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Tras asistir de nuevo a
esa gigantesca máquina de entretenimiento de máximo nivel
que es una nueva gira de los Rolling Stones, a uno de
esos conciertos tan poco dedicados al fan de toda la vida y tan generalistas,
a uno mismo le entra cuerpo de reflexionar sobre aquellos capítulos
de su peculiar historia que más enterrados están, o así
lo parecen, hoy en día. Me refiero a su breve periodo psicodélico,
tradicionalmente considerada un punto bajo en su primera etapa, en aquella
en la que sí que importaban (y mucho) como potencia artística
y punto de referencia.
Su infame periodo lisérgico,
siempre ha sido objeto de polémica con una tendencia generalizada
al juicio negativo, considerado a grandes rasgos como un momento de seguidismo
y oportunismo, de adaptación a la moda del momento, en un grupo
cuyo sonido “definitivo” resultó finalmente muy alejado
de estas veleidades. Resulta aún hoy un curioso ejercicio el observar
cómo la misma banda que abrió fuego con una versión
de Chuck Berry en su primer single (“Come
On”) y que se consagró con un conjunto purista
de febriles versiones de clásicos del blues de Chicago terminó,
según el relato oficial, viajando a 2.000 años luz de casa,
ciegos de LSD, y haciendo un tanto el ridículo disfrazados en las
portadas de sus discos. Como, en un momento determinado, su acercamiento
a sonidos más abiertos y a una personalidad cada vez más
sarcástica, de observadores cínicos de la sociedad circundante,
con una clara una influencia de Bob Dylan y de los Beatles
que aún les permitía conservar su propio sello (en su primera
cumbre en formato largo “Aftermath”) daba
paso a una errática trayectoria descendente, que iba de “Between
the Buttons” a “Satanic Majesties Request”,
fallido intento de emular “Sgt Pepper’s Lonely Hearts
Club Band”, la supuesta cumbre de sus archi-rivales.
Esta visión académica
puede ser sujeta a tanta revisión como cualquier otro dogma. Y
el mejor instrumento para hacerlo es el Box Set “The Singles
Collection. The London Years”, auténtica y más
ilustrativa manera de seguir paso a paso la primera trayectoria de los
Stones. También podríamos encontrar pistas en su turbulenta
vida privada para comprender algunos de los tortazos artísticos
que se dieron en su momento, pero de todos modos un juicio crítico
riguroso no puede menos que revalorizar, siquiera por cuestiones coyunturales,
algunos de los hallazgos estéticos de estas Satánicas Majestades.
Uno de los principales
problemas de esta etapa es que, en cierto modo, su música no se
la acababan de creer ni ellos mismos, ni siquiera entonces. Desde lejos
y conociendo al personaje, da la impresión de que a Keith
Richards todo esto le debía parecer, como poco, terriblemente
sospechoso. Uno apuesta más por el liderazgo de Mick Jagger,
obsesionado aún hoy con seguir las últimas tendencias y
por aquel entonces con certeza preocupado por no perder la estela comercial
de los Beatles, que ellos a trancas y barrancas conseguían
agarrar con más fortuna que nadie. Algo similar a lo sucedido más
de diez años después con la vena disco de “Emotional
Rescue”. Y probablemente Mick encontró un apoyo
estratégico en Brian Jones, que a su vez, una
vez descartado como compositor por Andrew Loog Oldham,
(que prefirió juntar a Jagger y Richards) vería en su condición
de espontáneo multiinstrumentista y arreglista en la sombra, una
manera de mantener un papel principal, siquiera superior a Charlie
Watts y Bill Wyman, en la banda que en otros
tiempos lideró.
Sin embargo en todos estos
discos, en esta colección de aciertos y errores, parece haber un
tono burlón, una sonrisa sarcástica y cómplice que
parece decir: “tú y yo sabemos que todo esto es una chorrada”.
Es significativo que ningún Stone perdiera ni un segundo de esos
dos años en intentar meditar o levitar al lado de un gurú
indio. La pena es que entre tanto chiste, hubo algunas bromas pesadas.
1967, año de publicación
de “Satanic Majesties Request” y su colección
de singles “satélites”, fue el momento de mayor intensidad
de la persecución de las autoridades británicas a los Stones.
