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Dentro del mundillo de
la prensa musical, ya sea nacional o extranjera, hay dos duraderos axiomas
que pocos plumillas se atreven a discutir. El primero: ningún disco
en solitario del vocalista de un grupo de leyenda merece la pena. El segundo:
Si el disco es de Morrissey será aún peor.
Si a todo esto le añadimos el insano complejo de persecución
que Moz ha demostrado tener en los últimos años y su comportamiento
un tanto patoso ante los medios en ciertas polémicas, parece lógico
que al no-fan, al “no-apóstol”, el retorno de Morrissey
al negocio se la traiga al pairo.
Pues bien, el mancuniano
más grande de la historia (según sus propios paisanos) vuelve.
No sé sabe aún la fecha exacta de su regreso en disco, pero
la gira del pasado año en la que el y su banda presentaron nuevos
temas hacen ver que esta vez la vuelta va en serio. Ya no hay tanta expectación
como en otras ocasiones y eso puede jugar a su favor a la hora de desarrollar
la obra. Otra cosa que también jugará a su favor es el efecto
“dejar-pasar –un-tiempo”. Estos años
de barbecho no han perjudicado su condición de masivo ídolo
de minorías, especialmente en países como los Estados Unidos
y Japón. La fascinación continúa
En otros tiempos las cosas
no eran así. Los Smiths han sido, son y serán un modelo
de banda “indie” (viendo el término con amplitud de
miras), pero no unos completos desconocidos en la época que les
tocó vivir, especialmente en su país, en el Reino Unido.
No hubo que esperar a que murieran para ver como se les rendía
pleitesía. Vamos, que no fueron ni la Velvet ni Joy Division Ventas
más que apreciables, conciertos abarrotados adoración de
fans y odio de la mayoría de “no-fans” contribuyeron
a crear el Morrissey icono, un personaje que nunca sabremos
cuánto tiene de Steven Patrick y cuánto
de invento. Siguiendo su propia máxima de que “los artistas
no son personas reales, yo mismo estoy compuesto en un 70% de papel-couché”,
Moz jugó, igual que su idolatrado Óscar Wilde,
con los códigos de una era, quebrándolos cada vez que le
fue posible. Y llegó a ser famoso.

El problema estuvo y está
en el deseo de Morrissey de demostrar que hay vida después
de los Smiths. Los cinco años que transcurrieron entre las primeras
maquetas con Troy Tate y el “Strangeways,
Here We Come” fueron para muchos más perfectos de
lo humanamente soportable. El ideal de vida, la iconografía, los
sentimientos que transmitían las canciones, incluso la cosmovisión
que ofrecía el prisma de, pongamos, “The Queen Is
Dead” era demasiado “bonito” para no pasar
a la categoría de maldito, mítico y legendario. Para muchos,
lo mejor hubiera sido que Morrissey se quedase callado.
No lo hizo. El bocazas no
se cansó de golpear de nuevo. Continuó con su política-ética
de editar un álbum por año y un single cada seis meses.
Sólo los problemas con las distintas compañías que
le acogieron impidieron que siguiese este ritmo de trabajo. Seis albumes
de estudio ( “Viva Hate”, 1988; “Kill Uncle”,
1991; “Your Arsenal”, 1992; “Vauxhall & I”
1994; “Southpaw Grammar”; 1995, y “Maladjusted”,
1997), varias compliaciones de singles y caras B (una de ellas,
“Bona Drag”, equiparable en grandeza a “Hatful
Of Hollow”) y un vivificante directo ("Beethoven
Was Deaf”), Después de hacer la suma de sumandos,
el resultado arroja un balance claramente positivo, aún sin llegar
por supuesto a los niveles de los Smiths. Entre los argumentos más
incontestables para declarar a Morrissey inocente se
encuentran su electrificada asociación con Mick Ronson
en “Your Arsenal”, un LP repleto de singles
potenciales, y la combinación de intimismo y striptease emocional
de “Vauxhall & I”, el anverso de la instantánea
captada por Suede en 1994 para facturar “Dog Man Star”.
Añadamos el cuidado puesto en los singles y caras B sueltos que
ha ido publicando ( con su carrera en solitario se puede seguir acudiendo
a aquel tópico que afirmaba que cualquier grupo medio pagaría
lo que fuese por poder publicar una cara B de los Smiths como single propio)
y también el grado de compenetración que ha conseguido con
sus dos guitarristas, Boz Boorer y Alain Whyte, la médula
de una banda pseudo-rockabilly que le ha acompañado desde 1991
en sus siempre efectivos shows.

