Ya ha llegado, y probablemente haya superado nuestras hinchadas expectativas. “No Direction Home”, el documental de Martin Scorsese sobre Bob Dylan ocupa ya espacio en las estanterías de nuestras tiendas favoritas, y el camino hasta el reproductor casero se hace por fin lo suficientemente corto. Una vez abierta esa caja de Pandora, el viento, efectivamente, sopla con fuerza. No trae tantas respuestas como aún mayores preguntas. Pero colabora en un proceso de clarificación que ha ido cogiendo fuerza en los últimos años, y que en los dos últimos nos ha atrapado con más fuerza que nunca, rodeados y asediados de sugestivo material, en todos los formatos posibles, sobre Dylan.

En el año 2004 Dylan se hizo ineludible, y la publicación de “Chronicles”, el primer volumen de sus estupendas memorias, tuvo mucho que ver. En el 2.005 a pesar de mis vanas esperanzas, no ha habido tregua. Y libros (muy recomendables el “Dylan. Visions, portraits and back Pages” recientemente puesto en circulación por MOJO o el hermoso “Dylan Scrapbook”), extras de revistas, un lanzamiento discográfico sugestivo (la banda sonora de “No Direction Home”, el Volumen 7 de sus “Bootleg Series”) y cosas tan prosaicas como la rebaja a serie media de sus remasterizaciones hacen que el empacho de Dylan parezca inevitable. Pero, a algunos, no nos llega.

Es en este contexto en el que Scorsese retrata, con mucha maestría, un periodo determinado, el del Dylan más legendario. Retrocede hasta sus orígenes, hasta su forja como creador. Y una vez alcanzado el epítome rebelde de su electrificación y su polémica gira de 1966 en compañía de los futuros The Band, cae el telón. Posteriormente, vendría su turbio accidente de moto, su clausura en Woodstock, y su extraño retorno creativo. Su hundimiento sentimental su conversión religiosa, su crisis creativa, su resurrección. Todos estos episodios, ya relatados por él mismo en “Chronicles”, quedan fuera del encuadre. Nos centramos en realidad en esos extraños tiempos en los que Dylan alcanzó visos de no ser tanto un creador excepcional, como otra cosa.

Cuando exploramos sus orígenes nos encontramos sorpresas relativas. Esos primeros acercamientos radiofónicos al country, su descubrimiento del rock'n'roll, el deseo de “unirse a Little Richard” expresado en el anuario de su High School. Sus primeras serenatas a novias adolescentes, las primeras de una larga lista en la trayectoria del Dylan conquistador. Referentes anteriores a su epifanía folk, a su descubrimiento de Jack Keruac, sobre todo de Woody Guthrie, su llegada al Greenwich Village y su encuentro con la escena bohemia, que tanto le enseñaría. Su peculiar “Odisea”, como él mismo explica. Sus primeras trolas, como cuando se hacía pasar Bobby Vee, o cuando “no tenía tiempo para estudiar” , las primeras de una larga lista del Dylan embustero. O la composición “necesaria” de su primera canción, esa “Song For Woody”, la primera de una larga lista, de la lista más importante, la del Dylan autor.

Pero si todo este metraje originario esta veteado por incursiones en su gira eléctrica, es porque Scorsese es muy consciente de que está manejando en ese caso un material absolutamente excepcional. Documentos de un eje histórico, de una situación irrepetible. Y testimonios de una música, la creada por Dylan y los entonces The Hawks, de metal líquido, fluida y sin embargo con aristas, imposible de describir en definitiva. Y que, más que nada, apabulla.

“Una vez un cantante se encontró en una encrucijada mundial. Por un momento se arraigó sobre un escenario que nadie ha conseguido nada más que ocuparlo desde entonces; un escenario que tal vez ya no exista. Hace más de treinta años, cuando un mundo que ahora se considera mayormente un error de la historia estaba tomando cuerpo y forma; y cuando mundos mucho más viejos estaban reapareciendo como fantasmas que todavía tenían que aclarar su mente, mundos paradisíacos y crueles que en 1965 parecían a la vez presentes e imposiblemente distantes, parecía que Bob Dylan más que ocupar un punto de inflexión en el espacio-tiempo cultural, fuese él mismo ese punto de inflexión. Como si la cultura se torciese de acuerdo a sus deseos e incluso a sus caprichos. De hecho, por un largo instante lo hizo” (GREIL MARCUS: “INVISIBLE REPUBLIC”)

