(Kanzleramt, 2002)

Techno is dead: lo dicen Ural 13 Diktators, lo dice Grado 33 y lo dice DJ Hell. Pero aunque lo dijese solamente mi abuela, eso es algo que está en el aire. Sin que nos hayamos dado cuenta, se ha producido un cambio generacional y la música de baile de los 90 (esto es: techno, house y drum´n bass) ha desaparecido del mapa completamente. ¿El motivo? La reaparición del anacrónico concepto de "canción" frente al mucho más estimulante y efervescente modus operandi de la generación Tresor: la de producir ritmos para el Dj, la investigación rítmica, el anonimato y el baile nihilista. Gigolo & imitadores han finiquitado la época en que los mejores productores aparecían en las fotos con camisetas y gorras de baseball, en que la gente no sabía lo que bailaba y en que El Pais de las Tentaciones hablaba de Suede pero no de Oscar Mulero. Como ya os contamos en otro lugar, esto del electroklash, para bien o para mal, ha sido un vendaval que se ha llevado por delante la forma de creación musical (el techno) más apasionante de los últimos 15 años. Lo que poca gente sabe es que incluso Miss Kittin o Felix siguen pinchando a Surgeon y Gary Martín en sus sesiones, y que las mentes verdaderamente lúcidas del electroklash (Carretta, Fixmer, Cohn, Legowelt) son plenamente conscientes de que todo, absolutamente todo, se lo deben al techno de los 90.

En el actual status quo, en que incluso Isolee, Losoul o Akufen parecen dinosaurios de otra época, comentar un disco de techno canónico parece algo así como reseñar la retrospectiva de Beat Happening: obligada conmemoración histórica, pero escasamente productivo para afrontar el presente. Anyway, tengo 27 años y asumo que estoy demodé, pero prefiero cualquier cosa de Christian Wunsch o Portion Reform a los últimos superhits del Ultraschall. Supongo que tendré que esperar a los 35 para ver el merecido revival de Regis y Joey Beltram, pero no por ello voy a dejar de seguir erre que erre con mi afición al techno no ya pre-Kittin, sino directamente pre- No Future. Y para los makinetas como yo, que se mantienen incólumes en su desfasada afición por el rollo Sonar y que gustan más de Fine Audio que de Ipfach Audio, el Kowalski es algo así como el último gurú de esta mortecina escena.

Recuerdo cuando, hipnotizado por los cantos de sirena de Fischerspooner y Green Velvet, escuché por primera vez "Speaker Attack", y pensaba que este disco sería una cantera de superhits estilo 2002 escasamente ligados a Umek y Oliver Ho. Por ello, una vez me hice con el disco completo, lo desprecié por carecer de otros himnos igualmente pinchables al Munich-style. Sin embargo, pasado un tiempo, y gracias a mentes mucho menos prejuiciosas que la mía, lo escuché de nuevo y me encontré con el productor de techno más deslumbrante que haya aparecido en esta década. "Speaker Attack" es un himno para DJ Hell y The Hacker, pero el resto del disco (mil veces más valioso) es una de las más sobrecogedoras muestras de four to the floor de los últimos años. Kowalski es del tipo de persona que ha crecido no con Front 242 o Depeche Mode, sino directamente con Detroit, Basic Channel y Kompakt. Y eso es lo que convierte su música en algo tan estimulante: su complicidad absoluta con el sonido techno, su capacidad para enmudecer y emocionar sin referencias a nada anterior a 1994. O sea, que Kowalski es el tipo de persona que es capaz de manejar el lenguaje techno (la abstracción, la repetición, el ritmo, el marasmo, la hipnosis) para hipnotizar y conmover, consciente de que incluso prescindiendo de cualquier atisbo de melodía se pueden facturar obras tan hermosas como la que nos ocupa.

No sabría muy bien decir por qué, pero este productor me emociona más que cualquiera de Tresor. Con un pie en le cósmico paisajismo de Detroit y otro en el preciosismo tímbrico de Colonia, Kowalski ha producido un disco-para-la-pista que pese a su aparente sencillez (no esperes encontrar aquí las sofisticaciones de Uursitalo, Akufen o Monolake) encierra mil lecturas, mil emociones, en un ejercicio hagiográfico de revisionismo que quizás no aporte nada verdaderamente nuevo, pero que al menos ofrece una lectura perfectísima de lo que el techno siempre ha sido. ¿Eres de los que has entrado en la electrónica gracias al Mills más paisajístico? Pues he aquí "The lost Chamber" o "Along" para atraparte de nuevo. ¿Embrujado por los loops vocales del "Voices of Africa ep" de Umek? Escucha "Stranger than Black" y enamórate de este disco. ¿Lo tuyo es Basic Channel y Wolfgang Voigt? "Expresión" te mostrará que con una base cuidadísima a todos los niveles (estructura, ritmo, timbre) y un loop adecuado, te puedes emocionar tanto como con Aretha Franklin ( y no lo digo gratuitamente). ¿Buscas líneas de bajo igual de pegadizas que las de Samuel L. Session y The Youngsters? El inefable "Speaker Attack" se convertirá en una de las piedras de toque de tus sesiones favoritas. Sin duda el mejor disco publicado por el magnífico sello Kanzelramt (capitaneado por el divo Heiko Laux) y rubricado por un pimpollo de 24 años que ha mamado y amado el techno desde su nacimiento, para bien o para mal éste es un disco "de género" que no interesará nada a los que no gusten de dicho estilo, pero que a los techfreaks militantes nos devuelve la fé en un género crepuscular (en tan solo 10 años) que no necesita subterfugios retro ni salidas por la tangente conceptuales para llegar más allá de sus propias fronteras. "Progress" no es un ejercicio de invención, acaso tampoco de reinvención, pero sí que lo es de continuación.

No hay mucho más que decir sobre "Progress", ni sobre el resto de producciones de Kowalski como el maravilloso "Echoes": son discos de otro tiempo (hace apenas tres años) producidos con cariño, entrega y talento, perfeccionistas y sólo explicables por si mismos. Abstracto y aventurero, clásico y rematadamente perfecto, este disco sólo satisfará a aquellos que compartan sus referentes históricos. Sitúa a Alexander Kowalski junto a otros segundones intachables como Pacou, Iñigo Kennedy, Christian Morgernstein o Andrew Richley, sólo que un par de peldaños por encima de ellos, y baila sin remordimientos el sonido de un tiempo extinto, la música de lo que creímos el futuro, los sonidos inmarchitables y tal vez superados (al menos hasta su obvio revival) del MDMA, las discotecas en la periferia y la época en la que el techno no eran canciones sino, tan sólo, música.

f_mandarine@iglu