Una vez llegado el esperado momento de examinar la tercera entrega en formato largo de Nacho Vegas, viejo conocido de esta publicación, uno ha terminado por asumir que el asturiano ha llegado a la escena para generar una virulenta división de opiniones; a veces, incluso, en la misma persona. Yo mismo conozco a gente que no lo traga, a la que le cae como una patada en los mismísimos. Conozco a otros que le reservan una veneración entregada, casi fanática. Y, por último, conozco algunos que albergan sentimientos contradictorios a su respecto, que basculan entre la absoluta admiración y la vergüenza ajena. En realidad, estos últimos son incapaces de negar que Vegas es uno de los artistas mayores que ha dado este país en los últimos diez años en el rock, una figura capital. Aunque por otro lado, a veces no sepan como asimilar rasgos de su obra o actitudes de ese personaje que Vegas dice haber creado. Yo mismo soy uno de estos últimos.

El asunto es que Nacho Vegas, como complejo compendio de obra, persona y personaje, plantea en el oyente y seguidor, a un ritmo constante, algo no muy habitual: dilemas. Parece absolutamente incapaz de provocar indiferencia, generando en nosotros una interactividad nada posmoderna. Vegas viene una y otra vez a buscarnos, a activar resortes, (morales, estéticos y mixtos) que habitualmente duermen el sueño de los justos en el desván de nuestra mente prejubilada. Recuerdo ahora, por ejemplo, mis primeras escuchas de su debut, “Actos Inexplicables”, un disco fundamental que el propio autor se ha encargado de superar y mejorar en varias ocasiones. Causaba entonces cierto pudor esa desnudez emocional y una exhibición fácilmente legible entre líneas de hábitos vitales poco saludables. Aquel disco era una muestra de maneras de gran escritor de canciones, una producción musical de verdad surgida en estos pagos de amateurismo desesperante, amén de un magnifico repertorio. Es decir, era un gran disco. Pero también era algo más. Aquel disco era, además de un gran disco, un gran dilema. Varios dilemas en realidad. ¿Era de verdad, o de mentira? ¿Era ético asomarse así a las profundidades de un alma y de una vida? ¿Era prudente mostrarlas? ¿Se puede defender un autor de los golpes, una vez que fue él mismo el que bajó la guardia? Preguntas, preguntas...

No se crea Ud., amigo lector, que el autor no debió hacerse algunas de esas preguntas, o quizá otras semejantes. Repase las dos entrevistas con Vegas que alberga esta web, realizadas cuando promocionaba sus dos largos. ¿Notan alguna diferencia? Bien, repase también ese artículo sobre su relación con The Smiths, y cierta frase casi mítica sobre Morrissey.... Esto es lo que hay. Cuando llegó “Cajas de Música Difíciles de Parar” mi primera sensación fue que los modos de Vegas eran menos directos, su habilidad mayor, y el juego de máscaras más complejo. Cuando le entrevisté a su propósito, también. Pero mire Ud., lo he estado pensando mejor últimamente, y tampoco era para tanto. Había de todo allí. Y de hecho, lo sigue habiendo en “Desaparezca Aquí”, su nuevo disco, un álbum compacto y cerrado, de diez cortes perfectamente trenzados. El mejor que ha publicado hasta ahora. Y, con certeza, uno de los mejores discos de rock jamás publicados en castellano.

Aunque la verdad es que, a veces, Nacho Vegas, resulta incómodo. Si intentamos abandonar el malditismo que él mismo dice despreciar, los manidos tópicos de la vida al límite que tanto predicamento tienen en la subcultura rock, y que, llegados a cierta edad, al menos uno mismo ha decidido observar desde una cierta distancia, hay momentos en los que las letras de nuestro protagonista, las historias que sobre él circulan, las que él mismo cuenta, resultan casi embarazosas. Vegas apela constantemente a la necesidad de que sus canciones contengan “verdad”. Un ideal elevado sin duda, probablemente acertado. Asimismo, parece inmerso en una lucha inútil por evitar que el oyente o analista proyecte un exceso de autobiografía en esas mismas canciones. Esa ambigüedad, esa distancia permanentemente móvil, es uno de los temas más recurrentes a propósito del asturiano.

Antes de este último largo, como es habitual en su carrera, llegó el anticipo, “El Hombre que Casi Conoció a Michi Panero”, otro más en la lista de E.P's que Vegas ha publicado, y que contienen algunas de sus mejores creaciones. En esta ocasión hay dos joyas que no se repiten de una forma u otra en el álbum. La primera es “Chucho Malherido”, un sarcástico country, y un no tan velado homenaje a Fernando Alfaro, que coloca a Vegas en la senda de su maestro Townes Van Zandt. La segunda, su exquisita adaptación de “Stranger Song” de Leonard Cohen, de la que traduce y adapta la letra con una fidelidad pasmosa, pero sin resentir ni un ápice su calidad literaria en castellano, dejando además para el recuerdo la interpretación vocal más delicada y perfecta de su carrera. Como ha venido ocurriendo, este pequeño artefacto resulta al final tan imprescindible como su hermano mayor.

