“Ojalá hubiera nacido. Pero a mí me construyeron. De cero, a partir de las cosas que encontraron por casa” (Tom Waits. 1999)

¿Quién es Tom Waits?. Esta parece una pregunta que después de tantos años de carrera, de casi cuatro décadas de contacto con su obra, con sus discos y actuaciones cinematográficas, con su siempre singular presencia, debería resultar completamente redundante. A estas alturas, ya deberíamos conocerle bastante. Y sin embargo, cada vez parece más difícil desentrañar ese misterio que canta y habla y que se llama Tom Waits.

En los últimos coletazos del año 2.006 Waits ha publicado una obra monumental: “Orphans: Brawlers, Bawlers & Bastards”. Un triple CD, conformado por cincuenta y seis grabaciones, treinta de ellas inéditas, y las restantes rarezas de difícil localización hasta el momento. Los orígenes del material más antiguo se remontan hasta grabaciones abandonadas en los años ochenta, mientras hacen aparición aportaciones a bandas sonoras o discos tributo, mezclándose así rarezas con verdaderos desconocidos para sus seguidores. Todo este material, en principio heterogéneo, y que de hecho lo es, sin embargo conforma una obra coherente, a la vez que un prodigio, un pozo sin fondo capaz de alzar paredes alrededor del oyente, aislándolo durante semanas, tal vez meses, de cualquier atisbo de luz exterior, protegiéndolo del influjo de obras que aparecen siempre como irremediablemente inferiores. Mientras, “Orphans” se conforma como un mundo en sí mismo. Cabe remontarse hasta el maravilloso box-set “Unearthed” de Johnny Cash para tropezar con una exhibición de cantidad y calidad de tal magnitud. Y en realidad, debemos hacerlo hasta la aparición en el año 1985 de los primeros tres volúmenes de las “Bootleg Series” de Bob Dylan para encontrar otra antología alternativa de un artista que presente la profundidad y calidad de esta obra monumental.

Como aquella, “Orphans” aparece con la extensión y diversidad de una verdadera antología, capaz de ofrecer la panorámica más amplia posible de un artista, de sus mutables modos, motivos y maneras. Pero gozando también de ese factor añadido, e impagable, de descubrir estos confines del campo sembrado por nuestro protagonista de la mano de una nueva cosecha, de una obra inédita y desconocida para el oyente, lo que termina por crear una sensación desbordada de admiración y fascinación, de empacho feliz. Parte del secreto se encuentra en la intención de Waits de otorgar de un cierto método a esta locura, de no dejar que el desorden se adueñase de un proyecto que parecía predestinado al mismo. Lo que comenzara como una mera colección abigarrada de cabos sueltos, expuestos tal cual, ha terminado disfrutando de un preciso trabajo de selección, orden e incluso chapa y pintura (nuevas grabaciones y reescrituras añadidas al material original), que han dejado el resultado listo para ser degustado como una verdadera obra nueva y acabada, como una nueva y extensa obra maestra.

Lo paradójico es que, a pesar de que este trabajo de edición clarifica las cosas en cierta medida, dotando al conjunto de dinámica interna, personalidad y consistencia, sin embargo no permite que esa sensación de coherencia que localizamos en el total, ésa que nos dice que todo esto es, sólo puede ser y debe ser “puro Tom Waits”, finalmente llegue a desvelar precisamente en qué consiste ese “ser Tom Waits”. Dividido en tres volúmenes, “Brawlers” recoge lo más rudo y directo de Waits, su vertiente más nerviosa en clave de rock, blues y gospel. “Bawlers” concentra, aunque no en exclusiva, al Waits baladista, romántico y confesional. Y por último “Bastards” es en cierto modo el “cajón de sastre”, el más disperso de los tres volúmenes, de contornos más difusos y confines más lejanos, conjugando al Waits más experimental con sus cover versions más insospechadas, además de piezas de “Spoken Word”, recitados absurdos, pequeñas incursiones en su faceta de fantástico y peculiar “stand-Up comedian”, e incluso un recitado sobre las costumbres más truculentas de los insectos (“Army Ants”).

