 
(COLUMBIA, 1968)
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Este disco podrían
parecer los "cuentos inconclusos" de Bob Dylan.
Pero si los publicó así, si no es ni un disco pirata ni
una obra póstuma, entonces estas crípticas narraciones de
escaso metraje debían de querer decir algo. El problema es que
su tono realista y su concisión se enfrentan al torrente de imaginería
surrealista que por espacio de más de diez minutos llenaba "Sad
Eyed Lady Of The Lowlands", la canción que cerraba
la anterior grabación oficial de Dylan ("Blonde
On Blonde"), aparecida casi dos años antes: un plazo muy
amplio para lo que se estilaba en la época, y en el que habían
pasado muchas cosas.
A Dylan lo habían
abucheado hasta hartarse por dar conciertos eléctricos con THE
BAND. Se había roto el cuello montando en moto. Y mientras se reponía
se había ocultado en un sótano de Woodstock con sus colegas
para grabar las maquetas una serie de canciones absolutamente extravagantes
de puro tradicional, o no tanto ("The Basement Tapes").
Ninguna de esas canciones apareció después en "John
Wesley Harding". En su lugar, con retórica bíblica
y música concisa (aunque alguna canción de amor profano
también hay), publicó una serie de breves relatos de ambiente
rural y arcaico, muchos de ellos aparentemente simples, intranscendentes
y auto-conclusivos. Exactamente como los "haikus" japoneses:
puro Zen. Así que te dejaban más intrigado, más confuso
y viéndole más vueltas a estas letras, más significados
ocultos, más claves metafísicas que a todos aquellos poéticos
delirios de "Bringing It All Back Home", "Highway
61 Revisited" o "Blonde On Blonde". Y ya no
te cuento si una de las canciones te animaba a "no hablar con
falsedad" porque "se nos echa la hora encima"
"All Along The Watchover"). Y otra ("Frankie
Lee and Judas Priest") te explica su propia moraleja, nada
más y nada menos: "que uno no debe estar donde no le corresponde",
y "no vayas confundiendo el Paraíso con una casa (de putas,
por supuesto) que hay al final de la carretera". Y el acabose:
en otra a Dylan le daba pena un pobre inmigrante, pero éste
resulta que es un perfecto cretino: entonces, ¿le da pena por inmigrante
o por mala persona?.
Esta economía de
vocabulario se quedó para siempre en la obra de Dylan, que
difícilmente se volvería a dejar ir como en su periodo dorado.
El aroma country de algunos cortes precede el aún más polémico
"Nashville Skyline", la siguiente parada del "Expreso
Bob Dylan" en su viaje hacia el desconcierto de la parroquia.
Lo que ya no hizo nunca más es grabar un disco que no fuese estrictamente
en solitario con un sonido tan desnudo: su voz, su guitarra, su harmónica,
y en ocasiones su piano, se acompañan del bajo de Charles McCoy
y la batería de Kenny Buttrey, y en dos cortes el pedal
steel de Pete Drake. Y ya está. El propio Dylan lo
vio algo escaso, y le preguntó a THE BAND si querían meter
unos "over-dubs" y así colorear la película. Y
éstos le dijeron que así sonaba perfecto. Y es verdad que
ciertas cosas se cuentan mejor en blanco y negro. Sobre todo si los actores
son tan buenos: escucha el pulso de McCoy en "As I Went
Out One Morning" y dime si no es verdad.
Toda una obra maestra de
la literatura de intriga en su versión más rural es este
"John Wesley Harding" (forajido de leyenda inventado
por el propio Dylan, un Robin Hood a la americana). Mientras tanto,
todos los demás andaban versioneando sus canciones del sótano.
O tomando tripis y escribiendo sinfonías a mayor gloria de sus
propios delirios.
Que cabroncete eres, ¿eh Bob?.
ENRIQUE MARTÍNEZ
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