Sin dudas "Kid A" (2000) fue un disco que no se esperaba nadie. Al margen de cualquier otra consideración el viraje que RADIOHEAD manifestó en el primer ofrecimiento de aquellas tormentosas e interminables sesiones de grabación, sorprendió a cualquiera. Y esa fue la primera de las victorias de este disco. Enfrentados a la importancia desmesurada del precedente por ellos mismos establecido con "Ok Computer" (1987), el progreso se había producido hacia dentro, resultando en un disco ensimismado y de encefalograma regular.

Finalmente la aparición en el verano del 2001 de "Amnesiac" parece terminar de completar el puzzle, de ofrecer las pistas para comprender que ha pasado en la dimensión alternativa en la que parecen habitar los miembros del grupo británico más importante del momento. Cuando se habla de la importancia de RADIOHEAD en la escena actual no se está afirmando necesariamente que sean la mejor banda del planeta, ni que facturen los mejores discos (opiniones todas estas subjetivas), ni que desde la frialdad objetiva de los números sean los más vendedores. Estamos hablando de esa combinación de éxito comercial, atención de los medios, culto fanático de seguidores, interés por los temas sociales y aprehensión del "Zeitgeist" por su parte, rechazo por algunos otros medios, polémica crítica y evolución artística arriesgada bajo el más severo de los escrutinios públicos, etc. Hacía mucho tiempo que una banda no reunía todo esto, además de una lógica, natural y algo lamentable legión de imitadores.

Debemos entender qué clase de personas son los miembros de RADIOHEAD, y a que fenómeno se enfrentaron a raíz del éxito absoluto de "O.K Computer". Porque el rechazo de algunos y la polémica crítica consiguiente no deja de ser la cuadratura del círculo, la perfección más total de dicho éxito: no sólo hay muchos que hablan bien de ti, hay otros tantos que también hablan mal. De este modo, le importas a todos, y, a su vez, los ataques de algunos hacen más prietas las filas de tu ejército de seguidores. En su momento algunos dijeron que "Nevermind" de NIRVANA era un mal disco porque era un refrito nada original de todo el Indie-Rock norteamericano de finales de los ochenta y primeros noventa. Para otros ese disco era brillante porque de un modo inmediato e infeccioso condensaba todo el vapor musical y social que emanaba de una época, lo que lo convertía en la obra del momento. Eran maneras de verlo. Lo cierto es que diez años más tarde no se ha descolgado de los diez primeros puestos en todas las listas de mejores discos de la pasada década. Quizá morir joven y dejar un bonito cadáver mejora tus notas a final de curso. Es como llorarle al profe, pero a lo bestia.

Los RADIOHEAD no dejan de ser unos "snobs" diletantes, relativos niños bien metidos a artistas. Con irrefrenables tendencias elitistas, con una involuntaria mirada despreciativa hacia el mismo rebaño que quieren redimir y emancipar con sus canciones y declaraciones a la prensa. Saben que es de pésimo gusto despreciar a la gente porque tiene menos dinero que tú, pero no toleran la ignorancia de aquellos que tienen menos cultura que ellos, entre otras cosas por haber tenido menos medios de acceso a los soportes de la cultura. Son la típica pandilla de autistas que los fines de semana lía un porro tras otro, mientras se emborracha sentado, no baila ni aunque le disparen a los pies, y se dedica a arreglar el mundo discutiendo (o más bien dándose la razón) interminablemente, mientras que, cuando ya está completamente ciego, habla de lo que de verdad le hierve la sangre: su última adquisición discográfica, o la última película francesa o vietnamita que han visto. Y hay un cierto perfil misántropo en ellos que no pueden disimular; especialmente en un Thom Yorke al que se le adivina una adolescencia difícil. Aunque la verdad es que no hace falta irse a Oxford para encontrar gente así. Y tampoco es necesario ser tan duro con ellos, podría haber sido aún peor: fácilmente podrían haber terminado por ser críticos musicales en vez de músicos profesionales.

