Tal vez ahora que ha amainado un poco la tormenta y el protagonista comienza a poder levantar la cabeza al calor de su propio gremio, nominación al Goya mediante, convenga exponer mi humilde punto de vista (el mío, no el de Feedback-zine), sobre la agria polémica que ha acompañado al director de cine Julio Médem y a su última película, “La Pelota Vasca”.

Sin ocultar que el tono exagerado de la polémica y de algunos de los ataques recibidos por el director vasco puedan resultarme molestos y claramente criticables, no puedo hacer mas que sumarme al cacofónico coro de sus detractores, interpretando eso sí mi propia partitura y sin ir del todo al compás. Pero en última instancia mi posición con respecto a la película es abiertamente crítica y contraria. No crítica con su propia existencia, porque indudablemente no es la clase de artefacto que merezca ser censurado en un régimen de libertad de opinión y expresión. Pero sí escéptica con su contenido y formas, y con los objetivos que dice pretender.

Debemos indicar en primer lugar mi respeto a aquellos que no quisieron participar, especialmente a los miembros de la Plataforma Basta Ya. Pese a lo que digan algunos, esto no representa una negativa a debatir. Porque lo que es “La Pelota Vasca” no es un debate, sino una sucesión de monólogos o entrevistas entrecortados y montados al gusto de un director - demiurgo, que si bien no crea de la nada el material, sí que está en plena disposición para manejarlo a su antojo. Y comprendo la postura de un Fernando Savater que no está dispuesto a que un claro y beligerante rival ideológico disponga de su palabra enlatada, para recortarla y entresacarla. Quien quiera conocer la fundada y arriesgada opinión de Savater sobre toda la problemática vasca ya sabe donde puede leerla en plena extensión, por ejemplo en El País.

Es más, dudo mucho de que yo mismo quisiera autorizar la publicación de este artículo si supiera que alguien que claramente diverge conmigo fuera a decidir qué partes, en qué orden y en qué contexto sería finalmente publicadas. Es un riesgo de manipulación al que no estoy dispuesto a someterme, y al que tampoco estoy obligado en nombre de ninguna regla democrática. Quien quiera conocer mi opinión ya sabe donde leerla. Y por eso mismo nunca he querido mandar una carta al director sobre este tema a una revista como Rockdelux.

Sin entrar en las opiniones de los propios entrevistados, pues entonces sería imposible dar fin a este artículo, creo que dado que ha sido Médem el protagonista, conviene que abandone la estructura coral de su película y me centre en él mismo como autor, y en este caso en concreto.

Comenzando por el principio debo decir que si hay que acusar a Medem, como se ha hecho, de manipulador, el primer argumento a favor de esta tesis es la propia estructura de la película. La idea de la sucesión de opiniones entrecortadas, respondiendo a preguntas que no podemos oír, mientras en paralelo se dibuja un retrato de la realidad histórica y actual del Pais Vasco, es ya de por sí un mal punto de partida por las razones anteriormente expuestas. Por mal que me caigan ambos personajes (en realidad me caen bastante peor que mal) me cuesta creer que ni Arnaldo Otegi ni Xabier Arzalluz consiguieran articular opiniones más inteligentes que el par de sandeces que suponen toda su delirante aportación al film. Intuyo que son dos personajes que a Médem le caen gordos, y de ahí esa “humillación” que supone oír en frío sus impagables opiniones sobre la influencia de las franquicias mundiales de hamburguesas, de la genética y del grupo sanguíneo en la cultura y el régimen político de un pueblo. La pregunta es: ¿Qué destino le esperaban a los chascarrillos del habitualmente bromista Savater? ¿O las simplificaciones electoralistas del eternamente torpe Carlos Iturgaiz?.

Pero tal vez sea esa “voz” pretendidamente neutra que nos describe la realidad de manera esquiva y poética, la verdadera manipulación de la película. Por contraste con la sobredosis de opinión con cara y ojos, se antoja al espectador como el elemento “objetivo” de la película. Resultando sin embargo tan subjetiva, ideológica y opinada como todo lo que oímos, pero con el peligroso plus del oculto pedestal desde el que predica subliminalmente.

