( Secretly Canadian , 2005)

Hubo un tiempo, y tampoco hace tanto, en el que se mutilaban a verdaderos seres humanos, buscando con ello una sonoridad especial en el timbre de su voz, dotado así de una angélica cualidad que sin embargo tenía su origen en ese pecado de lesa humanidad. Ya sabes, los infame “castrati”. A veces uno se levanta optimista, y tal vez por no andar demasiado atento, llega a creer que la humanidad progresa a trancas y barrancas. Pero también que ciertos vicios, de un modo más vergonzante, perduran. Por eso, cuando comencé a leer sobre Antony Hegarty, algunas cosas me empezaron a escamar. Esa criatura de imposible ambigüedad, esa biografía de tormento infinito, una atención “moderna” que tenía cierto aroma a explotación de lo singular con ánimo de lucro, de atracción circense para alimentar conciencias bienpensantes. Lo confieso todo: uno ha visto “Freaks” de Todd Browning, desconfía de algunas muestras de “tolerancia” aparente, tiene una cierta mala conciencia, tiene tal vez demasiada mala leche. Y sobre todo, está algo escarmentado de engañifas varias.

Así que “con la calma” , esperando a ver que decían fuentes verdaderamente fiables al respecto. Y aguardando impaciente esa prueba de fuego que venía que ni pintada: recital bajo techo en el Primavera Sound. Llegado el día, propósito de enmienda. Sí, por una vez, sí. Estremecimiento completo y epifanía. ¿Tan bueno como decían? No, mejor. Más sobrio, más intenso, menos afectado, más real. Y sobre todo, hermoso y conmovedor. Dotada con una universalidad emocional que desmentía cualquier rastro de sospecha, la música de ANTONY AND THE JOHNSONS aquella tarde era aún mucho más de lo que pareció. El lunes siguiente, el disco ya estaba en rotación obsesiva en mi CD. Y ahí sigue.

Es verdad lo que siempre dicen de la voz de ANTONY, que debe ser oída para ser creída. Porque es uno de esos instrumentos sobrenaturales nacidos para el contacto y despliegue de lo sublime. Dotada de un vibrato tan estremecido como estremecedor, primo hermano de los de Nina Simone o Aaron Neville, heredera de la grandeza de las voces eternas, es tal vez la mejor voz blanca surgida desde Jeff Buckley. La música de “I am Bird Now”, de clasicismo bien entendido, está preñada de emociones genuinas, en las que la tragedia vital, la condena del propio ANTONY a buscar un lugar en un mundo hostil, es transcendida por completo. Y no sólo su propia experiencia personal, y la de otros como él, sino que en realidad, esta obra esconde el secreto de esa desnuda humanidad imprescindible para hacer una obra eterna.

El repertorio de este segundo largo, algo irregular en realidad, pues oscila entre lo sublime y lo soberbio, es puro canon de la mejor música dramática popular. Se compone de “torch ballads” al piano bañadas por soberbios arreglos de cuerda, discretos y perfectamente emplazados (“Man is the Baby”, “Spiralling”, “Bird Guhrl”), de referencias a una negritud que entre el gospel (“Hope There's Someone”) y el soul (una increíble “Fistful Of Love”, clásico instantáneo), alimenta una espiritualidad palpable. Y, finalmente, saca lo mejor de sus ilustres invitados: Boy George, Rufus Wainwright, Lou Reed y Devendra Barnhart. Con todos estos elementos en su sitio, transmitiendo ciertas sensaciones que hacía años que no producía ningún disco, “I Am A Bird Now” ha nacido para la eternidad.

Aunque en realidad, más allá de este disco en concreto, siempre volveremos a lo mismo, al inevitable punto de partida: a la voz de ANTONY. No sé como expresarla. Tal vez tú recuerdes esa canción eterna de Van Morrison, “Caravan”. En un momento determinado, maniaco, poseído y obsesivo, The Man lo explicó a la perfección con tanto de palabras como de inefables intensidades. Haz memoria. Esa voz, ya sabes, “It's got soul, it's got soul” . Alma. Tanta alma, que no puede evitar rellenar los vacíos de la tuya. Aunque ni tú mismo te acordases ya de que esos agujeros estaban allí.

ENRIQUE MARTÍNEZ (Agosto 2005)