( BARYON RECORDS/LUNAR DISCOS , 2006)

A veces uno cae en pensar que no debe haber ya más margen de maniobra, que a estas alturas de la película escribir canciones de rock de raíces robustas según el canon eterno, debe haber devenido en un ejercicio inútil y vacío de sentido, condenado al fracaso. Porque, pensemos un poco, ¿cuántas canciones hemos oído en nuestra vida?. No me refiero a cualquier clase de canción, sino aquellas que responden al arquetipo creativo y casi visual del tipo encerrado en sí mism, aferrado a una guitarra, intentando encontrar la manera de atar estribillo y estrofa, contar una historia de manera más o menos clara. Darle carpetazo en menos de cuatro minutos, poniéndole siempre una vela de improbables efectos milagrosos a los maestros más reconocidos y típicos. Si llevamos así casi ya cien años, recogiendo esas mismas canciones en soporte grabado y además reclamando su producción a ritmo y métodos industriales para lo que no puede ser nunca más que una artesanía, ¿queda entonces, de verdad, margen para algo más?

Curiosamente, en la mayoría de los casos son los discos que más se ajustan y asumen estos condicionantes, los que mejor defienden las posibilidades que todavía encierran y que, probablemente, encerrarán toda la vida. El disco del que hablamos, se inserta como un humilde eslabón en la cadena, un eslabón que ocupa el lugar que por época le corresponde, pero que no oculta su origen. Abriendo con un tema excepcional, una canción perfecta a la vieja usanza del rock americano de toda la vida, la homónima “Tell it to the Dust”, que desde su estribillo memorable se precipita a un extenso coda que suda y desborda electricidad en la escuela Crazy Horse, las cartas se ponen encima de la mesa. Medios tiempos parsimoniosos como “Goodbye Friend” o más dinámicos como “So It Goes”, que también parecen empapados de esa misma nostalgia, con melodías de pura Costa Oeste, pero instrumentaciones vigorosas y actitud rockera, trazan una continuidad evidente con el Nuevo Rock Americano de principios de los años ochenta, con esos discos de Rain Parade, primeros R.E.M, los Violent Femmes más convencionales, los Long Ryders y Jason & The Scorchers, etc.

Ahora se le llama “Americana”, y puede venir con un acento country más marcado, pero esta escuela que concibe el rock como un afortunado injerto, como un transplante desde la agreste América rural al cemento de la ciudad, es algo que viene de antes. Y siempre ha tenido una poderosa capacidad para expresar lo más elemental con nitidez y capacidad para conmover. Es evidente que Jens Parker, un relativo veterano que lleva tiempo intentando romper la barrera del reconocimiento, maneja más registros y referentes que los que pudieran manejar las bandas de principios de los ochenta; entre otros, esas propias bandas. Y que el zumbido eléctrico como puerta a un estado de trance le toca la fibra y le lleva a explorar terrenos incandescentes en “Into The Sun” o “Doornail”, el desbocado cierre del disco. Pero también se nota que se encuentra cada vez más cómodo limpiando sus melodías, dejando entrever una querencia por el pop recogido, muchas veces construido directamente en un piano que parece tocado en un bar vacío, con el ánimo cargado de alcohol y recuerdos. Y así si “Something New” la instrumentación por momentos se hace notar, “Innocents”, “Don’t Worry Honey, Everything’s Gonna Be Alright”, “Go Alone”, “Feel The Same”, o la memorable y resignada “You Keep Me Hangin’ On” se exhiben desnudas, delicadas y encantadoras.

Con John Agnello a los mandos, proveyendo ese sonido nítido, seco y contundente que le caracteriza, y con la colaboración puntual de Jay Farrar, lo que no hace más que resaltar la conexión que tiene esta música con los Uncle Tupelo más maduros, los Son Volt menos oscuros y los Wilco más directos, Parker asume el papel de multiinstrumentista y autor en solitario. Y así discurre un disco que termina por encontrar su razón de ser en la conexión que, sin remedio si se le presta la mínima atención, termina por crear contigo. Sin aportar más que un nuevo puñado de canciones penetrantes, emotivas y vigorosas. Sin aportar nada menos que otros doce nuevos motivos más para creer que el formato no se agota. Tal vez porque no deja de ser un recipiente amplio y vacío, y lo que cuenta de verdad sean esas otras cosas que le puedan dotar de valor. Y esas cosas, que no creo que hace falta que te diga cuáles son, están aquí.

ENRIQUE MARTÍNEZ (Junio 2006)