Médem es un nacionalista vasco. Él puede decir que ya no lo es, pero lo cierto es que en su visión de la jugada actual y pasada es un nacionalista. ¿Por qué? Pues porque su visión de la historia pasada y de la realidad presente es la de los nacionalistas. Si ya en el principio de “Vacas” (quiero decir, después del sello de la subvención de la Consejería de Cultura Vasca) se trazaba un continuo histórico entre las guerras carlistas y la Guerra Civil de 1936 según el tradicional relato nacionalista, todo lo demás que nos relata en la nueva película (como el tema de los derogados y antiquísimos Fueros) también. No cabe más que indicar dos falsedades. Primera: la cifra de aceptación de la Constitución de 1978 en el Pais Vasco, que se da aclararlo, no sobre los votos emitidos, sino sobre total del censo. El problema que esto conlleva es obviar que, al igual que el PNV, gente como el ahora converso José María Aznar también pedían la abstención, por lo que interpretar el sentido de un voto no expreso resulta harto dudoso. Y si posteriormente se omite el dato de la posterior aprobación realmente mayoritaria del Estatuto de Autonomía, se cuenta la película a medias. Pues en técnica jurídico-política, el Estatuto, como parte de un todo y como un acto posterior consecuencia del anterior, autoriza por quien lo aprueba con efectos retroactivos el acto anterior y el todo del que es una parte menor. Está claro que al electorado vasco la visualización concreta del nivel de competencias de la nueva autonomía, pudo cambiar el sentido desconfiado de su voto original con respecto a una Constitución tan difusa en estas cuestiones como es ésta.

Segunda: la afirmación falsa de que el PNV ha sido siempre el partido con más apoyo en el País Vasco desde su fundación. Las primeras elecciones autonómicas las ganó el PSOE-PSE, pero cedió la lehendakaritxa a Carlos Garaikotxea, en uno de esos ejercicios de generosidad que siempre se le piden al PSOE. Quizá sería mejor esperar uno equivalente del PNV alguna vez, supongo.

Hay más detalles relevantes. Independientemente de la enorme calidad de la música de Mikel Laboa, su elección resulta significativa. De las dos lenguas que se hablan en el País Vasco, sólo se escucha música cantada en aquella que habla, como primera lengua, un porcentaje menor de la población. Asimismo y hasta la emocionante apelación de Bernardo Atxaga a la “ciudad vasca”, el paisaje de fondo que se ofrece es siempre rural y casi despoblado. Y en un país de geografía tan radicalmente diversa como España, de Toledo para abajo, y frente a la desagradable uniformidad de todos los suburbios obreros, esos paisajes son de otro planeta. De los deportes practicados en el País Vasco se referencia la pelota, no el más practicado fútbol. De la Guerra Civil no se explica el alineamiento de la reclamada Navarra y de la integrada Álava con el bando “nacional”. Y así, con los recortes de Orson Welles, con el énfasis en el folclore más propio en detrimento de una exposición de la parte más moderna (y por tanto intercambiable) de la vida cotidiana de los vascos (quiero decir que la gente come Corn Flakes y María Fontaneda todos los días y las fiestas típicas suelen ser sólo una vez al año), y otra serie de elementos, se introduce la tesis secreta de la película.

La tesis es que el País Vasco es, con claridad y sin discusión posible (porque no es un tema discutido en la película) un ente diferente al resto de España, poblada por gente muy diferente al resto de españoles. Y como consecuencia lógica, la violencia de ETA es un asunto interno de los vascos, que sólo debe ser resuelto mediante el diálogo entre ellos. Por eso las únicas víctimas del terrorismo que tienen presencia real son vascas. Y por eso, llegado el punto de ofrecer la tensión entre cuerpos y fuerzas de seguridad y terroristas, y asimismo mostrar los múltiples y desiguales dramas que produce un atentado (en un montaje paralelo que ya de por sí resulta discutible moralmente) estamos ante un Ertzaina y nunca ante un Guardia Civil, Militar o Policía Nacional. Cuerpo policial este último cuya única presencia en la película reside en el relato de las torturas que cuenta esa chica, a la que a su vez no se somete a un montaje paralelo con una viuda llorando al lado de los restos humeantes y sanguinolentos de lo que, antes entero, fuera su marido picoleto. Y sin duda esas imágenes de archivo deben ser más fáciles de obtener que las de Orson Welles afirmando, poco menos, que los vascos son unos marcianos.

