Una tarde de 1990

Salí centelleando del colegio para coger el bus urbano directo a Portobello. Llegué, pedí lo que quería, pagué y retorné corriendo a la parada de San Andrés para que en casa no notasen que había llegado más tarde de lo habitual ya que, tras mis últimos tres suspensos, la cosa no estaba para demasiados equilibrios malabares con la hora de llegada. Ya sentado en el bus, abrí la bolsa y saqué mi nueva adquisición: el lp de debut de los STONE ROSES , un joven cuarteto británico del que había leído parabienes por todas partes y del que, preso de una malsana curiosidad adolescente y la bastante confundida idea de que eran “un grupo mod”, decidí comprarme su disco prácticamente a ciegas, pese a que las 1200 ptas de la época supusieran -calculo- 3 fines de semana sin salir. Observé minuciosamente la portada, la contraportada y la funda interior, y la inocencia de mis 15 años se quedó completamente fascinada de aquellas imágenes. En el asiento de al lado mi carpeta totalmente forrada con fotografías de U2 palidecía de envidia y temía por un triste final. Yo no lo sabía pero algo iba a cambiar por completo. Dos o tres meses después, tras escuchar casi diariamente ese puñetero disco y ponerme ya en busca y rastreo maxis, singles y pantalones de campana, le enseñé aquellas fotos a mi madre y señalando a John Squire le dije: “Quiero que me cortes el pelo así” . Ella, claro, me contestó lo de siempre: “Déixate de tonterías e ponte a estudiar dunha vez, que a música non te vai dar de comer “. Mucho me temo que tenía toda la razón.

Sin embargo el gusanillo del pop estaba ahí, como un robusto virus spyware resistente a todo tipo de vacunas, desactivándome de continuo para llevarme a sus dominios y los discos, pues los discos haciendo el trabajo de demolición (o de construcción, quién sabe) que decían CHUCHO . Y se quedó a perpetuidad. El pop unido al adjetivo “indie”, extraña alianza de la que no sabía muy bien su significado y que, a decir verdad, sigo sin conocer muy bien a día de hoy, pero que me parece la más bonita de cuantas etiquetas musicales existen. Todos aquellos grupos que escupían las portadas de los tabloides británicos producían vértigo. Te incitaban a querer ser como ellos: arrogantes y jóvenes, vulnerables y desafiantes, frágiles, poderosos e indestructibles, en definitiva, tan endiabladamente cool. Como siempre, y casi ya cuadrando la perfección, las plumas más adultas de la prensa les miraban con desdén, acusándoles de nostalgia, de no crear nada nuevo, de copiar sonidos ya hechos, de meros niñatos narcisistas vacíos con mucho que ladrar y poco que contar... sin reparar, claro, en que estábamos asistiendo a uno de los capítulos que, a la larga, serían más influyentes e importantes del pop británico.

Los STONE ROSES de aquel momento eran –opino- una banda prácticamente perfecta. Un batiburrillo donde confluían una imagen magnética, un sonido rayano lo genial y toneladas de implacable carisma que había renovado los aires pop de las islas. Se acababa el lamentarse en habitación de THE SMITHS, viendo como se escapaba lo poco que quedaba de juventud a pasos agigantados leyendo a Oscar Wilde, moldeando el tupé como un Elvis con alma de Roy Orbison y amparado en el paternalismo fatalista de Morrissey. Era el momento de salir a la calle, enmarañar el pelo y caminar con altiva indiferencia. De sentirte envidiado, robarle la novia a ese julandrón que te ponía del hígado y reírte luego cuando en las “cinta de baladas” que le grababa le metía “Lola” de los KINKS como “nuestra canción”. De ponerle una banda sonora al trayecto entre la revolución y estabilización hormonal de la juventud y estirarla lo más posible, de colocarse, follar, gritar y hundirse en el precipicio. De saber que tu “lo tienes” y ellos no, de ajustar cuentas con quienes te han hecho daño, sentirte puteado y putear, ir a comerte el mundo y terminar devorado por él. Y, luego, superar el trauma posterior con los mismos brochazos de psicodelia, acidez y pop que trasmite esa genial portada ya clásica de la iconografía musical de las últimas décadas. La madurez de verdad y sus ajustes de cuentas ya llegarían después. Algo que, claro, o se siente y se vive, o no se entiende. Algo que, claro, convierte este disco en algo vital o, simplemente, en un buen trabajo del último pop británico. Algo, en definitiva, por lo que estas loas devendrán como un pálido y bienintencionado reflejo de un momento o irritarán por su malsano subjetivismo. Avisados quedan.