Esta ordenada prolijidad termina, en realidad, por ahondar el misterio de nuestro protagonista. Si siempre resulta tentador dibujar la carrera del artista como una progresión, entendiendo que lo más reciente declara como obsoleto lo anterior, esta vuelta sobre sí mismo, el hecho de que ni siquiera se indiquen las fechas de grabación de los temas, rompe las barreras temporales, indicando que esa presunta obsolescencia no lo es tal para un hombre que ha hecho de lo primitivo y del material que otros consideran deshecho, la materia prima de sus mejores creaciones. Así, lo mismo que partimos presenciándolo en la guisa de un hermano epiléptico de Carl Perkins en el rockabilly marciano de “Lie to Me”, en un corte como “Dog Door”, trabajado a medias con Mark Linkous de Sparklehouse, las bases rítmicas sintetizadas parecen puro rock industrial. Por lo tanto, persiste la duda de si Waits es un reaccionario, un revivalista, o un futurista militante en el “Avant Garde”.

Si alguien recuerda un disco como “Bone Machine”, o el más reciente, “Real Gone”, o más atrás la sorpresa que causó su mutación, desde el baladista al piano y responsable de cosas como la banda sonora de “Corazonada” (de F.F Coppola) desde los años en el sello Asylum, a aquel artista del que su sello no quiso recoger “Swordfishtrombones” (1983) y que le llevó a comenzar su etapa en Island Records, pensaría que Waits se ha ido alejando progresivamente, cada vez más y sin vuelta atrás, del beatnik empapado de jazz que pretendía recrear los años cincuenta alternativos en plenos setenta. Aquél era un hombre obsesionado por Jack Kerouac, por el jazz, por los nombres de oro del Tin Pan Alley. Un hombre que también tuvo que pelear a brazo partido con su discográfica de entonces para que le dejara expresar y crear aquel personaje, pero que finalmente lo dejó atrás.

Después tuvimos un Waits enganchado a Kurt Weill (un texto suyo y de Bertold Brecht “What Keeps Mankind Alive” abre el tercer volumen) y a Captain Beefheart, al cubismo sonoro, a los instrumentos de percusión imposibles, empapado de vanguardia e influencia europea, pero también de primitivismo lo-fi, de blues descarnado y árido, creando con todo esto producciones sonoras imposibles, escacharradas y cubistas. Finalmente ha llegado a utilizar su propia voz como uno de esos instrumentos de percusión en “Real Gone” (2004), y aquí en cortes como “Lucinda”, “Spidey’s Wild Ride” o la versión de “King Kong” de Daniel Johnston. Sin embargo en “Orphans” nos entrega también “Nirvana” y “On The Road”, en los que Waits, en un registro semejante al de sus primeros años y en otro más empapado de blues que nunca, pone música a dos textos de Jack Kerouac. De hecho, tonadas al piano como “Altar Boy”, parecen dignos de discos tan lejanos como “Foreign Affairs” (1977), como si el círculo se cerrase, para volverse a abrir, una y otra vez.

La agrupación de las canciones en los volúmenes primero (“Brawlers”) y segundo (“Bawlers”) despierta aún más la duda eterna de si Waits es una bestia desatada, un shouter con predilección por el primitivismo, por lo que rasca, o por el contrario es un romántico entregado a la mayor delicadeza, a una ternura lindante casi con la cursilería. Piezas de rock’n’roll sucio y sexuado como “LowDown”, de blues alucinado como “Fish In The Jailhouse”, “2:19”, incluso versiones de los Ramones (“es “The Return of Jack and Judy”, que devuelve el homenaje realizado por estos con su versión de “I Don’t Wanna Grow Up”), muestran una cierta faceta de un Waits que cada vez parece más y más lunático. Pero en esta ocasión también rescata del baúl baladas de una delicadeza sublime, canciones maravillosas, como “Long Way Home”, la fugaz “Bend Down the Branches” (con versos memorables como “Estamos hechos para doblarnos/ Hasta la belleza envejece”), “Fannin’ Street”, “Never Let Go”, “The Fall Of Troy... todos clásicos instantáneos, cuya ocultación hasta hoy no tiene otra explicación que el exceso de talento con el han sido creadas y la claridad de visión artística que, en cada momento, ha ido construyendo las diversas colecciones de Waits.

