Conforme pasa el tiempo y uno se va haciendo mayor, resulta evidente que es cada vez más difícil asumir los incondicionales y beligerantes afectos propios de la figura del “fan”. La relación de uno mismo con sus artistas favoritos, sobre todo con aquellos que descubre ya crecido, adquiere unos tintes diferentes, un perfil menos desquiciado. En mi caso, una de las escasas excepciones a tal circunstancia ha venido siendo de manera infalible WILCO, cuya carrera ha representado hasta la fecha una progresión de satisfacciones cada vez mayores. Producto tanto de su calidad intrínseca, como de la sorprendente capacidad de las canciones de Jeff Tweedy para pulsar algunas de las más secretas, pero importantes, teclas sentimentales de mi propio mecanismo. Y de muchos otros, por lo que pude comprobar en directo en el Primavera Sound.

Aunque parezca extraño, esta circunstancia provoca que la espera de cada nuevo disco de WILCO, desde que con “Being There” pulsaran la primera serie de teclas, se haya convertido en algo casi tenso y ligeramente angustioso. Porque uno nunca quiere que sus favoritos lo decepcionen. Pero a estas alturas, el fortalecido sentido crítico, que se impone al estilo viejo cascarrabias y resabido, impide la ceguera que, otrora, diera el visto bueno a casi cualquier engendro pergeñado por un favorito personal. Así, tras una carrera ejemplar y su obra maestra “Yankee Hotel Foxtrot”, y precisamente cuando algunos se están dando cuenta de que Wilco es probablemente la mejor banda americana del momento y Tweedy uno de los mejores escritores de esta década, llega “A Ghost Is Born”. El disco en el que WILCO estrena tanto su nueva importancia como una nueva formación. Tras las bajas de Jay Bennet, el núcleo que ha registrado el disco se compone del eterno John Stirratt al bajo, el prodigioso Glenn Kotche a la batería, Leroy Bach y Mikel Jorgensen a los teclados y Jim O'Rourke un poco de todo. A la hora de la gira, Bach se ha caído del cartel, O'Rourke se ha quedado en casa y se han incorporado el guitarrista Nels Cline y Pat Sansone en teclados y guitarras. Y nunca hasta ahora un lanzamiento de WILCO había recibido los honores y fastos de éste.

Habían sin embargo en esta ocasión diversas claves internas que creaban una verdadera incertidumbre alrededor del nuevo disco de WILCO. La amarga salida de Jay Bennet, teclista, multiinstrumentista y presunto “arquitecto de sonido” del grupo, probablemente fuese la más importante de todas. Y en segundo término, estudiar nuevamente si el ansia evolutiva de Jeff Tweedy le permitiría en esta ocasión mantener el hilo conductor con las mejores virtudes de sus anteriores obras. Una de aquellas virtudes era su sorprendente capacidad para crear álbumes en el mejor sentido del término, unidades casi narrativas construidas como un todo, dotadas de un carácter propio y diferenciado. Tweedy, obsesionado en estas cuestiones, había acertado plenamente en tres ocasiones consecutivas: en la brillante exploración de los fantasmas del fan musical de “Being There”, en la odisea emocional de “Summerteeth” y en la atormentada epifanía existencial de “Yankee Hotel Foxtrot”. En este aspecto concreto es en el que se localiza, a mi apesadumbrado entender, el único fracaso de “A Ghost Is Born”, que me parece la más deslavazada colección de canciones de la carrera de WILCO y su disco peor construido.

La labor de orfebres que habían realizado en anteriores ocasiones, en las que el montaje de la película era perfecto, a veces sorprendentemente perfecto (recordemos el increíble tránsito de “Misunderstood” a “Far, Far Away” en “Being There”), fracasa en “A Ghost Is Born”. O al menos así lo parece tras varias escuchas atentas y bien predispuestas. Una serie de decisiones discutibles convierten el tránsito por el disco en un trayecto abrupto, algo mareante y por ahora carente de sentido. “At Least That's What You Said”, es una de las joyas de la corona. Y su fantástico y estremecedor solo de puro Neil Young, un momento emocionalmente trascendente. Pero ambos aparecen en cierto modo prematuramente, antes de que el disco haya creado la necesidad de un clímax semejante. “Spiders (Kindsmoke)”, con trote Kraturock y un largo desarrollo, supone una ruptura radical del tono del disco ya en la tercera canción, y uno no termina de decidirse sobre su propia calidad como pieza de estudio. “I Am a Wheel”, un rock and roll menor en composición aunque fantásticamente ejecutado, irrumpe sin saberse de donde, y por ello se va como ha llegado. Y, definitivamente, la locura de la interminable y vacía coda de “Less Than You Think” hubiera resultado, tal vez, una manera casi lógica de terminar el disco. Pero la aparición de la vibrante “The Late Greats” tras 10 minutos de feedback vacío termina de redondear la aparente incoherencia.