Una actitud y cuatro aptitudes

Ian Brown , John Squire , Mani Mountfield y Reni formaban la mítica nómina del grupo en el momento de grabación del disco. Salvo Ian Brown (un cantante bastante normalito y limitado, pero dueño de esa algo simiesca gracia de colgado en otro planeta y filtrado por los milagrosos cuidados de producción en su voz) se trataba de tres músicos superdotados de talento, imaginativos como pocos y que, juntos, cristalizaban en una química extraordinaria como no se recordaba en el pop británico desde al advenimiento de los SMITHS. En esta ocasión, sin embargo la suma de las partes se disponía mucho más equilibrada. Por un lado tenemos a Reni que transformó su gorro de dominguero en una de las imágenes más características del grupo y, por extensión, del sonido Madchester, un espléndido batería capaz de aunar la explosividad de THE WHO, la sutileza de LOVE y la contundencia minimal de THE VELVET UNDERGROUND, deslumbrar a quien lo viera en directo y, al tiempo, ser un más que eficaz lugarteniente vocal de Ian Brown con sus (nunca justamente valorados) coros. Mani Mountfield , por su parte, venía a ser el “buen rollito” del cuarterto, su miembro más accesible y locuaz, así como el pegamento que unía las grietas surgidas en el seno de la convivencia del grupo. En las cuatro cuerdas de su característico bajo late el pulso de la british invasion, el funky y al afther punk con una robustez increíble, dotando de cuerpo y fuelle constante el sonido del grupo que gracias a él se tornaba dinámico, elástico y, por momentos, bailable. Por último, John Squire , posiblemente el componente más carismático y reverenciado de la banda, el talento visible al ojo público envuelto en un halo angelical y una auténtica rata bibliotecaria de los libros escritos por Brian Jones, Roger Mcguin, Jonny Marr, George Harrison y tantos otros, que terminó por colocar el suyo en el mismo estante de los grandes.

Pero no sólo estaban ellos, la cuadratura se perfeccionó definitivamente con la intervención de John Lekie , el productor que dotó a esas composiciones de un sonido casi impensable si tenemos en cuanta los orígenes de la banda. Para ello es recomendable, a efectos casi meramente periciales, la escucha de “Garage Flower” (Garage Flower records, 1996) un disco inédito, originalmente grabado en 1986 y rescatado en pleno apogeo britpoper, que recoge lo que debería haber sido el primer lp de los STONE ROSES . Afortunadamente nunca llegó a tal y, con el tiempo se ha quedado como lo que siempre debió ser: una rareza para completistas y curiosos, sin más interés que el fetichista y documental. En él se hayan unas rudimentarias primeras versiones de “I wanna be adored” o “This is the one” junto a un ramillete de composiciones cortadas por la urgencia, el nervio punk y los grisáceos aromas de ciudad industrial, producidas por el mítico Martin Hannet . Dos de ellas, “Tell me” y “So Young” serían las que conformarían el primer single del grupo, un sonido que nada tendría que ver con EL SONIDO, que se avistaría por primera vez ,aún algo tímido y deudor de las angulosas formas anteriores, con el single “Sally Cinnamon” (FM/Revolver, 1987), una preciosidad pareja en tiempo y formas al “Sonic Flower Groovie”, aquel poco conocido y super revindicable trabajo de los PRIMAL SCREAM pre-“Screamadelica” que tanto influyó en los primeros STONE ROSES . Luego llegarían las toneladas de wha-wha “Elephant Stone” (Silvertone, 1988), producido por otro ilustre, Peter Hook ( JOY DVISION, NEW ORDER) pero, en fin...hagamos stop y el repaso a sus (maravillosos) singles lo dejamos a otra ocasión. Ahora situémonos en mayo de 1989, la fecha de edición de “Stone Roses” .