Su cultivo de una imagen rebelde y subversiva comenzaba a reportarles
algo más que un papel en el mercado. Las redadas por drogas se
sucedían. Jones, Jagger y Richards comparecieron en más
de una ocasión ante los tribunales durante ese año. Especialmente
significada fue la redada sucedida en casa de Richards, en la que al parecer
un chivatazo acabó con los huesos de Jagger y él mismo en
prisión, y que parecía que culminaría en una estancia
verdaderamente prolongada en una celda. La polémica generada llegó
a límites insospechados, provocando el famoso editorial del Times
(tulado con el equivalente a “Matar moscas a cañonazos”)
que defendía su condición de chivos expiatorios, y que probablemente
consiguió atenuar las penas finales. O las muestras de solidaridad
de grupos como The Who, que durante un tiempo sólo
publicaron canciones de los propios Stones. O la colaboración de
John Lennon y Paul McCartney en los
coros de “We Love You”, single cuyo
clip era una respuesta y burla de las autoridades británicas, con
referencias al histórico juicio de Oscar Wilde,
trazando evidentes paralelismos. Sin embargo por momentos la sempiterna
arrogancia del dúo calavera pareció peligrar seriamente.
Y que hoy tratemos a Mick de “Sir” no es más que ponerlo
en la misma lista de rehabilitados por méritos mercantiles en la
que figura algún que otro ilustre pirata del Caribe.
La entrada de sonidos psicodélicos
de manera evidente en su repertorio se puede fijar en un año antes.
“Paint It Black” introduce la temática
de los viajes de LSD, pero como corresponde al papel que cumplen los Stones
de reverso de los Bealtes, de manera negativa, mostrando los horrores
del “mal viaje”. Adornada con el sitar de Jones, marca la
salida a una carrera progresiva en la que el blues va dejando paso a otras
cosas y que culmina con paso errático en “Their Satanic
Majesties Request”. Éste, por cierto, no es en absoluto
el adefesio que durante muchos años se consideró, pero lo
cierto es sí es un disco terriblemente irregular. De la broma pesada
de “Sing This All Together” asistimos
al nervio extraordinario de “Citadel”.
Realmente son las digresiones más desquiciadas (“Gomper”,
”On With The Show”, los dos reprises de “Sing This All
Together”) los que rompen la calidad de un álbum
que revisado hoy resulta notable, y por el que habrían dado un
brazo muchos de aquellos grupos de Manchester surgidos a raíz del
éxito de Stone Roses, cuya querencia por este
periodo de los Stones, por cierto, resulta indisimulable.
Si “Satanic”
resulta un disco tan irregular sin duda es debido a una pérdida
de control interno y por el lugar secundario que ante la amenaza de cosas
más serias, pasaba a ocupar la música. Los Stones de por
aquel entonces hicieron un pequeño simulacro de lo que sería
su carrera a partir de 1973: huir de la policía, drogarse, fornicar,
en general pasarlo bien y a veces grabar algo de música. Sólo
así se explica que los monopolísticos Jagger y Richards
autorizasen a Bill Wyman a componer y cantar un corte:
“In Another Land”. Pero aquella
era una época del pop competitiva como ninguna, y despistes como
estos se pagaban caros, porque los demás te dejaban en evidencia.
También eran tiempos
voraces. Y de los abismos abiertos algunos no pudieron regresar. Un año
más tarde, Brian Jones estaría muerto y
los Stones abrirían su mejor etapa. De la analizada aquí
extrajeron muchas enseñanzas, sobre del negocio. Pero sobre música,
también. Sin lugar a dudas sin los experimentos en el estudio de
esta época difícilmente hubieran llegado a plantearse grabaciones
tan ambiciosas como “Simpathy For The Devil”
o tan exuberantes como “Jumping Jack Flash”
o tan atmosféricas como “Gimme Shelter”.
Pero no sólo se
debe observar todo esto como un necesario error antes del acierto. Hay
en algunos cortes ideas pioneras de muchas estéticas posteriores
si se pone el oído atento. Estos Stones, extraños, drogados
y desnortados tropezaron también, como es su costumbre con sensacionales
piezas de música. Por eso, a modo de “cinta recopilatoria”,
siempre resulta interesante repasar algunos de los mejores momentos de
este periodo, para poder comprobar la debilidad de ciertos tópicos.
