(WINSLOW LAB, 2003)

El debut en solitario de Ainara LeGardon, vocalista de Onion, será celebrado, (o al menos así debería serlo) entre lo mejorcito del año cuando llegue el momento. Nos sorprende con un disco verdaderamente intimista, intenso y desnudo, que ofrece un catálogo de emociones servidas en crudo, con canciones desprovistas de artificio, que incluso parecen provenir de manera directa de la habitación en la que probablemente fueron creadas.

La excelente producción de Chris Eckman (The Walkabouts) le sienta como un guante a las letras. Con escasos elementos pero estratégicamente colocados, dando “aire” al sonido, con una muy medida presencia de la percusión, con pocos pero escogidos momentos de énfasis, consigue crear una emocionante sensación de intimidad, casi de secretismo, que las canciones parecen reclamar. Mientras, Ainara entona unas letras (la totalidad de ellas en Inglés) que parecen provenir todas de un mismo lugar y motivo: de una relación sentimental muerta, pero cuyo cadáver aún permanece caliente. “Flash-Backs”, recuerdos de instantes vividos en compañía, se entremezclan sin verdadero orden con ataques de lucidez en los que se descubren las claves de la deriva posterior (“todo comenzó cuando mi fe se hizo más fuerte que las palabras que decías / cuando alcancé ese punto de no retorno”). Del mismo modo desordenado en que cualquiera de nosotros en estos casos sale de la confusión a la lucidez y de ahí a la rabia y vuelta a empezar. Reproches, tonos de confrontación, un intenso y casi violento diálogo abierto (pero sin respuesta) con el ausente.

Por momentos la crudeza la cuestión tratada, la evidencia de la misma que transmite ese sonido, hace que uno pueda llegar a sentirse incluso como un intruso en esa habitación, como un malsano mirón de intimidades ajenas. Ecos de los momentos más falsamente plácidos de P.J. Harvey, o del “Gentlemen” de los Afghan Whigs, se pueden palpar en un disco que trata, como aquellos, del amor como enfermedad u obsesión malsana, como veneno tan adictivo como autodestructivo.

Folk-rock, country-rock, pop, todos los recursos estilísticos habituales en la canción “de autor” de los últimos diez años, consiguen hacerse ver aquí como meros instrumentos al servicio de las necesidades de la autora. Un disco, al igual que la emoción que retrata y disecciona, malsanamente adictivo. Esa clase de veneno tan contraindicado como necesario.

ENRIQUE MARTÍNEZ