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Después de que la
muerte de Alexander "Skip" Spence, en abril de 1999,
coincidiese con la reedición más publicitada y cuidada de
su clásico de culto "Oar" (que se acompaña
de la publicación de un disco-homenaje a su persona, por medio
de la interpretación de todo este disco por algunos de los personajes
más importantes del rock actual, y en algunos casos, del de todos
los tiempos), es ya tiempo de confirmar que Spence es uno de los personajes
más desafortunados de la historia del rock. Y también de
analizar la dimensión real de su más venerada obra.
La historia, a estas alturas,
debe de ser de todos conocida: batería original de Jefferson
Airplane, se une a Moby Grape para completar una de las formaciones
más prometedoras de la escena de la Costa Oeste de finales de los
sesenta. Después de publicar una obra maestra como debut, los Grape
sufren los irreparables errores de un mánager tan sinvergüenza
como negligente, y los experimentos de "marketing" que
Columbia decide realizar con ellos, convencida de su irremediable éxito
(publicación simultánea de cinco sencillos para promocionarlo,
por ejemplo). Spence no llega a la grabación del tercer L.P: el
ácido (como a otros muchos) hace estallar violentamente su latente
esquizofrenia, y debe ser ingresado en un psiquiátrico.
Spence se había
mostrado como el compositor más interesante y heterodoxo de los
Grape (un grupo en el que todos escribían canciones de nivel excepcional),
y quizás el mejor. Cuando sale del hospital, todo ha cambiado:
su esposa le ha abandonado, y las posibilidades de retornar a unos, cada
vez más desgraciados Grape, se esfuman. Pese a todo, consigue que
el productor de los Grape, David Rubinson le financie unas sesiones
en Nashville para grabar (tocando el mismo todos los instrumentos) aquello
que le viniese en gana; eso sí, con un calendario muy escaso. El
producto seleccionado de esas sesiones fue publicado en 1969 por Columbia
bajo el título de "Oar", y se convirtió
en un disco de culto, un favorito de la crítica desde el momento
de su publicación, aunque tan sólo vendiese setecientas
copias en su momento.
Ahora se nos presenta en
su reedición más cuidada, una auténtica maravilla
en ese sentido. Viene acompañado por un inabarcable libreto, que
contiene una biografía de Spence, una narración de las sesiones,
las notas originales que acompañaban a la primera edición,
y la crítica laudatoria de Greil Marcus para el "Rolling
Stone" de septiembre del 69. Y, sobre todo, el contenido original
consistente en doce cortes se amplía hasta un total de veintidós:
la practica integridad de las sesiones de grabación, sin importar
el acabado de las canciones.
Si un amplio colectivo
de la crítica ha alabado sin moderación este disco, se debe
a la libertad con la que fue elaborado; y a su carácter confesional.
Pero debemos tener claro que de las ataduras de las cuales se muestra
libre aquí el autor no son tanto las de los imperativos comerciales
(a las cuales no creo que se plegase nunca un tipo con la personalidad
tan desquiciada como la que mostró Spence desde el principio),
como las del sentido común: Spence no se había curado cuando
realizo este disco. La esquizofrenia se palpa, no sólo en la extravagancia
de algunos de los desarrollos de los temas, sino sobre todo en las más
convencionales baladas "country", porque su capacidad
para alterar la propia voz llega a tales extremos, que resulta imposible
identificar al cantante de este disco con el "Skip" Spence que
entona sus aportaciones a los discos de los Grape.
En lo que sí que
no puede haber discusión es en la absoluta fidelidad con la que
"Oar" refleja el estado mental y sentimental de
su autor; en esto hay pocos discos que se le acerquen. Cuando trata su
situación sentimental, no introduce ni metáforas, ni ejercicios
de estilo: es puramente descriptivo. Y todas las extravagancias que lo
pueblan no tienen doble lectura posible: jamás volvería
a necesitar LSD para tener un "trip". Acompañándolo
de las letras, el disco confirma su perfección inalcanzable en
este campo.
Se debe aclarar que, para
un servidor al menos, Spence era un genio, poseedor de un talento descomunal.
En consecuencia, y aunque lo mejor de su obra no está incluido
aquí, el "núcleo duro" de "Oar"
está repleto de excelentes momentos de música, convencional
o no. E incluso en los inéditos que ahora figuran como "Extra
Oar" (tan rudimentarios que consisten de una sola voz, bajo
y batería), se puede apreciar que algunas llegarían a ser
enormes canciones, en su estilo. Pero también está poblado
de incongruencias, sin un sentido asequible a nadie que no sea el propio
"Skip".
Por lo tanto para recomendar,
como hago, la escucha de "Oar", uno debe aportar
un "manual de instrucciones": primero se debe disfrutar
de los clásicos de los Moby Grape (un grupo que es de los
pocos de su época cuyas reuniones resultan sustanciosas); un buen
sistema es la impagable recopilación de Columbia/Legacy "Vintage"
(que sí es bastante asequible en lo monetario). Y quizás
escuchar primero "More Oar" (al cual le tengo
unas ganas locas de hincarle el diente), el tributo antes indicado: el
"casting" realizado, tanto a la hora de elegir a los
"actores" (Tom Waits, Robert Plant, Jay Farrar, Greg
Dulli, Mark Lanegan, Beck, etc.), como de repartir entre ellos las
canciones, se antoja perfecto (sólo pensar en Waits entonando la
muy apropiada "Book Of Moses", pone la carne de gallina),
y sus reinterpretaciones, se prevén más convencionales.
Así es fácil
que al oyente le ocurra lo que, casi siempre, termina sucediendo: que
por alguna extraña clase de encanto que posee "Oar",
termina ingresando en tu lista de favoritos, apoyado en el inigualable
talento de Alexander Spence.
ENRIQUE MARTINEZ
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