( Jabalina Musica, 2004 )

A Marco Maril, la persona que respira tras la careta de APENINO, le ocurre lo que a tantos otros: desde que se terminó la adolescencia, lleva siendo “adulto” a regañadientes, prácticamente lo mínimo y necesario para ir tirando. Su alma no está aun equipada del cinismo de la supervivencia, las armas de depredador laboral y social ni tampoco del “mejor miro a otro lado y aquí no pasó nada” , que se le presupone a uno de esos jóvenes triunfadores que pululan por ahí para, ejem, “triunfar”. Como le sucede a tantos otros también, carece del descaro o valor de enfrentarse a todo ello y la opción del sarcasmo y la ironía también ha sido descartada hace tiempo por una cuestión de carácter. Por lo tanto, casi lo único que le queda es retornar a la madriguera adolescente de la habitación en la que poder diseñar un mundo a medida, reflexionar sobre sus traumas, recrearse sobre sus sensaciones y dedicarse en cuerpo y alma a lo que de verdad importa. Ya saben esas pequeñas cosas que, quienes gozan de los “extras “de su edad y su tiempo, suelen desechar en favor de metas “mayores”.

“Bumerán, Bumerán” es un título que viene del prominente empleo del efecto delay en el disco, pero también admite una segunda lectura que es la de lanzar algo y luego ver como llega trasformado de nuevo a las manos que lo lanzaron. Quizá críticas como ésta tengan ese efecto y parte de la vida de quien las escribe se vuelque en el análisis de un disco que, se abre y cierra con dos temas de la época de Dar Ful Ful que Marco retomó en clave Apenino. Por un lado “Pablo Miente”, atmosférica recreación del eterno conflicto post-adolescente de quien se encierra en sí mismo y no logra afrontar la realidad y, por otro, “Mapa” un auténtico nudo en la garganta expulsado en forma de canción bajo mínimos, llena de desesperados autoreproches a corazón abierto con líneas como “Soy un cobarde, no tengo sangre, para enfrentarme, para escaparme”.

Las dos canciones citadas cuentan con una característica quietud y esos mantos de delay a lo Durruti Column, que se repiten a lo largo del disco en un constante baño de oscuridad. Sumados a esa sutil y arriesgadísima instrumentación tendente al minimalismo, la cada vez más acusada tendencia narrativa y ese sugerente detallismo indietrónico, le da un barniz de introvertida fantasía a un listado de canciones que, de tan reales y emotivas, logran enternecer al oyente completamente. Ahí está, citando unas cuantas, el joven que se relame en el amor recién saboreado y temeroso de perderlo de “Moonriver y yo”, la exaltación del amor-dependencia de la pareja en “El aire de nuestra galaxia” o el emotivo recuerdo de esa pareja en el momento preciso (“De viaje sin ti”). Todo ello sin olvidar el que, en mi opinión, es el mejor tema del disco, la preciosa “Lejos de ti” cuyos versos “A visitar tu casa volveré y allí por siempre esperaré / que el tiempo rompa y crezcan diamantes / en estos ojos que aún quieren salvarse / lejos de ti” son de sentir como un ligero estremecimiento sube por todo tu cuerpo.

Decía mi amiga virtual (una de esas extrañas amistades de messenger que nunca le has visto la cara) que, cuando tocó Apenino el pasado año en A Coruña de, tan emocionada, le dieron ganas de subir al escenario para darle un abrazo a Marco, pese a que su concierto fuera bastante desastroso, y el comportamiento de un público de gallinero completamente irrespetuoso. Ahora con este disco (de iniciales escuchas anodinas, siguientes reveladoras y finales completamente mágicas) de quien es ya una referencia de culto del pop nacional, me comentaba mi amiga que su mayor deseo era poderlo ver en directo en un sitio más adecuado, solo con la gente que está allí a lo que hay que estar, aunque fuéramos veinte. Pues ya está. Ahora toca el mío: por favor, que alguien le pase este disco a Julio Medem.

JAVIER BECERRA (febrero 2005)