Quienes tuvimos que cambiar de opinión sobre SUEDE ( a nivel personal creo que sólamente RADIOHEAD cosecharon tanta mala baba en mi, para luego caer completamente rendido a sus pies) cuando, tras el impacto de "Coming up" (96), nos obligaron a revisar su pasado, hemos gozado del privilegio de conocer la discografía del grupo desde sus estadios mas accesibles (una vez clavado el aguijón con "Beautiful Ones", "Trash" o "Lazy", su primer disco "Suede" (93) entraba a las mil maravillas) a lo que hasta hoy (y mucho me temo que para siempre) es la cima artística del grupo: "Dog man star".

Con su segundo trabajo SUEDE crearon un disco desbordante, clásico y con aires (e intenciones) de obra maestra el cual, tras las escuchas necesarias, ya se sitúa automáticamente en la misma lista que "Dummy", "To bring you my love" o "The Smiths" ( sí, los ejemplos son claramente intencionados, la frialdad y la oscuridad de uno, el desgarro sexual del otro, la ambigüedad del último...). Y eso, que al contrario de los dos primeros, los niveles de calidad menguan aquí de tal manera que de pronto te topas con insignificancias de la talla de "The Powder", una ramplona balada perfectamente olvidable , el despliegue de pomposidad de la extensa "The 2 of us" o el pinchazo glam de "This hollywood life" (¿el peor tema de SUEDE?) y uno se plantea volver a la trinchera del pasado. Pero, sin embargo, cuando tocan el cielo llegan tan alto que únicamente Jeff Buckley, P.J. Harvey, RADIOHEAD o Björk han puesto en los 90 su talento al nivel de momentos como "The wild ones" (inmensa, la escuchas mil veces y sigues queriendo sentir ese mismo amor apasionado y evasivo de todo), "The Asphalt world", 9 monumentales minutos de guitarras serpenteantes, voces desgarradoras, clímax de una sonoridad cuasi-sexual y una intensidad enfermiza o "Still life", ese broche final con un Brett Anderson destilando grandeza con la misma clase de Scott Walker. Escuchar cualquiera de esos temas y no tener espacio emocional suficiente para albergarlos es todo uno.

Las comparativas entre la pareja compositiva formada por Brett Anderson y Bernard Butler con los tándems de Morrisey/Marr o Bowie/Ronson ya no se miden aquí, tanto en términos de semejanza (que las hay), sino de talento (que lo sirven a chorro). Brett , que durante el espacio entre el primer disco y este acudió a clases de canto y no duda en mostrar su devoción por Jaques Brel, Scott Walker, Billie Hollyday ,Neil Young o Elvis Presley, canta mejor que nunca ha cantado y nunca cantará, irradiando carisma, explorando todo tipo de registros y perfeccionando su falsete hasta dotarlo de un brillo cegador, mientras que Bernard, el mejor heredero en los 90 del instinto melódico del pop británico de los 80 y la energía del glam-rock, entra ya, por derecho propio, entre los grandes guitarristas de su generación. El mordisco felino de "Suede" (93), deja paso a un disco plagado de luces y sombras, donde continúan las erecciones avasalladoras, el amor en frenesí y drogas que llevan todo ello a extremos completamente desproporcionados, pero obviando la perspectiva adolescente de su debut y desde un punto de vista más adulto y, en muchas ocasiones, desde la posición de quien se cuela en una vida ajena y observa como un voayeur la decadencia con suma ternura. El glamour paseándose por el filo de la navaja emocional, por los excesos, el lujo y la miseria, sin medias tintas, derrochando (si cabe mas todavía) pura pasión. No en vano, uno de los posibles títulos que difundió la prensa para el disco fue el de "Misery", aunque luego no se tratase mas que una broma del capo de Nude Records para ver como interpretaría la prensa británica la ida de Bernard Buttler, que poco antes de finalizar la grabación tuvo que abandonar el grupo, tras deteriorarse sus relacciones con Brett Anderson de tal manera que la continuidad de ambos en el mismo barco se hizo insostenible

SUEDE se muestran en este momento como un grupo sorprendentemente maduro, ansiando ser grandes y a sabiendas de que la prensa, tras el rotundo éxito de "Suede", iba a examinar con lupa cada movimiento del grupo en un contexto en el que el pop británico giraba hacia sonidos más frívolos y festivos como los de BLUR o OASIS. Completamente ciegos de ambición, ajenos al devenir musical del momento y liberados de todos los complejos que pudieran tener en su primer disco, se enfrascan en el estudio bajo la producción de Ed Buller de nuevo, con una decisión en mente: llevar sus pretensiones al infinito. Sin embargo las metas de SUEDE no iban encaminadas a quebrar el orden musical del momento. Ellos querían ofrecer una obra donde la belleza fuese un poco más allá de donde la habían situado antes, derritiendo corazones desde su contenido y no arqueando las cejas de la crítica por lo novísimo de sus formas.