En su portada se avista un enmarañado fondo psicodélico, el nombre del grupo con tipología pop, varias rodajas de limón (una de ellas en el corazón mismo del grupo, como queriéndolo impregnar de acidez) y en el lateral tres pinceladas con los colores de la bandera británica. Los puntos de apoyo de la clásica cubierta de “Stone Roses” ya dicen mucho, a primera vista, de lo que contendrá su interior, pero si acudimos a las declaraciones ofrecidas en su momento por John Squire (el responsable de todas las portadas del grupo) podemos extraer una segunda lectura más profunda. Obsesionado con la obra del pintor Jason Pollock, quiso trasladar la técnica de éste a todo lo referente con el diseño de los STONE ROSES creando esa característica y reverenciada estética de los singles y maxis del grupo. Para el debut en lp diseñó una composición con los antedichos elementos superpuestos sobre una de sus pinturas, con la intención de plasmar la progresiva americanización que, según su autor, estaba vampirizando a Inglaterra en aquel momento. Respecto a las rodajas de limón, se inspiró en un agitador del Mayo del 68 francés que siempre llevaba un limón en el bolsillo, ya que al aspirarlo anulaba los efectos de los gases lacrimógenos empleando por la policía para disolver manifestaciones. Es decir, un particular modo de resistencia trasladado en su simbolismo veinte años después para la revolución que los STONE ROSES planeaban. Finalmente, la contraportada, con esa más que emblemática fotografía en blanco y negro es la respuesta: un grupo radiantemente joven enfundado en una especie de colisión entre la clásica estética mod y el desaliño indie. El mensaje era obvio: esto es el nuevo pop inglés, que no reniega del pasado, pero que tampoco pretende ser su parásito. Y tú, una vez que lo escuches, vas a asistir a un descubrimiento que cambiará tu vida.

Así que, en clave de recuerdo o en clave de descubrimiento, deslicemos suavemente la aguja por el surco del disco y dejemos que la emoción discurra libremente por estas líneas sin cortapisas. “No tengo que vender mi alma / él ya está dentro de mí” . Con esta concisión y precisión, arranca “I wanna be Adored” , el primer corte del disco y uno de los más emblemáticos himnos sobre el sueño pop. Dos esqueléticos versos repitiéndose con malévola insistencia, apenas intercalados por el “yo quiero ser adorado” que lo titula. Los canta una voz que recorre toda la gama de colores de la paleta de los veintialgo - fragilidad, melancolía, mala hostia, misterio, narcisismo, vulnerabilidad y, cómo no, el “yo estoy aquí y este es mi momento” - y los sustenta un entramado rítmico que apela a las esencias hipnóticas e industriales de JOY DIVISION, con un Reni glorioso invocando con brío a Moe Tucker, mientras la fina guitarra de John Squire traza un dibujo melódico, clásico ya de la música contemporánea y capítulo clave para millares de guitarristas en la década posterior. Estos cerca de cinco minutos dejan claro que este disco ha nacido para perturbar y conmover, para aprehender las esencias de una edad y sus contradictorios sentimientos, y dejar tras de sí la estela de clásico.

Sí, “The Stone Roses” fue desde el mismo momento de su puesta en circulación un excelso trabajo que sin embargo, pese a la impecable y laboriosa producción de Leckie y el altísimo nivel instrumental del cuarteto , no desdeña en ningún momento la inmediatez y la arrebatadora pegada pop. De ello el ejemplo más claro es “She bangs the drums”, otro clásico entre clásicos, fresco como una síntesis entre el mejor estandarte de la new wave y el molde melódico de los Byrds (influencia clave donde las haya en los STONE ROSES ) y con una de las letras más laureadas del grupo. Una canción que, en el colmo de la egolatría, habla arrogante de sí misma y contiene uno de esos aforismos ( “el pasado es tuyo, el futuro es mío / todos estais fuera de tiempo”) constantemente garabateados en carpetas estudiantiles como la mía. Líneas éstas que hacen pensar en una más que curiosa alusión posible a los ROLLING STONES que me aventuro a señalar más detalladamente a continuación.

Veamos: aunque musicalmente estén más próximos a los BYRDS, los BEATLES, JIMI HENDRIX y el indie-pop de los 80, no cabe duda que en imagen y actitud el precedente más claro de los STONE ROSES haya que buscarlo en los ROLLING STONES, allá por los tiempos del clásico “Afthermath” (comparen la portada de este trabajo y las fotos de los STONE ROSES y ya me dirán). Precisamente éste es el lp el que incluye la genial “Out of Time” (“fuera de tiempo”), cuyo título se cita en los versos antedichos en un mensaje evidente, que 15 años después mantiene la misma vigencia: dejen el presente para quien se lo merece de verdad. Y el presente de 1989 eran los STONE ROSES , algo que de no quedar claro, ellos se encargaban de demostrarlo a la mínima que tuvieran un micrófono delante (sí, esa actitud que luego OASIS vulgarizaron hasta el esperpento). Tanto que, incluso los ROLLING STONES para su enésima vuelta a los escenarios en la época de “Steel Wheels” reclamaron la presencia del combo de Squire & cía a modo de teloneros. La negativa fue inmediata por parte del grupo: “ellos deberían telonearnos a nosotros, no vamos a calentar el ambiente para una banda de carcamales” . A ver, hagan un flashback a lo que significaban los ROLLING STONES de aquel momento y la visión que podría tener en un adolescente con ganas de comerse el mundo y díganme: ¿cómo no iba uno a ser un fan enfervorizado de una banda así?

