Vivimos tiempos caducos. En realidad todos lo han sido, pero ahora parece que la vida útil de las cosas se acorta. Todo es fugaz, de usar y tirar, para hoy pero no para mañana. Las lavadoras, los televisores, los coches y las canciones y los cantantes. Me temo que la vida útil de las personas también va en la misma dirección. Se desprecia la experiencia en favor de los sospechosos valores de la juventud. Y aquí el rock se puede apuntar, por una vez, el mérito de ser pionero. Desde el principio se proyectó, o se quiso proyectar, no como música popular (lo que lo entroncaría con su propia tradición y antepasados) sino como música juvenil. Cada vez más juvenil de hecho, hasta que de música adolescente está comenzando a parecer música infantil.

Esto ha conllevado siempre una espiral interminable de jubilaciones anticipadas, de finiquitos unilaterales y de enterramientos en vida. Pura reconversión industrial, en el fondo. Pero como las cosas son como son, y no como queremos o quieren que sean, ahí es donde todo termina por desmontarse. Y así se imponen los que, como el diablo, saben por viejos, además de por buenos. Este año que ya ha acabado nos ha traído el retorno de uno de los grandes olvidados: Solomon Burke, venerable y mítico vocalista de soul. Y un nuevo disco, el cuarto, de las sesiones "American" que desde los primeros años noventa ha venido realizando una leyenda, cada vez menos viva, de la música americana: Johnny Cash, el hombre de negro. "Don't Give Up On Me" y "The Man Comes Around" son discos de géneros diferentes, con características distintas, no en vano marcados de modo absoluto por las intransferibles personalidades de sus autores-intérpretes. Pero convergen en varios puntos, esencialmente en la defensa discreta y aparentemente poco beligerante de una serie de valores que parecen casi extintos. No ha habido ocasión en Feedback-zine de hablar de ellos por separado, así que procedo a analizarlos juntos.

Sorprende más el retorno de Burke, simplemente porque parecía haberse ido para siempre. A sus más de sesenta años, este peculiar personaje ha vuelto a la palestra con un disco que es una verdadera obra maestra. Burke es legendario y especial: auto-ordenado sacerdote de su peculiar congregación, padre de veintiún hijos, su leyenda es convenientemente expuesta en "Sweet Soul Music", la extraordinaria historia del Soul Sureño de Peter Guralnick, reeditada recientemente. En ella Jerry Wexler, antaño jefe de Atlantic Records define a Burke como el mejor cantante de soul de todos los tiempos. La opinión de Wexler no es una opinión cualquiera: éste caballero ha producido a algunos de los más grandes artistas del género, es decir por ejemplo a Wilson Pickett y a Aretha Franklin. Ha sido en mayor o menor medida responsable y se ha beneficiado comercialmente (y ellas artísticamente) de las carreras de Sam & Dave, Otis Redding, Ray Charles, Eddie Floyd, Percy Sledge, William Bell, Joe Tex, Big Joe Turner y un eterno etcétera. Y si ha elegido a Burke, será por algo.

El retorno de Burke ha sido a lo grande, pero de la mano de un sello independiente, Fat Possum, como probablemente tenía que ser. Y ha sido a lo grande porque se le ha hecho entrega de un repertorio increíble no sólo por calidad, sino también por procedencia. Burke ha recibido once inéditas, algunas de ellas escritas por nombres imposiblemente más ilustres, algunas de las mejores plumas de la historia. Nada menos que Bob Dylan, Brian Wilson, Tom Waits, Elvis Costello, Van Morrison (éste dos temas), Nick Lowe o Dan Penn (legendario compositor de muchos de los mayores clásicos del soul como "The Dark End Of The Street"). La producción ha sido encargada a Joe Henry, reputado compositor y cantautor de country-rock, que aporta un tema propio "Flesh And Blood", y ha optado por mantener el sonido en un registro esencialmente acústico y natural, haciendo que todo gire alrededor de una voz que lo domina todo con una presencia imponente, sin que para ello necesite realizar ningún aspaviento fuera de lugar.

