( Columbia-legacy , 2005)

A veces el diseño de un disco sí que te da pistas sobre su contenido. Y éste es uno de esos casos. Como banda sonora del documental de Martin Scorsese, “No Direction Home”, que narra la trayectoria de Bob Dylan hasta 1966, momento de su polémica electrificación, este disco tenía dificultades evidentes para adquirir un valor propio. Para reflejar la historia tal y como la conocemos se hubiera visto obligado a realizar un repaso tópico a lo ya archisabido, convertido en el enéisimo grandes éxitos. Sin embargo, opta por realizar un retrato alternativo del camino finalmente recorrido. Aparece así como una suerte de lo que pudo haber sido, de la misma manera que el libreto interior se puebla de tomas alternativas de las fotos que finalmente poblaron las portadas de aquellos discos clásicos. Dylan camina acompañado por Suzie Rotolo, o nos mirra borroso con el pelo enmarañado con esa chupa de ante, o desafiante en el mismo salón desde el que nos contemplar en “Bringing All Back Home”. Pero siempre en tomas ligeramente diferentes. Un tanto igual que la música que nos trae este séptimo volumen de “The Bootleg Series”.

El planteamiento es similar al de los imprescindibles tres primeros volúmenes de “The Bootleg Series”, pero más acotado temporalmente (de los orígenes al periodo dorado clausurado con “Blonde On Blonde”) y más libre en las fuentes, recurriendo si hace falta a tomas en directo. En esencia, “No Direction Home” gana sus principales puntos al precedente en el retrato de la etapa dorada, aunque hallazgos relevantes aparecen desde lo más primitivo de Dylan. Se abre con la grabación más antigua conocida del por aquel entonces Robert Zimmerman, “When I Got Troubles”, recogida en 1959 por un compañero de instituto, pareciendo un blues de field recording de Alan Lomax. Le vemos crecer bajo el influjo de Woody Guthrie, bien repasando su repertorio (un sentido “This Land Is Your Land”) o dedicándole canciones (un sentido y nada inédito “Song To Woody”). Y finalmente adquiriendo las hechuras de un prematuro maestro, bien como intérprete de lo ajeno (en temas tradicionales como un sensacional “Dink's Song” o “Sally Gal”), como de lo propio. Nos puede faltar algo tan revelador como aquel “Moonshiner” que ponía la carne de gallina en el primer volumen de “The Bootleg Series”, pero hay momentos álgidos en este primer CD, sobre todo en los rituales de guitarra y palabra.

Así el primer CD le despide encarando en interpretaciones excepcionales, maleables y líquidas, cortes legendarios como “Blowin' In The Wind”, “When The Ship Comes In”, “Masters Of War”, “A Hard Rain Is A-Gonna Fall” o “Chimes Of Freedom”. En esos recitales de 1963 se palpa un carácter de liturgia fervorosa, de sermón en varias montañas. Y el ansia de Dylan por escapar de aquello se hace progresivamente más comprensible, al igual que el proporcional desengaño de los fieles. La versión alternativa de “It's All Over Now, Baby Blue” adquiere de este modo una dimensión de despedida más amplia que a una presumible, y presumiblemente desconcertada, Joan Baez.

El camino alternativo, la sensación de vértigo con respecto a como se podría haber escrito la historia de manera diferente en cada bifurcación, se hace más patente en el segundo CD. Arrancamos con un “She Belongs to Me” más recogido y sin batería, y cerramos con ese atronador y apóstata “Like a Rolling Stone”, jodidamente ruidoso, que cerraba el “Royal Albert Hall Concert” de 1966. En el medio, un momento igualmente crucial y vertiginoso: la versión eléctrica de “Maggie's Farm” en el Newport Folk Festival de 1965, el momento preciso de la ruptura y la declaración de intenciones. Les cantaba que no sería como ellos querían que fuese, aunque le ofreciesen los ropajes del profeta a cambio de sacrificar en el altar su propio yo. No hubo trato. Y a Dios gracias.

Porque entonces no tendríamos el empacho de tomas alternativas que nos desbordan desde entonces. Versiones ralentizadas, o aceleradas, y que se convierten en un homenaje secreto al malogrado Mike Bloomfield, penetrante guitarrista blanco de blues que parecía incapaz de hacer una toma mala. Pero algunos momentos concretos alcanzan además una dimensión mágica, de irrealidad ante lo familiar y vital del original. Un “Desolation Row” que abandona el tono mexicano sustituyéndolo por una nerviosa guitarra eléctrica de Al Kooper. Un “Just Like To Thumb's Blues” más preciosista y delicado, que aleja letra de música al no ofrecernos a un Dylan tan terminalmente estupefacto, pero que redescubre su encantadora melodía. Y finalmente ese “Visions Of Johanna” encarado con The Band al completo y Al Kooper, de imponente ritmo marcial, y que si bien al principio pierde la solemnidad necesaria para semejante epifanía nocturna, su clímax final sí que se precipita hacia la “explosión de la conciencia” del propio Dylan. Y la verdad sea dicha, siempre es un gusto escuchar a Robbie Robertson intentar dibujar con su Fender Telecaster el fantasma de la electricidad reflejado en el rostro de ella.

A la espera de la visión de Scorsese, “No Direction Home”, el disco, se convierte en una especie de viaje a las paradojas temporales, a una realidad alternativa de lo que pudo haber sido Dylan si alguna vez hubiera elegido de manera distinta. Y se revela finalmente como un extraño argumento de peso a favor de la existencia de un Destino inevitable. Porque, ante las pruebas, parece como si Dylan nunca hubiera podido hacer otra cosa que lo que finalmente hizo. Y, por supuesto, es evidente una vez más que escogiera lo que escogiera, siempre hubiera sido el más grande.

ENRIQUE MARTÍNEZ (Octubre 2005)