Bajo el título de "Dog man star" con el que el pretenden simbolizar todos los escalafones por los que puede pasar una persona (de perro a hombre, de hombre a estrella), teniendo en cuenta que podemos (y generalmente somos) una mezcla de ambos al mismo tiempo, y con la idea de las estrellas del cine como metáfora del éxito (no en vano varias de sus canciones tocan el tema) el disco recorre diversos parajes sonoros (de la rabia a la dulzura, del intimismo a la sobreactuación sinfónica) pero siempre bajo el mismo prisma de tonos grisaceos, como ya nos muestran desde la portada: un hombre desnudo (se llegó a decir que era el propio Brett) tumbado en la cama de una habitación desolada mostrándose en una escena bella e inhóspita al mismo tiempo.

Tras "Introducing the band", el tema que abre el disco( y que según Anderson trata de la importancia de la música como distracción), equivoca sobre el posterior desarrollo de éste con sus aires futuristas y sus voces metálicas, amén de ofrecer atinados e inspirados versos andróginos como "quiero el estilo de una mujer y el beso de un hombre", en "We are the pigs" (el furioso single que editarían para el mercado británico) y "Heroine", Bernard Butler, saca oro de sus cuerdas con una serie de arpegios que se funden con un Brett Anderson, sobre todo en la primera de ellas, que canta con la misma rabia del Morrisey de "The Smiths", pero prendiendo fuego a su voz y llevándola a un final épico que en directo supondrá una comunión artista-público excepcional.

Sobre "The wild ones" (editada como single paralelo a "We are the pigs" para el mercado no-británico) ya hablé anteriormente y sólo añadiré que su exacerbada belleza la convierte, ya no sólo en la que posiblemente sea la mejor composición de toda la carrera de SUEDE, sino en una de las mejores canciones de la década. Inmensa. Y "The powder" (en la que, con Butler ya fuera del grupo, es el propio Anderson quien se encarga de la guitarra), una supuesta critica la mentalidad retrógada de esos ingleses que se agarran a su glorioso pasado, intentando similares resultados, tras un par de escuchas empalaga para siempre. La suavidad sonora de ambas es el enmarque de "Daddy´s speeding", uno de los cortes más extraños, oscuros y originales del disco en el que Brett pone sus ojos, como ya lo hiciera antes en "Heroine" (que no, pese al desgarro de su interpretación y un título tan supuestamente explícito, no habla de drogas sino de las heroínas del cine), en los mitos del celuloide, en esta ocasión sobre James Dean. Curiosamente el legendario actor norteamericano era una de las fijaciones casi patológicas de Morrisey (incluso llegó a escribir una biografía sobre el antes de formar THE SMITHS), pero según Brett su interés no nace vía-Mozzer sino de un sueño que, al parecer, tuvo el cantante en el que lo salvaba de su famoso accidente y terminaban ambos drogándose juntos. De ahí empezó una obsesión por todo lo concerniente a James Dean que le llevó a este tema, en el que recrea el día de su fatal fallecimiento en accidente de coche y el reflejo que su muerte tuvo en toda una generación de adolescentes, con tales dosis de tristeza que conmueven hasta la fibra sensible más recóndita del oyente. Uno se imagina a mas de una mente maliciosa preguntándose en su momento: el próximo homenajeado quien será ¿Oscar Wilde?

Quizá, donde más se le ven las influencias, es en "New Generation", un tema donde Brett muestra toda la gama de su registro vocal en un terreno tan cercano al de Bowie que casi raya el plagio. Fue editada como tercer single y a pesar de todo, es un fantástico himno sobre esa juventud que busca esperanzas al que uno tiene un especial cariño (y es que antes de mi reconversión ante el grupo, esta y "Animal Nitrate" eran los dos únicos temas de SUEDE por los que sentía cierto aprecio). Seguida de la infumable "This Hollywood life", un torpe y machacote ejercicio de guitarras glam carente de todo atractivo, delimitan la mitad del disco y sirven de antesala a los delirios de grandeza que vendrán a continuación.

