 
(COLUMBIA/LEGACY, 1998)
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Resulta difícil
de creer que haya hechos que respondan a su leyenda sin decepcionar lo
más mínimo. La propia naturaleza de las leyendas está
en la exageración de unos sucesos para dotarlos de un significado
universal, ejemplar, trascendente a la experiencia que relatan. Pocas
veces las leyendas se contrastan con un documento real de los hechos históricos.
Esta es una de esas escasas oportunidades, y comprobamos asombrados que
la leyenda no exageraba ni un ápice.
Circulando durante años
como pirata y erróneamente atribuido al concierto final de la gira
británica de 1966 en el Royal Albert Hall de Londres, esta grabación
reestablece el relato de los hechos para dejarlos como estaban, pero con
pruebas decisivas a favor de la teoría que decía que lo
que se pudo escuchar en aquella gira de 1966 de Bob Dylan es lo
más grande; uno de los momentos más determinantes para la
evolución del rock; aquellos recitales a los que iban los BEATLES
y los ROLLING STONES para recoger los deberes.
Esto no se refiere tanto
a la primera parte del concierto contenida en el primero de los dos CD´s.
Aunque asistamos a la repetición de la anterior lección
que impartió Dylan a sus discípulos, (que eran todos
los músicos del momento) expuesta más brillantemente que
nunca. Pues Dylan canta con una entrega y solvencia absoluta, de
modo acústico y desnudo de acompañantes las canciones que
introdujeron las letras pop en un nuevo territorio, con el entusiasmo
del que todavia las vive como algo fresco y relevante, reciente. Juguetea
con la dicción y con el fraseo, y en el caso de "Just
Like A Woman" incluso con el propio tempo de la canción,
aún sin versión de estudio por aquel entonces.
Pero el disfrute máximo
de Dylan, y en consecuencia el nuestro, llegaba en aquellas eléctricas
segundas partes, donde le acompañaban los Hawks (después
conocidos como THE BAND) y frente a un público hostil ejecutaban
los conciertos con más feedback de la historia: distorsión
en los instrumentos y retro-alimentación entre el disgusto del
público y la rabiosa respuesta de los músicos, que utilizaban
la música como contraataque a los silbidos y abucheos, en una explosión
gloriosamente virulenta.
Canciones estas en las
que todo parece a punto de estallar, donde percibes a los instrumentos
luchando por su espacio vital. Ese espacio aún por determinar en
estas transformaciones de canciones folk en urgentes ejercicios de electricidad,
resultando esta incruenta guerra en repartos de parcelas que estos conciertos
consagraron como cánones eternamente imitados. Esta provisionalidad,
esta maleabilidad hace que haya pocas cosas más excitantes de escuchar,
aún a día de hoy, que la inexplicable introducción
a "Baby Let Me Follow You Down", la fugaz pero
sobrecogedora voz de Rick Danko en "One Too Many Mornings",
los intercambios entre Dylan y Robertson en "Tell
Me Momma", los "comentarios" al órgano de
Garth Hudson en "Ballad Of A Thin Man",
etc. Es decir, todos y cada uno de los minutos de este disco.
Y como momento cumbre del
feed-back, ese "Judas" gritado desde el público,
al que Dylan responde con un "Mentiroso", pero
sobre todo con ese "Play fucking loud!" que dirige a
la banda. Y no sólo hacen eso, tocar como un trueno, sino que Dylan
por primera vez en toda la parte eléctrica canta cada sílaba
como si le fuese la vida en ello, sin dejar que su voz se entierre entre
el ruido. Y canta como un condenado esa canción que, según
él mismo, habla de la venganza como redentora de la rabia.
Esa venganza del artista
que sabe que él tiene razón y que la gente es idiota. Esa
primera vez en que un artista de música pop mandó al cuerno
a la audiencia y así empujó todo el género hacia
el "Gran Salto Adelante".
ENRIQUE MARTÍNEZ
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