Esta manera de ser explica su tormentosa relación con la posición adquirida: lo difícil que les resulta admitir que al hacer el tipo de disco que hicieron con "OK Computer" les condenaba a ser portaestandartes involuntarios de una segunda mitad de los noventa sin liderazgo reconocido. Estaban acostumbrados a facturar un rock expansivo, monumental y de tonos épicos. Componían canciones que de un modo aparentemente paradójico (pero ya conocido) participan de la confesión íntima y el himno bramado por un estadio en el mismo instante. Y el principal responsable de esto era la intensa, melodramática, histriónica pero finalmente conmovedora voz de Yorke, un hombre con tendencia y tal vez profunda necesidad de articular discursos generales, con mayor trascendencia que los apuntes al natural que otros toman mientras se miran el ombligo. A Thom le gusta hablar de agobios existenciales fácilmente reconocibles por muchos. Pero el problema estriba en que si te despistas después de publicar una obra de esta significación, te pillas los dedos. Todo el mundo parece buscar soluciones a los problemas del mundo en RADIOHEAD, y nadie por ejemplo las busca en las canciones de TRAVIS. Y entonces aparece el dilema: ¿quiero ser un profeta o un artista?. Bien, RADIOHEAD ya han respondido al dilema.

El hecho apuntado de su curiosidad, de su perfil "snob", explica la segunda parte de esta historia: los medios empleados para notificarle al mundo de un modo codificado, pero tajante, la decisión que han tomado. Siguen teniendo interés por la música, siguen buscando ese disco aún más raro, continúan retándose (hay quien diría "creciendo" o "madurando") como oyentes. Han apuntado nuevas influencias, dejando caer nombres en un alarde, en un "dropping names", que algunos encuentran sospechoso de ocultar una búsqueda de aceptación. Mencionan música electrónica actual: BOARDS OF CANADA, THE APHEX TWIN... o el siempre espinoso Krautrock: CAN, FAUST y NEU; todo muy en boga en determinados círculos. En realidad éste había resultado el mayor atractivo en el largo plazo de "OK Computer": allí tal vez las influencias casi no penetraban en la estructura de las composiciones, pero otorgaba un barniz muy interesante e innovador a los arreglos y dotaban de personalidad sonora al disco. Precisamente el elemento que sus imitadores han ignorado en mayor medida.

Yo personalmente me creo ese acercamiento a nuevos sonidos, lo veo sincero y plausible. Sin ir más lejos a mí aún me sigue pasando: busco nuevos sonidos y vuelvo a los que en su momento desprecié para comprobar si me equivoqué en aquella ocasión. Además es cierto que algunos de los nombres mencionados parecen una perfecta lista de la compra del "hip" y del "underground" del momento. Pero que mencionen los mayormente ignorados "Bitches Brew" de MILES DAVIS o "Complete Town Hall Concerts" de CHARLES MINGUS, que se refieran a una influencia jazz que se palpa realmente asimilada, identificable y exitosa en "Kid A" y en "Amnesiac" no parece una búsqueda de aprobación de la crítica. Más bien se asemeja a un progreso, a eso tan excitante y reclamado siempre por parte de la crítica, a aquella palabra de resonancias místicas para algunos: evolución. Siempre resultarán preferibles estos bandazos a que se estanquen en las coordenadas que guiaron su adolescencia, repitiendo el mismo disco hasta el infinito.

Una vez llegados a este punto de inflexión, y en compañía otra vez de Nigel Godrich, comienzan unas sesiones de grabación capitaneadas por un insoportable Thom Yorke: hierático a la vez que ensimismado, mandón pero poco comunicativo, conocedor de qué no hay que hacer pero incapaz de explicar realmente qué es lo que hay que hacer. Todas sus angustias, sus nervios, sus ansias de experimentar se mezclan con el deseo de sacarse a las "moscas" de encima. Realmente, Yorke impone el camino a seguir, pues como él mismo dice: "Somos la ONU y yo soy los Estados Unidos".

Está claro quien manda, quien abre la veda para cazar el sonido epatante; para usar programaciones y samplers sin ninguna restricción ni consideración a los instrumentos tradicionales ni a sus características tres guitarras; para arreglar los temas con ritmos inusuales en el rock; para revisar una y otra vez las canciones. Y es también Thom quien comienza a vetar algunos temas ensayados con éxito en directo: resultan demasiado "Radiohead". Y en realidad ya no quiere estar en RADIOHEAD.

A la vez el vocalista se muestra inseguro de lo que está haciendo, es consciente que necesita a sus compañeros para ejecutar su confuso proyecto. Y estos parecen incapaces de ayudarle, de entenderle. En un momento determinado, cuando las sesiones ya se han prolongado mucho más de lo habitual, están a punto de tirar todo el material a la basura. Se toman un descanso y lo vuelven a estudiar, concluyendo que es mejor de lo que les parecía: toda las turbulencias se han plasmado en una maraña de temas que hay que reordenar, clasificar, seleccionar, incluso regrabar, pero que en última instancia merecen la pena.