Lo malo del asunto es que
muchos aún recuerdan sus pequeños delitos y le juzgan culpable
Ejemplo de pequeño delito: la publicación de “Kill
Uncle”, un álbum de buenas canciones tratadas por
los productores equivocados (porque lo de Langer y Winstanley con Madness
funcionó, pero, lo que es con Moz...). O también la absurda
polémica acerca de sus tendencias racistas, surgida tras los incidentes
de Finsbury en 1992, cuando portó una Union Jack delante del público
de Madstock, un festival que suponía la reunión de, precisamente,
Madness. (¿quién le iba a decir a él que un par de
años después un cejijunto iletrado podría llevar
esa Union Jack impunemente en su guitarra?). En último caso siempre
queda el recurso de afirmar que los Smiths eran mejores. Un argumento
que sólo vale como media verdad, ya que por lo mismo nos podríamos
cargar las carreras en solitario de Lou Reed, John Cale, Iggy Pop, John
Lennon, George Harrison o Paul McCartney. Y eso, salvo en el caso de McCartney
, es mucho cargarse.
A partir de 2004, fiscales
y abogados tendrán que revisar el caso y examinar las nuevas pruebas.
Después de años de rumores y de un par de giras sin disco
que presentar, Morrissey fichó hace unos meses
por Sanctuary Records, una compañía bastante seria, ni muy
“indie” ni muy “major”. Anticipándose a
la firma del contrato, el ex Smiths presentó una serie de temas
nuevos durante la (sorprendentemente exitosa) gira del año pasado.
Un rápido análisis de estos temas hace pensar que no habrá
grandes sorpresas y que va a haber disfrute para todos. Empecemos por
el posible single. “The First Of TheGang To Die”
sigue el camino marcado por los últimos sencillos de Moz. Un riff
de guitarra resultón y pegadizo como puede ser el de “Alma
Matters” o el de “The More You Ignore
Me...” da paso a una elegante melodía sobre
una sólida estructura que busca el estribillo sin prisa pero sin
pausa. La letra vuelve a tratar los bajos fondos, el erotismo de la violencia
y el glamour de los chicos duros, los argumentos de alguna que otra gran
canción de los Smiths (“I Want the One I Can´t
Have”) o de Morrissey en solitario
(“The Last Of The Famous International Playboys”).
Esta vez hay más drama, más ambiente de película
británica de los sesenta. En un mundo normal debería ser
un hit. Si “The First...” llegase a serlo,
el efecto arrastre llevaría a “I Like You”
también a lo más alto. Como un anverso igual de directo,
pero mucho más amenazante. Probablemente es lo más cerca
que ha estado Moz del “mainstream” en años. No se anda
por las ramas, vamos. El texto viene a decir, por sorprendente que parezca
en él, que a Morrissey le agrada alguien, alguien
que “no está bien de la cabeza” y que por
eso le gusta. Quizás haya que separar autor y obra esta vez.

En el otro lado de la
balanza, “The World Is Full Of Crashing Bores”
abusa de las cualidades que hicieron grande a “Vauxhall
& I”, quedándose a medias. La canción
está bien elaborada (salvo ese puente un poco irrisorio en el que
desciende la melodía), pero las guitarras suenan apáticas
y no colaboran en la creación del aura de grandiosidad que si tenía
“Now My Heart is Full”, por ejemplo.
Tampoco ayudan las palabras de Morrissey. Ya había
dejado claro muchas veces que el mundo (especialmente el mundo del espectáculo)
es vulgar. Caer en la reiteración es dar argumentos a los que van
a por ti. Y escribir soserías como “Mexico”,
el cuarto tema presentado, es dejárselo en bandeja de plata. Suena
al Bowie más vulgar, al de mediados de los 90. Y no tiene gancho
ni la música ni la letra.
Sin embargo, Moz tenía
un as en la manga. “Irish Blood, English Heart”
fue presentada en mitad de la gira, en Londres, y se ha convertido en
un clásico antes de ser publicada. Concentra en menos de tres minutos
todos los sentimientos que sobre Inglaterra había querido expresar
Morrissey en la última década. Y lo hace
sobre un fondo intenso, casi épico, que la equipara con “Speedway”,
el tema que cerraba “Vauxhall & I”. El
ex Smiths se declara “de sangre irlandesa y corazón inglés”,
aunque avisa de que “ningún régimen” puede comprar
o venderle. Dice soñar con un tiempo en el que la Union Jack no
le haga sentirse “avergonzado, racista y racial”,
para acabar afirmando que espera ver llegar el momento en el que los ingleses
se muestren “asqueados de los laboristas, los tories”,
escupan “sobre el nombre de Oliver Cromwell” y denuncien
a “esta familia real que aún le reverencia”.
Suena tan urgente en sus afirmaciones como Billy Bragg
en “Take Down The Union Jack”, con
la diferencia de que en este caso todo sale más de dentro y con
el objetivo de dejar claro, de una vez por todas, un posicionamiento.
A la espera de escuchar
el resultado final, la vuelta de Morrissey no parece
llegar en el mejor momento. La coyuntura del mercado está más
por lo “fashion” que por la música sin referentes inmediatos
a nivel de vestuario y a nivel de influencias. Imposible encuadrarlo dentro
de ningún revival, a no ser el suyo propio, tendrá que ganarse
a nuevos adeptos el solo, algo que se antoja complicado a estas alturas
de la película. Lo que sí tiene asegurado es el apoyo de
los miles de fans devotos que, desperdigados por todo el mundo, aún
mantiene. Esperemos por el bien de la música apasionada, con significado,
que esa colonia se amplíe a partir del próximo año.
LUIS SOTO (noviembre 2003)
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