Esa tesis de la absoluta diferencia entre España y el País Vasco es la que vota una mitad del censo vasco. Y es un punto de vista. Respetable, más o menos (cuando se habla de cromosomas yo creo que no tanto), pero no deja de ser una opinión que Médem introduce de soslayo y que marca completamente la película. Yo creo que lo hace casi sin darse cuenta y sin mala leche, pues tiene tan asimilada esa visión, tan interiorizada, que la confunde con la verdad objetiva, con la información necesaria pero no tendenciosa que se debe ofrecer para enmarcar las opiniones en su “debido contexto”.

No se puede menos que decir que ese discurso ha sido un verdadero “pensamiento único” en los últimos veinte años hasta la segunda legislatura del PP, interiorizado también por mucha de la izquierda que, sin embargo, se declara a si misma no nacionalista. Los mitos históricos y los tópicos de los nacionalismos periféricos, tal vez por el cariño que produjo ese roce en los estrechos márgenes de la lucha antifranquista, han sido dogmas de fe indiscutidos. Mostrados siempre incluso como más progresistas que los del nacionalismo español, sin que uno (que ha vivido bajo Gobiernos enmarcados en ambas tendencias) les vea mucha más diferencia hoy por hoy que el tamaño de lo que pretenden describir, definir y finalmente gobernar, moldeándolo a su imagen y semejanza.

Médem, enamorado del irracionalismo y del pensamiento mágico, de lo sentimental y de la interpretación machaconamente simbólica de la realidad (y a su filmografía me remito), es lógico que además de por antecedentes familiares (entrevista en El Periódico de Catalunya del jueves 11 de diciembre de 2003) se adhiera por convicción y referentes culturales a estos postulados. Y así, sintomáticas de su verdadero punto de vista resultan dos cuestiones sangrantes sobre la película y sus motivos. La primera la ausencia de cualquier referencia a la existencia de Basta Ya, y sobre todo a las masivas manifestaciones contra el secuestro de Miguel Angel Blanco y preguntas sobre las razones de la ruptura del pacto de Ajuria Enea.

Y la segunda el origen confeso de la película. El hecho de que afirme haberse sentido empujado a hacer esta película a raíz de los ataques al PNV (que él confunde con “lo vasco” para variar) en las últimas elecciones autonómicas vascas. Y consecuencia lógica de que no se sintió así antes, cuando los muertos inocentes iban apilándose a ritmo casi industrial sobre esa utópica mesa de negociación, obstaculizando sin duda la visión de la otra parte una vez sentados, llegado el caso.

Dado el crispado estado de las cosas, y habiendo tomado claramente partido, Médem (cuya valentía sin duda aplaudo) debe asumir que será criticado. El grado de censura que ha sufrido no creo que sea superior al que opiniones como la mía pueden encontrar en Euskal Telebista o Gara, puede que incluso en TV3. Su película anuncia ufana su propia financiación: nuevamente la Consejería de Cultura Vasca y el Grupo Sogecable. Por lo tanto la ausencia de pluralidad que tanto lo abruma no debe ser tanta, cuando ha obtenido la financiación del mayor grupo mediático de este país y yo tranquilamente he podido ver la película dos veces en salas comerciales. Y los exabruptos de algunos, comparándolo incluso con Leni Reifenshal (tal vez mejor directora y seguro peor persona) son parte del lamentable folclore dialéctico del asunto más negro que asola a este país. Un asunto que está deteriorando la convivencia y la libertad de este país, que está tensando los frágiles límites de una democracia tan mediocre como cualquiera de las de su entorno. Un más que lamentable asunto en el que algunos son llamados, con toda la intención del mundo, la “Brunete mediática” por aquellos mismos que van de espectadores a los Tribunales de Justicia con un paraguas cerrado, que usan cual batuta no tan improvisada, para dirigir un aún menos imprivisado coro de patriotas, como si de Herbert von Karajan (por cierto, otro presunto nazi) se tratara.

Por segunda vez en la filmografía de Julio Médem, después del sello de la Consejería de Cultura Vasca, se nos cuenta esta misma historia. Y la verdad es que son entretenidas (que no divertidas) estas películas.

ENRIQUE MARTÍNEZ