En “Orphans”, abundan las versiones. Ëstas comprenden por ejemplo dos revisiones de Leadbelly (“Ain’t Goin’ Down The Well” y “Goodnight Irene”), dos incursiones insospechadas en el repertorio de los Ramones (no sólo esa potente “The Return of Jackie and Judy”, sino también “Danny Says”, en una toma de delicadez supina), o cortes de gospel tradicional como “Lord I’ve Been Changed”, y estandards como “Young At Heart”. Y su conjunto lleva a la duda de si Waits es, sobre todo, un intérprete, o por el contrario es un creador. No sólo intérprete entendido como vocalista, sino también como productor y arreglista, como creador de “discos”, y no tan sólo de canciones. Dos revisiones en concreto potencian esta impresión. En primer lugar, el apocalíptico tono con el que encara “Book of Moses”, joya perdida de Alexander “Skip” Spence, el miembro maldito de Moby Grape, incluida en su disco de culto “Oar”. Y sobre todo, la prodigiosa recreación de “Sea Of Love”, un clásico entre los clásicos, y que es mutada en un turbio y prodigioso torbellino sonoro, como si las voces que lo entonan, al modo de unas traicioneras sirenas masculinas, procedieran del fondo de ese mismo mar de amor, de un fondo de aguas turbias y traicioneras.

Sin embargo, no dura tampoco mucho esta sensación, enfrentados de manera continuada a la potencia de la poética de uno de los mejores escritores de canciones en activo. Su manejo del lenguaje, su ingenio, a veces liviano y divertido, otras veces preñado de verdades dolorosas, vuelve a producir momentos de asombro y entusiasmo. Su peculiar manera de mirar y contar se hace constante, desde el detalle genial y absolutamente inconfundible de considerar a ésta una congregación de “Huérfanos”, de tratar estas canciones como a los personajes de sus propias canciones, personajes abandonados por la vida, y como siempre recogidos, mimados y dignificados por él mismo.

En los momentos más intensos volvemos a percibir que esa empatía insuperable que lo caracteriza es el alimento esencial de sus canciones. Y que por ello sus canciones, como las de casi ninguno, tengan una capacidad insospechada para generar identificaciones completas del oyente desde una personalidad muy marcada. Momentos como “Fanin’ Street”, “Long Way Home”, “Take Care of My Children”, “The World Keeps On Turnin’”, “It’s Over”, etc., son la clase de canciones que se quedan para siempre con uno. Cosas como “The Fall Of Troy”, en la que nos relata muerte de un joven en un tiroteo callejero, con vivos y conmovedores pequeños detalles, y que se abre con una línea demoledora (“Es lo mismo para los hombres, para los caballos y los perros/ Nada quiere morir”), son como una suerte de testamento artístico prematuro, de declaración estética (y ética) de principios.

¿No vendrá toda esta confusión, en realidad, del hecho de que Waits no es uno, sino que son dos, Tom Waits y Kathleen Brennan?. Desde que la conociera durante el rodaje de “Corazonada”, en la que ella trabajaba como supervisora del guión, este irrompible matrimonio artístico y sentimental no sólo ha traído al mundo tres hijos (uno de los cuales, Casey, toca la batería en algunos cortes de este disco) sino sobre todo una obra monumental. En cierto modo, “Orphans” sirve para reivindicar la figura oculta de Brennan, elusiva con los focos, pero omnipresente en los créditos. Ella parece haber mutado a Waits. Y no sólo lo ha hecho domesticando al Waits hombre, alejado definitivamente de su afición al alcohol, a las luces de neón y los callejones que cantara, transmutado finalmente en padre feliz y hogareño, sino que por el contrario, radicalizando y desatando al artista. Como dijo en una ocasión, Waits se casó con “una colección de discos”, perfectamente ordenada y cuidada al contrario que la suya, y sobre todo mucho más amplia y abierta. Su musa lo introdujo al mundo de Captain Beefheart, a la música centroeuropea, a la posibilidad reconciliar sin mayores problemas sus influencias más contradictorias en un todo.

Fue Brennan también la que lo animó a construirse el personaje que es hoy, a encontrar su propia voz, a asumir riesgos y beber en otras fuentes. “Swordfishtrombones”, la trilogía que conforma con “Rain Dogs” (1985) y “Frank’s Wild Years” (1987) y todo lo que vino después no tendría sentido ni origen sin la presencia constante de Brennan. En realidad, parece que Waits haya asumido el papel de embustero y tramposo relaciones públicas de una empresa artística no tan solitaria como parece.

