Dentro de las múltiples clasificaciones, más o menos convencionales, que la crítica hace de los grupos (los básicos, los originales, los prescindibles, los que tienen personalidad, los copiones, etc…) existe una categoría especial y autónoma que sobrepasa, de largo, a las demás. Surge de cuando en cuando, revitalizando el movimiento de traslación en el que gira y gira el planeta pop en su sentido más pasional e irracional. Me refiero a esas bandas que, más allá de epatar con su música o añadir un eslabón a la cadena evolutiva, logran sobre todo una cosa: que el fan pierda la cabeza completamente, que en caso de ser adolescente le cambien la vida y sienta ese impulso de “quiero ser como ellos” que anula cualquier reproche que, con y sin razón, la crítica les pueda lanzar. No queda la menor duda que uno de los últimos grupos de “esa especie” han sido THE STROKES.

¡Qué putada!. ¡Con lo que me gustaba a mí declararme públicamente fan THE STROKES !. Y es que los neoyorkinos se erigieron, allá por 2001, como uno de esos grupos de discusión asegurada con los ” peros” siempre circundándoles; desde la eterna (y ridícula) lucha de clases asociada al pop (ya saben, eran unos niños bien jugando a rockeros barriobajeros… ejem, como Lou Reed, por ejemplo) al del artificio del hype multinacional (un debut con pirotécnicas comparaciones en plan los primeros álbumes de THE CLASH, THE SMITHS o STONE ROSES) pasando por la tacha del mero pastiche (en este caso carente de sustancia, decían sus detractores, y volcado en la tradición del rock neoyorkino de los 60 y los 70). Todos ellos y más fueron anulados, para muchos sin remisión, con la arrebatadora sensación de que todo (imagen, sonido, canciones, actitud) encajaba. En casos así, solo quedaba entregarse como en el pasado lo hicimos con los STONE ROSES, SUEDE o LOS PLANETAS. Y si te coge todo esto con “ diecialgo” , terminas calzándote unas converse all-star y la chupilla de cuero. Estaba claro que la banda comandada por Julian Casablancas era de esa clase de grupos que generan el fervor adolescente de que están poniéndole banda sonora a tu vida.

“Is This It” (2001) ofició de primer y genial paso. Con un pie en los MODERN LOVERS que miraban inocentemente a la VELVET UNDEGROUND , y otro en esa rara esquina del rock donde conviven la simpleza de los RAMONES y la heterodoxia de TELEVISION, los STROKES desarmaron con su pegada inmediata, su rugoso sonido garajero, un arsenal de carisma y canciones capaces de parar a un tren (“The Modern Age”, “Last Nite” o “Hard To Explain”…) que erigieron sus conciertos en amplificaciones colectivas del sueño pop. Solo los prejuiciosos que no quisieron rectificar a tiempo o los fundamentalistas de la clandestinidad los rechazaron. Se perdieron también el continuista “Room On Fire” (2003) , exento ya del factor sorpresa y ligeramente inferior según algunos, pero sin duda otro estupendo trabajo de que contiene algunas de sus canciones más emblemáticas como “Reptilia” o “12:51”.

Llegaba el pasado año el momento de embarcarse en el siguiente paso de su carrera, planteado como una ruptura. Si lo del “difícil tercer disco” suena ya a tópico, dos reglas de oro igualmente tópicas nunca deberían romperse para aumentar la dificultad del trago: nunca digas la palabra “profesional” en una entrevista hasta que cumplas 40 años y no cedas nunca un milímetro, sobre todo en cuestiones de sonido, con lo que desea tu compañía de discos. Ambas han sido quebradas por THE STROKES en “The First Impressions Of Earth” (RCA- Sony-BMG, 2006) , la primera gran decepción del año de un grupo que parecía estar llamado a cotas mayores y que se ha ahogado en esa “profesionalidad” que tanto clama Casablancas ahora, a modo de promoción. Ello incluye la elección de singles por RCA o la producción de David Khane , (ni más ni menos que el tipo que rechazó el soberbio “Yankee Hotel Foxtrot” de WILCO, obligando a salir de Warner al grupo ante la negativa de regrabarlo para hacerlo más comercial) y se nota, vaya si se nota: adiós a las aristas, a la imperfección y la urgencia.

Pero el problema desgraciadamente no hay que achacárselo solo al barniz o la torpeza dialéctica de su líder, sino que fundamentalmente sorprende, para mal, la total pérdida de punch del quinteto en unas composiciones que en el mejor de los casos no pasan del suspenso por los pelos o, siendo (muy) benévolos, el aprobado raspado. Por mucho que se busque no hay ningún asidero al que agarrase en este “First Impressions Of The Earth” , ningún corte comparable a “Last Nite” o “Reptilia” y sí un amplio ramillete pobres composiciones infladas hasta lo grimoso a base de brillantes guitarras y sólidas pero insustanciales bases rítmicas que en general, sin saber muy bien a dónde quieren llegar y defendidas de un modo completamente funcional (y nada, nada emocional), terminan instalándose en lo inocuo y lo perfectamente olvidable. A veces incluso le prenden mecha a una épica próxima al stadium-rock (desde luego “Electricityscape” está más cerca de U2 que de TELEVISION) que habla a las claras de hacia donde se dirigen sus miras. Habrá que esperar ahora si el público mainstream les disculpa tanta mediocridad concentrada en formado deluxe . Ese en el que viene envuelto su primera edición (un lustroso digipack con 5 portadas intercambiables y un precio de alrededor de 18€) y que no logra disimular la total pérdida de rumbo de un grupo que estaba llamado a hacer historia.

Si, como alguna vez se ha hecho por aquí, comparamos en su momento a nivel de sensaciones de una generación los STROKES del 2001 con lo que fueron los STONE ROSES del 89, ahora lamentablemente ya podemos afirmar que los de Nueva York han editado su “Second Coming” particular (aunque, rácanos, ni tan siquiera nos podemos deleitar con un “How Do You Sleep” ni “Ten Story Love Song”). Queda la incógnita de cómo manejarán en el futuro el timón de esta nave perdida en medio del océano de la nadería y la mediocridad más absoluta, pero por ahora el título de “bluff del año” se lo han ganado a pulso.

JAVIER BECERRA (Abril, 2006)