Hace ya largo tiempo que Dylan ha dejado ese espacio central en la cultura al que se refiere Greil Marcus. Tal vez el espacio lo abandonó a él. O tal vez, (y cada vez parece más claro que sí) él lo abandonó voluntariamente. Las ondas expansivas de la explosión que supusieron los primeros L.P´s folk de Dylan tardaron un cierto tiempo en dejar de hacerse nota. Pero con ese pelo alborotado, esa ropa de hipster y esa actitud de rock star hastiada y acelerada, química mediante, en un momento determinado a él le pareció más interesante rebelarse contra la Rebelión y atacar ciertos consensos, (que eran profundas superficialidades y grandes falsificaciones) de la Contracultura con respecto a la música folk, mediante movimientos aparentemente reaccionarios, pero cargados de un conocimiento y una clarividencia superior a sus detractores. Esto es lo que explica el libro de Marcus antes citado, que desde aquí es recomendado con fervor, reeditado ahora como “The Old, Weird America”. Y al respecto de esos consensos sobre lo que es el folk, y en realidad no es, el propio Dylan dijo palabras muy sabias.

“El cuerpo principal está basado en el mito, en la Biblia, en plagas y hambrunas, y toda clase de cosas como esas, que no son más que misterio, y que lo puedes ver en todas las canciones. Rosas creciendo del corazón de las personas y gatos desnudos en cama con lanzas creciendo de su espalda, y siete años de esto, y ocho de aquello, y todo en realidad es algo que nadie puede verdaderamente tocar”

En ese sentido se concentra lo mejor del documental. Ese discurso menos absurdo de lo que parece ( “Me ha llevado mucho tiempo llegar a ser joven...” ) en la recogida de su Premio Tom Paine. Cuando se produce el primero de los momentos de enfrentamiento abierto, en el Newport Folk Festival de 1965, Dylan se tropieza con muchos, algunos de ellos presuntos amigos. Al respecto da la sensación de que Pete Seeger miente en su entrevista, que sabe que la historia lo ha dejado en evidencia y se resiste a retratarse como un ludita desquiciado con un hacha cortando unos cables. Y se producen momentos deliciosos musicalmente. Cuando Dylan es casi obligado a volver a escena en su formato cantautor, en lo que parecen un acto de arrepentimiento, la cuela doblada. Entona no una de sus canciones protesta, sino una amarga canción de separación amorosa dedicada a Joan Baez, “It's All Over Now, Baby Blue”, que él transforma en ese mismo momento en otra cosa. En su penúltima línea, Dylan grita con rabia más que canta, “Go strike another match/ And start anew/ It's all over now, Baby Blue”. Y deja atrás a aquella asamblea de justos, para seguir buscándose a sí mismo lejos del abrigo del rebaño y al frío de la intemperie.

Encontrar además el metraje que se creía inexistente del momento mítico del “Free Trade Hall” de Manchester ( “Auditorio del Libre Comercio”, a veces el Destino y su Mala Leche, existen), en el que Dylan es llamado “Judas”, y responde, sobre todo, con ese “Like A Rolling Stone” atronador, supone una sorpresa emocionante. Probablemente, sólo por este detalle, “No Direction Home” ingresa en la leyenda. Pero hay más detalles impagables, como los punteos de Robertson en “Baby, Let Me Follow You Down”, las respuestas en el órgano de Garth Hudson en cada línea de “Just Like Tom Thumb's Blues” o “Ballad of a Thin Man”... Incluso los ataques de tontería de Dylan, que se defiende del acoso, y de las amenazas de muerte, mediante un sentido del humor absurdo, y cruel.

También ayudan las entrevistas con el propio Dylan, o con una Joan Baez que lo imita con una gracia especial, incluso en su preciosa interpretación de “Love Is a Four Letter Word” (atención a los extras). Y tal vez, sobre todo, el momento del discurso de Martin Luther King con Dylan entre sus privilegiados escoltas. En ese momento, que reengancha con el “Gettysburg Address” de Abraham Lincoln, y de este modo con canciones del Dylan como “Tears Of Rage”, uno comienza a comprender la distancia que tal vez desde el principio estaba latente entre Dylan y sus “compañeros de viaje”. En ese momento uno comienza a ver la dimensión protesta de Dylan como la de un moralista, abordando cuestiones de ética y de justicia elemental, como Dave Van Ronk parece percibir ahora. Dylan, en realidad Zimmerman, era un judío, no lo podemos olvidar, un trabajo a tiempo completo que nunca ha resultado fácil. Y en la lucha del movimiento de derechos civiles, él encontró una resonancia próxima que clarificó, a su esquiva manera, en esa canción fugitiva, “Blind Willie McTell”.

Como siempre, en realidad quedan más dudas que certezas. Pero ese es el encanto de toda esta historia. Una historia maravillosamente interminable.

ENRIQUE MARTÍNEZ (Diciembre, 2005)

(Dedicado al equipo del programa “Cosecha del 78” de Cuac FM. Y a su recopilatorio)