Citábamos antes, al nombrar los referentes del grupo, a los BEATLES y “Waterfall” es una más que fidedigna prueba de ello, concretamente a la época de “Revolver”. Saquen ese disco del estante, deténganse en “She Said” y viajen en esas espirales de arpegios de guitarra que propone. Una vez terminado el ejercicio acudan a “Waterfall” , denle un ligero aire al “She´s a rainbow” de los ROLLING STONES y hallarán todas las pruebas para adjudicarle la consanguinidad y, ya de paso, el dudoso honor de haber inventado el brit-pop antes de que este existiera como tal. Pero bueno, salgamos de los titulares de neón de la prensa británica y volvamos al disco, porque en el tramo final de “Waterfall” irrumpe la brocha psicodélica y el groove de los STONE ROSES en todo su esplendor, en la primera invocación hendrixiana rotunda de su trayecto y en una de las facetas más admiradas del grupo, esa de la explosión rítmica de psicodelia y funky colorista de la que tanto ha mamado el pop británico subsiguiente. Es la mejor antesala posible para “Don´t Stop” , homenaje en toda regla a la psicodelia pop más extrema de los 60 (pienso siempre en el “Try it” de los HOLLIES), cuyo armazón musical, no es más que una cinta del propio “Waterfall” disparado a la inversa (si tienen la copia de este disco en vinilo, pruébenlo). Y de lo que a priori pueda parecer un juguete destinado para el relleno termina, una vez que irrumpe la lisérgica onda vocal de Ian Brown , en una sobresaliente pieza de artesanía pop y colores de fantasía, así como la debilidad absoluta de los fans más drogotas del grupo. Decía John Squire en una ocasión que cuando la escucharon ya grabada, fue el momento en el que se dieron cuenta de que los STONE ROSES no tenían límites. Muchos de sus fans también lo pensaron cuando en aquellos salones de pisos de estudiantes se proyectaban en el techo pinturas líquidas de esos “colores aún por inventar” , que cantaba J.

Hagamos una breve pausa. Si hasta el momento el urgente ideario del grupo se repartía, digámoslo a vuela pluma, entre las ansias de trascender (“I wanna be adored”), escapar (“Waterfall”) o el “hagan paso que me toca a mí” (“She bangs the drums”), las dos canciones que vienen continuación suponen un profundo giro temático. En primer lugar “Bye, bye bad man”, la encargada de cerrar la primera cara del disco, vacía al formato canción la idea representada en la portada que citábamos anteriormente: la americanización de Inglaterra. Para ello, amén de sustentarse en una fina y acrisolada producción, John Squire baña su estribillo con unos suaves bucles de guitarra que recrean el country-pop circa BYRDS y se funden con versos como “Tengo la intención de derribarte / esa piedra que yo lanzo/ oh aquellos besos franceses / son la única manera que he encontrado” que juegan con las románticas imágenes de la revolución del 68 francés. Su luminoso encanto, en cierto modo, contradice los efectos negativos de esa pérdida de identidad británica a la que pretende combatir, ya que de tal interacción surge una magnífica composición. Más obvia y enfurecida es la intención de “Elisabeth my dear” , un tema que en lo musical se sirve hábilmente de la melodía folk del clásico “Scarborough Fair“ (ya reinterpretado en su día por artistas pop como MARIANNE FAITHULL o SIMON AND GARTFUNKEL) y que, siguiendo la tradicional línea del pop inglés antimonárquico, sirve de marco para una nada velada puñalada a la realeza donde líneas como “no descansaré hasta que ella pierda su trono /mi propósito es verdadero, mi mensaje está claro /es el final para ti, mi querida Elisabeth” se convertirían en un inevitable punto de encuentro en todas sus entrevistas.

