Hacía mucho tiempo que no asistía a ese peculiar espectáculo. El silencio de una sala de cine, precisamente cuando ya se puede hablar. Un silencio espeso, un silencio cargado. Cuando finalizó la proyección de “Million Dollar Baby” en la sala no se oía ni respirar. Espectadores noqueados, arrojados indefensos a la lona de su propia butaca por un directo en la boca del estómago. Tremendo. La pegada seca y contundente del mejor cine de Eastwood había obrado ese fenómeno, tan caro de ver. El primero de los profundos silencios, por una vez, el de un servidor. Pocas palabras rondaban en mi cabeza. “Obra maestra”. Y un torbellino de emociones intensas. Aquella película dolía.

Después comencé a elucubrar cosas sueltas. Como la ironía de acordarme de la etiqueta de ultraderechista con la que mucha crítica europea había catalogado a Eastwood durante tantos años. O comenzaba a trazar líneas de continuidad entre ésta y otras obras maestras de uno de mis cineastas favoritos de toda la vida. Volvía a intentar descubrir cuáles son las ideas sobre la vida y la muerte, sobre el bien y el mal, sobre todo en general, del viejo Clint. Una vez más me dije: “olvídalo” . Como ya comenté una vez sobre John Ford, vete a saber. Sólo sé que me parece que estamos ante un hombre honesto, honrado, cabal y sincero. Y un cineasta en iguales términos. Además de un maestro, y tal vez el mejor director americano vivo.

Siempre se habla del clasicismo de Eastwood. Y es lógico que se haga. Una manera prudente, sensata, limpia y depurada de rodar. Con unas escenas a las que se deja respirar, con unos personajes que se mueven más que la propia cámara, que pacientemente les espera. Maestría destilada con paciencia hasta la esencia más pura del acto de narrar. Después de un breve periodo de obras algo menores, tal vez desde “Medianoche en el Jardín del Bien y del Mal” y hasta la irrupción hace dos años de la inconmensurable “Mystic River”, el mismo pulso perfecto que construyó “Sin Perdón”, “Los Puentes de Madison”, “Cazador Blanco Corazón Negro”, “Bird” y otras obras supremas de su madurez, convierte a este último film en uno de sus títulos mayores. Y, sin duda, un clásico instantáneo.

Como todos los grandes títulos de Eastwood “Million Dollar Baby” comienza de una manera y acaba de otra, parece una cosa y en realidad es otra. La perfecta construcción de una maravillosa película de boxeo, del boxeo como metáfora de la vida, sobre la superación, el triunfo y las segundas oportunidades en la vida, sobre la redención de los pecados propios y ajenos, se convierte finalmente en algo diferente. Y aún más importante. Lo que, llegado a un punto, ya había tomado trazas de obra maestra, da un viraje sorprendente sin atisbo de efectismo y abre la puerta a una de las cimas dramáticas del cine moderno. Construido a propósito de la moral y desde la moral, el tramo final de “Million Dollar Baby” es el definitivo golpe al estómago, al corazón y a la conciencia del espectador que produce ese efecto tan devastador.

Inevitablemente, también comencé a pensar en comparaciones odiosas con cierta película reciente en la que está presente la eutanasia. Pero casi mejor, las íbamos dejando de lado. En “Million Dollar Baby” se cuenta una historia de ficción, en la que un personaje le practica la eutanasia a otro, y finalmente desaparece. Desde luego, es una película que plantea cuestiones morales de peso, sobre el bien y el mal, sobre el bien supremo y el mal menor. Sin duda. De lo que uno no está tan seguro es de la visión del autor. Pero aún menos lo está de aquello que el autor nos quiere hacer pensar a nosotros. Tal vez se limite a querer que pensemos sobre esto, con libertad para decidir. Y para que ese espacio de reflexión quede en nuestras manos, Eastwood comienza a realizar el más prodigioso de los ejercicios cinematográficos que uno haya visto en tiempos recientes.

Fijémonos bien en un detalle. En “el” detalle. “Million Dollar Baby” es una de los poco films que recuerdo con un ritmo decreciente en su tramo final. A partir de un punto concreto, de la caída en desgracia de Maggie (Hillary Swank), el ritmo va a menos. La película es cada vez más y más lenta, más y más sencilla. Y sin embargo, es también cada vez más intensa. Hay que estar muy de vuelta de todo, ser un director muy seguro de las propias fuerzas, para no hacer otra cosa que apagar la música (obra propia, además) y bajar completamente al mínimo las luces precisamente en el momento clave, el de la impropia extremaunción practicada sobre Maggie por un atormentado mentor. Cámara discretamente presente y personajes moviéndose y hablando. Hablando muy poco, moviéndose muy poco. Hay que ser decente y sabio para recordar justo entonces que si se ha estado narrando la película con una voz en off durante dos horas, y si el hombre forzado por su destino a cumplir con un difícil deber se precipita inmediatamente después hacia a las sombras para nunca volver, entonces el narrador, para conocer los detalles más íntimos y esenciales de ese momento final, debe haber estado presente allí para verlo.

Por eso, y por tantas cosas, por esa sobriedad y esa decencia, por toda la verdad que contiene esta ficción pura, por el inmenso respeto que muestran por cada uno de los que, posteriormente, tardarán mucho más de lo normal en poderse levantar de la butaca, es por lo que se podría estar horas hablando de “Million Dollar Baby”, del cine de Eastwood, de lo que ésta y otras tantas películas suyas significan y enseñan. Por lo pronto, uno se limita a recomendarla con todas sus fuerzas. Eso sí, no bajen la guardia.

ENRIQUE MARTÍNEZ (febrero 2005)