(EMI, 1972)

Nos llevan desde críos vendiendo los años 60 como la edad dorada del pop (y si me apuras de la historia en general) de un modo tal que, en muchos casos, los 70 se presentan a primera vista faltos de brillo, como una década donde la música popular perdió el rumbo, la inocencia y el interés. Ya saben: que si el rock sinfónico lo intelectualizó y complicó todo, que si la pérdida del punch de la canción de tres minutos, que si antes había grupos mágicos y luego el simple consuelo de sus ex–miembros en solitario dispersando la magia, que si el fin del rock como agitador social, que si la aparición de los sintetizadores y la música disco, etc… Sin embargo, los mismos que esto dicen sobre unos mínimos de conocimiento son capaces de empezar a enumerar obras maestras de los 70 (variadísimas, y mucho más a su bola cada una que en la precedente) y no terminar jamás. No es cuestión de ponerse ahora en una ridícula competición entre eras, lógicamente, pero sí instar a la revisión ciertas ideas instaladas en el siempre perezoso subconsciente colectivo musical.

Posiblemente tenga que ver en ello a la sensación que se trasmite cuando se rememoran fugazmente aquellos años. Los plásticos y coloristas 60 terminarían sepultados en sus propias flores en technicolor y los granulados primeros 70 nacían ya en tonos áridos y brumosos. El desencanto y la desorientación estaban tatuados en la piel de una nueva generación, que enfocaba sus frustraciones en otra dirección, como queriendo dibujar un mundo individual al margen parar perderse en él, más como escapismo que como herramienta con la que pretender cambiar el mundo. Si acaso volcar el propio, esa pequeña parcela gobernada por la política individual, no el de los demás ni mucho menos ese mundo adulto que ya había rentabilizado y patentado la revuelta juvenil como si de una nueva marca se tratase. Nace en ese clima la fantasía andrógina y teatral del glam-rock, una ficción en la que se aventuran nuevos puntos de partida radicalmente diferentes. Es en ese contexto donde florece un antiguo mod con ínfulas de grandeza y ambición infinita como una de las estrellas en las que guiar ese desencanto: DAVID BOWIE.

“No le digáis que maduren y dejen de ser niños/ ca-ca-ca-cambios/ Date la vuelta y enfréntate a lo desconocido/ ca-ca-ca-cambios/ no tenéis vergüenza, nos habéis dejado hasta el cuello” dice abriendo “Hunky Dory” en la clásica “Changes”, entre el reproche, la confusión y la el impulso a una nueva era. Si a todo esto le agregamos un BOWIE rizando el rizo de la identidad sexual posando en portada como Greta Garbo (nada más y nada menos que un bisexual travestido con los modos de una de las lesbianas más célebres del siglo XX) y escandalizando a medio mundo, líneas como “Extraña fascinación, fascinándome/ los cambios siguen el paso que llevo” surgen con una propiedad y una autoridad que, en fin, estaba claro que los setenta ya iban a tener un nuevo faro dando luz. Por mucho que pudiese repeler a primeras su afectación, su constante e indisimulada búsqueda del escándalo (meses antes de la publicación de “Hunky Dory” realizó su particular campaña de marketing afirmándose como homosexual en la prensa musical británica) y, de un modo especial, esa ampulosa teatralidad marca de la casa, pocos fueron los que no terminaron rendidos ante su indiscutible genialidad.

Aunque ya llevaba BOWIE por aquel entonces tres discos a sus espaldas - “Love Yout Hill Tuesday” (1967), “Space Oddity (1969) y “The Man Who Sold The World” (1970)-, no fue hasta la edición de “Hunky Dory” cuando dio su primera gran pisada en la historia con uno de esos álbumes por los que cualquier artista mataría. Estamos ante un trabajo sencillamente perfecto en el que BOWIE se apartaba el toque hard de su precedente para tirarse el campo de las melodías sublimes y los arreglos imposibles trasladando, sí, a ese envolvente escapismo adolescente con picos de luz, épica, dulzura, delicadeza, tragedia y, por supuesto, belleza a raudales. “El miedo está en tu cabeza, sólo en tu cabeza / así que olvídate de tu cabeza y serás libre” canta en la estupenda versión cabaretera del “Fill Your Heart” de Biff Rose, echando el lazo a los abatidos corazones de un público que lo convirtió en su guía espiritual.

