Muy a menudo ha sido considerada como la mejor actriz de cine de todos los tiempos. Ningún otro actor o actriz ha ganado tantos Oscar como ella –cuatro–. Fue una mujer revolucionaria que impuso una estética y unas costumbres luego imitadas por miles de mujeres. Era atractiva, de personalidad arrolladora, gran actriz... sólo tenía un fallo: que lo sabía.

Una señorita rebelde

Se cuenta que cuando KATHARINE HEPBURN llegó a Hollywood, la persona encargada de recogerla en la estación estuvo a punto de marcharse al no ver a nadie con “pinta de estrella de cine” . Sea como fuere, lo cierto es que la señorita Hepburn se preocupó siempre, a veces incluso de un modo exagerado, de desmarcarse del mundillo hollywoodiense y de lo que significaba ser una glamourosa superestrella. Su aspecto desaliñado, sus toscos movimientos -casi masculinos- y su extraña belleza distaban de ser el prototipo impuesto por la industria en una época de hipersofisticación, donde las divas eran Greta Garbo y Marlene Dietrich .

Ella poseía la altiva seguridad de la niña bien rebelde. Un comportamiento loable y no carente de atractivo pero de peligrosa cristalización. Su exceso de seguridad, el saberse diferente al resto, le dieron unos aires de superioridad que en un primer momento resultaron muy atrayentes pero que, a la larga, acabaron por ser un lastre para su carrera, llegando a resultar ciertamente cargante en algunos papeles.

Sí, fue una mujer avanzada a su tiempo, luchó por la causa feminista y se rebeló contra el sistema de los grandes estudios de Hollywood... pero a la vez se aprovechó de las ventajas que le brindaba ese mismo sistema y basó su triunfo en contrariarlo.

Veneno para la taquilla

KATHARINE HEPBURN desembarcó en el cine contratada por David O. Selznick para la RKO cuando los estudios estaban a la caza de talentos teatrales para hacer frente a la reciente llegada del cine sonoro. Casi debutante, logró un Oscar por Gloria de un día” ( Morning Glory , 1933), pero su carrera no despegaba. Durante siete años fue la gran actriz de la casa, pero nunca logró un éxito de público realmente considerable. La compañía le ofrecía los papeles de mayor enjundia dramática, reservando los más livianos a su rival en el estudio, la vivaracha Ginger Rogers . En cierto modo había una rivalidad entre ambas actrices, ya que Ginger siempre envidió los papeles de Kate, mientras que la Hepburn desearía haber contado con la popularidad de la rubia bailarina. Ambas coincidieron en Damas del teatro” ( Stage Door , 1937) y la crítica alabó la interpretación sublime de la Hepburn. El tiempo sin embargo nos hace percibir el papel de Ginger como mucho más fresco en contraposición a la actuación más envarada de su compañera.

Probó suerte con el melodrama – Las cuatro hermanitas” ( Little Women , 1933)-, la comedia romántica – Sueños de juventud” ( Alice Adams , 1935)-, el drama histórico – María Estuardo” ( Mary of Scotland , 1936)-... pero sus films eran cada vez menos taquilleros. Cuando se estrenó La fiera de mi niña” ( Bringing Up Baby , 1938) había sido declarada por la prensa especializada como “veneno para la taquilla” y la RKO le rescindió el contrato.

La mujer perfecta

Refugiada en el teatro, triunfó con “The Philadelphia Story” , que escribió expresamente para ella su amigo Phillip Barry . Cuando la Metro Goldwyn Mayer compró los derechos para el cine, lo hizo a condición de que Kate no la interpretase, pero como quiera que ella era la dueña de dichos derechos, tuvieron que ceder a regañadientes. Historias de Filadelfia” ( The Philadelphia Story , 1940) es el papel de su vida. Está espléndida como la mujer cuya perfección llega a asustarle. Había probablemente un paralelismo entre actriz y personaje. Al fin y al cabo era un puro ejercicio de egocentrismo ya que todo giraba en torno a ella, de tal modo que las raras ocasiones en que no aparecía en pantalla los demás no hablaban de otra cosa.

Este ejercicio tan poco humilde pareció gustar a nuestra protagonista, que insistió con el tema en La mujer del año” ( Woman of the Year , 1942), donde ya resultaba ciertamente pesada con tanta perfección. Fue durante el rodaje de este film cuando conoció a Spencer Tracy . “Es demasiado alta para mí” , replicó el malhumorado actor. Alta o baja, lo cierto es que se enamoraron perdidamente dando lugar a una de las historias de amor más recordadas y entrañables del viejo Hollywood. Rodaron un total de nueve títulos, el mejor de los cuales fue La costilla de Adán” ( Adam´s Rib , 1949), dirigida prodigiosamente por un amigo y confidente de la pareja: George Cukor .

La solterona

Rondando ya la cincuentena, y lejos de ver reducido su poder de fascinación, encontró un filón dando vida a solteronas en busca del amor o mujeres desquiciadas mentalmente, lo que le produjo grandes oportunidades de lucimiento dramático. Dentro de las primeras permanece en la memoria de todos su maravillosa encarnación de la mujer que acompaña a Humphrey Bogart en una terrible travesía a bordo de “ La reina de África ( The African Queen , 1951), mientras que de la segunda variante destaca su monstruosa señora Venable de De repente, el último verano” ( Suddenly, Last Summer , 1959), que coleccionaba plantas carnívoras en un asfixiante jardín.

Tras unos años retirada cuidando del alcoholizado Tracy y combatiendo la enfermedad de parkinson, regresó a la pantalla junto a su amado, despertando la aclamación general, en Adivina quién viene esta noche” (G uess Who´s Comming to Dinner , 1967). Spencer Tracy moría al poco de finalizar el rodaje. Kate, que, pese a que suele desconocerse, estuvo casada desde 1928 a 1934, no volvería a compartir la vida con ningún hombre.

Kate, la grande

Durante los años ochenta su figura fue adquiriendo tintes míticos, sobre todo tras el estreno de En el estanque dorado” ( On Golden Pond , 1981), por la que recibe su último Oscar. Su personalidad seguía intacta pese a una enfermedad que la consumía, y se le comenzaron a valorar más que nunca su carácter indómito y su lucha por los derechos de la mujer.

Ha aguantado más que nadie. Todas las demás glorias de la edad dorada iban desapareciendo paulatinamente (algunas mucho más jóvenes que ella), pero Kate seguía ahí, como esperando. Parecía como si quisiera cerrar el desfile. De hecho esperó a que la otra leyenda viva que aún quedaba, Gregory Peck , falleciese. Diecisiete días después de morir Peck, lo hacía Kate. El gran desfile había terminado.

GUILLERMO BALMORI (julio 2004)