En este álbum, indiscutiblemente un álbum de soul casi canónico si nos fiamos de la impresión general que trasmite, el linaje del género se percibe con intensidad. La vena gospel es tan gloriosamente presente ("None Of Us Is Free") como la carnalidad de la vena blues ("Stepchild") Y en ocasiones el eterno conflicto que conllevan ambas vertientes en el alma del intérprete de soul (un suerte de resumen histórico de los polémicos pasos de Sam Cooke y Ray Charles de lo secular a lo profano) se percibe en la intensa "Flesh And Blood". "Soul Searchin'" de Wilson entronca con el pop de los primeros sesenta, con Phil Spector y sus grupos de chicas o con Ben E.King. Y abrir el álbum con su corte homónimo, una balada de soul sureño "según el libro", en el canon habitual de Dan Penn, ha sido todo un acierto. Nos devuelve a muchos a un punto eternamente suspensivo, a ese momento en el que la música parecía tan perfecta, tan apropiada, tan abierta a la verdadera expresión a pesar de la aparente rigidez de sus estructuras, que no pertenecía a ninguna época ni siquiera lugar. A aquel Soul Sureño que parece no envejecer, porque nació viejo y sabio. Esta es la gracia de "Don't Give Up On Me", la sugestiva idea de que todo va y viene, que hay cosas que se van y nunca vuelven. Pero que algunas están siempre ahí, para quedarse. Y que tan sólo se esconden porque tú dejas de mirar hacia ellas, no porque dejen de ser válidas u hermosas.

Una de esas cosas es, además de ese canon de canción, lo que en verdad hace este disco único: la voz de Solomon Burke. Este es el principal punto de contacto entre los dos discos objeto de este artículo: las voces de ambos protagonistas, sus cualidades de intérpretes como supremos hacederos en sus mundos a medida. La recuperación del valor del intérprete, del gran cantante como creador, como recreador, de algo ajeno que hace tan propio que recibe una nueva vida, completamente autónoma de aquella primera que tuviera. En el caso de Burke se nota menos, tal vez por ser todas canciones inéditas. El caso de Cash es más claro: la manera que tiene de apropiarse de todo "In My Life" de los Beatles es impresionante. Pero por otro lado cuando se conoce que las sesiones de "Don't Give Up On Me" tan sólo necesitaron cuatro días para llevarse a cabo, mientras Burke se aprendía y comprendía las canciones sobre la marcha, uno descubre finalmente la magnitud verdadera de su sobrenatural talento. Una voz tal vez menos potente que antaño, pero sobrada de conocimientos y recursos. Joe Henry lo explicaba con claridad en una entrevista: "Todos trabajamos en proyectos donde las canciones fallan un tanto, o el cantante falla un tanto, y lo intentamos salvar con un buen arreglo. Pero cuando el cantante es tan bueno, y las canciones son tan buenas, es increíble que poco más necesitas".

Creo que parte de la conexión entre Burke y estas canciones es que tanto autores como intérprete ya son gente de una cierta edad. Son canciones que apelan a una determinada visión de la vida, producto de esa proscrita experiencia. Lo que escribe Costello en "The Judgement" no es lo mismo que lo que podría haber escrito aquel joven y puñetero punky en 1978, cuando el Rey Solomon era ya todo un veterano. Y dada esta conexión, y estas cualidades, tal vez esa falta aparente de sofisticación alguna en arreglos o instrumentación. No hay nada que parezca salirse de lo normal, salvo que todos los que participan en este disco son unos maestros consumados en lo suyo. Todo se concentra en pequeños detalles, en variaciones casi imperceptibles, en un pequeño dibujo de la batería o del bajo, producto de la telepatía, de la intensidad de un momento. Así poco más se requiere.

Por su parte Johnny Cash ya hace más tiempo que volvió a primer plano y recuperó credibilidad, a la par que fue redescubierto por una nueva generación. De la mano de Rick Rubin, con su fichaje por American Recordings, el Hombre de Negro volvió. La voz y la persona siempre habían estado allí, pero en la extraña maraña en que se había convertido el mainstream de la música country "versión Nashville", dadas las peculiares cualidades de Mr. Cash (y de su personaje), éste estaba más perdido que un pulpo en un garaje. Rubin, un tipo que de alguna manera extrae siempre, con su ecléctico purismo, lo mejor de la gente que produce (y estamos hablando de un arco muy amplio, que va de los Beasties Boys a Slayer y de The Cult a Tom Petty, o la los Red Hot Chilli Peppers), vio en Cash una mina desaprovechada.

Decidió aplicarle una receta basada en ese sonido seco, espartano y orgánico que le caracteriza siempre que produce. Recuperar también esa iconografía de "The Man In Black", con portadas y fotos en blanco y negro, repletas de sobriedad. Pero sobre todo entregarle nuevas canciones, algunas de ellas de autoría insospechada (Beck, Nine Inch Nails, Spain, Eagles, Soundgarden, Depeche Mode, The Beatles, Tom Petty, Simon & Garfunkel, Sting, etc.). Y siempre acercarlas a su terreno, transformarles en canciones de Johnny Cash; es decir poner esa voz en primer plano. Añadiendo algún que otro original de Cash, nuevo o antiguo, y tradicionales americanos, el nuevo Johnny Cash, intérprete transgenérico más allá del Country, e icono intergeneracional ha tomado forma y realidad en "American Recordings", "Unchained", "Solitary Man" y este último "The Man Comes Around".

