 
(Warp, 2003)
|

Casi tan lentos como el
feedback-zine a la hora de laurear su última obra (no hay problema:
discos así siempre serán vigentes y oportunos para nuestro
particular y a veces incomprendido “out of time”)
la discografía de los británicos BROADCAST
se ha venido dosificando parsimoniosa, con sumo cuidado desde aquella
inicial y reveladora recopilación de singles, “Work
and Non Work” (1997), que presentaran en una deliciosa
actuación durante el Fib 97, cuando muchos les descubrimos y nos
enamoramos locamente de ellos. Desde entonces, lo accidentado de su trayectoria
y su obsesivo y meticuloso modus operandi ha separado en ciclos de 3 años
el grueso de su producción discográfica que, a fecha de
hoy. se resume –ep´s aparte- en dos soberbios trabajos que
valen su peso en oro y que obligan a situar su nombre en los más
alto del pop (así sin más, el adjetivo de electrónico
o el prefijo post- los limitaría injustamente) contemporáneo
Este “Ha
ha sound”, su segundo álbum concebido como tal,
es de nuevo un espectral paseo por la oscura psicodelia sixties (la de
13TH FLOOR ELEVATORS o UNITED STATES OF AMERICA) , las bandas sonoras
( de Bruno Nicolai a John Barry ), el
folk-pop y el kraut rock “a la NEU!”, todo ello bañado
de retro-futurismo analógico y aromas experimentales. Posiblemente
se trate de la mejor de sus obras editadas hasta la fecha, una (casi)
depuración de ese cuerpo bicípite que dividía su
obra entre nublados cortes experimentales y excelsas dianas pop, hacia
una disolución más certera y melódica: la (casi)
síntesis de todo su trabajo anterior con trazos de obra maestra
e impedecedera.
Un single sirvió
de adelanto: “Pendulum”, pura hipnosis
en clave kraut que en su tramo instrumental final erige la mejor invocación
velvetiana que uno recuerda en tiempo. Durante el verano pasado sonó
pasada de volumen en esta redacción virtual sin descanso: puro
fuego de ritmos machacones, puntillas de guitarras ácidas y esa
seductora dicción glaciar de Trish Keenan. Una
invitación para la sumersión y dominación mental
hacia una música poderosamente evocadora y atmosférica,
profusamente barroca, de preciosos bucles y tirabuzones que deambula entre
lo infantil, lo sexy y lo perverso, entre la tensión, la destensión
y el vuelo sin motor de una mente que difumina la línea de lo real
y lo imaginario en un bloque fantástico. Sí, bloque, es
imposible quedarse con ninguna en especial. “Colour
me in”, “Valerie”, “Lunch our pops”, “Omnious
Cloud”, “The little bell”... todas son
canciones preciosas que parecen el destino final de ese profundo agujero
que sugiere la portada: un país de las maravillas de pop, que gira
en espiral hasta marearte y embriagarte por completo como un niño
que está descubriendo el mundo por primera vez desde un mágico
tiovivo musical que nadie debería ignorar. A no ser que quiera
perderse uno de los mejores discos editados en el último año.
JAVIER BECERRA (mayo 2004) |