El citado punto cabaretero de “Fill Your Heart”, guiado por las teclas de un extraordinario Rick Wakeman (YES), es sólo una de las múltiples caras de este disco en el que, pese a su amplia variedad de registro, se sientan las bases de lo que será el sonido de BOWIE de la etapa de los Spiders From Mars. Secundado por Mick Ronson (guitarra), Trevor Bolder (bajo) y Mick Woodmansey (batería) y asistido en la producción por Ken Scout, en “Hunky Dory” surge ese sonido suave y pulido pero de un intensísimo efecto emocional, detallista hasta lo barroco pero sin perder con ello ni un ápice de fluidez, y protagonizado siempre por las omnipresentes cataratas de piano de Wakeman que, al poco, se abren en un extensísimo catálogo de arreglos que arropan al mejor BOWIE conocido hasta la fecha. Imposible no dejarse contagiar por los temas de choque inmediato: el contagioso pasillo estereofónico de espejos pop de “Changes”, la luminosa inyección de vitalidad del estribillo de “Oh! You Pretty Things” o el estimulante vigor rockero de ese “Queen Bitch” que tributa a la VELVET UNDERGROUND. Difícil resistirse al segundo estrato de tempos mediados: dosificando la pasión al ralentí en “Eight Line Poem”, rayando lo genial a golpes de folk espasmódico con “Andy Warhol” (vaya, ahora que lo pienso, ¿no está aquí el germen del “C´mon Billy” de Pj Harvey?) o dando lecciones de género (el suyo propio) en la canónica “Song For Bob Dylan”, en la que como en la anterior BOWIE admite subliminalmente su condición de fan, discípulo y regenerador, en ese punto de inteligente humildad que tan bien le ha venido siempre.

Quedan para esta pincelada final las turbias y oscuras vibraciones de un subyugante “The Bewlay Brothers”, críptico broche final del disco supuestamente autobiográfico y tema de mil y una interpretaciones por los fans, y la inmensa fragilidad cuasi espectral de un “Quicksand” soberbio. Y, ya por último, es obligada la reverencia al mayor monumento del disco, probablemente tras “Heroes”, la mejor canción grabada por BOWIE. Hablamos lógicamente de la inmortal “Life On Mars?”, un monumento de tres minutos y pico que, desde luego, logran que toda esta barata literatura sobre las vías de escape, romanticismo juvenil y música como banda sonora imaginaria quede en nada ante la experiencia real. Su épica pop de escorzos vocales imposibles y orquestaciones superlativas, se alza como una sacudida en la fibra sensible del oyente de un modo tal que es imposible no sentir esas ganas de huir de este mundo surrealista. No creo exagerar si afirmo que sobre ella SUEDE han escrito al menos el 50% de “Suede” y “Dog Man Star”.

Si algún día te dicen eso de que ya no se hacen discos como los de antes y te ponen como ejemplo una obra de este nivel, quizá sea el momento de callar, contar hasta cinco y pensar un poco lo que se va a decir y cómo se va a argumentar, no vaya a ser que se acuda a FRANZ FERDINAND o alguno de estos supuestos grupos claves de nuestro momento. “Hunky Dory” es un disco irreprochable, tanto como bloque (siempre sorprendente, siempre cautivador) como por canciones sueltas (sólo por “Life On Mars?” o “Changes” ya merece la gloria), y la primera obra maestra de un autor imprescindible que iba a entrar en la historia con un puñado de ellas.

JAVIER BECERRA (Septiembre 2006)