Cuando en la austera ceremonia de los Oscar de 1941 se leyó el nombre de la mejor actriz de 1940, la sorpresa fue mayúscula. Ginger Rogers se había hecho con la estatuilla por Espejismo de amor ( Kitty Foyle ). Nadie lo hubiese apostado. Las dos actrices más aclamadas de todos los tiempos, Bette Davis y Katharine Hepburn, partían como favoritas por sus excelentes trabajos en La carta ( The Letter ) e Historias de Filadelfia ( The Philadelphia Story ). Además, Joan Fontaine había dado vida a uno de los personajes inmortales de la historia del cine: la apocada señora de Winter de Rebeca ( Rebecca ). Por último estaba Martha Scott y su serena interpretación de Sinfonía de la vida ( Our Town ). Fue, en definitiva, el año más competitivo de la historia de estos galardones, en lo que a interpretación femenina se refiere, y una antigua corista de arrolladora personalidad y gracejo inigualable triunfó. Se dice que fue uno de los Oscar más aplaudidos de la historia, porque todos los allí presentes sabían lo importante que era para Ginger Rogers. Mucho más importante que para sus competidoras. Suponía el reconocimiento a sus años de lucha, a su empeño por ser una actriz de verdad y no sólo una bailarina de cara bonita y cuerpo escultural, a sus continuas peleas con la RKO para que le diesen oportunidades dramáticas, a que no la encasillasen como el mero complemento de Fred Astaire... Es obvio que nunca lo fue, pero toda su carrera hubo de cargar con esa pesada cruz. Ginger se forjó a la sombra de Astaire y esa fue la causa principal de sus legendarios desencuentros. Cuando Fred Astaire y Ginger Rogers rodaron su primera película, Volando hacia Río de Janeiro ( Flying Down to Rio , 1933), ella era una actriz de reparto más o menos conocida, mientras que él tan solo había intervenido en una película y no se le había renovado el contrato. Ginger aparecía en cartel por delante de Fred. Sería la única ocasión. En sus nueve títulos restantes Astaire iría siempre a la cabeza, y ella se sintió siempre dolida.

Pero Astaire no fue el único que hizo sombra a Ginger en la RKO. También estaba Katharine Hepburn. La impetuosa actriz había sido contratada por el estudio para hacerse cargo de los “papeles serios” mientras que a Ginger se le daban comedias y musicales. Siempre envidiaría la privilegiada consideración que la Hepburn tenía en la casa, aunque Kate suspiraba por el éxito de taquilla de su rubia compañera, ya que sus títulos en RKO fueron estruendosos fracasos de público. Cuando se anunció que el estudio iba a rodar María Estuardo ( Mary of Scotland , 1936), Ginger fue corriendo a ver al productor Pandro S. Berman y le dijo que tenía que darle el papel. Si no, no rodaría ningún musical más con Astaire. Tanto insistió que se le hizo una prueba. Muchos de los presentes atestiguarían que su interpretación fue sublime. Hubo un técnico que gritó: “¡Tira los zapatos de baile!”. Pero no pudo ser. La cerrazón de los ejecutivos no se lo permitió. Ginger era bailarina y comediante, no una verdadera actriz. Kate se llevó el papel, pero en compensación se le dio la oportunidad de batirse cara a cara con ella en una comedia dramática de Gregory La Cava, Damas del teatro ( Stage Door , 1938). El papel “importante” era, por supuesto para Hepburn, pero, vista hoy día, Ginger se la devora. Su interpretación es fresca, natural, moderna... mientras que la de su “prestigiosa” compañera resulta algo envarada, académica en exceso.

El talento para la comedia de Ginger Rogers no fue del todo apreciado en su época y es ahora cuando se le empieza a hacer justicia. Es una de las grandes comediantes de la historia, a la altura de Claudette Colbert o Carole Lombard. Ya en sus musicales con Astaire se asoman estas cualidades. En Amanda ( Carefree , 1938), el film más divertido de la serie, ella toma casi un protagonismo absoluto y resulta espléndida como la chica a la que el hipnotismo desinhibe. El hoy tan reivindicado Gregory La Cava la convertiría en su musa, pero también lo haría el talentoso Garson Kanin, para quien rodó una de las comedias más brillantes de los años treinta, Mamá a la fuerza ( Bachelor Mother , 1939). Incluso Billy Wilder, que siempre planteaba sus películas en base a la personalidad de los actores, convenció a la Paramount para que pagase un dineral por contar con ella para su debut como director en El mayor y la menor ( The Major and the Minor , 1944), donde su caracterización como una niña de doce años fue asombrosa. Howard Hawks lo recordaría años más tarde, dándole la oportunidad de volver de nuevo a la infancia, esta vez de la mano de Cary Grant, en la celebrada comedia Me siento rejuvenecer ( Monkey Business , 1952).

Ella misma fue víctima del ninguneamiento de lo cómico y, tras ganar el Oscar, pasó unos años en los que sólo aceptaba papeles dignos de su nuevo estatus. Cometió la estupidez de rechazar la cabaretera de Bola de fuego ( Ball of Fire , 1941), que tanta gloria dio a Barbara Stanwyck, alegando que ella sólo interpretaba a damas. Esa fue su mayor equivocación. El exceso de sofisticación del que hizo gala en sus últimos tiempos nos hizo presenciar su terrible madurez. Teñida de rubio y maquilladísima, daba una imagen grotesca de su glorioso pasado.

Pero el tiempo, a veces, pone las cosas en su sitio. Ahora que se cumplen diez años de su muerte, son cada vez más los críticos y estudiosos del cine que se suman a su carro de admiradores y ensalzan sus virtudes como actriz. Una actriz mordaz, natural y moderna, sin el divismo del que hacían gala muchas de sus contemporáneas.

GUILLERMO BALMORI (Noviembre, 2005)