” . Igualmente existe consenso en que continúa las atmósferas más calmas, sosegadas y eventualmente líricas impuestas con la redirección tomada por el grupo en “Rock Action”. ( Dentro de unos días os diré)
( ya metido en el invierno con la calefacción puesta)

Primero ruego un poco de complicidad “poética” y “sensitiva” (y, en la medida de lo posible, reservar los adjetivos despectivos para el final o bien, dejar ya aquí la lectura). Hagamos una gráfica en la que, de abajo a arriba, el punto cero marca donde termina la introversión y donde comienza la extroversión. Si disponemos cualquiera de los tres anteriores álbumes de MOGWAI en esos parámetros, independientemente del registro musical que empleen, todos ellos dibujan su curva mayormente SOBRE ese cero, es decir son obras de un grupo que genera su música “para tí” que los escuchas. “Happy Songs for happy People” por el contrario, desciende muchas veces BAJO esa línea , como si estuviera escondido en un lugar secreto donde descifrar la clave de acceso, puñeteros que son ellos ya desde el mismo título. Mientras que el ruidismo de sus dos primeros trabajos te golpeaba violentamente o la melancólica quietud del tercero te arrullaba a modo de bálsamo, “Happy Songs for Happy People” a primeras deja, con más frecuencia de lo esperado, un vacío músico-oyente por sus partes más incómodas en el que la comunicación pronto se evapora y exige un esfuerzo de este último para poderla condesar de nuevo.

No obstante, el disco arranca de manera harto familiar, con ese vocoder fundido entre los arpegios de una guitarra limpia que dialoga y obtiene respuesta con una fina capa de ruido y el ritmo seco y cuasi mecánico de “Hunted by a freak”, el primer tema, que fluye con soltura y remiten a ciertos momentos de “Rock Action“ con la sensación de relax, todo predisposición a embarcarse en un viaje sin sobresaltos por el ya reconocible mundo MOGWAI como si se tratará de un clásico que acaba de editar un nuevo trabajo. Pero la holgura de la travesía pronto se interrumpe, ya que “ Moses? I amn´t”, el siguiente corte, te ubica velando a un muerto que, en principio, nada tiene que ver contigo. Esa especie de score fúnebre en clave post rock abre una incómoda brecha que solamente las sucesivas escuchas pueden llegar a cerrarla. No hay donde agarrarse para quedarse fuera contemplándola. Hay que sumirse en ella. Introducirse. Formar tú parte del disco y no que el disco forme parte de tí.

Esa ambivalencia recorre toda la estructura del álbum, de ahí que no pocos hayan zanjado el asunto con la manida fórmula de “disco de transición” al conjugarse en él momentos fácilmente reconocibles en su sonido, con otros que toman nueva dirección hacia zonas cada vez más remotas e insólitas. Por otro lado, de existir una sensibilidad que pudiera describir este “Happy songs for happy people” es precisamente la del lloro y la del desaliento. Me refiero mayormente, en le primero de los casos, a esas guitarras lacrimosas que se deslizan tristes por la belleza, pero que rara vez se alzan ante ella de la manera que lo hacían antaño. Como mucho planean, levitan o dan un pequeño salto y permanecer el mayor tiempo posible flotando, como “Kids will be skeletons”, precioso pasaje circular que puede sacar de quicio a quienes aguarden su arrebato purificador que finalmente no llega, o “Killing all the flies” ,con dosificada estampida noise intermedia que, en su tramo final, teje un fantástico puente hacia un “Boring machines disturbing sleep” en el que la agonizante palpitación vital disco renace de nuevo tras haber tocado fondo, de una manera que a primeras despista y desorienta, pero que las sucesivas escuchas terminan por revelarla como una secuencia absolutamente magistral.

También se apela al punch de intensidad prolongada en “ Ratts of the capital”, quizá el momento del disco donde se recoge de manera más arquetípica el sonido MOGWAI en toda su plenitud. Se trata de un extensísimo crescendo de más de 7 minutos , -con sus subidas, sus bajadas, sus climax y anti-climax- que, si bien en estructura remite a los primeros MOGWAI, el traje sonoro que los viste ( los muros de guitarra difuminados en segundo plano, cuidado protagonismo de los detalles y las sutilezas) apela más bien a la estética de “Rock Action” en una genial síntesis del pasado de la banda. Y como sucedía en el bloque anterior no es sino el prefacio brioso de una nueva sumersión por terrenos desalentados con ”Golden Porche” y “I Know you are but what am i?” . Guiadas por el pulso de un abatido piano, la primera apela al majestuoso paisajismo de instrumentos de cuerdas y la segunda a las texturas indietrónicas para dejar el camino trillado para que “Stop coming to my house”, broche de oro para un disco plateado, lo culmine entre abruptas programaciones geométricas y electricidad propulsada a chorro en una refulgente bola épica memorable.

Momento entonces de volver a hacer las preguntas. ¿Disco de transición?. ¿Decepción?. Ante ello diría que “Happy Songs for Happy People”, sin llegar a la altura de “Young Team” o “Rock Action” es todo un señor disco que no se debería dejar de lado y que, en ningún momento, merece una calificación decepcionante. Por su estructura se hace casi imposible la escucha fragmentada, ya que, al menos así lo percibo yo, los temas se disponen en cuerpo bicéfalo: los cinco cortes que van de “Hunted by freak” a “Boring machines disturbs sleep” y lo comprendido de “Ratts of Capital” a “Stop coming to my house”. En ambas partes los temas, unas veces de modo obvio, otras más sutiles, se interconectan hábilmente como si se tratará de la sesión de una suerte de dj post rock,. Un dj eso sí, algo macabro (¡vaya titulitos!) y combinando las concesiones de estilo con momentos de ensimismación plena ajenos por completo a lo que “todos quieren oír”. Lo que nos lleva a que el despacharlo en un par de audiciones, visto su contenido, es quedarse en el peor de los casos.

Quizá es ese habitar a medio camino entre el salto mortal y el continuismo, lo que ha rebajado la energía del. Lo que se reitera no se repite de la misma manera y lo que se exhibe por primera vez no se deja escuchar fácilmente. Como sabrán quienes me conocen, esto de hacer del abogado del diablo y defender de oficio una obra que se ha acogido con tan tibios adjetivos me gusta mucho. No sólo por el toque de distinción. Me encanta, sobre todo, cuando mi defendido es un trabajo del calibre del que hemos hablando, que primero decepciona, luego va enganchando poco a poco y finalmente embelesa como pocas novedades lo han hecho conmigo este finiquitado 2003.

Déjenme ser un poco malicioso antes de ponerme tierno con la despedida. Su discográfica no se publicita en feedback ni el disco nos ha llegado de promo, así que, de corazón, recupérenlo y denle su tiempo. Lo del e-mail de agradecimiento es opcional.

JAVIER BECERRA (diciembre 2003)