SUS 10 MEJORES MOMENTOS DE CONFUSIÓN.
PAINT IT BLACK (1966)
Los multicolores del arcoiris
psicodélico mutados en un negro que invade todas las pesadillas
despiertas del desquiciado protagonista. El pedestre uso del sitar propulsando
una producción repleta de reverb y castañuelas que es puro
Phil Spector. Su primera cumbre lisérgica.
MOTHER’S LITTLE HELPER (1966)
Otras drogas, otras velocidades.
Desquiciadas madres, amas de casa, enganchadas al valium y a las anfetas
camufladas para vencer la triste alienación de la rutina y el tedio.
Por eso preparan filetes quemados y corren al doctor a que les prescriba
“una de esas”. El lado salvaje de la vida en familia.
LADY JANE (1966)
Jagger, por obra y gracia
del dulcimer de Jones, se convierte en un pícaro juglar, que se
despide de cada amante, en una tonada casi ridícula, haciéndoles
ver que su verdadero amor es la Dama Juana. ¿María Juana?.
Entre los sublime y lo cretino.
HAVE YOU SEEN YOUR MOTHER STANDING IN THE SHADOW? (1966)
Travestidos en la portada
(impagable el Wyman hemipléjco), sarcásticos en la letra,
una frenética dosis de R’n’B sobrealimentada con unos
atronadores vientos muestra lo mejor de su carga de mala leche y comentario
social.
RUBY TUESDAY (1966)
Pese al absurdo nombre
la protagonista y la atmósfera entre bucólica y enrarecida
de la producción, en realidad descubrimos la gran balda que es
en una letra magistral, en un Jagger fascinado por una mujer de espíritu
libre. Una libertad que sorprende a una estrella acostumbrada (como sus
compañeros) a jugar con ventaja. Una libertad con un precio. “No
le preguntes por qué necesita ser tan libre/ te dirá que
es la únicamente manera de ser/ A ella no se le puede atar a una
vida/ sin nada que ganar y nada que perder a tal coste”. Como
dice resignado Jagger: “Atrapa los sueños antes de que
se escurran/ muriendo todo el rato/ pierde tus sueños y perderás
la cabeza/ ¿no es la vida cruel?”. La liberación
femenina y los anhelos de libertad de una generación al final no
saldrán gratuitos (“La Tormenta de Hielo”
de Ang Lee treinta años antes). Stones proféticos
e incurablemente románticos.
WE LOVE YOU (1967)
Piano hipnótico,
producción sin compromisos para una de las mayores y más
olvidadas joyas del repertorio Stone. Podría ser un hit de dance
rock mañana mismo.
SHE’S A RAINBOW (1967)
Con préstamos descarados
en la letra de “She Comes In Colours”
de Love, y una construcción imposiblemente barroca,
sorprenden los arreglos de cuerda de John Paul Jones,
ese piano de caja de música y ese estribillo completamente irresistible.
No se le puede pedir más a una canción pop.
2.000 LIGHT YEARS FROM HOME (1967)
La aventura espacial hizo
estragos aquellos años. El “Space Oddity”
stoniano es una acumulación futurista de drones, loops prehistóricos
y efectos de película de Serie B (aún más en la versión
álbum), que configuran un groove extrañamente hipnótico.
Las semillas de “Screamadelica” (Primal
Scream) y “Surrender” (Chemichal
Brothers) están aquí.
CITADEL (1967)
El segundo corte de “Satanic
Majesties Request” recupera la guitarra de Richards, aunque
sonando más a Pete Twoshend que nunca, en contraste con unas voces
perezosas y empapadas de LSD. Temazo.
CHILD OF THE MOON (1968)
Últimos coletazos
de lisergia en esta olvidada cara B de “Jumpin’
Jack Flash”, que aún más que aquella,
recuerda la etapa inmediatamente anterior. Aromas apocalípticos,
voces recargadas y estupefactas, guitarras hipnóticas en uno de
las mejores grabaciones desconocidas de los Stones.
ENRIQUE MARTINEZ
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