 
(Go-Beat, 2003)
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Ahora que el Trip Hop
es un género en vías de quedar definitivamente proscrito
por aquellos que antaño lo encumbraron, de una manera sigilosa
y casi de incógnito, su voz más exquisita, en colaboración
con Paul Webb (ex-bajista de Talk Talk), y con alguna ayuda ocasional
de Adrian Utley de PORTISHEAD, crea uno de los mejores discos del
año. Un disco clásico en formas e intenciones, de belleza
otoñal, ocre y pesada carga sentimental. Que salvo en el cubista
"collage" de "Rustin Man", parece no albergar
aparentemente ningún tipo de ambiciones estéticas, más
allá de servir a las canciones y a la voz que las interpreta de
manera soberbia de la manera más hermosa y conmovedora posible.
Tal vez sea por ello el mejor disco al que jamás haya prestado
su versátil voz Beth Gibbons. Los elementos en juego son
aparentemente escasos, simples y casi en desuso. Pero no es así
en realidad. Es verdad que el menú lo conforman folk delicado,
soul, jazz, pop del más sofisticado, pero, en verdad, estamos ante
un clasicismo de formas, maneras e intenciones digno de la mayor admiración.
Y que probablemente (esto sólo el tiempo lo puede decir) haya cumplido
su ambición de crear una obra que será reverenciada por
generaciones venideras.
Porque, por ejemplo, hacía
muchos años que un álbum no se abría con una línea
de tan hermosa como ésta en la que Gibbons canta: "Dios
sabe cuanto amo la vida". Sobre un delgado colchón de
guitarra española, coros y sintetizadores, esa voz parece el sonido
del invierno abriéndose paso a través de los últimos
estertores del otoño, poniendo las cosas en su sitio, mientras
que la protagonista lo observa todo con un ánimo sereno pero melancólico.
"Mysteries" es una canción fuera de lo
común, con aroma al folk británico de los años sesenta,
íntima y recogida; el perfecto umbral de entrada. A partir de ahí
asistimos a una portentosa exhibición de Gibbons, que va
adaptando su instrumento innato a cada canción de una manera prodigiosa,
pudiendo incluso recordar a Billie Holliday en "Romance",
cuando recita: "Ya sabes lo que dicen del romance/ [...] mejor
la idea que el sentimiento". Todo "Out Of Season"
es una magistral lección de interpretación y musicalidad,
que se complementa con un repertorio fantástico, de los que se
graban a fuego en el oyente. Los vientos de "Tom The Model"
son el punto álgido en "camp" y rimbombancia de un disco
que suele transitar caminos más serenos en la superficie, aunque
igual de afectados en el interior. Hay toneladas de drama en "Show",
sin que haga falta para ello más que la propia Gibbons,
un delicado piano y un firme contrabajo, muy presente a lo largo de todo
el disco. Del mismo modo "Resolve" sale airosa
con tan sólo una guitarra acústica y esa voz; mientras que
el acercamiento al jazz orquestal de "Drake" (con una harmónica
digna de Toots Tielsmann) resulta igual de emotivo. Parece que se trate
siempre de obedecer el dictado de la canción y de la emoción
latente, no de exhibir un novedoso sonido ya preestablecido.
Como siempre ha sido habitual
en todo lo que ha grabado Gibbons con su grupo matriz, PORTISHEAD,
el tono es de enorme tristeza, de patetismo intenso y de desgarro. Manteniendo
esa clase, esa deliciosa contención puramente británica,
pero cruzada con la intensidad de la mejor música negra. En ocasiones
este álbum parece la versión femenina de los mejores TINDERSTICKS.
Así, pocos discos en la actualidad parten de las premisas y llegan
a los resultados de "Out Of Season". Gibbons y Webb
parecen conscientes y satisfechos de esta intemporalidad voluntaria. Porque,
en realidad, en la mejor música existen valores eternos, de los
que este disco hace su bandera. Y son valores por los que merece la pena
vivir y sufrir. Sufre un poco con "Out Of Season", y
vivirás mucho.
ENRIQUE MARTINEZ
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