 
(COLUMBIA, 1966)
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El periodo de creatividad
más febril de Bob Dylan y tal vez el de cualquier artista
de rock´n´roll de todos los tiempos, culminó y se consagró
en este "Blonde On Blonde", el primer álbum doble
de la historia del rock y el primero en incluir una canción que
ocupase una cara entera, "Sad Eyed Lady Of The Lowlands".
Pero esto no suponía una exhibición pretenciosa, sino que
partía de la imposibilidad de taponar y hacer esperar a ese geiser
de inventiva que parecía haber brotado en el pecho del judío
americano más universal. Éste no podía parar de escribir
toneladas de canciones a cada cual mejor y de este modo el talento y la
imaginación se desparraman en esta obra torrencial, casi inabarcable
en la cantidad y calidad de niveles a los que funciona, pero que afortunadamente
(pues a fin de cuentas no deja de ser música pop), tiene una puerta
de acceso para todo el mundo en ese sonido "delgado, salvaje,
de mercurio", que según confesión de Dylan
es su sonido preferido, y que no ha conseguido reproducir desde aquellas
sesiones en Nashville.
Dylan bajó
a Nashville, el paraíso de la música country que permanecía
aislado por completo del pop, acompañado de gente de su confianza:
Robbie Robertson (guitarrista de THE BAND, con los que estaba girando
y recibiendo broncas por todo el mundo) y el teclista Al Kooper
que ya había participado en "Highway 61". Pero
el gran acierto fue reclutar músicos que eran la auténtica
elite, pero que vivían ajenos al fenómeno de Dylan
como icono cultural en ciernes, libres de ideas preconcebidas de cómo
debía sonar un disco de Bob Dylan, pero con la suficiente
calidad como para adaptarse a cualquier idea extravagante que pudiese
tener el jefe, que por entonces eran unas cuantas.
Si me reducen las alternativas
al absurdo debo decir que este es el mejor disco Dylan. Soy un
tipo un poco bruto y por eso siempre he pensado que si los hay igual de
buenos, pero que tienen menos canciones, entonces éste es mejor.
Pero también se me antoja tan variado en tonos, tanto en letras
como en músicas, que se convierte en una obra de la que es imposible
cansarse. Hay solemnidad, surrealismo y humor mordaz. Amor cortés,
divino y profano. Dolor, alegría, sorpresa y confusión.
Cinismo y misticismo. Y sobre todo el inconfundible y a la vez indefinible
punto de vista de ese observador de todo y todos que es Dylan en
plenitud de sus inmensas facultades, arrogante y soberbio desde su atalaya,
pero quizás menos motivado esta vez para juzgar que para describir
y analizar y, en consecuencia, partirse el pecho de la risa o del llanto.
También hay blues,
folk, rock´n´roll, y cosas que no tienen (o no tenían
hasta entonces) nombre. Hasta una falsa banda del Salvation Army en "Rainy
Day Women nºs 12 & 35", producto de poner a todo
el mundo a tocar el instrumento que no sabía tocar, y así
convertir la grabación en una broma complementaria al chiste que
es la canción en sí. Y sin embargo estos mismos músicos
construyen la imposible delicadeza de "Just Like a Woman",
una canción que no parece tanto sonar sino flotar como una pluma
hasta posarse en tu oído. Fenómeno que se repite por ejemplo
en "4th Time Around", una canción me gustaría
que no acabase nunca. O en "Sad Eyed Lady Of The Lowlands",
que si supera los 11 minutos no es con plomizos solos de guitarra, sino
con inagotables estrofas de poesía hermosamente surrealista. Por
otro lado, también aparecen los temas más melódicamente
pop de Dylan hasta entonces, como "I Want You",
"Sooner Or Later" o "Stuck Inside Mobile
With The Memphis Blues Again".
Y sobre todo está
"Visions Of Johanna", una cumbre artística
para el siglo XX Y hablo de cualquier arte o género, con la certeza
que da haberla escuchado un millón de veces.
"Blonde On Blonde"
es como dicen los americanos, "más grande que la vida".
En realidad es un doble vinilo y un C.D simple, que son un monumento al
momento en el que aquel que continuase despreciando el rock y sus canciones
como un medio válido para expresar cualquier cuestión, por
elevada que aquella resultase, definitivamente se equivocaba de medio
a medio. Ya estábamos donde quizá nunca tendríamos
que haber llegado, pero no había vuelta atrás. El rock´n´roll
se hacía definitivamente adulto de la mano de Dylan.Y hay
gente a la que la madurez no les sentó tan bien. Pero a Bob le
sentaba de maravilla: siempre pareció saber más de lo que
le correspondía por edad. Más que nosotros, por supuesto.
ENRIQUE MARTÍNEZ
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