Estamos ya metidos de lleno en la segunda cara del disco. Precedida por “(Song for my) sugar spun sister” , otra preciosa pieza de pop pulcramente adornado llena imágenes psicodélicas ( “Hasta que el cielo se vuelva verde / y la hierba tenga varios todos de azul / cada miembro del Parlamento viaja en pegamento” )-, llega “Made of Stone” , a mi juicio, la mejor canción de los Stone Roses y el paradigma de lo que uno entiende pop británico de guitarras. De nuevo, el despecho, los reproches y el “quien ríe el último ríe mejor” con ciertos tintes de working class ( “el dichoso dinero muere, me encanta el panorama”, dice el amante despechado) auspiciando un tema magistral, un canon de sublimidad pop poseedor uno de esos estribillos para cantar a voz en grito hasta quedarse afónico. Pulsen pause y, si disponen de la versión en cd, vayan al minuto 3:05 ya que existe un momento en ella -justo tras el solo de guitarra, cuando ésta planea y muta en una nube de ruido blanco- donde el grupo se eleva a esa suerte de región de las ideas del pop donde apenas unos pocos han logrado llegar, para que Ian Brown entone eso de “Sometimes I fantasize / when the streets are cold and lonely / and the cars they burn bellow me....” . Un intervalo de apenas unos segundos, donde el oyente puede sentir como la emoción recorre el cuerpo de abajo hacia arriba, hasta salir expulsada a chorro elevándose en una muestra de conmovedora belleza que ofrece por sí sola todas las respuestas para aquel que algún día pregunta ¿pero qué es lo que le veis a este grupo?.

Momento de respiro con “Shoot you down” , la canción “mala” del disco. Digo “mala” porque lo he oído alguna vez por ahí, en más de una ocasión sin poder estar en absoluto de acuerdo. Se trata, junto a “Elizabeth my dear”, de la pieza más desnuda y tersa del disco y un auténtico manjar de caricias pop para el oído, llena de sutiles cintas y pausas con un tramo final de puro éxtasis melódico, para un nuevo ajuste de cuentas sentimental (“El momento ha llegado / para matarte a tiros / qué sonido cuando el día se acaba / y todo se resuelve” ). Le sigue “This is the one” , una de las composiciones más extrañas e insólitas del disco. Sin filiación posible, cincelada con precisión en el estudio se convierte en un espectacular y barroco monumento de épica pop directa a la yugular ( “quémame o llévame a tu casa”) sin parangón en cuyo tramo final, mientras la voces se superponen y crean un manto etéreo, irrumpe la mítica batería que abre “ I´m the resurection” , quizá junto a “I wanna be adored” , la canción más emblemática del grupo. Y con toda la razón.

"I ´m the resurection” podría ser considerado como el tema cumbre de la b.s.o. de la película de toda una generación , así como uno de los patrones en el que se vienen mirando multitud de músicos durante los últimos 15 años. “Soy la resurección y soy la vida “ dicen en ella. Y la vida empieza por dejar esa relación vampirizante que no deja vivir ( “ Eres un bebé de nadie, arrojado en algún lugar / que tendría mejor aspecto muerto / Tu lengua es muy larga/ no me gusta la manera en que chupa y sorbe cada una de mis palabras” ) para estallar como un fuego artificial que dibuja en el cielo la silueta luminosa de una juventud devorada con la mandíbula desencajada y las pupilas dilatadas. Ocho pirotécnicos, colosales e impresionantes minutos y pico estructurados en tres fases, en las que el grupo brilla a niveles mayestáticos y John Squire se destapa definitivamente como el más genial guitarrista de su quinta. La ejemplar línea de bajo de Mani Mountfield es ya una parte de entender la música de los últimos 20 años, recurso infalible para miles de djs de pop, así como hurto continuo para alguno de los más mediocres y menos imaginativos grupos del mundo; Reni convertido en un pulpo a la batería brilla de tal manera que la comparación con Keith Moon es la única que le podría llegar a hacer justicia; John Squire explota todos los registros del grupo (de la guitarra cristalina a la catarsis de psicodelia infecta) en una poliédrica e inagotable exhibición de clase y elegancia; por último, Ian Brown enlazando versos como “No gastes tus palabras/ no necesito nada de ti, no quiero saber donde has estado/ ni lo que vas a hacer” con todo el desaire del desamor absoluto. Todo ello da lugar a una pieza de vitalismo imposible, una apoteosis de la vida y de las ganas de vivir cuando no se piensa más que en ese momento que se puede escapar si no lo exprimes en toda su intensidad, que cierra uno de los mejores trabajos de la historia del pop.