Así, llegamos de nuevo a “Desaparezca Aquí”. Y, como no, a los dilemas. Ahora mismo el que más me perturba es el planteado por “Ocho Y Medio”, una extraordinaria balada que parece un “Girl From the North Country” de Bob Dylan en versión “más difícil todavía”, incluyendo esa armónica delicada pero penetrante como un cuchillo. El dilema consiste en que servidor siempre se creyó legitimado a propósito del propio Dylan, por ejemplo, y de sus crisis sentimentales, para dar razón del nombre y apellidos de las mujeres que provocaron esas canciones que tanto nos gustan. Y también para, sin cargo de conciencia, airear esos nombres y la profunda intimidad de un artista al que nunca se estará, ni siquiera, a punto de conocer. Pero cuando llegamos a Vegas, y uno mismo, que entre otras realidades superpuestas vive en el reino “indie” español, un pueblo escaso y disperso en el que nunca hay esos cinco grados de separación hasta la Reina de Inglaterra, ya no se siente tan capaz de descifrar esas iniciales, que el propio Vegas ha puesto en la dedicatoria del disco. Dice el autor que “Ocho Y Medio” es la canción más autobiográfica de todas sus canciones no autobiográficas. Pues vale.

Dejemos por ahora los dilemas, que algún que otro también hay. Vayamos a las certezas, a las razones que tiene Vegas como artista. “Desaparezca aquí” vuelve a sonar como pocos discos españoles suenan. Y no sólo es mérito del eterno Paco Loco. Es que la banda de Vegas, Las Esferas Invisibles, que en este disco ha recibido mucha cancha (tanta que en “Ella me confundió con otra persona” y “Perdimos el control”, apabulla) es excelente. Y Vegas, por su parte, la aprovecha a conciencia, como perfecto conocedor de la maleabilidad de esa inestable sustancia conocida como “canción”, de la existencia en su esencia del texto y del subtexto, y en su presencia, del “tono”. Por ejemplo, en el E.P “Autoyuda” era ternura, amor protector, un “ten cuidado”. En el largo, realimentada de electricidad, parece en cambio una admonición profética, una suerte casi de maldición despechada, un “tú verás”. Y todo, sin tocar una sílaba de la letra escrita. A eso, antes de la tontería generalizada, se le solía llamar talento.

Vegas, definitivamente, parece que se ha abrazado a las canciones largas. Como si una cierta incontinencia creativa le llevara a este barroquismo, que si bien en otros empujaría sin remedio al tedio, en su caso, y gracias a sus dos grandes armas (sus excelentes letras y esa banda), deviene en una abundancia de aciertos. Siguiendo la estela de Dylan en su periodo del Sonido de Mercurio y las letras desbordantes, nuestro protagonista, que cada vez maneja mejor esa misma compenetración perfecta entre escritura e interpretación, entre métrica libre, pero no caprichosa, y fraseo astuto, ofrece sin embargo su colección más pulida y trabajada de canciones.

Pero debemos volver inevitablemente a los dilemas, siempre entrelazados a las certezas, a las certezas por ejemplo de los estupendos arreglos que siempre pueblan sus discos. “El hombre que casi conoció a Michi Panero” parece una suerte de epístola, de despedida antes de la muerte, una defunción tal vez “dramática” como dice la introducción. Es una pieza prodigiosa, cuya alegre melodía se ve definitivamente avocada a la sensación festiva por esos vientos finales. Pero es que esos vientos finales no sólo son puro Dixieland, sino que también son puro cortejo funeral de Nueva Orleáns. La ironía, implícita en toda la canción, se convierte así casi en cruel sarcasmo, en una letra que dice que lo único cierto es que Vegas, o el personaje, o quien sea, se va a morir. Y que cuando dice que va, “va”. O no.

Porque desde una cierta ambigüedad, no sabemos si su ambicioso plan consiste en sobrevivir (“Nuevos planes, idénticas estrategias”, cercana en tono a “El hombre...”, igual de perfecta), o por el contrario, en tentar una y otra vez a la suerte (“Cerca del cielo”, otro prodigio de tono muy distinto). De este modo, a lo largo de “Desparezca aquí”, subimos y bajamos por un Infierno que no es el de Dante, pero en el que, en cada círculo, también se purgan culpas diferentes, con castigos diversos.

El camino de salida, encarado con algo de tiempo para darse la vuelta y ponderar el futuro de aquellos que se quedan atrás, nos lleva a un umbral desde el que, al parecer, se nos dice adiós. Nos quedamos pendientes de saber si, definitivamente, es traspasado, para no volver, en “La noche más larga del año”. O de si finalmente, “de una puta vez” (Vegas dixit ), hemos sido capaces todos, autor, críticos, oyentes y mediopensionistas, de quedarnos a una prudente distancia.

ENRIQUE MARTÍNEZ (Mayo 2005)