|
|

Exploremos el significado
de la palabra “redundante” de la mano de un ejemplo práctico:
esa última reedición en formato “De Luxe”
de “Velvet Underground & Nico”. ¿Resulta
redundante?. Probablemente sí. Tal vez, algo menos que otras recatalogaciones
anteriores de este disco, pero salvando la agradecida oportunidad de poder
escuchar la mezcla original en “mono”, esta nueva oferta poco
aporta a aquél que, vicioso él, disponga ya del mismo en
formato CD, o incluso del Box-Set “Peel Slowly and See”.
Y sin embargo, en el fondo, absolutamente nada, ninguna reedición
o audición, ninguna discusión, disquisición o análisis
referida a “The Velvet Underground & Nico”
(e incluso puede que este artículo tampoco) resulta completamente
superflua o redundante, si con ella se ayuda a recordar su existencia.
Hay una dimensión demasiado monumental, una importancia tan capital
en esta obra, que la convierte sin duda en un motivo recurrente. Pero
también inagotable.
Si la enésima reedición
no resulta tan superflua como en un principio pudiera parecer, cabe preguntarse
entonces qué aportó este disco. Incluso qué es lo
que aporta ahora, por qué la silueta del plátano proyecta
una sombra tan alargada sobre toda la música que escuchamos. Probablemente
porque no haya un álbum de debut más relevante en la historia
del rock que éste. Yo sólo percibo a “Are
You Experienced” de Jimi Hendrix a un
mismo nivel, y algunos ni siquiera conciben este eventual empate. Por
otro lado, existe una extensa mitología construida a partir de
este disco, de su lenta y casi secreta penetración en el imaginario
pop. Y contiene elementos y aspectos tan diversos que pueden explicar
por qué el legado de la Velvet Underground (que
ni mucho menos se reduce a este disco) es valorado sin discusión
y es motivo de alegada inspiración para propuestas tan dispares
como The Strokes, Belle & Sebastian, Red Hot Chilli Peppers o Yo La
Tengo. Hay una revolucionaria vigencia en la esencia del “Disco
del Plátano”, una vanguardista intemporalidad que lo hace
absolutamente imprescindible.
Musicalmente hablando,
cabe decir que este disco supuso uno de los más aventurados experimentos
de una época repleta de ellos. Pese a ser publicado en 1967, un
año después de haberse grabado, no dejó de ser probablemente
el álbum más vanguardista de todos, en un momento en el
que el pop se movía a una velocidad vertiginosa. Pensemos que en
apenas dos años los BEATLES pasaron de “Rubber Soul”
a “Sgt. Pepper’s”, y todo el mundo
pretendía seguir esa estela. Sin embargo la aparición de
la Velvet Underground supuso una ruptura formal que no pudo crear escuela
hasta años más tarde, sin duda debido a su rotundo fracaso
comercial, pero también a lo exigente de sus enseñanzas.
Aunque finalmente haya dado lugar a algunos de los cánones y tópicos
más solventes del rock alternativo de los últimos 35 años.
La primera lección
que ofrecía este debut auspiciado por Andy Warhol,
era asumir como credo una absoluta libertad formal y una ausencia total
de compromisos comerciales. Todo valía en su concepto y universo
sonoro, la búsqueda de hallazgos inéditos suponía
una veda abierta a cualquier recurso. Los aportes de un músico
de formación académica como el galés John
Cale y cuya actividad anterior se había desarrollado en
el seno de las vanguardias de la música “culta”, eran
un contrapunto totalmente diferenciado a los sonidos en boga entonces.
Una viola en interacción con un grupo de rock eléctrico
(lo que entre otras cosas obligaba a afinar todos los instrumentos en
función suya) ofrecía un elemento bizarro que aún
hoy causa extrañeza, cuando además su intención no
era, en la mayoría de las ocasiones, “embellecer” de
una manera bucólica la pintura sino más bien crear distorsiones
y disonancias que expresasen el turbulento contenido de las letras.