Sí, uno de los mejores trabajos de la historia del pop

No, no me he dejado antes llevar por el lapsus: he escrito conscientemente “uno de los mejores discos de la historia” . Creo ya haber dicho a propósito de LOS PLANETAS (otros que, años después, produjeran un impacto similar en esta mente descarriada), que existen grupos y discos ante los cuales solamente es necesario estar ahí, en el momento y en el lugar oportuno para que te cambien la vida. Y cuando apelo a ello me refiero a esa amalgama de impactos físicos, emocionales y sentimentales que te sacuden y por lo que te haces fan a muerte de un grupo. Eso que permanece ahí dentro de por vida como una manifiesto existencial, quizá adormecido, pero siempre dispuesto a destaparse como un resorte de juventud con el que mirar desafiante al mundo cuando se porta mal contigo o cuando estás tan inseguro que esa altanería naïf es un escudo en el que protegerte. Porque, pese a todo, el romanticismo pervive y las cosas giran sobre uno y sus sensaciones, aunque a cada tarta de cumpleaños que pasa sea menos recomendable. Como decía David S. Mordoch recientemente en una crítica que no acierto a recordar: “las cosas no son lo que son, sino como las siente uno” , por eso, ¡qué demonios! si alguien quiere jugar conmigo a buscar discos imprescindibles, éste siempre aparecerá por todo lo alto, por muchos ejemplos de obras clásicas y discos maestros indiscutibles que me pongan o antepongan y que “objetivamente” lo superan. Porque se siente, porque se vive y se ha vivido. Porque este sería el disco que uno se llevaría a una isla desierta.

Sin embargo, también se puede apelar a los hechos consumados, salir airoso de la defensa y, de paso, poner las cosas en su sitio. Existe un tópico bastante manoseado que habla de los exorbitantes poderes ensalzadores de la prensa british cada vez que un nuevo vástago alumbra un buen single: del hype al super-hype y de ahí al olvido. Como todos los tópicos tiene mucho de verdad, pero en el caso de los STONE ROSES no se termina de cumplir del todo, pese a la equivocada y distorsionada idea que transmitió aquí la prensa musical en su momento. Hoy, gracias a esa bendita fuente de archivismo que es internet, podemos toparnos con muchos de las apariciones en prensa del grupo en todas sus épocas y constatar que la visión en aquel momento se ofreció, pese a no existir críticas que los desacreditaran completamente, no fue tan unánime ni tan exageradamente positiva como algunos dicen o dijeron. En la web www.stoneroses.net hay un valiosísimo archivo de críticas, entrevistas y artículos en orden cronológico en las que nos podemos topar con las lecturas que las principales cabeceras británicas hicieron del disco nada más ser editado. Miremos, de manera sucinta, caso por caso cómo fue la acogida una vez editado “THE STONE ROSES”.

En la influyente New Musical Express (pese a que unos meses antes un extasiado Andrew Collins escribía su emocionada y famosa crónica de uno de sus conciertos en el Hacienda, al modo una carta a sus nietos en la que les decía que era el mejor concierto que había visto en su vida), la tibia crítica del disco a cargo de Jack Barron insiste en el carácter retro de la banda y se queda en un 7 sobre 10. Q, por su parte (citando ¡una monótona producción!) le concedió un 3/5 y Sounds, con bastante más entusiasmo, otorgaría un 4/5, erigiéndolos como el estandarte de la ciudad de Manchester y constatando con este disco que el pop de guitarras sabe reinventarse por si mismo. Solo Melody Marker, con una fanática reseña de Bob Stanley (sí, el miembro de SAINT ETTIENNE y uno de los grandes especialistas en los STONE ROSES), captó desde la posición de fan lo que supuso ese disco para una generación en tiempo real Me permito reproducir un extracto: “Esto es simplemente el mejor disco de debut que he escuchado en vida como comprador de discos. Olvida al resto. Olvídate de trabajar mañana. Olvida las conversaciones de fútbol. Déjalo todo y escucha “Stone Roses”. Una vez. Dos veces. Luego sabrás a qué viene todo este alboroto que estoy haciendo. Lo comprenderás todo. Este es el único. Éste es el único. Éste es el único” . Tengan en cuenta que ese “éste es el único” no es otra cosa que “This is the one”, uno de los temas del disco en cuyo estribillo se repite el título con malsana insistencia y que en ocasiones a modo de grito de guerra iniciaba grabado sus actuaciones mientras el grupo entraba en el escenario (se puede comprobar, por ejemplo, en el pirata “Live at Alexandra Place 89”).