El público espera ansioso el disco, mientras ellos deciden publicar una selección de todo el material que tienen grabado, un álbum sencillo de cuarenta y pico minutos, dejando que las más que heterogéneas canciones se agrupen de modo natural. Hay material para un disco doble, pero probablemente esta era una opción muy vulnerable a ciertos ataques que se aventuraban en el horizonte. O tal vez en un alarde de compasión con el oyente medio deciden no ser tan exigentes desde el principio. Mientras, a la gente, al populacho le da la impresión de que RADIOHEAD están huyendo de algo.

Una vez que "Kid A" llega a las tiendas parece que quien más se ha batido en retirada ha sido el propio Yorke, a fin de cuentas aquel sobre el que se habían centrado todas las miradas. El disco, pese a la casi completa desaparición de muchas de las marcas de identidad más reconocibles de RADIOHEAD (principalmente las guitarras), se manifiesta como un esfuerzo de toda la banda, empeñada en ensanchar sus capacidades para generar sonidos que les exciten y les intriguen a ellos y por ende a nosotros. El propio Yorke lo canta en "How To Disappear Completely": "no estoy aquí, y esto no está sucediendo" (que también debe ser lo que pensó alguno en Parlophone al escuchar el disco). Pero curiosamente en esa canción (la cuarta del disco), en su minuto 4:30, cuando su voz se engancha a las cuerdas y los sintetizadores durante un largo y precioso instante hasta confundirse por completo, es también cuando Thom alcanza, no sólo el logro de su sueño confeso de transformar su voz en un instrumento más, sino sobre todo su personal momento estelar. Hasta entonces, y en gran parte del resto del disco permanece esquivo, semioculto, deformado por múltiples efectos, en consonancia con unas letras escuetas e impresionistas, mucho menos narrativas que las ofrecidas hasta la fecha, pero finalmente tan sugerentes como viene siendo habitual.

Sito en latitudes polares, en "Kid A" la vida, los sentimientos, habitan bajo una capa gélida de sonidos, pero resisten tan heroicamente como las indómitas criaturas que se atreven a poblar esos terrenos. Y resultan tan fuertes, intensos y conmovedores como en las entregas anteriores. Es un disco que intenta ponernos a prueba pues también se trata de una prueba, de un experimento, para sus autores. Y en ese experimentar contemplamos como dos líneas de bajo de Colin Greenwood tan antagónicas aparentemente, pero basadas en los mismos principios de economía y protagonismo, generan momentos tan intensos y diferentes como "The National Anthem" y "How To Disappear...". O como "Morning Bell" nos conduce a golpe de ritmo pregrabado a terrenos pantanosos en lo emocional, como también lo hace esa transición del órgano a las arpas en "Motion Picture Soundtrack". O como con escuchas sucesivas terminamos por pensar que en el caos inicial de "Everything In Its Right Place", efectivamente todo está en su sitio.

Al poco de su publicación, "Kid A" se convertía (por distintas razones) en lo que estaba predestinado a ser: un disco muy importante. En primer lugar aproximaba sonidos y referentes de culto al gran público. Y esta aproximación la habían asumido a conciencia, introduciendo una enorme cantidad de nuevos elementos en su sonido, algunos con más éxito, que otros. "Kid A" era un rayo de valiente, casi temeraria, esperanza dentro del "mainstream" de una cada vez más adormecida industria. RADIOHEAD reaparecían recordando la grandeza del arma secreta del rock para pervivir: que su lema es "todo vale". Pero que su segunda parte también es: "sólo los fuertes sobreviven". Una vez más, sobrevivían y se instalaban en el centro de atención con un buen disco, pero sobre todo con un apasionante debate sobre la validez de su propuesta.

A continuación se disparan los rumores con respecto a su siguiente disco, que en un acto propio de tiempos ya lejanos en el rock, anuncian ya para el verano siguiente. El rumor más insistente dice que las "canciones" las han reservado para este segundo disco, en una maniobra maquiavélica para ganar la aceptación de la "crítica seria" con una primera exhibición de pretensiones artísticas y una posterior sucesión de "hits", cuando el desconcierto todavía reina entre las filas de los iletrados y aún se está a tiempo de recuperar su favor (y su dinero). Lo cierto es que para "Amnesiac" sí han grabado video-clips y publicado singles, involucrándose más activamente en su promoción. Pero este segundo disco no es ni mucho más accesible ni muy distinto en esos aspectos del anterior.


