(COLUMBIA, 1965)

Greil Marcus dice que este periodo de Dylan es como el periodo azul de Picasso: una explosión. Un estallido de creatividad de esos en los que durante un periodo sostenido de tiempo un determinado artista está iluminado, transmitiendo la certeza de que no puede cometer ningún error, que no ya la vulgaridad o la mediocridad pueden rozarle, sino que del caballo desbocado de la genialidad más absoluta nadie va a ser capaz de apearlo. En lomos de aquel caballo cabalgó Dylan en dirección a lo ignoto, a lo que era desconocido no sólo para él sino para todos. Y es cierto que en este periodo Dylan no cometió ningún error, y no precisamente por tomar cautelas, por asegurar el tiro, en definitiva por no arriesgar.

Empecemos la cuenta de los riesgos y aciertos geniales por "Like A Rolling Stone", un sencillo de seis minutos que obligó a la discográfica a publicarlo partido a la mitad en un single cuyas dos caras estaban ocupadas por la misma canción. Lo que pasa es que eran otros tiempos y en las emisoras insistieron en pegar ambas partes, para de este modo reproducirlo entero: vamos, que igualito que en la actual radio comercial. Lo cierto es que a día de hoy cada vez que escucho sus primeros acordes siento una irrefrenable invasión de buen ánimo, ese órgano de Al Kooper es como una patada de energía, de incontrolado entusiasmo. "Like A Rolling Stone" es un clásico que no envejece a mis oídos, pero que no creo que lo haga a los de nadie, porque es una obra maestra absoluta y una pieza de música revolucionaria. Una canción única y distinta, entre otras cosas porque estaba construida con cantidades ingentes de rencor, un inmenso himno a mayor gloria del "donde las dan las toman". Una sublimación de los instintos más bajos como sólo un genio puede producir.

A pesar de lo logrado de la producción de "Like A Rolling Stone", Dylan decidió sustituir a Tom Wilson por Bob Johnston y bajo su impulso más que supervisión, grabar acompañado de una plantilla de lujo que mezclaba músicos profesionales de sesión con otros que no lo eran (Mike Bloomfield, Al Kooper, etc.), a los que tal vez Wilson no daba la libertad que Dylan intuía que se merecían. Y tenía razón porque, y teniendo en cuenta que el credo de Dylan era no repetir más de tres tomas de cada canción una vez decidido el arreglo, todo suena aquí tremendamente fresco y espontáneo, a la vez que medido con la precisión de auténticos orfebres. Y lo que tocan en esencia estos músicos, que se revelan como mucho más que artesanos, es lo que indica el título del disco: una revisión absolutamente libre del blues como canon eterno, en realidad el género que el siempre inquieto Dylan ha empleado con más asiduidad durante toda su carrera. Pero Bob no se queda atrás como intérprete: ya va siendo hora de que se reivindique a Dylan como músico. Sobre todo a la hora de interpretar en el que hasta fechas recientes era su único instrumento de solista: la armónica. Mientras, como cantante la gran arma de Dylan es el fraseo, que utiliza para que sus letras dejen siempre a las claras que llevan una doble intención. Con todos estos elementos en juego, el sonido global de este disco es algo que no se puede explicar. Pero si ya conoces "Blonde On Blonde" o "Bringing It All Back Home" lo puedes intuir.

Y en lo referente a las letras, lo que todo el mundo sabe: su periodo de acercamiento al surrealismo, al simbolismo y a la escritura automática, pero que no deja de tener el sello de todo lo que Dylan sabe y ha leído, porque el arma secreta para escribir así no es sólo el talento o la inteligencia, es también la cultura y el conocimiento. De este modo el artista dispone de materia prima sobre la que actuar, para manipular y convertir en algo nuevo. Y la capacidad de Dylan para construir personajes memorables (como el torturado y despistado Mr Jones de "Ballad Of A Thin Man"), descritos con cuatro definitivos trazos, convive con la manera de descontextualizar de un modo absolutamente expresivo a personajes reales, literarios o históricos, como Einstein, Ezra Pound, Ofelia (la de Hamlet), Romeo y Julieta y un innumerable etcétera en la absurda rondalla mejicana, "Desolation Row", que en realidad es un surrealista chiste privado de once minutos sobre el antisemitismo, la bomba atómica, el puritanismo y otras historias: puro Woody Allen antes de Woody Allen. O para hacer de "Highway 61" la parábola bíblica más surrealista y divertida de todos los tiempos ("Dios le dijo a Abraham: mata un hijo para mí/ y él le contestó: me tienes que estar vacilando")

Este disco contiene las siguientes canciones: "Like A Rolling Stone", "Tombstone Blues", "It Takes a Lot to Laugh, It Takes a Train to Cry", "From A Buick 6", "Ballad Of a Thin Man", "Queen Jane Approximately", "Highway 61 Revisited", "Just Like Tom Thumb´s Blues" y "Desolation Row". Es decir, que si no lo tienes en tu colección, si no lo has escuchado y te lo sabes de memoria, entonces seguro que has perdido mucho tiempo escuchando algo que podía esperar. Por ejemplo, los por otro lado muy recomendables HEFNER. Porque en esta vida debería haber prioridades. "Highway 61 Revisited" es una de ellas.

ENRIQUE MARTÍNEZ