(Domino, 2003)

El tercer álbum de este alter-ego de Will Oldham es un extraordinario tratado sobre el amor y también sobre la soledad que éste alivia. Una colección breve en duración pero intensa en emoción, de canciones afectadas y sentidas, expuestas con una sobriedad espartana, minimalista, pero irresistible. En una primera escucha sus discretas cualidades, su estática intensidad engaña con respecto a su verdadera magnitud. Grabado por Oldham bajo la supervisión de Mark Nevers (conocido por sus trabajos con Lambchop), y acompañado de su hermano Paul Oldham y los también Lambchops Tony Crow y Matt Swanson, en ocasiones la desnudez del sonido de "Master and Everyone" y la fragilidad de la voz de Oldham traen a la memoria "Pink Moon" de Nick Drake.

En este álbum Oldham parece querer salir desde las sombras en las que ha hecho vivir a su personaje, máscara más o menos delgada en la que se oculta, hacia la luz, desde la soledad al amor, cuyas cualidades redentoras los han convencido, aunque aún no lo haya encontrado. Oldham se apoya por la vocalista de Nashville Mary Slayton en una serie de extraordinario duetos ("Ain't You Wealthy, Ain't You Wise", "Maundering", "Joy & Jubilee", "Hard Life") para así subrayar la importancia de esta compañía, deseada sin cínicas reservas pese a conocer todas sus trampas. Tal y como canta en "Even If Love": "Aunque el amor no fuera lo que quisiera/ El amor haría del amor lo más deseado". Lo parece tener claro: "Es una vida dura la del hombre sin esposa" ("Hard Life"). Y por ello en "Three Questions" su humildad a la hora de requerir la atención de la amada no puede ser más absoluta; y así le dedica una memorable balada, pareja a "The Way", la extraordinaria apertura del álbum: ("Ámame de la manera que yo te amo").

Hay también nuevas incursiones en las procelosas aguas bíblicas ("Wolf Among Wolves", "Lessons From What's Poor"), y referencias a sus "demonios". No en vano éste es el hombre que hizo ver a Johnny Cash una oscuridad que estaba dentro de sí mismo (en aquella increíble versión de "I See a Darkness") Pero ahora Oldham parece haber encontrado la solución a sus problemas, la paz en su vida en compañía de su "esposa" (real o ficticia), tal y como escribió entonces que podía suceder. Y lo cuenta en una serie de excepcionales canciones que se descubren poco a poco, que crecen con las escuchas, y que dejan poso en el oyente.

Este nuevo Oldham (o Bonnie "Prince" Billy) puede resultar menos atractivo como arquetipo, menos monolítico y simbólico, pero alcanza una madurez expresada en la hermosa ambivalencia de unas canciones que conocen (y contienen) toda la oscuridad y la luz presentes en cualquier vida que merezca tal nombre. Y por ello, éste es un disco que está más vivo que muchas personas.

ENRIQUE MARTINEZ