Pero había mucho
más. Centrándonos en el ruidismo o el feísmo de las
piezas que más nos recuerdan a las vanguardias rock de los últimos
años, se nos pueden pasar por alto por ejemplo el minimalista prototipo
de “drone” que es el piano de “All Tomorrow’s
Parties”, o la viola lacerante de “Venus
In Furs”. O que el sentido del ritmo del grupo quedaba
alterado definitivamente por la presencia de una batería tan personal
como la de Maureen Tucker, o una guitarra tan imaginativa
como la de Sterling Morrison.
La Velvet Underground no fue nunca, pese a no limitar
la duración de sus canciones, un grupo de virtuosos técnicos:
los inimitables solos de dos notas de Lou Reed (“Run,
Run, Run”) o los mínimos pero insustituibles
esfuerzos de Tucker a la batería dan fe de ello. Pero en realidad
no eran unos técnicos porque eran unos “tácticos”
de la estética, siempre atentos al cuadro completo y no a la pincelada.
Por otro lado, un singular ejemplo de economía de recursos: nulos
excesos y un aprovechamiento de las limitaciones de medios de la grabación
y de las suyas propias hasta convertirlas en elementos de personalidad,
la necesidad en virtud. Las dos voces solistas presentes (la gélida,
distante y extraña entonación de Nico,
el limitado registro de Reed, convertido en sobrio y expresivo recitado,
repleto de dominio del ritmo) resultaban dos excentricidades imitadas
hasta la saciedad desde entonces.
La Velvet era (también
y no sin embargo) un minimalista combo de rock’n’roll de telepático
entendimiento e infinita flexibilidad. Los perversos crescendos de
“Heroin” o la aceleración constante del
pulso de “I’m Waiting For My Man”
son arquetipos de la dinámica de una banda de rock. Cumpliendo
además una función: tienen una razón para existir
porque son expresivos y descriptivos del sentido de las letras, son tanto
ambientación como fines en sí mismos. Recuerda los “latigazos”
de Tucker sobre los platos en “Venus In Furs”,
o los ritmos señalados de “I’m Waiting
for my Man” (nervios de la espera) o “Heroin”
(subidas y bajadas de la droga por las venas y la psique alterada) Este
es el método de todo el álbum, el personal e intransferible
modus operandi de la Velvet Underground. Y así
es como se construyen los auténticos clásicos.
Llegamos así a la
cuestión de las letras. Siempre se ha dibujado a la Velvet como
el reverso oscuro del rock californiano y del espíritu Hippie.
Si el combustible de la contracultura eran la marihuana y el LSD, que
producía supuestamente una embelesadora y ficticia felicidad, ellos
representaban la dureza de una ciudad como Nueva York y se atiborraban
de heroína y anfetaminas. Si unos estaban por el amor libre, ellos
hallaban de las reacciones sadomasoquistas (con o sin vestimenta de cuero
y látigo de por medio) y esas mujeres fatales del mundo bohemio-chic.
Todo esto es cierto, pero supone quedarse muy corto con respecto a lo
que supusieron las letras que Lou Reed escribió.
Lo que en realidad hizo
la Velvet fue traer de nuevo la Verdad a escena. Abandonar el escapismo,
el moralismo y la ficción. Ser los más modernos al ser los
más auténticos, al volver al espíritu original de
las canciones tradicionales, del folk, del blues, al más primitivo
rock’n’roll: contar sin engaños la verdad de su tiempo,
abrazando la oscuridad que todos llevamos dentro y reconociéndola
como propia. Asumiendo sin hipocresía la existencia de un mundo
real, oscuro y luminoso, cruel y frío en la mayoría de las
ocasiones, mostrándolo tal cual es. Sin mentir, ni trazar un programa
ingenuo para mejorarlo.
De la inconmensurable influencia
que Bob Dylan tuvo en los años sesenta, el único
autor que de verdad recogió el guante asumiendo toda la magnitud
del reto, fue Reed, que es completamente distinto a él. Por eso
supo comprenderlo de verdad: porque hizo lo que le dio la gana, lo hizo
bien, con fundamento y creyendo en ello. Lejos de ser un observador moral,
un crítico y un poeta, Reed era entonces sobre todo un narrador,
una suerte de novelista musicado de profunda penetración psicológica
en los personajes que observa o crea. Reed no juzga: describe, analiza
y pinta al natural. El truco está en que lo pinta todo, no oculta
nada, y salvo pequeñas concesiones al “shock value”,
la ausencia de tabú es lo que deja en tus manos los juicios morales
sobre la conducta de los protagonistas de las canciones. Y en realidad,
en temas como “I’ll Be Your Mirror”
Reed se abre a la posibilidad de la existencia de buenos sentimientos
y virtudes en este mundo, sin negar su existencia por completo. Pero él
no es un predicador, sino un escritor de realismo crudo, y no te va mentir.