Así el repertorio incluido aparece en un primer vistazo inferior al de “Yankee Hotel Foxtrot” e incluso a la redondez de aquel E.P gratuito que distribuyeron en su web, y del que rescatan la estupenda y atormentada “Handshake Drugs”. Aquella capacidad para blindar todas las canciones, protegiéndose las unas a las otras dentro de una unidad que les daba sentido como partes de un todo, se desactiva en este caso. Y esto obliga a cada pieza a ganarse su propio espacio. Algo que consiguen en la mayoría de los casos, porque eso sí: no faltan canciones extraordinarias en “A Ghost Is Born”. Joyitas de tono Beatle como “Hummingbird” (puro “Summerteeth”) acompañan a delicados ejercicios de construcción country-pop como “Muzzle of Bees” y “Company in My Back” y al insuperable soul-pop de “Theologians”. Sin olvidar la obligatoria dosis de atormentada introspección de “Hell Is Chrome” o “Less Than You Think”, cuya primera mitad alcanza los logros de los mejores momentos de “Yankee Hotel Foxtrot”.

Canciones tratadas en esta ocasión con arreglos diferentes, muy diferentes a los precedentes, con una inmediatez absoluta en el estudio de grabación. Las guitarras han ganado terreno, con Tweedy explorando su faceta de solista como ya hiciera en el álbum de Loose Fur, mostrando una habilidad y un buen gusto desconocidos (alargando las notas al infinito en “Hell Is Chrome”, dejándose ir en “Handshake Drugs”). Muchos de los cortes se extienden mediante pasajes instrumentales que van de lo interesante (momentos de “Spiders”) a lo sublime (los primeros compases de “Whisful Thinking”, el crescendo de viola en “Hummingbird”, los interludios preciosistas de “Company...” y “The Late Greats”) pasando por lo insustancial (el coda de “Less Than You Think”). El piano de Jorgensen, registrado con una cristalina claridad, se muestra con un esplendor luminoso en la mayoría de los cortes, mientras que el cubismo ruidista de los pasajes más áridos de “Yankee Hotel Foxtrot” desaparece casi por completo.

Lo que permanece tozudamente es, en realidad, lo más importante. La sobrenatural capacidad emotiva de algunos momentos y la carga lírica de las fascinantes letras de Tweedy. Lo que ha venido siendo el arma secreta que convertía (y en realidad aún convierte) a WILCO en la mejor banda americana del momento, el elemento que provocaba que sus discos escondiesen mucho más de lo que aparentaban. No en vano Tweedy acaba de publicar su primer poemario impreso. Y en esta ocasión vuelve a ofrecer versos como cuchillos, que atraviesan el alma como viento polar mediante su capacidad sobrenatural para desatar todos los fantasmas. Si por momentos Tweedy parece hablar de la alienación interior ( “Si alguna vez he sido yo mismo/ no fue aquella noche” en “Handshake Drugs”) en otros encuentra la manera de desentrañar lo más oscuro de nuestra interacción con los demás. Los pasajes de “At Least That's What You Said”, en las que una relación amorosa parece desintegrarse al frágil compás de la música, mientras el narrador casi no le presta atención, es un comienzo tremendo ( “Eres irresistible cuando te enfadas/ ¿No es triste que yo sea inmune?/ Me pareció encantador que besases mi ojo morado/ a pesar de que tu me lo pusiste así” ). Sin embargo, es la ausencia de un marco la que dispersa el collage de momentos sublimes sin crear un único sentido global. Son momentos intensos, penetrantes, válidos por si mismos. Pero no la clase de viaje interior con planteamiento, nudo y desenlace al que nos habían habituado.

Pero ¿quién sabe?. Tal vez con más tiempo uno, torpe como es, termine de comprender o descubrir alguna de las claves secretas de “A Ghost Is Born”. Y así éste pulse las teclas precisas para hacerme funcionar en todo momento en su sincronía. Pero hoy por hoy, y no sin cierta ansiedad, uno cree que en el futuro “A Ghost Is Born” será percibido como un estupendo disco que, sin embargo, supuso un leve traspié en la carrera de WILCO. El obligatorio disco maldito, incomprendido e infravalorado por contacto con los precedentes y consecuentes. Porque lo que, por ahora, me resulta difícil de creer es que alguien que haya seguido a WILCO con genuino interés, vea precisamente en éste el mejor disco de su carrera. Son éstos los niveles de exigencia del verdadero fan. Para cualquier otro muy probablemente “A Ghost Is Born” no deje de ser una obra maestra.

ENRIQUE MARTÍNEZ (julio 2004)