(Ocean music - Moonpalace, 2004)

Los amantes de las emociones cocinadas a fuego lento, el pop de dormitorio y la parsimonia sublimada, tienen en BARZIN un nuevo motivo para, tras el correspondiente desembolso de euros, hacerle un hueco en la estantería sentimental a esta grata sorpresa llegada de la mano de la rama distribuidora del sello Moonpalace.

Originalmente editado en 2003 para el pequeño label Ocean Music, este debut trío canadiense es un precioso tratado de ese pop que juega con el ralentí, los claroscuros y las sutilezas. Próximos a THE ZEPHYRS en su inclinación country, colindantes a TRAM en su árida y suave versión del slowcore y con multitud de tics que los pudieran relacionar con MOJAVE 3, LOW, COASTAL o L´ALTRA, los ocho temas aquí incluidos incitan al lenguaje poético y la retahila de clásicas imágenes para su descripción. Es decir, que por los caminos de las habitaciones de luz tenue, los tonos sepia y las hojas del otoño discurren sus composiciones, sus pensamientos y sus confesiones. Así, entre líneas llenas de besos rogados para labios vacíos como en la hermosísima “Pale Blue eyes” y sueños rotos de personas a las que se les ha escapado la juventud en esa emocionante “Builing a House” pero que, sin embargo su madurez no logra disipar esas eternas dudas sobre lo que le deparará mañana a un corazón lleno de telarañas en “Mornig Doubts”, este disco toma cuerpo, se erige y va directamente hacía los hilos de la complicidad de los que aman esta manera de acariciar el pop. Para ellos y nadie más, me atrevería a decir, está diseñado este disco. Porque, en efecto, BARZIN, en su monotemática particular, se limitan a seguir extrayendo jugo a la misma melancolía y aflicción que algunos quieren escuchar toda su vida, mientras ésta no se presente de otra manera.

Así de sinceros lo dicen, ya bordeando el final, en “Autumm and moon”: “Es la misma canción / Siempre la misma canción / y tú te buscas a ti mismo / esperando en la ventana / con toda esta música / en tus brazos” . Luego, la instrumental “Sleep” cierra el disco a modo catarsis silenciosa y pone la última escena a esa noche en la que el personaje intenta reordenar su vida, fijar en ella puntos de destino y darse alguna esperanza de cambio con la escasa convicción de esa experiencia que dice que mañana, quizá, vuelva todo a ser lo mismo. El dolor sin violencia, la tristeza sin llanto y un corazón que quiere que lo llenen de besos, pero que no sabe cómo. Mientras los años pasan, la mirada se vuelve más melancólica y la soledad es cada vez más grande. La tibia desesperanza de la que salen discos tan bonitos y sentidos como éste que el abajo firmante recomienda de todo corazón.

JAVIER BECERRA (julio 2004)