Sí por que, de aquí en adelante, es cuando "Dog man star" quiere entrar en el olimpo del pop. Lo pretencioso, las ansias de trascender, las orquestaciones imposibles, los tonos más melodramáticos y la épica de pecho hinchado se da cita en los cuatro temas finales del disco. Falla, en mi opinión en "The 2 of us" que, pese a su gran letra (las tribulaciones de una ama de casa haciendo cuentas sobre su matrimonio mientras escucha "Two of us" de los Beatles en la radio), le sobra pompa y sobreactuación para llegar a donde apuntan sus intenciones. Es el riesgo de intentar llegar a lo sublime, lugar en el que sí se asienta "Black or blue", una historia de amor entre dos personas de diferente raza (de la que se ha sugerido que trata de una relación del propio Brett con una modelo negra), con un final apoteósico donde los arreglos de cuerda llevan la exuberante voz de Brett Anderson a lo más grande.

Acabo de pulsar "enter". Necesito un párrafo para explayarme sobre "The Asphalt world", el MOMENTO del disco. Haz la prueba. Coge a alguno de esos amigos que tienes que dicen que SUEDE son uno-de-esos-grupos-ingleses-con-algún-single-decente-y-nada-mas, invítale a escuchar esto y observa como levita. Si puedes claro, porque los 9 minutos de esta auténtica maravilla agarran a uno de tal manera que lo sumergen dentro de él y cuando sales estás tan alucinado que crees que jamás has oído algo igual. "The Asphalt world" es el paradigma de los SUEDE ocultos que muchos no quieren o no pueden ver , los SUEDE urbanos, que cantan a las miserias de las 7 de la mañana, al glamour de lo que la gente bien pensante llama basura ("a veces cogemos un taxi hasta las afueras de la ciudad / como grandes estrellas en el asiento de atrás, como esqueletos siempre tan hermosos") en un tema que narra un triángulo amoroso entre un camello, su clienta y un tercer hombre, con los ataques de celos, las inseguridades y los subidones de falso ego que el primero sufre cuando en su mente imagina a los segundos haciendo el amor (¿cómo se siente cuando está junto a tí?", "cuando tu estés entre sus brazos / y entre sus piernas / yo estaré en su cabeza" ) y tras un verdadero volcán musical (donde la guitarra de Bernard llega a momentos de pleno éxtasis) que echa lava de sus mil contradicciones y pasiones, sentencia :"así es como uno se siente cuando el sexo se vuelve cruel / sí, los dos la necesitamos, esto es el mundo de asfalto". Mientras escribo la escucho y, la verdad, no tengo palabras, sólo una multitud de escalofríos generados por esa voz vengativa, esas guitarras enloquecidas y toda la grandeza de este tema apoteósico.

Tal sobredosis de desgarro y pasión es el mejor previo al tema final, el espectacular "Still life"( una canción rescatada de la primera época del grupo y en su momento desechada), donde con toda una mayeástica orquesta dirigida por Brian Gascoine (el arreglista de Scott Walker) se pone al servicio del poderío vocal de Brett Anderson (ríanse de las pretensiones de los DIVINE COMEDY de aquel entonces) y supone el broche de oro a un disco, que pese a sus irregularridades (por otra parte, una constante de SUEDE en todos sus trabajos), lo hermético que se muestra al oyente falto de paciencia y el patinazo de algunas de sus intenciones grandilocuentes, se me antoja como uno de los discos más preciados que hayan escrito en los últimos años y un clásico en toda regla que puso a SUEDE a la altura de las referencias que manejaban. Tanto derroche emocional cerró una etapa en el grupo y dejó sus secuelas. La marcha de Bernard Butler, que iniciaría una desafortunada carrera en solitario, hacía recordar cuando Johnny Marr, harto de la megalomanía de Morrisey, dejaba los SMITHS y poco después se confirmaba su separación. Todos pensaban que el divorcio terminaría matando al grupo pero se equivocaron. Richard Oakes , un jovencísimo fan de la banda reclutado mediante una anuncio en la prensa, sería quien ocupase de una manera bastante digna su lugar, pero ya nada sería igual. Los SUEDE que amamos muchos habían terminado.

JAVIER BECERRA