Ya son entonces, con éste, cuatro los álbumes que esta extraña pareja ha llevado a cabo. No todos los experimentos de descontextualización han tenido idéntico éxito, ni todas las canciones que ha grabado se recordarán de igual manera. Pero el día que alguien decida recopilar en un solo volumen los veinte mejores cortes de estos años de trabajo, se quedará corto. Y además contemplaremos como hemos sido testigos del último momento de plenitud creativa de una leyenda. Cuando la fórmula ha funcionado, y esto ha ocurrido bastante, los resultados no sólo han desacreditado mucho de lo que durante años realizó el propio Cash: también la inmensa mayoría de la música contemporánea se antoja superflua, vacía y dependiente en exceso del ornamento, profundamente insustancial. Es tanta la autoridad de esa voz, que todo lo demás palidece a su contacto.

Éste ha sido el más difícil de realizar de estos cuatro últimos discos. Cash ha enfermado de neumonía en varias ocasiones durante las sesiones, caminado con frecuencia sobre esa delgada línea entre la vida y el otro barrio. Durante estos meses parecía que éste sería un álbum póstumo. Y verdaderamente la presencia de la Muerte es constante de un modo más menos explícito, a lo largo de todo el disco. La temática de las canciones en ocasiones continúa en esa veta, que no nos engañemos, siempre ha explorado Cash desde "Folsom Prison Blues", su primer éxito, que se abría con la inmortal línea: "Le disparé a un hombre en Reno/ tan sólo para verlo morir". "Danny Boy", "Streets Of Laredo", "Give My Love To Rose", "We´ll Meet Again"... todas ellas tocan el tema. Pero además en el estoicismo con el que encara canciones como "Hurt" (de Nine Inch Nails) o "In My Life" (Beatles) se percibe un inconfundible sentimiento de resignación, que no derrota, ante la muerte. Se le espera que pase por aquí dentro de poco, parece decir. Y desde que se sabe que vendrá, se entiende mejor lo que significa estar vivo.

A fin de cuentas Cash tiene ya setenta años, muy castigados por cierto. Este señor hubo épocas en las que consumía más de cien pastillas de todo pelaje diariamente, como dieta para mantener su ritmo de 300 conciertos anuales. Y mientras, bebía en cantidades industriales para superar esos fantasmas que dejó atrás, más o menos, a través de su matrimonio (derivado de un largo adulterio) con June Carter, y su renovada fe religiosa a finales de los años sesenta. Pero, por ello, no debe sorprender que sea capaz de dotar de vida de un modo tan intenso a "Hurt", de Trent Reznor, que pese a quien le pese, siempre fue una gran canción sobre las sinrazones (o razones) de la autodestrucción, pero que ahora se transforma en algo más. Al igual que pasó en "Unchained" con "Spiritual", el estremecedor espiritual escrito por Josh Haden para su grupo de slowcore Spain.

Y es que lo que Cash es capaz de hace con su voz es sencillamente increíble. Convertir, por ejemplo, lo que podía ser una pequeña broma en una solemne verdad. Ahí está el caso de "I Hung My Head" de Sting, relato sobre una muerte accidental que se convierte en dos por la propia culpa interior, que ahora no parece otra cosa que una genuina "murder ballad" como pueda ser "Long Black Veil". O "Personal Jesus", sarcasmo de Martin Gore transmutado en creencia inquebrantable de que la salvación del alma puede llegar a través de una línea 906, si estás dispuesto a creer. Es una voz que incluso hace a Nick Cave aparecer como un mero principiante, en el dueto sobre el clásico de Hank Williams "I'm So Lonesome I Could Cry". Esa voz ha perdido potencia, la increíble calidad del sonido nos permite oírla quebrarse y tomar aire de vez en cuando ("The First Time I Ever Saw Your Face"), incluso temblar en ocasiones. Pero así todo parece más real: esa dignidad no es innata, sino producto de un esfuerzo por alcanzarla, lo que la hace más ejemplar y a la vez más humana.

En definitiva volvemos a recuperar, gracias a Cash y Rubin, a Burke, Henry e ilustre compañía, algo que se pierde en la MTV y derivados. Al ser humano, que por cierto ya no se muere a los treinta años salvo error, crimen u omisión imperdonable. Todo este tiempo que nos han dado, achaque arriba, achaque abajo, no es (no debería ser) tiempo vacío, porque no ha sido tiempo regalado. Es terreno conquistado. Y también nos ayudan a recordar que hay cosas que sorprendentemente, envejecen pero no mueren. Por lo menos, si te preocupas por ellas.

ENRIQUE MARTINEZ