Si exceptuamos la última de las citadas, el grueso de críticas quedan definitivamente lejos de los “disco definitivo”, “obra maestra” o “punto de referencia inexcusable” con los que hoy se le alude comúnmente. Pero todo eso se queda en nada al lado de la extensión que el fenómeno STONE ROSES alcanzaría en los años siguientes hasta día de hoy, donde pocos habrá, creo, que los miren aún por encima del hombro. Para evaluar la importancia de este trabajo y, por ende, la etapa comprendida entre el 87 y el 91, no hay que ver más que el poderoso influjo que ha tenido (y tiene) la forma de concebir el pop de los STONE ROSES en la década pasada y la presente (otra cosa es que el 95% de sus “herederos” no sean ni dignos de mención). Entre el mimetismo bonito pero hueco ( The Bluetones ), lo parcialmente aprovechable ( Beta Band ) y lo directamente execrable ( Rialto ) sus efluvios musicales son una de las piedras angulares en las que se ha venido moviendo ciertos sonidos británicos desde su irrupción hasta hoy. Todo ello sin citar el impacto en cuanto a actitud que han tenido en esa arrogancia british que OASIS llevaron al esperpento o su milimetrada imagen, espejo de tantos y tantos figurines de la pasarela pop europea (¿alguien se imagina las fotografías de BLUR sin que existieran los STONE ROSES antes?). Por otro lado, creo no exagerar si digo que la coletilla “los nuevos Stone Roses” solo ha sido superada en tinta impresa por la de “los nuevos Smiths”, mientras las constantes reediciones del material de esa primera etapa (exprimida hasta lo vergonzoso por su sello) han ido capturando a las nuevas generaciones y engrosando las cuentas de Silvertone que, con un solo disco y un puñado de maxis, ha sacado más rendimiento que todo el resto de su catálogo junto.

Y mientras sus miembros continúan por diversos proyectos en solitario por con discos mediocres como la saga de Ian Brown , cuando no directamente lamentables como aquel “Do it yoursefl” de John Squire el frente de ese engendro llamado THE SEAHORSES (caso aparte es Mani manteniendo la dignidad y la leyenda dando brío a PRIMAL SCREAM), uno ve actualmente un espíritu similar en los STROKES, si bien con unos planteamientos diferentes en su background como en la manera de afrontarlo ( sin duda muchísimo más retro), trasmitiendo sensaciones parecidas: la de un grupo que más allá de quebrar el orden establecido e igualar o superar logros pasados, sea capaz de cambiarle la vida a una generación de adolescentes con una guitarra por bandera que suena a clásica, pero que tiene un algo adictivamente especial y sustenta urgentes aforismos para una vida fugaz, que ayer fueron “ quiero ser adorado” y hoy son ese “quiero ser olvidado” que canta Julián Casablancas al comenzar su segundo trabajo. Luego el transcurrir de los años –esos que han elevado a los STONE ROSES a la categoría de clásicos- dirá si eran para tanto o no. Pero cuando se es joven todas esas lecturas doctrinales sinceramente importan un pimiento porque- insistamos- tú lo tienes y ellos (si es que alguna vez lo han tenido) no, ni lo tienen ni hablan tu lenguaje ni están capacitados para entenderlo.

Me imagino que los chavales de 17 años que están en las primeras filas de los conciertos de los STROKES pensarán así. Yo cuando adoraba a los STONE ROSES (o LOS PLANETAS -el mismo impacto, las mismas sensaciones, años después y ¡en mi lenguaje!-), me ocurría lo mismo con los que supuestamente “controlaban”. Que si bluff, que si copia de copia, que si demasiado moderno para unos, demasiado retro para otros, que si no tenían “solidez” en escena... Bla, bla, bla!, sabía que eran ellos los que se equivocaban. El tiempo –que no solo pasa, también convierte y a veces te deja en bragas- me ha dado la razón en ambos casos. Quizá también se la dé a ellos. Quién sabe.

A todos aquellos “ourensanos” del toxicosmos del 97/98

JAVIER BECERRA (julio 2004)