(Columbia, 2006)

Hacía mucho tiempo que un disco de Bob Dylan había sido recibido con tanta anticipación como este “Modern Times”. La conjunción de una resurrección creativa que se percibe clara desde el ya lejano “Time Out Mind” y una política de excelentes lanzamientos retrospectivos en múltiples formatos (discográficos, cinematográficos, y literarios) ha ido cebando la máquina, hasta dotar a Dylan de su mayor centralidad y atención en décadas. Incluso le ha caído un Oscar por su aportación a la banda sonora de “Wonder Boys”, aquella memorable “Things Have Ghanged”. Lo (casi) nunca visto. Así, ansiosas proyecciones, juicios a priori, expectativas exageradas y predeterminaciones varias, han saltado como un resorte en cuanto este disco ha tocado, no ya las estanterías de las tiendas, sino las mesas y equipos de sonido de la crítica mundial.

A su vez, la conjunción de la resurrección de Dylan y la coyuntura política norteamericana, con su inevitable correlato mundial, ha llevado a proyectar de nuevo sobre Dylan sombras que probablemente él creía haber dejado completamente atrás, y no sin un gran esfuerzo. En plata: algunos han trazado por sus narices en este disco el tercer vértice de una trilogía, arrancada en “Time Out Of Mind”, probablemente porque a todos nos gusta el número tres y las trilogías, mientras que otros no han dudado ni dos escuchas en catalogarlo de obra maestra. Y, como no, inevitablemente algunos han hecho acopio de cualquier posible doble sentido para construir toda una teoría, en la que Dylan retorna a primera línea de pelea política contra el Imperio Neocon. Y por el bien de todos, conviene, en cierto modo, aplicar un poco más de rigor.

El intento de trazar una trilogía resulta en realidad una tarea compleja. Es evidente que existe una sensación de encadenamiento en las tres grandes obras de senectud de Dylan, pero ésta se deshace cuando se confrontan los dos extremos de la cuerda, en los que los contrastes se hacen más fuertes que las coincidencias. Generalmente alejado del tono lúgubre y funerario de “Time Out Of Mind” y de la espesa niebla sonora en la que lo rodeó Daniel Lanois, “Modern Times” parece más una progresión en el ánimo expansivo, el ánimo burlesco a la Chaplin (ese título, ese bigote traidor y esa cara de póker), y los recursos estilísticos de “Love And Theft”, con el que sí que parece tener una continuidad evidente y casi completa. Con mayores dosis todavía de picaresca, animado por una aparente buena disposición y humor ( “Siento que mi alma comienza a expandirse/ Mira dentro de mi corazón, y de algún modo lo entenderás” canta en “Thunder In The Mountain”, recién abierto el disco), en esta nueva producción propia vuelve a explorar el concepto de grabación naturalista, del que además ha hecho motivo de campaña.

Por eso, si muchos apuntan la solidez de su actual banda como motivo adicional de fortalecimiento, cabe señalar dos bajas relevantes: las guitarras han dejado de estar tañidas con la característica fuerza de Larry Campbell y Charlie Sexton, para encontrar una mayor delicadeza pero igual destreza en Stu Kimball y Danny Freeman. Porque, en realidad, donde se localiza la gran victoria de este último Dylan no es tanto en su capacidad para encontrar músicos solventes y versátiles en el nutrido mercado americano, algo relativamente fácil, sino sobre todo en que tiene claro, como pocas veces en su vida, lo que quiere de ellos. Y precisamente eso es lo que se palpa en cada minuto del disco.

Así el registro de estilos arcaicos de música americana vuelve a la amplitud exhibida en “Love And Theft”. En realidad, Dylan no ha vuelto ahora la vista necesariamente más atrás que en los principios de su carrera, pero sí lo ha hecho con una mayor amplitud de miras. Al folk que lo alimentara entonces ha añadido con enorme naturalidad Swing, Ragtime, toneladas de Rockabilly y Blues electrificado de escuela Chicago y, sobre todo, una sensibilidad jazzística que ha salvado su voz; un instrumento probablemente devenido ya casi inservible para el directo en los recintos en los que suele moverse, pero que en el estudio y en un favorecedor primer plano, despliega una gama prodigiosa de matices crepusculares que convierten a nuestro hombre en un intérprete completamente excepcional. No sólo desde la emotividad, sino también desde una capacidad inaudita para los matices intelectuales en un magistral fraseo, completamente personal e intransferible.

