(Nonesuch, 2004)

Debería resultar innecesario reincidir en esta ocasión en todo el mito y leyenda que rodea a “Smile”, a su carácter del gran disco perdido, a la historia de su aborto y abandono por Brian Wilson, que casi cuarenta años después de comenzar a darle forma en colaboración con Van Dyke Parks, lo ha entregado en la que pretende ser de una vez por todas, su versión definitiva. Extinguida definitivamente la saga de los hermanos Wilson salvo por él mismo, omitiendo las grabaciones originales que de modos más o menos oficiales u extraoficiales, pero siempre quebrando el concepto unitario original, han venido apareciendo a través del tiempo, Brian parece haber tomado impulso y arrestos suficientes en estos últimos años de rehabilitación personal y canonización crítica para asumir el reto que, otrora, le dispara tantos fantasmas. “Smile” llega por fin a las tiendas bajo su nombre, a todo tren promocional, cerrando el círculo, enterrando definitivamente aquel mito y, tal vez, generando uno nuevo.

En realidad lo único que corresponde hoy por hoy, llegado el artefacto definitivo a nuestras manos, es comprobar si la parte verdaderamente sustancial de la leyenda, aquella que hablaba de su carácter de obra maestra perdida, se cumple y se encuentra. Es decir, si este “Smile” responde a las expectativas. A nadie se le escapa que algunas de las mayores joyas del proyecto original, singles y canciones insuperables como “Good Vibrations”, “Heroes And Villians” “Wind Chimes”, o “Surf's Up”, fueron goteando en la discografía de los Beach Boys en versiones, que no se sabe si por cariño, costumbre, o verdaderos motivos objetivos, a uno (y creo que a cualquiera) se le antojan superiores a éstas. Pero tampoco se ignora que la banda que ha venido acompañando a Wilson y que le ha asistido en reconstruir en directo en primera instancia “Pet Sounds” y finalmente terminar de trazar en tinta el boceto de “Smile”, tiene la categoría y el amor suficiente a esta música como para suplir con solvencia a la mítica Wrecking Crew, e incluso a cubrir dignamente la vacante de las armonías originales. Aunque sea precisamente en las voces, en la pérdida de facultades del propio Brian y en el recuerdo de Carl y Dennis, donde se localicen las principales, aunque escasas, debilidades de este “Smile”.

Pero si hasta en la tecnología de grabación ha habido una verdadera voluntad de facsímil, de homenaje a los orígenes, entonces este “Smile” real se encuentra en plena disposición de soportar el juicio crítico que el mito pudo eludir sin esfuerzo. “Smile” es, en mis manos hoy, la obra maestra que decía y debía ser. Wilson y Parks, proyectándolo como una respuesta norteamericana a la psicodelia inglesa, a la extravagancia británica que dibujaban los Beatles con sus referencias al Music Hall y a la India, trazaron un trayecto en dos direcciones, acometiendo dos introspecciones simultáneas. La primera, la del propio Wilson, proyectado aún más a sus adentros, a su genio musical, a sus visiones alteradas y disparadas por el mismo abuso de drogas que reventó el proyecto. En la segunda, igualmente definitiva, en plena crisis del sueño americano, Parks y Wilson ofrecían una vuelta de América sobre si misma, sobre su esencia e historia, a través de un compendio visionario de toda su música, esencialmente en su versión blanca. Una nueva “Rhapsody In Blue”, como bien apunta el libreto.

Ambas incursiones, plasmadas en tres suites unitarias, que se abren y cierran siempre con dos piezas maestras (“Heroes And Villians” y “Cabin Essence”, “Wonderful” y “Surf's Up”, “I'm In Great Shape” y “Good Vibrations”) y enlazadas internamente y entre sí mediante miniaturas delicadas y motivos recurrentes (la mítica “I Like Worns” convertida en “Roll Plymouth Rock”, “Child is Father Of The Man”...), se saldan con un éxito absoluto. Por un lado, la casi infinita paleta cromática que contiene la “Americana” como metagénero musical es explorada con una amplitud de miras y un amor profundo que aún hoy no se han superado, sin por ello servir una visión absolutamente idealizada de los fundamentos de esa Nación: de hecho, no escasean las referencias al sacrificio indio y Hawaiano.

Por el otro lado, el proceso de liberación absoluta de Wilson, que propulsado por el LSD y sus propios fantasmas y visiones, dibuja melodías, ritmos, armonías y yuxtaposiciones que sugieren otro retorno a una inocencia original, a una feliz infancia (precisamente él, que no la tuvo en absoluto), y que encuentra su victoria en una música estrafalaria, casi desquiciada, pero hermosa y eufórica como pocas. De hecho la suite central, que transcurre de “Wonderful” a la prodigiosa “Surf's Up”, es perfectamente capaz de abrumar en toda su belleza.

En definitiva, el visionario concepto de Wilson de trabajar fragmentos autosuficientes para finalmente ser ensamblados manifiesta todas sus posibilidades una vez tras otra, casi consiguiendo el efecto de estirar el prodigio de “Good Vibrations” durante una hora, consagrándose como un disco de verdadera vanguardia que no lo parece, de innovación carente de exhibicionismo, pero repleta de intención expresiva y sentido profundo.

Compensado por la pulida visión, entre surrealista e historicista, de Van Dyke Parks, Wilson sin duda iba a encontrar en “Smile” la culminación de sus “sinfonías adolescentes a Dios”, y la obra maestra que su genio merecía. Repasándola con detalle, uno intuye que hubiera cosechado entonces un fracaso comercial mayor incluso que el de “Pet Sounds” a pesar de “Good Vibrations”. Pero surge el convencimiento de que sin necesidad del mito de su pérdida y fracaso, de su condición de legendario Santo Grial del pop, “Smile” hubiera sido desde el principio la visionaria y disparatada obra maestra que aún hoy parece. El círculo se ha cerrado con lentitud, pero Brian Wilson ha sellado ahora su justo lugar en el panteón de maestros del pop. En cierto modo, y si todos aquellos fantasmas ya se lo permiten, Wilson puede descansar tranquilo. “Smile” y todo lo que representa, por fin está con todos nosotros.

ENRIQUE MARTÍNEZ (diciembre, 2004)