Porque, ¿cómo conocer la verdad de aquél que, sin empacho ni vergüenza, emplea las entrevistas para contar historias y trolas? ¿De un artista que reconoce que no piensa decir la verdad, o sí, según le venga? Al final, entrevistar a Waits es una acción cuyo objetivo final es el divertimento de todos los extremos de la cuerda: periodista, lector, y el propio Waits. Una faceta más de su propio arte. Pero lo que no es bajo ningún concepto, es un ejercicio de investigación y descubrimiento de la persona detrás de la máscara, de un hombre celoso de su intimidad, enamorado de lo más extraño sobre la superficie de la Tierra, y que quiere aparecer ante los demás como uno de esos cacharros y personajes extravagantes que tanto le gustan.

Sin embargo de “Orphans”, tal vez más que de ningún otro de sus discos, se extrae la certeza del clasicismo de Waits, de que ya es parte del grupo de los más grandes nombres de la música americana de todos los tiempos. De hecho, el tono que se impone en cierto modo es el de “Mule Variations” (1999), el que era hasta la fecha el mejor de sus discos para Anti. Se trata de un tono de “Americana” lo más amplio posible, construido con tanto pasado como posibilidad. Y tal vez ésa sea la clave: Waits hoy en día, ya no es una persona, ya no es un cantante, ya no es un intérprete. Waits hoy en día es la propia Norteamérica. Al menos, una manera de ser Norteamérica. Waits representa mejor que nadie, mejor incluso que el propio Bob Dylan (que no en vano, la admira profundamente), toda una cultura que plasma en discos y canciones. En Waits se encarna lo más desahuciado y bizarro de la ruralidad americana, del mismo modo que lo más oscuro y oculto de sus urbes, de los callejones peor iluminados.

La fuerza de Waits explica el porqué de un siglo de hegemonía norteamericana, exhibiendo sus mayores virtudes. Exhibe esa maravillosa capacidad para hacer de la tradición alta cultura, y a la vez no alejar nunca demasiado la cultura de la propia tradición. Esa capacidad para mutar, pero seguir siendo reconocible, para trazar círculos sobre si misma y establecer continuamente saltos hacia atrás que han sido finalmente pasos hacia adelante. Para aglutinar tradiciones diversas, para acoger a los exiliados de tantos lugares, que traían todo un bagaje que se vertía con enorme facilidad en el río que ya corría, y del que no se conocía destino. Para, en ocasiones, recoger a los de los márgenes propios y hacer de ellos faro de guía. Para, como ninguna otra patria, convertir lo minoritario y lo marginal en masivo, desde la música de sus propios esclavos y paletos, hasta los ritmos de sus barriadas más depauperadas. Encarnando el verdadero sueño americano, Waits es una individualidad indomable que contiene multitudes. Es todos aquellos artistas que hemos mencionado, y ninguno. Todos los personajes de sus canciones, y ninguno. Y también muchos más: todos los que han sido, y todos los que serán.

Si lo que Waits entrega hoy resulta tan extraño, tan ajeno a lo consumido en masa en aquel mismo territorio, probablemente sea debido a que ese país que encarna como nadie, ya no existe. O de existir, esa “vieja y extraña América” de la que hablara Greil Marcus a propósito de las “Basement Tapes” de Bob Dylan y la Antología de Folk de Harry Smith, permanece más oculta que nunca. Así, “Orphans”, una obra de la que en realidad parecemos no conocer a su autor, una obra huérfana, se convierte definitivamente en parte de una historia mucho mayor incluso que ella misma, en una pieza valiosa arrojada desde un más allá. Con ella de manera definitiva, tal y como sueña todo artista de verdadera valía, Waits ya se ha confundido con el paisaje de nuestra memoria y de nuestras verdades personales como una montaña que siempre haya estado allí. Llegados a este punto de confusión e incertezas, Tom Waits ya es completamente esencial para entender el mundo, tal y como lo desconocemos.

ENRIQUE MARTÍNEZ (Enero 2.007)