Vuelve también ese erudito de la música popular que, sinceramente, esta vez me supera. Yo puedo localizar la cita de “Someday Baby”, citando ese “Trouble No More” de Muddy Waters, clásico también en la versión de Allman Brothers Band, nuevamente a Waters en “Rollin and Tumblin’”, o ese “When The Levee Breaks” de Memphis Minnie (en “The Leeve’s Gonna Break”), que Led Zeppelin hicieran tan enorme. Pero cuando, al parecer, rehace “Nettie Moore”, una balada americana del S. XIX, la cultura de servidor ya no da abasto. Pero esto, en realidad, da igual. Porque es a base de aportar su propia cosecha a este acervo, con la menor de las vanidades, que Dylan ha conseguido un logro que, probablemente, sea el logro de una vida observada desde su propia perspectiva. Porque Dylan por fin lo ha conseguido: es el mejor artista de blues vivo y el último de sus creadores. Porque precisamente recreando así, es como se ha creado el blues, y como Dylan lo quiere crear, dotándolo de una gloria de la que parece haber sido despojado, escribiéndolo (y reescribiéndolo) como nadie.

Llegamos así al peliagudo tema político. A pesar de algunos despistes, en realidad hay aquí más del Dylan viejo verde que de otras cuestiones. Sobre todo, debe asumirse ya de una condenada vez que, ni en el terreno político, y ni siquiera en el religioso desde aquel primer fervor converso, Dylan volverá jamás a predicar de aquella manera. Sobre todo, según el caso, rezará, o lamentará, y lo hará como pocos. Y es cierto que, de eso, sí que hay más que otras veces. Porque del mismo modo que “When The Deal Goes Down” rescata la misma ambigüedad plena de patetismo que hiciera grande “I Believe in You” (de “Slow Train Coming”), en otra balada de fidelidad ambivalente, tenemos una pieza central en el disco, “Workingman’s Blues #2”, con título prestado de Merle Haggard, en tiempos icono de una cierta derecha americana, y abierta también a equívocos.

Encontrar frases tan rotundas como “El poder adquisitivo del proletariado se ha ido al traste/ [..] Dicen que los sueldos bajos son la realidad, si queremos competir en el extranjero”, podría bloquear la visión de lo que es, esencialmente un relato empático y sentimental, conmovedor y penetrante, pero no el regreso del profeta furioso. En cierto modo parece un trasunto en su carrera de aquel “King Harvest” de sus amigos, maestros y discípulos, The Band. Y la verdad de su tono y motivo la resume en el coda con una sencillez aplastante (“Tengo un traje nuevo, y una nueva esposa/ Yo puedo sobrevivir a bases de arroz con frijoles/ Pero alguna gente nunca trabajó un día en su vida/ Ni siquiera saben lo que “trabajo” quiere decir”) mientras la música flota con la misma levedad majestuosa que alumbrara lo más hermoso de “Blonde On Blonde”, milagro éste que nadie cabría esperar.

Claramente, la obra de Dylan es, hoy por hoy y desde hace mucho, una cuestión personal, o personalizada, el soberano ejercicio de una subjetividad, ni ciega, ni aislada, pero plenamente honesta en reconocer en esta condición la prerrogativa, el privilegio y también la condena del artista. Canciones como “The Levee’s Gonna Break” que, tal vez sí, tal vez no, tal vez también, hagan referencia al Huracán Katrina, vencen ante un hombre de tercera edad con una libido sorprendentemente disparada, pero igualmente condenado por ese romanticismo patológico suyo que hace de “Nettie Moore” una construcción absolutamente memorable, conteniendo uno de los mejores catálogos de declaraciones de amor jamás volcados en una canción. La clausura, también plenamente a la altura del mejor Dylan, llega con “Ain’t Talkin’”, a la que le aplica con maestría la misma clase de atmósfera onírica con la que Lanois empapara “The Man With The Long Black Coat” (de “Oh Mercy”), creando un pasaje apocalíptico, sobre el que parece pasearse en retirada, huidizo, andando, no hablando, y nunca predicando.

Probablemente, sea la paradoja final la más hermosa y reconfortante de todas. Consiste en comprobar el peculiar trayecto trazado por aquél que, por momentos, y precisamente en sus mejores momentos, fuera el más consumado maestro de la yuxtaposición, de la decontextualización, de las formas quebradas y libérrimas; para verlo, al final de su vida, transmutado en un artista genuinamente “moderno”; e incluso beligerante en esa “modernidad” frente a los lodos espesos y malolientes de la “posmodernidad”. La pregunta que este disco deja flotando en un ambiente cargado es, en realidad, la de siempre, pero en cierto modo también nueva. ¿Se irá este viejo zorro a la tumba viendo todavía la jugada con dos pasos, o más, de ventaja? Y, sobre todo, esos pasos: ¿Serán hacia adelante? ¿O serán ya para siempre hacia atrás?

ENRIQUE MARTÍNEZ (Septiembre 2006)