Mientras toda esta especulación se sucede, ellos tienen un problema serio: darle forma de álbum coherente a los descartes de "Kid A". A ellos toda estas cosas, como también el tema de las portadas, les interesan mucho. El paroxismo de esto se encuentra en "Ok Computer", donde temáticamente la última canción del disco "The Tourist", precede a la primera "Airbag": el protagonista de la última canción es el que conduce a "mil millas por segundo", es el "idiota" que debe desacelerar, mientras que el de "Airbag" acaba de salvar la vida de un virulento accidente de automóvil. Un ciclo cerrado de un modo manierista.

Pues bien, tal y como explicó Yorke en su impagable entrevista con NICK KENT para el número de junio de la revista MOJO, "Kid A" tomó forma por sí sólo, adquiriendo una cierta coherencia interna. Hasta tal punto que cuando se publicó algunos vieron un disco conceptual sobre la clonación humana, sobre una vida que en el primer tema se va formando y en el último se despide ("te veré en la próxima vida"). "Amnesiac" les costó Dios y ayuda convertirlo en una pieza coherente. Lo intentaron forzar con el diseño de la carátula, especialmente en su edición limitada en forma de libro de notas. Pero frente a "Kid A" o "OK Computer" no pasa de ser una colección bastante deslavazada de canciones y fragmentos instrumentales.

"Amnesiac" no es peor disco que "Kid A". Ambos sí que resultan inferiores como obras completas a "OK Computer", pero esto era de esperar. En "Amnesiac" el tránsito del disco se hace mucho más abrupto esencialmente por un motivo: los cortes instrumentales tienen una presencia más agresiva que en "Kid A". La mayoría de esos fragmentos se encuentran entre lo peor de ambos discos, pero en "Kid A" parecían un enlace atmosférico entre las canciones, en algunos casos con brillantez propia. Por ejemplo, cuando aparecen los nerviosos dibujos de percusión y bajo, casi "drum´n´bass" de "Kid A" (la canción), estos parecen anticipar el obsesivo y avasallador "groove" de "The National Anthem" (quizá el mayor descubrimiento de los dos discos). Pero en "Amnesiac" algo tan insustancial a la larga como "Pulk/Pull Revolving Doors" o "Hunting Bears" reclama demasiada atención y termina por molestar.

Pero "Amnesiac" contiene cosas realmente maravillosas. La lírica "Pyramid Song" queda definitivamente consagrada en el altar con la delicada irrupción de la batería de PHIL SELWAY, que emula con brillantez todo el "cool" de un ART BLAKEY, un JIMMY COBB o un "PHILLY" JOE JONES a las baquetas. "I Might Be Wrong" es refrescante en su cruce de "Swamp Rock" y electrónica. "Knives Out" y "You and Whose Army" esconden algo más de lo que parece. La revisión de "Morning Bell" no resulta redundante y a la vez demuestra lo aventurado del arreglo de "Kid A". "Dollars And Cents" consigue mediante sus espirales de cuerdas y el atropellado recitado de Yorke poner al oyente realmente nervioso. Y "Like Spinning Plates" no cansa pese a que apuntaba en esa dirección al primer contacto, más bien al contrario: resulta una deliciosa exhibición de psicodelia del siglo XXI.

Pero como suele hacer RADIOHEAD, la guinda la reservan para el final: "Life In A Glasshouse". Esta hermosa canción demuestra que tienen mejor digeridas las formas clásicas del jazz que la electrónica de vanguardia y el Post-rock; seguramente porque llevan más años escuchándolo. Y es que ese oscilar entre "Cool Jazz" cantado a lo CHET BAKER y música de funeral de Nueva Orleans para mí resulta inaudito e irresistible. Pero su letra, (curiosamente la última) demuestra, sin embargo, que Yorke no ha conseguido escapar de la trampa de la que pretendía zafarse. Nos relata las crueldades de los "paparazzi" con algunas de sus víctimas involuntarias, que se ven obligadas a empapelar las ventanas para preservar su intimidad de los inquisidores objetivos del obsceno "ojo público". Thom Yorke vuelve a expulsar a los mercaderes del Templo. Vuelve sermonear desde la montaña. Vuelve a dictar los Mandamientos. A meter el dedo en la llaga. A iluminar el camino. A caminar sobre el agua. A ser nuestro faro y nuestro guía...

De este modo, y ahora, que según parece en los ensayos de preparación de la gira mundial, han compuesto temas de rock más convencional como churros, volvemos al principio, en una broma cruel del destino.

¿Músicos o profetas?. La solución, próximamente en sus pantallas (y equipos de audio).

ENRIQUE MARTINEZ