Si hay algo aún más inexplicable que el talento, es la inspiración. Si el primero es escaso y arbitrario, la segunda es esquiva y caprichosa. Martin Scorsese, por acreditado talento, es sin duda uno de los grandes autores cinematográficos vivos, uno de los últimos maestros contemporáneos del cine norteamericano. Por inspiración, por el pulso interno que anima sus últimas películas, sólo se puede decir que no está precisamente en sus horas más altas. A pesar de que la sospechosa maquinaria de Hollywood aún le regala esos presupuestos elefantiásicos que definitivamente le niega a compañeros de generación, como Francis Ford Coppola o Michael Cimino, a pesar de que no ha necesitado constituirse en una mezquina mini-industria de sí mismo como Lucas para plasmar sus propias locuras, Scorsese lleva largos años intentando encontrar la manera de construir esa gran película que haga justicia definitiva a su propia fama. Y bueno, que de paso le dé un saco de Oscars. No lo ha sido “El Aviador” (2004) una vez más. Y tal vez ése sea el problema. Tal vez, lo último que necesita Scorsese a estas alturas sea hacer una “gran” película.

Repasen los primeros veinte minutos de “Malas Calles” (“Mean Streets”), su largometraje de 1973, anterior a su estallido de prestigio y fama. Observen esos títulos de crédito acompañados por el euforizante compás de “Be My Baby” de The Ronettes, canción unida indeleblemente a esta película para muchos de nosotros. Examinen cuánta información a propósito de los personajes contiene esos breves metros de celuloide. Y cuanta recibimos en las cuatro escenas posteriores, breves, simples, casi costumbristas. El claustrofóbico universo de Charlie (Harvey Keitel), los estrechos cauces físicos y morales en los cuales se estanca su vitalidad, quedan definidos en tres trazos precisos. El llamado de la fatalidad final ya resuena intenso al fondo, sin dejar de desplegar el comienzo de una historia pequeña, pero realmente interesante.

Ese interés, en realidad, reside en la maestría de un Scorsese tan escaso en medios materiales como pletórico de inspiración. Por ejemplo, “Malas Calles” es pionera dentro de la filmografía del italoamericano en su uso prodigioso de la banda sonora, de los temas pop no expresamente creados para este largometraje, como parte sustancial de los recursos narrativos. Cuando seguimos a Charlie desde su espalda durante su irrupción en plena fiesta acompañados de los Stones más pop (“Tell Me”, casi tan spectoriano como “Be My Baby”), sabemos que Charlie estará en su salsa sólo por breves instantes. Porque otras cuestiones turbarán su mente. La primera su extraña fijación religiosa, que ya hemos conocido. La otra es que esa bailarina negra le atrae más de lo que le conviene. Pero, sobre todo, le preocupa Johnny Boy (Robert De Niro), un hombre atado en corto a los problemas y que irrumpe acompañado de un “Jumpin' Jack Flash” que define al personaje antes de que realmente haga nada reseñable. Años más tarde “Uno de los Nuestros” llevó todos estos recursos narrativos a la maestría más absoluta. Pero en realidad, ese pulso inconfundible latía ya en este metraje modesto, pero intenso.

“Malas Calles” es un pequeño gran tratado sobre el destino, la fatalidad, la estrechez de la carretera principal y los peligros inevitables que acechan a aquellos que quieren, o no pueden evitar, transitar por las cunetas. Charlie es en definitiva demasiado débil para el lugar que le corresponde habitar. Es débil por esas extrañas y extemporáneas dudas. Pero, sobre todo, es débil porque, desatendiendo el brillante futuro que se le abre en el hampa de la mano de su tío, es incapaz de soltar el lastre emocional que suponen dos inadaptados. En primer lugar, su novia clandestina Teresa, epiléptica y con pequeños sueños vitales que transcienden las Malas Callas en las que han nacido ambos. Y, sobre todo, el primo de ésta, Johnny Boy, un desquiciado kamikaze que “se lo está buscando” a conciencia. Y esa debilidad tendrá un precio al final.

Scorsese ha vuelto a transitar estos lugares, ha vuelto a emplear estos modos y maneras. Y, sin duda, ha triunfado con ellos. De hecho, el costumbrismo de facinerosos es hoy casi un género narrativo en sí mismo. Pero lo que crea esa sensación agridulce a propósito de “Malas Calles” es lo fácil que parecía entonces para Scorsese construir esa sensación de veracidad desde la ficción y lo difícil que le ha resultado en tiempos recientes construir verdad, incluso desde la historia y la biografía. En el tono veraz, e intenso, de “Malas Calles” se percibe un Scorsese despierto, atento, sintonizado con la historia que pretende narrar. Inspirado, en definitiva. Alimentado por un imparable impulso de narrar, cada minuto de “Malas Calles” transpira un aroma de maestría prematura, de madurez anticipada, que no resta ni un ápice de frescura a un largometraje excepcional.

Por eso, ante el hambre que nos está dejando últimamente sentarnos a la otrora opulenta mesa de Scorsese, a veces casi resulta necesario recalentar la cena. Sobre todo, cuando tenemos cosas como “Malas Calles” en la nevera. De alguna manera, este tipo de cosas, nunca se pasan de fecha.

ENRIQUE MARTÍNEZ (Mayo 2005)