Tampoco te va a convencer: él te va a conmover.
Así en “All
Tomorrow’s Parties” no te pide que compadezcas
a la chica pobre que intenta encontrar un vestido para encajar en las
fiestas de los “modernos” y “Fashion” de la época.
Te cuenta que sufre, que está llorando, pero tal vez el error de
juicio y de carácter sea el suyo por intentar encajar en un mundo
tan vacío, al que no pertenece y no una crueldad de los “esnobs”
que la rechazan. En “Heroin” el
protagonista admite que se droga con el objetivo de abstraerse del mundo
real, que si bien es un desastre, es en el que le toca que vivir, lo quiera
o no. Tú eres quien debe ponerte o no de parte de su táctica
del avestruz.
En “I’m Waiting For My Man”
estamos esperando a un camello con el dinero en la mano. No nos dice si
está bien o mal, pero en el mundo real existe gente que espera
nerviosa la llegada del hombre con su dosis. Hay una “Femme
Fatale”, pero sabes que hay que ser un idiota para
picar, porque ya no engaña a nadie, pero tú picas. Los domingos
por la mañana (“Sunday Morning”)
vuelves a casa de la fiesta de la noche y la gente decente te mira y te
condena. Te hace sentirte mal y culpable, pero ¿debes dejar esa
vida?. ¿Es mejor la suya?. Reed no contesta. Sabes que la chica
de “There She Goes Again” es una
golfa, y que en cualquier momento se la va a pegar a ese chico, que sólo
conoce como remedio golpearla. Sabes que lo hará y no te queda
claro quién le parece peor al autor, quien es verdugo y quien es
víctima, o si lo son los dos. Tú decides otra vez.
Lo importante, lo distinto
es que toda esa gente existía entonces, existe ahora y sin duda
existirá. Y sin embargo nadie hablaba de ellas. Como nadie hacía
las cosas que la Velvet Underground hizo en este disco.
En cierto modo “The Velvet Underground & Nico”
es una promesa incumplida, un diseño sin ejecutar para un proyecto
distinto de rock’n’roll. Que nadie, ni siquiera la propia
Velvet Underground ha sido capaz de culminar. Una idea
más que sugerente: que el rock’n’roll podía
ser cualquier cosa sin dejar de ser él mismo. Por eso siempre se
ha dicho que éste es el disco que ha provocado el nacimiento de
más bandas nuevas de la historia. El rock como Arte, ¡qué
bonita utopía!
Pero en realidad “Velvet
Underground & Nico” no es un disco perfecto. Tiene
incursiones en el tremendismo en la letra y en la música que chirrían.
Siempre he pensado que “European Son”
palidece al lado de “Sister Ray”.
A veces incluso pienso que es no es el mejor disco de la Velvet. Unos
días me levanto con cuerpo de “White Light/White
Heat”, otros de “The Velvet Underground”.
Pero eso sólo demuestra lo enorme de su herencia.
Porque en realidad, y al
margen del cariño que le pueda tener a otros discos, nunca puedo
pensar objetivamente en ningún disco de rock mejor que “The
Velvet Underground & Nico”. Y da igual que edición
te compres y cuantas veces te lo compres, incluso ninguna. Lo pesado que
yo me ponga y las veces que te insista con mala prosa sobre lo bueno que
es. Incluso que no te guste nada de lo que trata o nada de lo suena en
este disco. Que lo tuyo sea el Down Tempo, el House Minimal o el Techno
Progresivo. Es disco en sí mismo es ya motivo más que suficiente
para dignificar toda la historia y existencia de eso llamado rock’n’roll.
Ni más, ni menos.
ENRIQUE MARTINEZ
|