( ECHO-PIAS , 2005 )

Este trío ha terminado por ser víctima del mismo “hype” que les encumbrara más allá de sus verdaderos méritos, cuando allá por 2.001 surgieron en el que parecía el momento justo y el lugar adecuado con su disco de debut bajo el brazo. Desde entonces, desde aquellos primeros momentos felices, su trayectoria ha venido describiendo la previsible curva descendente. Más allá de sus propias penurias internas, de las salidas y entradas de Nick Jago (batería), el mismo mundo que los abrazó con sorprendentemente efusividad, los ha dejado caer sin remisión. Optaron por publicar un segundo disco oscuro, largo y denso (“Take them on, on your own”) recibido con extrema frialdad por la crítica, y por un público tal vez cansado de nuevos chicos rockeros y preocupado ahora por otros revivals más vistosos que las emulaciones norteamericanas de Jesus & Mary Chain, un grupo mucho menos cool a estas alturas que Gang of Four. Por supuesto, su discográfica multinacional pensaba en otras cosas, y les dio boleto. Un cuento conocido.

A pesar de que aquel segundo disco era mejor de lo que parecía, de que mostraba una banda mejor, requería sin embargo más escuchas de las que por turno les correspondía. Supongo que esa actitud de chicos malos eternamente atormentados, tan atractiva para los fans quinceañeros y sospechosa para los críticos, no venía a ayudar demasiado. Ahora, según ese mismo guión, toca la resurrección o el olvido permanente. Y para esta nueva trampa Robert Been y Peter Turner, las voces cruzadas y líderes del trío han optado por la estrategia de una reinvención relativamente sorprendente. Los nuevos Black Rebel Motorcycle Club reaparecen con la misma formación, pero con un cambio sustancial en su sonido. En un viaje a un lugar común en la historia del rock, se vuelven hacia las raíces de su género, se remontan más allá de sus influencias británicas (Jesus & Mary Chain, los Spacemen 3 de Jason Pierce), y se nos muestran en formato casi acústico y con un tono rootsy inédito.

Así nos atacan por sorpresa en un primer corte que, tras sus habituales coros empastados, se despeña hacia un virtual Delta del Mississippi. Es cierto que las progresiones de acordes blues estaban ya presentes en cortes como “Spread Your Love” de su primer disco. Pero este registro, poblado de blues acústico con persistente y estupenda armónica en ristre (“Shuffle Your Feet”, “Ain't No Easy Way”, “Restless Sinner”,) folk (“Devil's Waiting”, “Fault Line”, “Complicated Situation”) y toneladas de gospel en las letras (“Gospel Song”) algo que ya arrastran desde sus primeros tiempos, se convierte en una pequeña sorpresa. Relativa, porque no se han convertido en una banda de raíces a tiempo completo, ni han dejado los instrumentos eléctricos en el armario para siempre. Porque esencialmente, “Howl” se convierte en uno más de esos discos de rock que exhiben raíces y pedigrí, una aventura que nos es la primera vez que vemos.

Sin embargo, siguen trabajando ese instinto pop que les lleva a estribillos (“Howl”, “Still Suspicion Holds Your Tight”, la estupenda “Weight Of The World”, “Sympathetic Noose”) que nos recuerdan una filiación británica que este nuevo abrazo a su tierra materna no termina de eliminar. Y en cierto modo, mejor, a pesar de lo logrado de algunos momentos de esta nueva propuesta. Esa capacidad melódica, antaño enterrada en fuzz y vatios de electricidad, es una de sus mejores habilidades, y se certifica también los cortes más alejados del nuevo y del viejo patrón, como “Promise” (una balada al piano de clasicismo sorprendente) o “Open Invitation”, el corte escondido del final, en el que parecemos encontrarnos incluso con la voz de Elvis Costello.

Con estos chicos la historia siempre ha sido la misma, y el problema siempre será el mismo. Es una irresoluble cuestión de credibilidad que les perseguirá eternamente. Sin embargo, si “Howl” es un ejercicio de disfraz y travestismo, está muy logrado. Si es un ejercicio de oportunismo, casi no lo parece. Y siendo, como es, el tercero de sus discos, es el mejor. De hecho, a decir de servidor le pega sopas con onda a Maximo Park y otras gracias dudosas del neo-post-punk. Una vez más, vuelve a ser sólo rock'n'roll. Y sí, lo siento, me gusta.

ENRIQUE MARTÍNEZ (Marzo 2006)